Chapter 2 La tercera clase #2
Fue por ello que consultó el estado de las nubes a través de los escasos huecos que dejaban las casi unidas copas de los árboles, temiendo que empezara a llover en cualquier momento.
Las botellas matraqueaban dentro de la caja y a pesar de que ya iba tarde, no aceleró el paso en ningún momento.
La discusión que había mantenido con Aura acerca de la importancia de la lectura no se alejaba de su mente.
«¿Cómo se podía ser tan ignorante?». No era ni mucho menos la primera vez que mantenían una discusión con el mismo tema de por medio, pero cada vez que lo hacían, Xalara no podía evitar sentirse sola y extraña.
La chica negaba impotente, cuando al acercarse a la primera curva que dibujaba el camino, le llegaron las voces amortiguadas de un grupo de personas sentadas en uno de los numerosos bancos que había situados a lo largo del paseo del bosque.
Xalara se detuvo en seco, asomándose entre la maleza para averiguar quiénes eran.
Se llevó una desagradable sorpresa, pues se trataba de Samanta Zolian y su pandilla.
Entre los que se encontraba el que un día fue su único amigo, Víliam Buendi, ahora conocido como Víliam Greyson tras adoptar el apellido de su padrastro.
Hacía meses que no lo veía, y al parecer había crecido varios centímetros en ese lapso de tiempo, aunque puede que solo fuese una apreciación suya. Además, en su rostro se había desdibujado la peculiar expresión taimada que tanto le caracterizaba.
—Cuando yo sea presidenta, estos pueblos desaparecerán y se convertirán en enormes campos de dominio, donde toda esa chusma que los habita trabaje sin descanso para nosotros —dijo Samanta con aires soñadores—. A vosotros, si os portáis bien, quizás os deje ser parte de mi Consejo de Gobierno.
—A mí me gustaría ser el consejero de la Moneda —intervino un chico moreno, con el pelo corto y la mirada perdida, vestido con un jersey de cuello alto y pantalón negro.
—Thionus, yo creo que, si te nombrara consejero de la Moneda, en poco tiempo serías capaz de convertir a la élite en tercera clase —opinó Samanta, con un tono que estaba a medio camino entre la broma y la seriedad.
Todos rieron, excepto el chico llamado Thionus, que miró ceñudo a Samanta.
—Venga, Thionus, no me mires así, sabes que en el fondo lo que te digo es cierto —adujo Samanta aplicando un tono más solemne, aunque no del todo sincero—.
Yo creo que os nombraría de la siguiente forma: Magna, como prima mía que es, sería mi vicepresidenta; así el apellido de mi madre también estaría en lo más alto.
A Yárely, lo nombraría consejero de Transportes, ya que le gusta muy poco caminar e intentaría mejorar cualquier medio de transporte que le evitase hacerlo.
A Thionus… lo nombraría… —pensó poniendo una mano sobre el mentón—, consejero de Educación.
Seguro que los niños de mi Gobierno no serían los más inteligentes, pero lo bien que nos lo íbamos a pasar con ellos no tiene precio.
Además, siempre es mejor tener una sociedad idiotizada, así es mucho más fácil de manipular.
Y, por último, como consejero de la Moneda, sin duda nombraría a Buendi, ya que él sabe lo que es ser pobre y no malgastaría el dinero de las arcas públicas.
¿Te parece correcto, Buendi? —le preguntó con un deje de burla.
Víliam asintió y forzó una sonrisa, retorciendo las comisuras de la boca en su rostro cubierto de pecas; una sonrisa que desapareció cuando Samanta dejó de mirarlo.
Con el fin de evitar problemas, Xalara decidió continuar su trayecto por un sendero escabroso, aunque esto implicara rodear el pueblo y llegar mucho más tarde a la taberna. Pero el sonido de las botellas delató su posición.
—¡Eh, Verdreven! —gritó Samanta, llamando la atención de la chica.
Por un momento, Xalara pensó en acelerar el paso y no acceder a lo que sin duda era una provocación.
Sin embargo, no estaba dispuesta a otorgarle a Zolian la satisfacción de hacerle creer que huía por miedo a ella; así que volvió sobre sus pasos y continuó el camino con la firme intención de comportarse como si no estuvieran.
Con un brinco exagerado, Samanta Zolian se levantó del banco y se ubicó delante de Xalara, cortándole el paso.
Era una chica sumamente delgada y de baja estatura, con el cabello rubio acariciándole los hombros y los ojos verdes grisáceos.
Tenía un rostro arrogante pese a su palidez y vestía una cazadora de color negro.
Sus amigos no tardaron en colocarse tras ella, posicionándose como si fueran su escolta.
—¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó Samanta ufana.
Xalara se apartó de ella para continuar su camino, pero Zolian volvió a cerrarle el paso con el brazo—. ¿Qué llevas ahí?
—¿Me dejas pasar? Tengo que entregar el pedido —solicitó Xalara, conteniendo su ira. Luego miró a Víliam, que no mantuvo por mucho tiempo el cruce de miradas.
—Venga, enséñanoslo, igual te lo compramos nosotros, seguro que te pagamos mejor que ese tabernero. Por lo que veo, con lo que te paga, no te da para cambiar de calzado —aludió Samanta, fijando su vista en las desgastadas botas de Xalara.
Los demás rieron tontamente, como si Samanta acabara de contarles el chiste más gracioso que habían escuchado en toda su vida.
