Chapter 4 Los presos de Ívelmer #4
Durante el descenso nadie abrió la boca, estaban demasiado expectantes por ver lo que ocurriría a continuación.
Cuando el ascensor se detuvo por completo, se encontraban en el vestíbulo, y antes de que se abrieran las verjas, el hombre de la gabardina atisbó lo que había fuera:
al menos una docena de guardias armados los esperaban colocados en posición de semicírculo en torno al ascensor y empuñando las espadas en ristre.
Enseguida varios guardias más aparecieron provenientes de las pasarelas, sumando al menos una veintena, algunos de ellos estaban situados en la planta superior del vestíbulo.
—¿Qué hacemos ahora? —susurró Orfeus Eslamánder al oído del hombre de la gabardina, que parecía bloqueado ante la situación que enfrentaban mientras se abrían las verjas del ascensor.
—Hasta aquí han llegado —anunció autoritario el guardia que se encontraba tras la escultura en el centro del vestíbulo—. Están rodeados, tiren las armas al suelo, pongan las manos sobre la espalda y salgan muy despacio del ascensor.
—Quietos —murmuró el hombre de la gabardina a los presos.
—No esperaba esto de usted, ha traicionado a Las Cinco Comarcas. Le tenía por un hombre honesto, ya veo que las apariencias engañan, todo era una farsa —lamentó el guardia.
—Seguid quietos —ordenó el hombre de la gabardina a los presos en voz baja.
—Ustedes son cuatro, contra… ¿Cuántos?… ¿Veinte? —indicó el guardia mirando a su alrededor—. Es muy sencillo, tiren las armas y se acabó, no tiene que morir nadie hoy.
—Pero es que ya ha muerto gente —replicó el hombre de la gabardina con un tono que sonó apaciguado.
—¿Cómo dice?
Casi antes de que hubiese concluido la pregunta, el hombre de la gabardina levantó su espada y lanzó un haz de luz hacia el guardia, este lo contuvo a duras penas con su espada, pero la fuerza del choque hizo que el arma rebotara contra su frente,
provocando que cayera al suelo por la intensidad del golpe.
Transcurrieron unos instantes en los que pareció detenerse el tiempo antes de que alguno de los presentes reaccionara a lo ocurrido.
—¡¡Matadlos a todos!! —bramó el hombre de la gabardina a la vez que salía del ascensor atacando a los guardias.
Los presos salieron tras él y, al momento, se vieron acribillados por una lluvia de rayos que provenían de casi todas las direcciones, a los que respondieron con la misma fiereza.
Los haces de luz volaban de un lado y del otro, muchos de ellos encontrándose a medio camino y provocando estruendosos estallidos de luz plateada que se entremezclaba con la intermitente iluminación rojiza de las lámparas del techo.
El hombre de la gabardina arremetió contra uno de los guardias alcanzándolo en el pecho, lo que hizo que cayera al suelo con una mancha de sangre que se extendía por su uniforme.
Briana Kéitel, empuñando una espada en cada mano, corría bordeando una de las paredes mientras disparaba a dos guardias que huían ante el empuje de la reclusa.
Un haz de luz proveniente del otro extremo del vestíbulo pasó rozándole la oreja y terminó impactando en la ventana de una de las oficinas, que explotó salpicándola con centenares de diminutos cristales.
Uno de los guardias ubicado en el piso superior, lanzó un ataque que estalló en la pared entre Orfeus y Jerom, creando un pequeño cráter refulgente al lado del ascensor.
Jerom levantó la mirada y le disparó un rayo que le acertó directo en la cintura, provocando que el guardia, que se asomaba por la barandilla preparado para volver a atacar, cayera muerto al piso de abajo.
—¡Bien hecho, Jerom! —lo felicitó Orfeus, que salió corriendo hacia adelante para esquivar un ataque lanzado desde una posición elevada.
Tres guardias rodearon de inmediato a Jerom, que lejos de amilanarse, sacó su instinto asesino.
El heredero respondió a la ofensiva con un potente ataque lanzado con las dos manos puestas en la empuñadura de su espada, encontrándose en el aire con el recién enviado rayo de un guardia y explotando ambos a escasos centímetros de la cara de este, provocándole unas heridas mortales.
Con los ojos todavía vidriosos por la intensidad del destello, Jerom vio cómo los otros dos guardias lo tanteaban girando en torno a él sin decidirse a atacarlo.
Briana, que ya había conseguido deshacerse de los dos guardias a los que perseguía y de otro más que se le había acercado por la espalda, entró en una de las pasarelas y subió a la planta superior, intentando sorprender por detrás a dos guardias que disparaban hacia la posición de Orfeus.
