El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 4 Los presos de Ívelmer #3
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Chapter 4 Los presos de Ívelmer #3

Al mismo tiempo, amplió todavía más el ángulo de sus brazos, tomando un contacto inmaterial con los botones de apertura de las puertas, que se accionaron al instante, provocando que las tres celdas restantes se abriesen de forma simultánea.

Los presos salieron adoptando el mismo gesto que Eslamánder y bastante confundidos por lo que estaba sucediendo.

—¿Quién eres? —preguntó Briana Kéitel suspicaz; una mujer de baja estatura, con un rostro nada agraciado y ojos saltones, que le dirigió una mirada severa al hombre de la máscara.

—He venido a liberaros —anunció el hombre de la máscara, cuyo tono exhibía un deje de evidencia.

—¿Has matado a los guardias? —preguntó impresionada Jeisa Suard tras observar los cadáveres que yacían en el umbral de la puerta.

Ella era la más joven de todos los presos, tenía el pelo de un tono parecido al fuego y unos ojos color avellana hundidos tras unas lívidas ojeras.

Estaba claro que en el pasado había sido una chica atractiva, pero los diecisiete años que llevaba encerrada en una celda habían hecho mella de forma inexorable en su aspecto.

—¿No es evidente? —comentó el hombre de la gabardina con impaciencia, debido a las preguntas tan innecesarias y certeras que le estaban realizando.

Jerom Kéitel, que era muy parecido a su hermana melliza, pero mucho más alto y fornido y con el mentón cubierto por una barba rala, se mantuvo con una pose impertérrita mirando en todo momento a su hermana, como si estuviese esperando a que ella le indicara qué debía hacer.

El hombre de la máscara hizo ademán de abrir el maletín y Orfeus se lanzó sobre él, agarrándolo por el cuello e inmovilizándolo contra la pared, provocando que el maletín se le cayese al suelo.

—Tranquilo, estoy de vuestra parte —dijo haciendo un gran esfuerzo para que se le entendiera.

—¿Quién eres? —preguntó Orfeus.

—Alguien que viene a liberaros.

—¿Quién te envía? —inquirió Briana Kéitel.

—El Lórdezeit.

—¿El Lórdezeit? —preguntó Orfeus, haciendo chirriar los dientes.

—Mientes —protestó Briana.

—El Lórdezeit murió —refunfuñó Jeisa Suard.

—Eso es lo que todos creen, pero sigue vivo, aunque de una forma diferente —explicó tosiendo y casi sin aliento, sus ojos suplicaban clemencia a través de la máscara.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Briana.

—Ahora no hay tiempo para eso. No tardarán en darse cuenta de que os he liberado, recibiréis más explicaciones cuando hayamos salido de la prisión.

—¿Qué guardas en esa maleta? —continuó Briana, señalando el maletín.

—Son unas máscaras de heredero y unos brazaletes. Son para vosotros, para ayudarnos a escapar.

—¿Con el símbolo del Gobierno? —preguntó Briana con recelo, y efectuó un gesto a su hermano, que se agachó para comprobar el contenido del maletín, tras lo que todos vieron que decía la verdad.

—¿Cómo vamos a escaparnos? La prisión estará infestada de guardias —exclamó Orfeus.

—Suéltame y lo verás.

Orfeus miró a Briana buscando su aprobación y ella le afirmó para que lo hiciese.

Eslamánder soltó al hombre de la máscara y este se apresuró a abrir su gabardina, dejando a la vista de todos cinco espadas envainadas en su cintura.

—Vale, pues entonces no perdamos más tiempo —dijo Briana Kéitel al ver las espadas.

El hombre de la máscara soltó de su cinturón las armas y entregó una a cada preso. Después, estos cogieron una máscara y un brazalete del maletín y se los colocaron con premura.

—Fuera tengo escondidos abrigos y botas para completar el uniforme —apuntó el hombre de la gabardina.

Justo en el momento en que terminaban de ponerse las máscaras y brazaletes, la alarma de riesgo de fuga se activó y comenzó a sonar de forma estruendosa. Las lámparas del techo cambiaron su tonalidad habitual adquiriendo un color rojo y una iluminación intermitente.

—Vamos, deprisa, tenemos poco tiempo —señaló el hombre de la gabardina, y los presos, guiados por él, abandonaron a toda prisa la habitación donde habían pasado encerrados los últimos diecisiete años.

Salieron pisando por encima de los guardias y, Orfeus, siendo el último en hacerlo, se apartó la máscara y escupió sobre los cuerpos sin vida.

En el pasillo, atravesaron la pared detrás del hombre de la gabardina y accedieron a la todavía desértica pasarela.

—Estad alerta —los advirtió el hombre de la gabardina echando una rápida mirada hacia atrás.

Corrieron bajo las intermitentes luces rojas y acompañados del sonido de la alarma hasta el módulo siete de la torre uno, donde el tranquilo y silencioso ambiente que reinaba hacía tan solo unos minutos, ahora se había convertido en una auténtica algarabía.

Los presos golpeaban los cristales de sus celdas mientras gritaban toda clase de improperios.

El hombre de la gabardina se colocó delante del ascensor, que por suerte aún continuaba en ese piso, e introdujo el respectivo código numérico.

