Chapter 4 Los presos de Ívelmer #2
El hombre del bombín caminó para recorrer el espacio que había desde el ascensor hasta la entrada a la pasarela que conducía a la torre dos, acompañado por el único sonido de sus pasos.
«Toc toc», el ruido le hizo voltearse hacia una de las celdas y vio a un preso alto y regordete, enfundado en un mono gris verdoso y con la cara pegada al cristal de su celda.
—Señor, ¿podría sacarme de aquí? —dijo el preso, o eso parecía decir, dado que su voz llegaba muy amortiguada por culpa del cristal.
Anhelando que el preso mantuviera su actitud calmada y no montara un escándalo, el hombre de la gabardina siguió su trayecto hacia la pasarela. Se detuvo antes de entrar y desde allí reemprendió la marcha remarcando los pasos como si estuviese contándolos.
La pasarela tenía una pobre iluminación, ya que unas lámparas estaban apagadas y otras encendidas. Una de las que estaban prendidas parpadeaba y expulsaba chispas. Al fondo del pasillo surgieron dos guardias que llevaban casi a rastras a un preso de gran estatura que se negaba a avanzar.
—Ha debido de haber un error, yo soy inocente, no estaba ese día en la ciudad. De verdad, deben creerme —se quejaba el preso resistiéndose a ser llevado por los guardias.
—Vamos, no seas terco —bramó uno de los guardias—. Al final va a ser mucho peor para ti si no te comportas como es debido.
—Pero es que soy inocente —insistió.
El hombre del maletín se detuvo y se apartó a un lado, pegando su espalda a la pared para que pudieran pasar sin estorbarse.
—Buenas noches, señor —saludaron los dos guardias casi al unísono.
El preso, que hasta ese momento no se había dado cuenta de su presencia, en un arrebato de fuerza, logró deshacerse del amarre de los guardias y se abalanzó sobre el hombre de la gabardina, apretujándolo contra la pared.
—¡Señor, ayúdeme, por favor, soy inocente! —gritó, pegando su rostro al del hombre del bombín.
Los guardias lograron reducirlo dándole un puñetazo en las costillas.
—¡Guarda algo en la cintura! —exclamó el preso mientras se revolvía en el suelo— ¡Lo he notado! ¡Esconde algo bajo la gabardina!
—Perdone, señor, nos hemos descuidado —se disculpó el guardia de menor estatura mientras terminaban de reducir al preso.
El hombre del maletín les ofreció un gesto que le restaba importancia a lo ocurrido mientras se atusaba la gabardina.
Con mucho esfuerzo, los guardias lograron llevarse al preso.
Los gritos de súplica se ahogaron en la distancia y poco después se escuchó el eco del sonido de la puerta de una de las celdas del módulo siete.
Los guardias volvieron a la pasarela, donde el hombre de la gabardina aún continuaba en el mismo sitio.
—Perdone lo de antes, es que ese preso tiene mucha fuerza —dijo el mismo guardia que ya se había disculpado.
—No hay nada que perdonar —adujo el hombre de la gabardina.
—¿Podemos ayudarle en algo?
—No, ustedes sigan con su trabajo —les recomendó desabrido.
Tras un efímero saludo, los guardias regresaron a la torre tres entre un halo de murmullos.
El hombre del maletín esperó a que se perdieran de vista y reemprendió la marcha por la pasarela, remarcando todos y cada uno de sus pasos.
Salvó con sumo cuidado la lámpara que emitía chispas, dio unos pocos pasos más y se detuvo en seco, después se giró de forma excéntrica hacia la pared de su derecha, sin perder la posición.
Metió la mano en el bolsillo y miró hacia los lados para comprobar que se encontraba solo.
Del bolsillo extrajo una especie de polvos de color dorado, los tiró al aire y fueron absorbidos por la pared, como si esta los hubiese aspirado.
Volvió a comprobar una vez más que no hubiera nadie y dio un paso hacia el lugar de la pared por donde habían desaparecido los polvos, estiró un brazo temeroso y, al entrar en contacto con la superficie de la pared, esta se tragó su brazo y él dio un par de pasos al frente.
Tras un segundo de oscuridad y cosquilleo, el hombre del maletín se encontró en un estrecho pasillo por donde apenas cabían dos personas en paralelo, con las paredes hechas de un material parecido al hormigón pulido, lo cual le ofrecía un aspecto mucho más moderno que el resto de la prisión.
Al final del corto pasillo y custodiando una puerta de metal, se encontraban dos guardias recios, que parecían calcados el uno al otro.
—¿Cómo ha logrado acceder? —preguntó sorprendido uno de ellos.
El hombre del maletín comenzó a caminar hacia los guardias sin contestar a la pregunta. El otro guardia levantó la mano.
—No puede estar aquí, señor. Esta es una zona restringida, le aconsejo que se dé la vuelta y se vaya o me veré obligado a atacarle, señor —el hombre de la gabardina no se detuvo y siguió acercándose cada vez más a los guardias, como si estos no se encontrasen en su camino—.
Se lo advierto por última vez, debe irse.
Los dos guardias, casi al mismo tiempo, posaron la mano en la empuñadura de su espada.
