El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 2 La tercera clase
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Chapter 2 La tercera clase

Casi diecisiete años después, otro reloj mostraba exactamente la misma hora, pero este era metálico y estaba situado en la pared enmaderada de una pequeña habitación.

Xalara Verdreven, sentada a un sencillo escritorio, tenía la vista inmersa en las páginas de un libro, bajo la luz cálida de una lámpara de mesa que alargaba la sombra de su figura al proyectarla en la pared.

Xalara se había convertido en una joven delgada, con la tez pálida y el rostro esbelto.

Su cabello, oscuro y liso, reposaba sobre su hombro izquierdo para que de esa forma no le molestase al leer.

Llevaba puesto un pijama gris y sus ojos castaños observaban cada detalle del libro ávidos de conocimiento.

Al cumplir Xalara los dos años, dividieron por la mitad el antiguo dormitorio, colocando un tabique de madera y transformándolo en dos pequeñas habitaciones de idéntico tamaño.

El de Xalara, a pesar de su opinión, era bastante acogedor.

Tenía una cama de hierro, estrecha y con un edredón de color arena húmeda.

Un armario ropero estaba situado al lado de la puerta, mientras que encima del escritorio se hallaba el mueble preferido de la muchacha: una estantería esquinera repleta de libros que lindaba con la ventana, la cual estaba adornada con una cortina de dos piezas de lino blanco.

En el tabique había colgado un pequeño calendario que mostraba la hoja del día viernes cinco de abril del año 715 d.U.

—¡¡Apaga esa luz y ponte a dormir, ya!! —la voz de Aura resonó desde el pasillo, asustando a Xalara, que cerró el libro de inmediato, dando la impresión de que estuviese ocultando algo—. ¡Mañana tenemos mucho trabajo!

—¡¡Ya voy!! —gritó Xalara, girándose hacia la puerta con el fin de lanzar su voz hacia el pasillo—. Qué pesada… —masculló al volverse hacia el escritorio.

Observó la portada del libro, que era de color amarillo y se titulaba: El Niño del Drácojor.

Entonces se le ocurrió una idea. Abrió el cajón del escritorio, del cual sacó una pequeña linterna con forma de farolillo y se metió en la cama después de apagar la lámpara.

Se cubrió por completo con las sábanas y el edredón, encendió la linterna, abrió el libro por la página donde lo había dejado y continuó leyendo a hurtadillas.

La relación entre Xalara y su madrina era extraña y distante.

Aura siempre la había mantenido aislada del resto de personas del pueblo, negándole incluso la oportunidad de ir al colegio.

Xalara intuía que, de algún modo, todo estaba relacionado con sus padres, pues cada vez que preguntaba por ellos, la respuesta de Aura era invariable: «Aún no estás preparada para saberlo», seguida de un repentino cambio de tema.

Xalara nunca entendió el motivo por el cual ella tenía que ser diferente al resto, pero, por otro lado, se sentía muy cómoda así, ya que le encantaba estar sola y pasar el tiempo acompañada de sus libros.

A pesar de no haber ido nunca al colegio, Xalara era una chica muy inteligente y con seguridad tenía más conocimientos que las personas de su misma edad.

Aunque eso tampoco era decir mucho, pues apenas había con quien compararse.

Aura le había comprado algunos libros a lo largo de los años y desde muy pequeña le enseñó a leer, escribir, contar y otras materias esenciales.

El único amigo que había tenido Xalara, llevaba ya muchos años viviendo en la capital.

Aunque regresaba en algunas ocasiones a Yadarme, ya no era el mismo.

Aura permitió que se relacionase con él porque la madre del niño era íntima amiga suya y siempre jugaban al lado de la casa, por lo que de ese modo podía tenerla controlada en todo momento.

Xalara estuvo leyendo hasta bien entrada la madrugada, cuando cayó en un sueño intranquilo repasando en estado de duermevela todo lo aprendido esa noche.

Al amanecer, un ruido proveniente de la habitación de Aura, que ya se levantaba para comenzar su jornada laboral en la destilería que tenían instalada en el sótano de la casa, terminó por despertar a Xalara.

Ella se había quedado dormida con el libro haciendo las veces de almohada.

Estaba cubierta por las sábanas, y la linterna permanecía encendida, jugando inconscientemente con el peligro de haber acabado ardiendo en su propia cama mientras dormía.

El calor de las sábanas, sumado al que emitía la bombilla de la linterna, la habían hecho sudar, hasta el punto de que varias páginas estuvieron cerca de romperse al despegarlas de su mejilla.

Era consciente de que su madrina acababa de activar una cuenta atrás de diez minutos, puesto que era el tiempo que habitualmente le dedicaba al desayuno antes de empezar a trabajar.

Después, si fuese necesario, pondría la casa patas arriba con tal de levantarla de la cama, de hecho, no habría sido la primera vez que aquello acontecía.

Xalara se sentía muy cansada. Aun así, decidió que lo mejor era no dejarse vencer por el sueño, ya que después levantarse supondría una gran hazaña.

Lo más sensato era hacerlo antes de que Aura golpeara su puerta de forma estruendosa, así al menos se ahorraría tener que oír su voz acusadora antes de entrar en la destilería, pues luego sería inevitable.

