El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 3 La voz desde el reloj #2
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Chapter 3 La voz desde el reloj #2

Cuando se halló frente a la puerta, levantó la manga de su abrigo para consultar la hora, pero las manecillas de su reloj de plata giraban a toda velocidad, sin ningún tipo de control.

El heredero soltó una sonrisa nerviosa, por un instante se había olvidado de lo que les ocurría allí a los relojes.

Volvió a repetir el mismo procedimiento que usó para abrir la puerta de la valla y traspuso el umbral.

La puerta se cerró detrás de él como si lo hubiera hecho a su propia voluntad, a la vez que se produjo un relámpago que iluminó el amplio vestíbulo.

El suelo era de mármol gris, las paredes estaban revestidas con tallados paneles de madera de pino y abarrotadas con polvorientos retratos de antiguos miembros de la familia Nórebol. El olor a moho y tubería obstruida lo invadía todo, causando una sensación de ahogo.

El heredero abrió la palma de su mano, mirando esta hacia el techo y pronunció:

—Volter.

Los dedos de su mano se volvieron incandescentes, emitiendo un resplandor plateado.

Ante el heredero se alzaba una elegante escalinata de madera, con el barniz bastante desprendido y adornada con formas curvas de hierro negro.

El primer tramo de escalera estaba dividido por una estatua de bronce que representaba la imagen de un hombre a tamaño real con bombín y gafas, sosteniendo entre sus manos un ejemplar de El Diario Nórebol, el cual observaba concentrado.

El heredero subió por la escalinata, dejando marcadas tras de sí las huellas húmedas de sus botas en la carcomida alfombra que cubría los escalones.

Cuando llegó al primer rellano, comprobó que el mecanismo del reloj de madera que había colgado de la pared también se comportaba de forma descontrolada bajo las telarañas que lo cubrían.

Al llegar al cuarto y último piso, se internó en un lúgubre pasillo, situado en lo que ya podía considerarse como la buhardilla, allí se escuchaba el rumor del viento penetrando en la mansión por alguna rendija de gran tamaño.

El pulso del heredero se aceleraba con cada paso que avanzaba y se disparó cuando atisbó una puerta que se distinguía de todas las demás porque estaba entreabierta y no cerrada.

Apretó la palma de la mano para apagar el resplandor de sus dedos antes de asomarse apocado a la habitación.

La estancia, a diferencia del resto de la mansión, mostraba un aspecto impoluto, acorde a la magnificencia que un día debió poseer todo el edificio.

Estaba limpia y ordenada, hasta tal punto que las maderas que recubrían cada centímetro cuadrado de la habitación refulgían en medio de la oscuridad.

Las paredes estaban repletas de espejos que tenían un tamaño similar al de una persona de estatura media.

Una escalera en forma de espiral ascendía hasta una segunda planta que lindaba con el tejado.

No obstante, lo que más destacaba en la estancia, era un lustroso reloj de péndulo, en el cual sus manecillas y el propio péndulo giraban desbocados.

Además, el reloj emitía una tenue luminiscencia vaporosa.

Se encontraba anclado a la pared, encima de una chimenea ornamentada con unos finos detalles de bronce.

A ambos lados del reloj había un par de lúgubres lámparas con forma de tridente, justo al lado de dos ventanas circulares que permitían el acceso a un poco de claridad.

—Ya creía que te habías arrepentido de ayudarme —dijo una voz espectral que surgió desde el reloj.

—Disculpe, señor, pero estuve hasta el último momento recabando información de vital importancia para usted —se excusó el heredero con voz trémula y también distorsionada, a pesar de ello, se le podía percibir un tono seco en la dicción.

—Deduzco entonces, que me traes nuevas noticias…

—Así es, señor.

—Vamos, toma asiento, no te quedes ahí parado en la puerta.

—Señor —asintió el heredero haciendo una media reverencia nerviosa.

Después se sentó en el sillón de cuero escarlata que estaba situado ante el reloj, dirigiendo una mirada de soslayo hacia el reflejo que le devolvían los espejos situados a su alrededor.

—Estás empapado.

—No tiene importancia, señor —dijo conduciendo toda su atención hacia el reloj.

—Y bien… ¿Cuáles son esas nuevas noticias?

El heredero carraspeó antes de hablar.

—Señor, la información que le di el otro día es equívoca —explicó con un tono rayano a la disculpa—. La chica no recibirá los Recuerdos el día que cumpla los dieciocho, sino el día siete de abril, es decir, mañana, dos días antes de su cumpleaños.

