El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 4 Los presos de Ívelmer
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Chapter 4 Los presos de Ívelmer

Pasada la medianoche, un zapato de elegante diseño estampó su huella sobre un charco de barro.

El refinado individuo que acababa de mojar su pie vestía una gabardina de tono oscuro y un elegante bombín se posaba sobre su testa.

En su mano izquierda sujetaba un paraguas negro que le protegía de la intensa lluvia y en su derecha, agarrado con excesiva firmeza, portaba un maletín de gran tamaño con el escudo del Gobierno grabado en plata en una de sus caras.

Un símbolo compuesto por cuatro aros que se unían en el centro mediante una estrella de cuatro puntas, todo ello envuelto por un círculo.

Después de proferir un bramido de lamento al comprobar que no le quedaría más remedio que continuar con el pie calado, dirigió su vista al frente, donde se encontraba una imponente edificación erigida sobre un terreno elevado que más bien parecía ser parte de él,

evidenciando que había sido construida utilizando una cantera en ese mismo lugar.

En medio de aquel aguacero era difícil distinguir el final de sus tres descomunales y similares torres octogonales, las cuales estaban unidas mediante dos pasarelas que compartían la misma altura.

El hombre de la gabardina solo atisbaba las cúspides durante los pocos segundos en que los focos de seguridad orientaban su potente chorro de luz hacia arriba.

En el muro que rodeaba el recinto, con forma octogonal también, había numerosas atalayas situadas en cada una de las esquinas que dibujaba el polígono, en ellas afloraba una tenue luz y desde allí podían apreciarse las siluetas de quienes las ocupaban.

El hombre del paraguas caminó con aires decididos hacia la alta puerta de acero forjado del recinto, donde sobre ella destacaba un letrero de hierro anclado a las paredes y que indicaba: «PRISIÓN DE ÍVELMER».

Cuando se encontraba a unos escasos veinte metros de distancia, un par de focos lo bañaron de luz y dos centinelas con el rostro oculto por un pasamontañas, asomaron en las atalayas que flanqueaban la puerta.

El hombre de la gabardina se detuvo y apartó el paraguas para que pudiesen reconocerlo.

—Buenas noches, señor, es un honor tenerle aquí —saludó con un deje de extrañeza el centinela de la torre situada a la izquierda de la puerta.

El hombre de la gabardina hizo un gesto de asentimiento y volvió a cubrirse con el paraguas.

El centinela corrió hacia el centro de su atalaya, apagó los focos y, al momento, el suelo pareció estremecerse antes de que el complejo mecanismo de apertura comenzara a ponerse en marcha de forma visible y estruendosa.

Las enormes y robustas barras de acero que actuaban de cerrojos comenzaron a ser engullidas por el interior de la colosal estructura, produciendo un chirrido sordo y liberando a su vez otras barras de mayor tamaño.

A continuación, estas comenzaron a deslizarse unas a la izquierda y otras a la derecha por medio de unos herrumbrosos raíles que provocaban unos torvos crujidos.

Cuando todos los cerrojos se detuvieron, las puertas no tardaron en abrirse de par en par, dejando a la vista una nueva puerta contigua de acero macizo que daba acceso a una alargada edificación conectada con la torre del centro, cuya ubicación estaba ligeramente adelantada a la de sus hermanas.

El hombre del paraguas entró en el complejo penitenciario y tras él y con idéntico mecanismo al que utilizaron para abrirse, pero esta vez a la inversa, las puertas se cerraron.

A continuación, tuvo que esperar bajo la lluvia y una farola que iluminaba de forma intermitente, hasta que medio minuto después la puerta se abrió hacia arriba con un sonoro crujido.

Tras cerrar su aparatoso paraguas, el hombre cruzó el umbral del atrio.

Al final de un largo pasillo iluminado por unas luces incrustadas en el techo y dejando atrás diversas puertas, justo antes de una verja de hierro que bloqueaba la entrada al vestíbulo, se encontraba un guardia detrás de una mesa que, al igual que sus compañeros de las torres de vigilancia,

cubría su rostro con un pasamontañas.

Todos los integrantes de las Fuerzas de Seguridad ocultaban su verdadera identidad y su profesión al resto de ciudadanos, tras el decreto aprobado por el Gobierno unos años atrás.

Decisión que tomaron después de que hubiese una oleada de asesinatos a diferentes miembros de los cuerpos de seguridad en todo el territorio.

Incluso los guardias de Ívelmer vivían en el centro penitenciario durante meses, para que así fuese más difícil descubrir sus verdaderas identidades.

—Buenas noches. Bienvenido, señor —saludó cordialmente el guardia mientras el hombre de la gabardina le entregaba el paraguas para que se lo guardase en la taquilla de pertenencias—. ¿Qué le trae por aquí a estas horas?

—Asuntos privados del Gobierno —zanjó con un tono grave que denotaba que no quería dar explicaciones.

El guardia, entendiendo la situación, no indagó más a fondo, metió su mano por debajo de la mesa y extrajo una pegatina donde se leía en letra mayúscula: «VISITANTE».

—No creo que eso sea necesario —repuso el hombre de la gabardina con un deje de reproche.