Antes de vestirse, se apresuró en recogerlo todo. Metió la linterna en el cajón y colocó El Niño del Drácojor con el lomo hacia afuera, sobre los libros que colmaban la segunda balda de la estantería.

Al bajar las escaleras, se encontró de bruces con Aura.

Su aspecto no había cambiado demasiado a pesar de los años, tan solo su cabello, que ahora lucía mucho más corto que antaño, sin obviar algunas arrugas que se habían pronunciado en torno a su boca.

Ya ataviada con el esperpéntico mandil de trabajo, Aura se disponía a subir para despertar a su ahijada.

—Qué raro que te hayas levantado antes de que yo te despierte… —dijo Aura con tono mordaz—. Pero viéndote los ojos, no has debido de dormir demasiado.

Xalara, que esa mañana no tenía ganas de discutir con su madrina para variar, continuó sin responder y se dirigió hacia la mesa, donde ya la esperaban una taza llena de leche caliente y una rebanada de pan con mantequilla.

—Y date prisa, hoy tenemos que hacer la entrega antes de las diez —la apuró Aura, mientras abría la trampilla situada bajo las escaleras.

Xalara ni siquiera se molestó en asentir, en cambio asió la taza de leche y fingió no haber escuchado a su madrina.

Cuando Xalara bajó al taller de bebidas (nombre que ella usaba para referirse a la destilería, puesto que sabía que a Aura le molestaba), la estancia ya estaba impregnada de vapores y saturada de esas extrañas pestilencias que ella tanto detestaba.

El aspecto de la destilería era casi idéntico a cómo Aura lo imaginó diecisiete años antes. Repleta de mesas, estanterías, armarios, tanques de ebullición y alambiques que apenas dejaban espacio para el movimiento de dos personas.

—¿Qué leías anoche? —preguntó Aura, casi antes de que Xalara posase sus dos pies en el suelo del sótano.

—Nada, un cuento de niños.

Aura comenzó a remover con ritmo pausado el líquido de una olla que se calentaba sobre un quemador, al mismo tiempo que vertía en su interior el contenido de una probeta.

—¿Es que nunca te cansas de leer? —protestó Aura con un deje de desprecio, mientras se giraba para comprobar la temperatura del contenido en la válvula de control.

—¿Por qué tendría que hacerlo? —contestó Xalara irritada.

—Porque leyendo no se gana dinero, y ya tienes edad suficiente para pensar más en trabajar y no tanto en leer libros de fantasía para niños —argumentó Aura con desdén—.

Algún día esta destilería será tuya, y deberías poner más empeño en aprender de mí y dejar los libros solo para entretenerte en algún rato libre.

Deja de perder el tiempo con estúpidas historias infantiles y céntrate en nuestro oficio, que es lo que te da de comer.

Xalara le dio la espalda, decidiendo que no iba a continuar con aquella burda conversación carente de sentido.

Aura siempre le negaba a Xalara cualquier intención de aspirar alto, pues según su opinión, debido a su clase social, no podían elegir otra opción que no fuese la de trabajar duro durante toda su vida para poder sobrevivir.

Xalara siempre deseó realizar una carrera para tener una vida alejada de su madrina.

Ese también era uno de los motivos por los cuales se pasaba tanto tiempo leyendo.

Pero Aura se encargaba de recordarle que no tenían el dinero suficiente para llevar a cabo su obstinada aspiración y que jamás dispondrían de él.

Después de un rato sin hablar, Aura miró al reloj de la pared.

—¡Qué tarde es! —exclamó urgida de repente—. Hace diez minutos que deberías estar en la taberna.

Xalara, que estaba absorta ordenando botellas en la estantería, se sobresaltó tanto, que a punto estuvo de tirar una botella de daldron al suelo.

—Coge una caja vacía y mete cinco botellas de waisthe n.º 3 —dijo Aura indicándole con el dedo, pero sin dejar de atender las ollas.

En contraposición a su madrina, Xalara hizo gala de una actitud parsimoniosa para coger cinco botellas de contenido azul que estaban en la estantería y cuyas etiquetas rezaban:

N.º 127349807

WAISTHE

N.º 3

Elaborada por Aura Duarte

(Yadarme)

La única caja de cartón vacía estaba rota en una de sus aristas, a pesar de ello, Xalara no le dio ninguna importancia y metió las botellas igualmente.

—Llévaselas de inmediato.

—Vale.

Xalara comenzó a subir la escalera de mano, algo que se tornaba en dificultoso cuando además tenía que portar una caja con pesadas botellas de cristal en sus brazos.

—Ah, y dile que hasta que no te pague lo que debe, no le vas a dejar más pedidos. Esta es la última entrega que le das hasta que abone sus deudas de los tres últimos días, que suman un total de treinta y cuatro mupios. ¿Queda claro?

—Vale, que sí… —Xalara susurró las dos últimas palabras antes de perderse de vista por el hueco de la escalera.

En la calle, la mañana estaba templada. Xalara, ataviada con su inseparable cazadora vaquera, caminaba bajo un cielo plomizo que amenazaba lluvia.