Chapter 3 La voz desde el reloj
Si tan solo te fijabas en ella, parecía estar ubicada en un lugar inhóspito, pero en realidad, ni siquiera había dos kilómetros de distancia con la ciudad de Bibrébem y tan solo unos cuantos metros de separación con la casa más cercana.
Situada en los lindes de un extenso pinar, la mansión estaba construida con ladrillos de color gris oscuro, colosales ventanales ocupaban gran parte de la fachada y en el tejado sobresalían varias chimeneas que compartían aspecto pero no tamaño.
Una descuidada enredadera cubría gran parte de la fachada principal y de la valla que circundaba la mansión, y muchas tejas se habían desprendido de la cornisa y yacían en el suelo convertidas en añicos.
Su diseño arquitectónico y estado de abandono le conferían un aspecto siniestro, acrecentado con los acontecimientos surgidos en las últimas décadas.
Sus legítimos dueños, los Nórebol, fueron una familia muy distintiva, siendo una de las más ricas y poderosas de Las Cinco Comarcas al ser los fundadores y propietarios del periódico más vendido, El Diario Nórebol, lo que los llevó a ser miembros exclusivos de la élite en menos de un año.
Los Nórebol eran una familia muy querida.
Nicolás Nórebol, después de fundar el periódico, se había casado con Diana Rostein y juntos construyeron la mansión allá por el año 588 d.U., pero ya no quedaba ningún miembro de la familia con vida que pudiese reclamarla, por lo que había quedado abandonada a su suerte.
A pesar de que el último Nórebol hacía ya varios años que había muerto, nadie se atrevía a acercarse demasiado ni por supuesto a entrar en la mansión.
Su último dueño y habitante había sido nada más y nada menos que Érmul Nórebol, o, el Lórdezeit, título que él se autoimpuso tras hacerse con el poder de Las Cinco Comarcas.
Los vecinos de la urbanización eran aficionados a chismorrear sobre misteriosas historias relacionadas con la mansión, casi todas ellas falsas o no del todo ciertas, pero todo ello sumaba para hacer de aquella edificación un lugar prohibido.
Sin embargo, unas pocas semanas atrás, un grupo de seis adolescentes animados por la osadía que concede la pubertad y en medio de la noche, saltaron la valla por la parte posterior y entraron en la mansión rompiendo una de las ventanas, y, solo uno de ellos, Drayan Dosten,
logró salir con vida de la incursión; o al menos esa fue su versión de los hechos.
Aquella noche de luna menguante, Drayan salió corriendo de la mansión, horrorizado ante lo que acababa de presenciar y no se detuvo hasta alcanzar la base más cercana de los «cuero negro».
Con ese sobrenombre se conocía a la Fuerza de Seguridad y del Orden de Las Cinco Comarcas, dado que vestían con chaquetas y pantalones de cuero oscuro.
Drayan irrumpió en la base haciendo un gran estruendo, su gesto reflejaba todo el terror que en verdad sentía.
—Los han convertido… a todos… a todos ellos… ha sido horrible… —informó Drayan resollando, intentando recuperar el aliento apoyando las manos sobre sus rodillas.
—¿A quién han convertido? ¿Qué ha pasado? —preguntó sobresaltado el cuero negro, que estaba medio dormido con la cabeza apoyada en el mostrador de la entrada antes de que el joven irrumpiese por la puerta.
—A mis amigos… un heredero… ha aparecido y los ha convertido a todos… con la ayuda de un reloj… —balbuceó con la voz tomada por el llanto, lo que, sumado a su fatiga, hacía que entenderlo fuese algo muy complicado.
—¿Un heredero? ¿Con un reloj? —preguntó el cuero negro extrañado.
—Sí, así es…
—Chico, como no te calmes y me lo expliques mejor…
—¡Ya se lo estoy diciendo! —gritó Drayan desesperado.
—No, hasta ahora no me has dicho absolutamente nada, cálmate, respira y después habla —le exigió el cuero negro comenzando a perder la paciencia.
Drayan tomó un poco de aire y soltó:
—En la Mansión Nórebol, hemos entrado y, nuestros relojes…
es difícil de creer, pero nuestros relojes se volvieron locos…
comenzaron a girar a toda velocidad… sin control.
Yo les pedí que nos largásemos… pero no me hicieron caso.
Después… llegamos a una sala en el último piso…
donde había un reloj que también giraba a toda velocidad y de pronto…
de pronto… —a Drayan comenzó a temblarle el labio inferior—, desde detrás de las sombras, apareció un heredero…
entonces… desde el reloj surgió una voz que gritó algo muy extraño y los convirtió a todos, yo me libré porque me había quedado entretenido en la puerta observando un cuadro y…
lo vi… vi en qué se convirtieron. Todo se quedó en silencio…
dejé de oír hasta mi propia respiración y corrí…
corrí sin mirar atrás hasta llegar aquí —recitó Drayan.
Transcurrieron unos eternos segundos en los que el cuero negro intentó recopilar toda la información.
—A ver si te he entendido bien… —dijo el cuero negro con una calma que Drayan no llegaba a comprender—. ¿Habéis entrado en la Mansión Nórebol?