—Oh, desde luego, señor, perdone, es la costumbre —se disculpó el guardia avergonzado, mientras tiraba la pegatina al suelo como si fuese algo prohibido de lo que tenía que deshacerse cuanto antes.

—Tampoco será necesario que me realice un cacheo ni que le enseñe el interior del maletín, dentro hay documentos confidenciales que conviene no toquetear —explicó con un tono solícito.

—No, señor, por supuesto, no se preocupe.

El guardia, apresurado de repente, comenzó a mover la palanca que estaba situada en la pared a su espalda, y marcó un código sobre una placa de metal que mostraba los números desde el cero al noventa, señalando tan solo las decenas.

Al instante, unas pequeñas esferas de color naranja se encendieron sucesivamente hasta dibujar un círculo perfecto alrededor del soporte donde se anclaba la palanca, y la verja que daba acceso al vestíbulo se levantó hasta ocultarse por completo en el techo.

El guardia abandonó su puesto tras el mostrador.

—Voy a buscar a un compañero para que le escolte durante su estancia.

—No será necesario —indicó el hombre de la gabardina, obligando al guardia a detenerse.

—Pero… señor… supongo que sabrá que aquí no existen las cerraduras comunes, todas las puertas funcionan por medio de contraseñas que hay que introducir mediante un mecanismo, si no correríamos el riesgo de que…

—Por eso tiene que traerme las contraseñas apuntadas en un papel.

—Está bien —el guardia pareció dudar—, si así lo desea… espere aquí, volveré enseguida.

El guardia salió corriendo hacia el vestíbulo.

El hombre de la gabardina se ciñó el sombrero a la cabeza, como si no terminara de sentirse cómodo con él, y entró en el vestíbulo, donde en el centro se alzaba una escultura tallada en piedra que representaba el símbolo del Gobierno de Las Cinco Comarcas.

A los lados, en los dos pisos de altura en los que se dividía el octogonal vestíbulo, había varias cabinas y oficinas con puertas metálicas, cristales de enorme grosor y diferentes letreros.

En su interior había algunos guardias realizando diversas tareas, aunque otros simplemente dormitaban.

A izquierda y derecha estaban las entradas a las pasarelas que conducían directamente a las otras dos torres, perfectamente señalizadas por unos letreros iluminados.

El guardia salió de una de las oficinas y caminó deprisa hasta el hombre del maletín.

—Aquí tiene —dijo el guardia sin reprocharle que no lo hubiera esperado donde le dijo, y le entregó un papel con todas las contraseñas de la prisión—. ¿Está seguro de querer deambular usted solo por el complejo? Podría ser peligroso.

—Es necesario que así sea, por eso le exijo máxima discreción. Como le he dicho antes, es un asunto secreto del Gobierno, usted ya me entiende.

—Sí, sí, señor, entiendo —asintió el guardia—, en ese caso, si tiene alguna duda sobre cómo introducir las contraseñas no dude en consultar a cualquiera de mis compañeros, y por favor, tenga cuidado.

—Gracias —dijo el hombre de la gabardina mientras comprobaba el papel con las contraseñas—. Puede regresar a su puesto.

El guardia asintió y se marchó.

El hombre del maletín caminó hacia el ascensor, situado al otro extremo del vestíbulo. Una de las baldosas del suelo se tambaleó bajo su pie mientras escuchaba cómo la verja de entrada al vestíbulo se cerraba chirriando.

Se colocó frente al ascensor, el cual permanecía cerrado por dos verjas, buscó la contraseña en el papel y mediante una palanca introdujo en el mecanismo el código numérico.

Tras unos instantes de espera, el mecanismo se iluminó con unas luces anaranjadas y la reja que cerraba el hueco del ascensor, se elevó hasta introducirse por completo en una rendija.

Acto seguido, la verja que protegía el ascensor en sí mismo imitó a su análoga, aunque esta lo hizo abriéndose en dos partes y ocultándose a izquierda y derecha.

El hombre entró en el ascensor rozando el maletín contra las paredes metálicas del interior, y tuvo que buscar en el papel la contraseña que lo llevaría hacia el módulo siete e introducirla en otro mecanismo.

Tras hacerlo, las verjas se cerraron y, con un pequeño estrépito, el ascensor comenzó a ascender, provocando que el hombre de la gabardina perdiese de vista el vestíbulo y a un grupo de guardias que acababan de entrar charlando provenientes de la pasarela que conectaba con la torre tres.

Medio minuto más tarde y tras ver de forma fugaz el resto de plantas de la torre, el ascensor se detuvo con una débil sacudida, esta vez en la planta más alta de la torre uno.

Las dos verjas, interior y exterior, se abrieron para dejar paso al hombre del maletín, que salió a un bloque lleno de celdas distribuidas en dos pisos que estaban conexos por una escalera de aluminio.

Ningún preso parecía haberse percatado de la llegada del ascensor, puesto que además de barrotes de hierro, las celdas también tenían instalado un cristal grueso para evitar que los presos pudiesen proyectar su arlasofía al exterior, ya que no podía traspasar ningún tipo de material sólido.