—Tenemos orden de matar si es necesario, sin importar de quién se trate —dijo el guardia desenvainando media espada.
Con un habilidoso y veloz movimiento de su mano izquierda, el hombre abrió la gabardina y desenvainó una espada lanzando a su vez un haz de luz hacia los guardias.
El ataque logró su objetivo y después de golpear violentamente con sus espaldas contra la puerta metálica que había tras ellos, los guardias cayeron al suelo, dejando a la vista un sistema de cierre de engranajes y cerrojos que hasta ese momento ocultaban con sus cuerpos.
Como si lo detestara, el hombre de la gabardina se desprendió del bombín dándole un manotazo, después posó el maletín en el suelo, lo abrió soltando las pestañas de latón y sacó una máscara y un brazalete de heredero.
Se puso la máscara para ocultar su rostro y acto seguido se colocó el brazalete sobre su bíceps izquierdo.
Justo en ese instante, se percató de que uno de los guardias aún seguía con vida cuando este tosió y se sacudió de forma débil.
El hombre, ahora con la máscara de heredero, se acercó al guardia y se encargó de que dejase de respirar.
El hombre de la máscara envainó de nuevo su espada y se agachó sobre los cuerpos sin vida de los guardias para registrar sus bolsillos posteriores, de los cuales terminó extrayendo un objeto que se parecía a un tornillo ancho,
con decenas de ranuras verticales y provisto de una anilla que hacía las veces de tirador.
Tras pasar por encima de los cadáveres para acercarse a la puerta, insertó el peculiar objeto en el engranaje de mayor tamaño, por medio de una ranura que estaba situada en el centro de una semiesfera de cristal y rodeada a su vez por una lista de números que iban desde el cero al nueve.
Tras comprobar que el objeto entraba sin resistencia, comenzó a girarlo a un lado y al otro, marcando cada número por medio del movimiento de una manecilla muy parecida a la de un reloj.
Al terminar de introducir el código, los engranajes comenzaron a girar accionándose unos sobre otros y, los cerrojos que unían la puerta a la pared, comenzaron a abrirse en serie de arriba hacia abajo.
A continuación, la puerta acorazada de acero, sin hacer apenas ruido, se abrió hacia la habitación que había al otro lado.
El hombre de la máscara recogió el maletín del suelo y entró en la cámara.
Las paredes y el suelo eran idénticos a los del pasillo que la antecedía.
Había cuatro puertas de acero, situadas dos a cada lado y cada una de ellas estaba bloqueada por dos hileras verticales de cerrojos.
Todas las puertas tenían una mirilla situada a la altura de los ojos y otra a la altura de las rodillas, siendo esta de un tamaño más grande, y las dos podían abrirse mediante un tirador para deslizarlas por unos estrechos raíles.
A la izquierda de cada una de las puertas, había un botón alargado dentro de una pequeña caja de metal, sin embargo, no existía ningún mecanismo para insertar contraseñas.
El hombre que ahora portaba una máscara de heredero se acercó a la puerta que quedaba justo a su izquierda, comprobando que en la mirilla estaba grabado el nombre del preso que ocupaba la celda: «Orfeus Eslamánder».
Luego, dio un breve paseo por la habitación comprobando el resto de mirillas.
Al lado de la celda de Orfeus estaba el nombre de Jerom Kéitel, en la puerta frente a esta, se encontraba el nombre de su hermana: Briana Kéitel, y, en el mismo lado de la habitación, frente a la de Orfeus, se hallaba la celda de Jeisa Suard.
El hombre de la máscara volvió sobre sus pasos, se acercó a la celda de Orfeus Eslamánder y abrió la mirilla, que se deslizó con total suavidad, como si en vez de deslizarse sobre unos raíles lo hubiese hecho por el aire.
Penetró un poco de claridad en la celda a través del cristal de la mirilla, pero en el interior solo se apreciaba vacío.
De pronto, un adusto y escuálido rostro imberbe, con el pelo pobre y grasiento y ojos inestables de un color marrón oscuro que se escondían bajo unas sencillas gafas redondas con las lentes muy rayadas, apareció dentro del halo de la tenue iluminación,
mirando fijamente y a través del cristal al hombre de la máscara de heredero.
El preso, al reconocer la máscara, se acercó aún más a la mirilla, pero el hombre que estaba fuera la cerró de inmediato y, acto seguido, accionó el botón de la puerta.
Los cerrojos, dispuestos a ambos lados, comenzaron a girar sobre sí mismos en un ángulo de noventa grados, conectándose unos a otros mediante una chispa y abriéndose en serie de arriba abajo.
Cuando todos los cerrojos se abrieron, la puerta se elevó despacio hasta ser absorbida por una rendija que había en el techo.
Orfeus Eslamánder, vestido con un mono gris verdoso en cuyo pecho tenía grabado una serie de números de identificación, salió de la celda entrecerrando los ojos, molestos por la luz del exterior que no contemplaban desde hacía años.
Entre ellos no hubo intercambio de palabras, tan solo un breve cruce de miradas.
Entonces, el hombre de la máscara dio un paso al frente, extendió los brazos con las palmas abiertas y orientadas hacia las celdas de ambos lados y pronunció:
—Begagxio.