Cuando las verjas se abrieron, respiró aliviado al ver que aún no se habían bloqueado; de momento, todos los pasos del plan que podrían torcerse le estaban saliendo bien.

Se disponían a entrar en el ascensor cuando de repente, un rayo de luz plateada cruzó la estancia e impactó directo en la espalda de una desprevenida Jeisa Suard, que cayó de bruces al suelo, totalmente inerte y con una mancha roja que se extendía deprisa por la espalda de su mono de presidiaria.

El hombre de la gabardina volteó su mirada y vio a dos guardias que enarbolaban sendas espadas en la entrada de la pasarela que acababan de abandonar.

La respuesta de Briana Kéitel no se hizo esperar.

—¡Pagaréis por esto! —gritó fuera de sí Briana mientras agitaba su espada con una gran habilidad.

El hombre de la gabardina vio cómo las verjas se cerraban y se interpuso entre ellas para impedirlo, con la absoluta certidumbre de que no se volverían a abrir de nuevo si completasen el cierre.

Briana seguía con su feroz ataque hacia los guardias que, en ese momento, solo se concentraban en repeler la brutal ofensiva de la reclusa. Su hermano y Orfeus intentaron ayudarla, pero se vieron eclipsados ante semejante derroche de poderío y no supieron cómo introducirse en la disputa.

Uno de los guardias logró lanzar un rayo hacia Briana, que terminó colisionando en el aire con uno que venía en su contra, provocando una explosión plateada que iluminó el módulo siete, arrancando destellos de los barrotes y cristales a través de los cuales los reclusos contemplaban la escena.

Briana prosiguió su ofensiva y logró herir a uno de los guardias que, tras unos instantes de titubeo, cayó de bruces al suelo, con la sangre borboteando en su abdomen. Briana se quedó entonces en una lucha cuerpo a cuerpo con el otro guardia.

—¡Vamos, daos prisa, acabad con él! —gritó el hombre de la gabardina, que comenzaba a doblar las rodillas bajo el empuje de la verja del hueco del ascensor.

Un haz de luz lanzado por el guardia logró esquivar la defensa de Briana y pasó a escasos centímetros de su cara, siendo desviado por Orfeus en última instancia hacia el techo, haciendo estallar una de las lámparas.

El guardia aprovechó el momento de confusión y corrió para meterse dentro de la pasarela, quedando así fuera del alcance de Briana, que se vio forzada a modificar su posición para buscar el blanco.

—¡Entrad en el ascensor! —gritó desesperado el hombre de la gabardina, que apenas lograba mantenerse erguido ante el empuje de las verjas.

Orfeus lo vio y acudió en su ayuda. Juntos lograron sostener las verjas, que aun así seguían empujando con fuerza.

Briana se movía sigilosa, buscando al guardia en el interior de la pasarela, obstinada en concluir su venganza.

Jerom caminaba detrás de su hermana, que le hizo un gesto para que se quedara atrás y no la siguiera.

El golpeteo de los presos sobre el cristal de sus celdas y la incesante alarma, le impedían escuchar si el guardia se movía de sitio o si, por el contrario, estaba escondido tras alguno de los salientes de la pared.

La reclusa se asomó cuidadosa a la pasarela, donde en apariencia reinaba la soledad, aunque duró poco, pues un haz de luz emergió directo hacia ella desde detrás de uno de los salientes de la pared.

Briana estaba precavida y bloqueó el ataque con su arma, aunque estuvo muy cerca de perderla por la brutal ignición que el ataque produjo en la guarda de su espada.

La heredera reaccionó enseguida y osciló el brazo, haciendo que su espada disparase un rayo hacia el guardia, que lo esquivó volviendo a ocultarse tras el saliente, y el ataque, sin encontrar obstáculo alguno, cruzó toda la pasarela hasta perderse dentro de la torre dos.

El guardia no tardó en asomarse para lanzar otro rayo a Briana, que se apartó con un hábil movimiento al tiempo que disparaba un haz de luz, el cual logró impactar de lleno en la espada de su oponente, haciendo que el arma saliese volando por los aires,

quedando lejos del alcance físico de su portador.

El guardia, aturdido por la pérdida de su arma, dudó un instante que fue fatal para él, pues cuando quiso reaccionar y volver a esconderse, otro haz estallaba en su pecho haciendo que la sangre salpicara el saliente.

Tras completar su venganza, Briana corrió hacia Jeisa Suard, a la que puso boca arriba para comprobar que estaba muerta.

—¡Vamos, déjala, no hay nada que hacer! —gritó el hombre de la gabardina.

Jerom permanecía fuera del ascensor, sin perder de vista a su hermana melliza, que cerró los ojos de Jeisa, recogió la espada de esta y corrió hacia el ascensor arrastrando con ella a su hermano y colándose ambos bajo los brazos del hombre de la gabardina y Orfeus,

que soltaron las verjas para que se cerraran.

El hombre de la gabardina se apresuró en introducir el código, pero el ascensor no se movió ni emitió tipo de sonido alguno.

Repitió el procedimiento, pero siguió sin suceder nada, al parecer el sistema ya se había bloqueado.

—¡Maldita sea! —se lamentó golpeando con furia el mecanismo, tras lo que, sorpresivamente, el ascensor comenzó a descender haciendo varios amagues de detenerse, como si intentara bloquearse y no pudiera conseguirlo.