—Sí.
—¿Y había un heredero, dices? —preguntó con recelo.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Sí —repitió Drayan perdiendo toda la paciencia—, y los convirtió a todos.
El cuero negro cogió un folio en blanco y un bolígrafo y comenzó a apuntar.
—Y los convirtió… —dijo repitiendo tontamente las palabras de Drayan mientras escribía—. ¿Y qué decías acerca de unos relojes?
—Ya se lo he dicho, nuestros relojes se volvieron locos, las manecillas giraban muy rápido, sin parar.
El cuero negro siguió apuntando con una insultante parsimonia y sus ojos, a través de las rendijas del pasamontañas, dejaban entrever un gesto atónito que delataba un total escepticismo.
Drayan volvió a relatar los hechos, teniendo que hacerlo varias veces para que lo entendiera.
Hasta que finalmente, al amanecer, decidieron montar un pequeño operativo y acudir a la Mansión Nórebol para comprobar si lo que relataba Drayan podía tener algo de veracidad.
Los cuero negro entraron en la mansión forzando la cerradura, tras comprobar que estaba bloqueada mediante arlasofía.
Recorrieron cada rincón de la desastrada mansión en busca de algún indicio que apoyara el extraño relato de Drayan, pero lo único inusual que encontraron fue la ventana rota en la parte de atrás por donde los jóvenes supuestamente se habían colado,
y esa era la única prueba que corroboraba la tesis del joven Dosten.
En la mansión no había nadie y el reloj que Drayan señaló, marcaba la hora exacta y se comportaba de una forma normal y corriente, del mismo modo que los relojes de todos los que se encontraban allí presentes.
Pero Drayan repetía tercamente lo que él había visto.
Nadie lo creyó o eso es lo que dieron a entender, porque quizás ninguno quería inmiscuirse demasiado en algún asunto que estuviese relacionado con el Lórdezeit, ya que todo lo concerniente a él se había convertido en un tema tabú desde su misteriosa muerte.
Pocas horas después, los padres denunciaron la desaparición de sus hijos y Drayan fue arrestado en su casa como el principal sospechoso de la desaparición de los cinco jóvenes.
Fue interrogado durante días, pero Drayan no cambió ni un ápice de su versión de los hechos, sin embargo, nadie se creyó su truculento testimonio.
Pasaron los días, y al no encontrar ninguna prueba concluyente sobre la culpabilidad del chico, fue liberado y regresó a su casa, pero todos creyeron que se había vuelto loco y que él los había matado, dejando ocultos sus cadáveres en algún lugar cuya ubicación se negaba a compartir.
Drayan se fue aislando cada vez más, incluso de su propia familia, los cuales daban a entender que tampoco lo creían.
A diario tenía vívidas pesadillas durante las noches, recordando el terrible suceso que había presenciado en la Mansión Nórebol.
Incluso dejó de ir a clase porque todos lo odiaban y lo llamaban asesino.
Casi no comía y apenas salía de su dormitorio.
Un mes después de lo ocurrido aquella fatídica noche en la Mansión Nórebol, el aspecto de Drayan había cambiado de forma drástica, hasta el punto de parecer un cadáver andante.
Durante la noche, después de haber sufrido por enésima vez la misma pesadilla, se levantó de la cama, subió al ático de su edificio, se asomó por la ventana para tomar el aire y una fuerza invisible hizo que se precipitase al vacío.
A la mañana siguiente, cuando encontraron su cuerpo sin vida, fue la excusa perfecta para dar por sentado lo que todos pensaron desde un principio: Drayan Dosten estaba loco.
La tormenta anunciada en el informativo de las nueve estaba descargando toda su furia sobre la ciudad de Bibrébem y sus alrededores.
Un heredero, pues su uniforme lo delataba, entró en el camino recto que conducía hasta la mansión, envuelto a ambos lados por una hilera de cipreses descuidados.
Sus botas arrancaban crujidos de la grava húmeda mientras caminaba con aires petulantes y sin ningún tipo de paraguas que lo protegiese del intenso aguacero.
Al final del camino se encontraba la imponente mansión, un claro en el cielo se abrió justo por detrás mostrando una vista parcial de la luna llena, que hacía resaltar el contorno del edificio como si estuviese señalando su ubicación.
La «N» de bronce que presidía la puerta de acero forjado, parecía vigilar desde una posición privilegiada todos los movimientos que realizaba el heredero.
Este, después de atusarse el brazalete en su brazo izquierdo, abrió la palma de su mano frente a la cerradura y la giró en la dirección de las agujas del reloj, al mismo tiempo que pronunciaba la palabra:
—Oxditadunta.
La cerradura emitió un chasquido metálico, el heredero empujó la puerta y esta se abrió con un sonoro chirrido capaz de estremecer hasta al más audaz.
Accedió a la antigua propiedad de los Nórebol y el suelo permutó de la grava a un piso adoquinado donde las malas hierbas se las habían ingeniado para aflorar entre las cavidades de los adoquines.
El heredero levantó la vista hacia las ventanas más altas, antes de acometer los escalones que precedían a la puerta de madera de pino que daba acceso a la mansión.