Chapter 3 La voz desde el reloj #3
—No, señor, ni mucho menos quise decir tal cosa, tan solo me refería a que no manipulo a la gente para llegar a lo más alto, eso nunca lo he hecho —dijo secándose disimuladamente el sudor de las manos en el sofá.
—Sí que lo haces —replicó la voz desde el reloj, sin alterar el tono—.
Es lo que siempre has hecho, enfrentar a unos con otros, traicionar a todo el que fuese necesario con tal de adquirir poder.
Pero conmigo no tendrás ese problema, porque si llevamos a cabo todo el plan con éxito, te nombraré como mi mano derecha y podrás gobernar a mi lado —los ojos del heredero refulgieron a través de los orificios de la máscara, dejando entrever la repentina emoción que sentía al oír esas palabras—.
Cuando tenga el libro en mi poder sabré qué hacer para terminar mi cometido, sin él, ahora mismo estamos a merced de la más absoluta incertidumbre.
—Haré todo lo que esté en mi mano para que llegue hasta usted lo más pronto posible —manifestó el heredero con efusividad, desbordando un repentino optimismo.
—No me cabe ninguna duda de que lo harás…
El heredero hizo ademán de hablar, pero se arrepintió inmediatamente.
—¿Decías algo? —inquirió la voz desde el reloj al percatarse de ello.
—Es que… señor… a pesar de todo, me veo en la obligación de advertirle que el plan es demasiado arriesgado —repuso el heredero con voz queda—. Entrar será relativamente sencillo, pero llegar hasta ellos y sacarlos de allí… eso, es otra cosa bien distinta.
—Tenemos un plan, un muy buen plan, un plan muy elaborado. Tú cíñete a él y verás cómo lo consigues.
El heredero asintió.
—No le defraudaré, señor —dijo, y se levantó con una sospechosa prisa del sofá, tropezando con la mesa.
—¡Espera!
—¿Sí? Señor —dijo el heredero deteniéndose de inmediato.
—Antes de irte quiero que hagas una última cosa.
—¿No dijo que el tiempo corría en nuestra contra? —argumentó nervioso.
—Solo será un momento.
—Pues… usted dirá, señor.
El heredero se quedó en mitad de la estancia, esperando algún tipo de orden.
De pronto, cinco figuras espectrales afloraron desde el suelo hasta emerger por completo. El heredero retrocedió asustado.
—Te preguntarás por qué sigues teniendo el sentido del oído intacto estando en su presencia, muy fácil, porque yo así lo quiero.
Ahora que ha pasado el tiempo, he de admitir que sentí lástima por aquellos chicos, sacrificar a cinco auténticos y jóvenes arlayinos no es plato de buen gusto para mí, pero era necesario, ¿lo comprendes?
—Sí, señor —respondió el heredero con una voz tan débil y entrecortada que casi era un agitado susurro.
—Dime, ¿qué se siente al tener un don que te distinga del resto, que te haga único y especial? —preguntó la voz del reloj.
—Perdone, señor, pero no sé si entiendo muy bien su pregunta.
—No, por supuesto que no, porque no sabes lo que es eso, no conoces esa sensación —le espetó la voz del reloj.
—Perdone, señor, pero sigo sin entenderle —admitió el heredero, cada vez más pávido, agarrotando los dedos de las manos por la angustia.
—Espera y verás, ¡ionlor! —rugió la voz desde el reloj.
Una de las criaturas hizo un rápido movimiento y posó sus manos intangibles sobre los hombros del heredero.
—¡Dat! —voceó la voz del reloj—. Laglor.
De inmediato, el espectro retrocedió y el heredero cayó al suelo de rodillas, temblando y jadeando ruidosamente al lado del sofá.
—¿Ahora lo entiendes? —preguntó ufana la voz desde el reloj—. Esto es lo que significa tener un don, una habilidad que te distinga de los demás. Por eso yo soy único y por eso solo yo puedo estar en la cima, y tú, al igual que el resto, me debes sumisión.
—Sí, señor —balbuceó el heredero, que acababa de apoyar las manos en el suelo para no perder el poco equilibrio que le quedaba.
—Realiza una vez más el juramento —demandó imperiosa la voz desde el reloj—. Realiza el juramento y prométeme lealtad eterna.
El heredero miró al reloj asintiendo y gateó realizando un gran esfuerzo hasta colocarse delante de él.
Una vez allí, se incorporó apoyándose en el sofá para ir recuperando progresivamente la hechura.
Cruzó sus manos sobre el pecho y, tambaleándose, fijó su horrorizada vista en el reloj para recitar:
—Juro ante ti y por ti, mi Lórdezeit, hacer todo lo que esté en mi mano desde este día y hasta mi último día, para que puedas cumplir tu cometido.
—Y yo te prometo que, si lo haces, serás mi segundo heredero, pero, si por el contrario fracasas u osas desafiar mi autoridad, serás castigado en consecuencia —le advirtió la voz desde el reloj.
—Señor —dijo el heredero asintiendo y separó los brazos del pecho muy despacio, por miedo a que volviesen a atacarlo si hacía algún movimiento brusco o inusual.
—Y ahora, ve y cumple con tu misión. Después regresa aquí con las nuevas noticias.
—Sí, señor, en cuanto concluya mi misión volveré para anunciarle nuestro éxito.
—No lo dudo.
El heredero caminó hacia la puerta sin perder de vista a los seres espectrales, que no dejaban de mirarlo con sus cuencas vacías.
—Señor —articuló el heredero con un gallo, deteniéndose justo antes de salir por la puerta—. ¿Y la chica? ¿Qué les digo que hagan con ella?
—Creo que es evidente.