Uno de los guardias se percató de ello y se giró para atacarla, pero Briana ya le había lanzado un haz de luz que le alcanzó en la cara.
Se preparó para acabar con el otro, pero la puerta de una de las oficinas se abrió de repente y unos brazos musculosos la agarraron por el cuello y tiraron de ella hacia abajo hasta ponerla de rodillas en el suelo.
La heredera intentaba zafarse del guardia, que estaba cerca de cumplir su objetivo.
Con la vista empezando a velarse por la falta de oxígeno, vio un resplandor que la envolvía y supo que se estaba muriendo.
—¿Estás bien? —le preguntó Orfeus mientras la ayudaba a incorporarse, ella, aunque aturdida, asintió tosiendo y masajeándose el cuello donde tenía dibujado el brazo del guardia, que yacía a su lado con los ojos muy abiertos y tumbado sobre un charco de sangre.
Desde allí arriba vieron cómo Jerom seguía en disputa con los dos guardias tanteando alrededor suyo y, en el centro del vestíbulo, atisbaron cómo el guardia que se había dirigido a ellos para que se rindiesen, se levantaba detrás de la escultura y se quitaba el pasamontañas,
dejando a la vista una enorme brecha abierta en el centro de su frente.
Unos haces de luz plateada llegaron procedentes de la escalera, Orfeus apartó a un lado a Briana y uno de ellos pasó rozando la cabeza del recluso, estallando y abollando la puerta de la oficina que tenían tras ellos.
La máscara de Orfeus se desprendió de ese lado, dejando a la vista la cara y una oreja ensangrentada.
Briana, totalmente enloquecida, comenzó a atacar a los tres guardias que acababan de aparecer en la planta superior, y lo hizo con tanta fiereza, que las dos espadas que blandía se convirtieron en un par de manchas borrosas en el aire.
Abajo, en el centro del vestíbulo, el hombre de la gabardina se encontraba inmerso en una igualada batalla con el guardia de la brecha en la frente, que ya había recuperado la compostura.
A unos metros de distancia de ellos, Jerom acababa de matar a uno de los dos guardias con los que se enfrentaba y, con otro hábil y sorprendente movimiento, levantó su espada por encima del hombro, dirigiéndola hacia atrás y lanzando un haz de luz al oponente que se encontraba a su espalda,
viéndose tan sorprendido que no pudo defenderse.
El guardia chocó contra la pared y resbaló por ella hasta quedar tendido bocarriba en el suelo, con el pecho ensangrentado y el uniforme humeante.
El sonido de explosiones y gritos se había ido apagando a medida que los guardias fueron cayendo uno tras otro.
Tras asesinar Briana a los últimos guardias del piso superior, ya solo quedaba activa la batalla que libraban el hombre de la gabardina y el guardia de la brecha en la frente, que seguían midiendo sus escasas fuerzas en el centro del vestíbulo.
—Vamos, ríndete, ya solo quedas tú —dijo el hombre de la gabardina resollando por el esfuerzo, tras desviar el último ataque lanzado por el guardia, al que también se le notaba muy fatigado.
El guardia de Ívelmer pareció sacar fuerzas de donde no las tenía y volvió a arremeter contra su oponente.
El hombre de la gabardina alzó la espada sujetándola con las dos manos, soportando a duras penas el empuje de los rayos que explotaban sobre su trémula espada mientras le abandonaban las pocas fuerzas que le quedaban.
La ofensiva del guardia no cesó y la espada del hombre de la gabardina, que no podía hacer otra cosa que defenderse, acabó saltando de sus manos, dejando a su dueño a merced de su oponente, que remarcó un gesto triunfante con la sangre corriéndole desde la frente hasta la boca,
tiñendo de rojo labios y dientes.
El guardia levantó la espada para terminar la pelea, pero entonces, proveniente de la planta superior, un haz de luz alcanzó su espada provocando que esta saliese despedida, dejando a su portador desarmado.
El guardia se volteó y vio a Orfeus Eslamánder preparando un nuevo ataque.
No esperó a que lo rematase, sino que se subió encima de la escultura y saltó abalanzándose sobre el hombre de la gabardina, cayendo ambos al suelo enzarzados en una disputa de puñetazos y golpes infamantes.
Los dos contendientes intentaban de forma desesperada recoger del suelo la espada que yacía cerca de ellos.
Finalmente, el hombre de la gabardina logró hacerse con la espada.
El guardia, al percatarse de ello, se levantó con el terror de quien ve inminente su muerte reflejado en el rostro, y retrocedió unos pasos sin dar la espalda al hombre de la gabardina, que blandió su espada con ambas manos y puso fin a la resistencia de Ívelmer.