—Vamos, Verdreven, abre la caja —terció Magna, con una voz exasperantemente aguda.
—No es asunto vuestro —zanjó Xalara, intentando reanudar la marcha sin éxito.
Zolian, espoleada por los murmullos de sus amigos, dio un paso más hacia Xalara.
—Ay Verdreven… Verdreven… qué maleducada eres, habrá que enseñarte a que respetes a la gente superior. Ya veo que tus padres no te han enseñado modales. Ah, no, espera, que no los tienes…
Samanta se volteó hacia su horda y todos rieron de forma exagerada. Después, volvió a dirigirse a Xalara.
—Begagxio —pronunció Zolian, al mismo tiempo que estiró su brazo hacia un lado.
Instantáneamente, la caja que sostenía Xalara salió volando de sus manos para acabar cayendo contra el suelo, provocando que las botellas se salieran y se rompieran por el impacto.
—Uy, perdón, ha sido sin querer —profirió Samanta con voz melosa—. Igual dependíais de todo eso para poder comer este mes. Pero no pasa nada, seguro que tu madrina la licorera puede fabricar más.
Todos reían a mandíbula batiente, pero el chico rollizo de mofletes colorados, situado detrás de Samanta, empezó a toser atragantándose con su propia risa.
—Tranquilo, Yárely, no vayas a morir en este cochambroso lugar al que esta gentuza se atreve a llamar hogar —dijo Samanta, dándole unas pequeñas palmadas en la espalda para intentar calmar la tos de su fornido amigo.
A diferencia de Yárely, Víliam parecía reír sin demasiado entusiasmo. De hecho, Xalara percibió que simulaba la risa, lo que era aún más patético.
Xalara respiraba de forma entrecortada, con el corazón tamborileando vigorosamente contra sus costillas.
Llena de odio y rabia, cuando Samanta volvía su atención hacia ella, explotó de furia y la empujó con las dos manos, haciendo que cayese al suelo de espaldas y a los pies de sus amigos, manchando de barro su distinguido trasero.
Las risas cesaron al instante, tornándose en muecas de absoluta crispación. Víliam y Thionus se apresuraron en levantar a Samanta del suelo, cuyo lánguido rostro ardía de furia.
—¡Cómo te has atrevido a empujarme! —gritó Samanta, salpicando de saliva el rostro de Xalara, que le devolvía una expresión no menos iracunda—.
Maldita seas tú y toda la mugrienta tercera clase.
Ojalá el Lórdezeit hubiese acabado con todos vosotros, con gusto habría dado lo que fuese porque hubiera terminado su cometido. ¡Cogedla!
Sin vacilar, Víliam y Thionus se abalanzaron sobre Xalara, sujetándola cada uno por un brazo. Ella intentó zafarse de los chicos, pero eran demasiado fuertes.
Samanta, ayudada por su prima, se sacudió el barro y, sin mediar palabra, le propinó un potente puñetazo a Xalara. La chica sintió como si la nariz se le hundiera en el rostro, viéndose impelida hacia atrás cuando Víliam y Thionus la soltaron, golpeando su cabeza contra el suelo.
—¡Disfruta de tu estancia en el barro, que es el lugar al que perteneces! —vociferó Samanta con soberbia, antes de escupir al lado de Xalara. Tras ello, se dieron media vuelta y se fueron.
Cuando el sonido de los pasos se perdió en el bosque, Xalara intentó incorporarse, pero no podía poner en marcha ni un solo músculo.
Notaba la sangre brotando de su nariz, resbalando cálida y húmeda por su rostro.
Eso fue lo último que pudo percibir antes de que todo se fundiese a negro a su alrededor.
Al volver en sí minutos más tarde, vislumbró por un segundo una cara desenfocada, barbuda y circundada por un cabello desgreñado.
Pero cuando su vista se recobró por completo, ya no había ni rastro de aquella cara.
Era como si se hubiese evaporado y pensó que seguramente habría sido un efecto óptico provocado por el desmayo.
Aunque su nariz palpitaba de dolor, parecía no estar rota o al menos eso era lo que deseaba.
Se incorporó, y aunque la cabeza le daba algunas vueltas, enseguida recobró la compostura.
Algo con olor a rancio le taponaba los orificios de la nariz, y un trozo de tela, al parecer arrancado de una camisa, le sobresalía en medio de la cara.
El rostro que vislumbró al abrir los ojos no debió de tratarse de un simple efecto óptico, dado que era evidente que alguien le había cortado la hemorragia.
Xalara terminó de levantarse y vio el líquido azul de las botellas desparramado y ya casi absorbido por el suelo, lo que la obligó a volver a casa sin entregar el pedido.
Aura limpiaba unos tallos en el fregadero del sótano cuando Xalara surgió por la trampilla.
—¿Te ha pagado? —preguntó de espaldas al oír su llegada.
—Más bien me han pegado… —contestó Xalara, aferrada a las escaleras, debatiéndose entre bajar o volver arriba.
—¿Cómo dices? —Aura se volvió hacia Xalara, arrugando el gesto al ver su tétrico aspecto—. ¿Qué te ha pasado?
La muchacha no respondió y volteó el rostro hacia la pared, ocultando la nariz con su mano.
—Xalara, ¿qué te ha pasado?
—Unos chicos me vieron por el camino y me rompieron la mercancía. No he podido llegar a la taberna.
—¿Unos chicos? ¿Qué chicos?