El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 1 Comienza una nueva era #4
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Chapter 1 Comienza una nueva era #4

—Ahora que eres el presidente, creo que será mejor que no leas mucho la prensa —comentó Aura, con una mezcla de sarcasmo y nerviosismo—. Seguro que no se convertirán en tus mejores amigos.

—Dicen que si no puedes con tu enemigo, únete a él, ¿no? —argumentó Alexios con un deje de ironía.

—Sí, cierto… —asintió Aura.

Ambos se miraron y sonrieron, pero ella mantuvo la mirada erguida durante muy poco tiempo, volviendo a sumergir sus ojos en el vaso.

—Dejemos de fingir y no actuemos como si no hubiera pasado nada —intervino Alexios—. Pregúntame todo lo que quieras saber y yo te diré si puedo responderte.

Aura negó sin levantar la vista.

—No sé —chasqueó la lengua—, quizá haya cosas que es mejor no conocer…

—¿Estás segura? —inquirió él.

—Sí, lo estoy —se reafirmó, dirigiéndole una fugaz mirada al presidente.

—Como quieras…

Alexios inspiró profundo y se levantó. Luego, con paso cansino, fue hasta donde estaba Xalara. Aura lo siguió con la mirada.

—Aún me cuesta creer que tus padres ya no estén, no se merecían ese final —comentó Alexios compungido.

—Pero… usted, quiero decir, tú, no los conocías —alegó Aura, que más bien le estaba haciendo una pregunta.

—En eso te equivocas.

—¿Los conocías? —preguntó fingiendo sorpresa, pues ya esperaba esa respuesta, tan solo intentaba sonsacarle información.

—Así es —confirmó Alexios con determinación, sin apartar la vista de Xalara, evitando que Aura viera sus lágrimas.

—¿Cómo…? —preguntó Aura, pero cesó en su intento al ver que él negaba—. Al menos ahora tendrás la oportunidad de vengarlos y hacerles justicia —añadió, adivinando los sentimientos del presidente.

—La venganza crees que sirve para algo hasta que la efectúas, y después te das cuenta de que en realidad no sirve para nada —reflexionó apesadumbrado.

Aura asintió con la mirada perdida.

—En fin… —Alexios se secó disimuladamente las lágrimas con el dorso de la manga y se volteó—. He venido a despedirme, Aura.

—¿Despedirte? —preguntó la mujer, saliendo repentinamente de su breve letargo.

—Ahora que soy el presidente, creo que lo mejor será que no me relacionen con vosotras, por vuestro propio bien.

—¿Qué quieres decir?

—Que me iré y no volveré hasta…

—¿Sin la niña? —preguntó Aura, deteniendo su argumento.

Alexios asintió en silencio.

—Maldita sea, Alexios —exclamó Aura, levantándose de la silla hecha una auténtica furia, perdiendo todos sus modales—. No puedo quedarme con ella, tienes que llevártela.

—Tienes que hacerlo —repuso él con un tono apaciguador y firme al mismo tiempo.

—¡Pero no ves que yo no tengo dinero para mantener a una cría! —objetó ella señalando hacia Xalara—. Ni siquiera tengo suficiente para alimentarme a mí misma.

—Puedo enviarte dinero todos los meses, si ese es el problema.

—No quiero tu dinero.

—En ese caso, seguro que encontrarás la forma de conseguirlo.

—Pero…

—Eres su madrina, Aura.

Estas últimas palabras actuaron como un bálsamo sobre los ánimos candentes de Aura. El presidente se acercó a ella y le puso las manos sobre los hombros.

—Créeme, es lo mejor. Cuando Xalara cumpla la mayoría de edad, vendré a visitaros y juntos le contaremos quiénes fueron sus padres. Hasta entonces, lo mejor será que no conozca la verdad. Lo ideal es que le cambies el apellido y nunca desveles a nadie su verdadera identidad.

Tras unos tensos segundos en los que imperó el silencio, Aura respiró hondo y asintió.

—Verdreven —soltó de pronto.

—¿Cómo dices?

—Verdreven —repitió Aura—. Ese será su apellido. Se llamará Xalara Verdreven y a quien pregunte, le diré que es la hija de una amiga de mi pueblo que ha muerto y que no tenía familia que pudiera hacerse cargo de la niña, y que yo, como madrina suya que soy, me he quedado con su custodia.

—Me parece una idea genial —declaró él.

Aura retrocedió, desligándose de las manos de Alexios.

—No he pedido tu opinión —respondió desdeñosa.

El presidente actuó como si no la hubiese escuchado y se volvió hacia Xalara, inclinándose para darle un beso en la frente. La niña dormía, ajena a la discusión que acababa de acontecer sobre ella.

—Nos volveremos a ver —dijo Alexios, con la voz quebrada por la emoción.

Después caminó hacia la puerta—. Cuando Xalara cumpla los dieciocho años, volveré y efectuaré mi promesa —dijo como para sí mismo mientras recogía su paraguas—.

Bueno, he de irme —anunció tras consultar su reloj de muñeca—.

Es hora de regresar con mis obligaciones.

Tienen que estar a punto de echarme de menos en el Palacio de la Sede.

Mi coartada para escaparme hasta aquí ya se está excediendo en el tiempo y puedo provocar un auténtico problema de estado si no aparezco pronto.

Aura ni siquiera hizo amago de despegar los labios. Alexios abrió la puerta y echó un último vistazo hacia Xalara.

—En fin… que paséis buena noche.

El presidente cerró la puerta y se alejó de la casa, chapoteando por el sendero de barro hasta perderse entre la incesante lluvia y los truenos que continuaban bramando sobre el pueblo de Yadarme.

Aura miró el reloj de madera que había encima del mueble, el cual indicaba que faltaba un minuto para la medianoche, y decidió que ya era hora de subir a Xalara al dormitorio.