El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 1 Comienza una nueva era #3
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Chapter 1 Comienza una nueva era #3

Imaginó los alambiques situados en una esquina, las mesas de trabajo en el centro, el área de embotellado y hasta visualizó una estantería repleta de botellas brillantes y etiquetadas con su propio logo.

Hasta después de cenar y dormir a Xalara en una especie de cuna que encontró entre los trastos del sótano y que aprovechó para colocar en la cocina, no tuvo tiempo de relajarse.

La tormenta que llevaba formándose durante toda la tarde en el oeste estaba descargando un diluvio sobre el pueblo de Yadarme en ese momento.

Aura, agotada, se sentó en la silla, reparando en el ejemplar del periódico Las Comarcas que tenía doblado sobre el mueble, al lado de la radio.

Pensó en utilizar la arlasofía para atraer el periódico sin tener que levantarse, pero no se atrevió.

A pesar de que en la calle pudo ver a varios que ya se habían aventurado a hacerlo, realmente nadie había dicho que estuviesen autorizados para usarla.

Finalmente se levantó a por el periódico, aprovechó para azuzar el fuego de la cocina y volvió a sentarse.

El titular que ocupaba toda la portada en el periódico rezaba:

«MUERE EL LÓRDEZEIT, ALEXIOS KRAUS, NUEVO PRESIDENTE, “COMIENZA UNA NUEVA ERA”».

Al abrir la primera página, se llevó tal sobresalto, que a punto estuvo de caerse de la silla.

Una foto de Alexios Kraus sonriendo ante las cámaras en el Salón de Conferencias del Palacio de la Sede del Gobierno, ocupaba la mayor parte de la plana.

Ella conocía a ese hombre: fue quien le trajo a Xalara apresuradamente y sin darle demasiadas explicaciones, a la mañana siguiente de la muerte de los padres de la niña.

Volvió a observar la foto por si su mente le había jugado una mala pasada, certificando estupefacta, que era él sin lugar a dudas.

Sobre la foto se desplegaba el siguiente título:

«COMIENZA UNA NUEVA ERA»

La pasada madrugada, el Lórdezeit fue asesinado.

No se ha podido confirmar cuál fue la mano ejecutora, pero todo el mérito se le atribuye a un operativo secreto llevado a cabo por la O.C.H. Por lo tanto,

podemos aventurarnos a decir que uno o varios miembros de dicha organización fueron quienes causaron la muerte al líder de la Orden de los Herederos.

A primera hora de ayer y como cada día, las personas pertenecientes a la tercera clase se subían a los trenes para acudir a los campos de dominio cuando, de repente, se vieron sorprendidos por una oleada de ataques perpetrados por integrantes de la O.C.H., quienes aparecieron de improviso,

asesinando y arrestando a los herederos que controlaban el acceso a los trenes a lo largo y ancho de Las Cinco Comarcas.

Fueron demasiadas horas de incertidumbre tras los ataques, hasta que, pasadas las nueve de la noche, Alexios Kraus aparecía después de convocar a los medios de comunicación en el Salón de Conferencias del Palacio de la Sede.

Kraus, vestido con traje y corbata de color negro y con gesto de evidente nerviosismo, se colocaba delante de una multitud de periodistas para dar a conocer la noticia de la muerte del Lórdezeit y la total destrucción de la Orden de los Herederos.

Una rápida sucesión de golpes sacudió la puerta de la casa, Aura se estremeció y desvió la mirada del periódico, fijando su vista en la puerta.

Los golpes se repitieron enseguida, confirmando que había alguien al otro lado.

Aura dejó el periódico sobre la mesa y se levantó sin arrastrar la silla.

Echó un fugaz vistazo hacia Xalara, quien seguía durmiendo sin percatarse de los golpes, y se acercó despacio a la ventana situada junto a la puerta.

Apartó con cuidado la cortina, se asomó a través del cristal emplomado y miró hacia el porche.

Sin embargo, la escasa opacidad del vidrio y la condensación acumulada, le impedían distinguir nada, ni siquiera cuando desempañó con la mano una pequeña porción de cristal.

Entonces pegó su rostro a la ventana, escudriñando la calle, y un destello repentino provocado por un relámpago, iluminó el exterior por completo, como si de pronto se hubiese hecho de día.

Un rostro pegado al suyo estaba en la cara exterior del cristal.

La mujer dejó escapar un alarido de espanto y retrocedió sobresaltada.

—¡Ábreme, Aura! ¡Por favor! —gritó la voz de un hombre, percutiendo con sus dedos en el cristal.

Por un momento pensó en abrir, pero ¿y si era uno de esos herederos que aún no habían sido atrapados? Muchas preguntas cruzaron su mente en unos pocos segundos, y sin saber muy bien el motivo que la empujaba a hacerlo, decidió abrir la puerta.

Bajo el porche y un elegante paraguas negro, se encontraba el flamante presidente de Las Cinco Comarcas. Alexios Kraus era un hombre alto y delgado, tenía el rostro pálido y el pelo moreno barrido hacia un lado. Vestía un traje y corbata de tonos oscuros, muy acorde con la moda de la alta sociedad.

—Buenas noches, Aura —saludó, clavando sus penetrantes ojos en los de la mujer—. ¿Puedo pasar?

Aura se quedó boquiabierta, incapaz de articular palabra alguna, y se limitó a apartarse de la entrada para darle el permiso de acceder a su casa. Cuando por fin reaccionó y después de cerrar la puerta, Aura le cogió el paraguas para dejarlo al lado de la pared.

—Oh, disculpe —dijo Aura, un tanto nerviosa—, pero no tengo nada para ofrecerle.

—No importa —contestó él—, un vaso de agua bastará. Y por favor, no me trates de usted.

Aura asintió y se apresuró a abrir el mueble colgado de la pared para coger un par de vasos.

—¿No usas la arlasofía para sacar los vasos? —preguntó Alexios, que se había acercado a la cocina de leña para secarse.

Aura se giró hacia él, con los vasos en la mano.

—No sabía que pudiese…

—Claro que puedes, ahora eres libre —respondió Alexios, enfatizando su última palabra.

—Está bien… —dijo Aura, depositando de nuevo las tazas en el mueble.

—Adelante, por mí no te cortes —aseguró Alexios, haciendo un gesto con las manos abiertas al ver su indecisión.

Ella respiró hondo, levantó su mano derecha en dirección al mueble, fijó la vista en los vasos y pronunció:

—Begagxio.

Inmediatamente, dos vasos se suspendieron en el aire. Aura los dirigió con su mano hasta posarlos en la encimera, junto al grifo del fregadero.

—Hacía años que no usaba la arlasofía, pensé que se me caerían al suelo —admitió complacida, limpiándose el sudor que le perlaba la frente.

Alexios soltó una risa suave.

Minutos después, estaban sentados a la mesa; gracias a que Aura había subido una silla del sótano. El presidente bebió un sorbo de agua con una mueca disimulada, antes de coger el periódico y observar con atención la portada.