—¿Estás seguro de lo que dices?

—Sí, completamente seguro, hoy he podido confirmarlo —asintió—. Ha habido cambio de planes, al parecer, ese día resultaba imposible viajar a la Comarca del Noroeste a visitar a una muchacha.

—Esto lo cambia todo… —emitió la voz espectral del reloj tras unos segundos de reflexión—. Sin duda precipita nuestros planes.

—¿Señor…? —cuestionó el heredero con una nota de inquietud.

—Tiene que hacerse esta noche.

—¿Esta noche? —profirió el heredero sobresaltado.

—Sí, esta noche.

—Pero… pero… señor, esta noche… Así no lo habíamos planificado.

—¿Ahora te entran las dudas? —preguntó—. ¿No crees que ya es un poco tarde para ello? ¿Acaso reniegas de tu lealtad hacia mí?

—No, no es eso, señor, por favor, no es eso, usted sabe que nunca podría dudar de mi lealtad —citó con un tono exageradamente devoto.

—No sería la primera vez que ocurriese.

—En el pasado me equivoqué, pero ya no soy así, usted lo sabe, he cambiado y me he redimido, usted lo ha visto.

—Yo sé muchas cosas… más de las que tú te crees.

—Por supuesto, señor, jamás me atrevería a ponerlo en duda.

—¿Seguro?

—Sí, seguro.

—Eres inteligente, pero no tanto como te crees… —dijo la voz del reloj con un tono de reprensión—. Sé que me estás mintiendo.

—No, yo no… —balbució el heredero en voz baja—. Nunca le mentiría, usted sabe que he cambiado, mi acto trayéndole aquí lo justifica.

—Da igual, no importa —sonó tajante la voz desde el reloj—, no seguiremos discutiendo algo que no nos llevará a ningún sitio.

Tú estás ahí sentado y yo estoy aquí dentro y el tiempo corre en nuestra contra.

La única forma de demostrar tu verdadera lealtad es que logres llevar a cabo la misión con éxito, y si tiene que empezar esta noche, así sea, y tú harás todo lo que yo te diga.

—Está bien, señor, si usted lo cree conveniente, se hará hoy, esta misma noche —después de una pequeña pausa agregó—. Pero, se me ocurre, señor, que quizás no sería necesario, que lo podríamos hacer sin ellos. Pensándolo mejor… yo mismo podría encargarme de quitarle a la chica los…

—¡No! —tronó la voz del reloj conmoviendo al heredero, que dejó de hablar al instante—. A ti te necesito aquí, a mi lado, además, para ti tengo reservados otros menesteres no menos importantes.

—¿Y de qué se trata, señor? —preguntó el heredero con una mezcla de pánico y atracción.

—Lo sabrás a su debido tiempo, si te lo digo ahora solo conseguiría distraerte. La misión que tienes que llevar a cabo esta noche es primordial, sin ella todo lo demás carecería de sentido.

—Está bien, como usted diga, señor —asintió—. Yo solo me ofrecía para facilitar las cosas.

—Pero es que las grandes vicisitudes nunca son sencillas, los grandes logros conllevan enormes riesgos y sacrificios —refutó la voz del reloj—. Por cierto… ¿Tienes algo que decirme acerca de Drayan Dosten?

—Al parecer, ayer por la noche se arrojó… por la ventana del ático de su edificio y murió. Los cuero negro han dado el caso por cerrado y han tachado al muchacho de perturbado.

La voz desde el reloj rio.

—Está claro que aún me siguen temiendo —dijo complacido—. Mi nombre todavía infunde respeto, ni estando muerto pierde su fuerza.

—Eso parece, señor.

El heredero se quedó callado y agachó la mirada hacia la mesa, cuando un relámpago cayó muy cerca de allí.

—¿Y a ti? —preguntó la voz desde el reloj tras unos segundos de silencio—. ¿Mi nombre te sigue infundiendo respeto, o al verme aquí encerrado ya no tanto?

—¿Señor? —dijo alzando la vista hacia el reloj.

—Señor… —repitió imitándolo con burla la voz del reloj—. No creas que no conozco tus intenciones, siempre las he sabido.

—¿A qué intenciones se refiere?

—Tú siempre has querido estar por encima de todos, no lo niegues, incluso de mí mismo. Siempre estás manipulando a todo el mundo con tal de alcanzar la cima y solo yo puedo estar ahí.

—Eso no es verdad —se defendió el heredero con voz enérgica.

—¿Afirmas que no solo yo puedo estar en lo más alto?