El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 1 Comienza una nueva era #2
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Chapter 1 Comienza una nueva era #2

—Ya está, Xalara, estoy en casa, tranquila —Aura le dio un beso en la frente, le atusó el ralo y oscuro flequillo y la apoyó sobre su hombro—. No volverás a pasar hambre, te lo prometo —dijo mientras acariciaba con ternura la espalda de Xalara, esperando no equivocarse.

El día transcurrió con Aura sentada al lado de la radio, sin despegarse de la silla que había acercado al mueble y teniendo el volumen bajo para que no molestase a Xalara, que dormía sobre su regazo.

Por primera vez desde que la niña estaba con ella, esta había comido algo durante el día y pensó que ese era el motivo de que su sueño fuera tan placentero.

—Si es cierto lo que dicen, creo que has tenido el mejor regalo de cumpleaños posible —le susurró.

Xalara cumplía un año y exhibía el aspecto enclenque de una niña enfermiza.

Algo común entre los bebés que compartían la mala fortuna de nacer dentro de la tercera clase durante aquella época sombría.

No obstante, la mayoría de ellos o bien terminaban en abortos o cruelmente eliminados al nacer, pues no servían como mano de obra y eso era intolerable para la Orden.

Los pocos que eran dados a luz en clandestinidad morían de inanición al cabo de unos días, porque sus padres no tenían suficiente tiempo ni recursos para atenderlos.

Sin embargo, Xalara nació durante la tregua que la Orden de los Herederos concedió a la tercera clase, cuando todos sus esfuerzos se concentraban en la Guerra Civil de Bibrébem.

Gracias a eso, y contra todo pronóstico, ella pudo salir adelante.

Hasta bien entrada la tarde, Aura no reparó en su propia hambre.

Su cuerpo estaba acostumbrado a no comer hasta llegada la noche, ya que en los campos de dominio no les proporcionaban alimento, tan solo les ofrecían un poco de agua cada dos horas y un pobre bocadillo cuando regresaban a casa.

Solían llegar a sus hogares a las diez menos cuarto de la noche y a las diez en punto se decretaba el toque de queda hasta las seis menos cuarto de la madrugada, momento en el que se les permitía salir para coger el tren y regresar de nuevo a los campos de dominio.

A pesar de ello, entre los vecinos del pueblo había surgido una peculiar solidaridad, y se las apañaban jugándose la vida para intercambiar algunos alimentos que almacenaban clandestinamente desde hacía años.

La casa se quedó fría cuando el sol se perdió tras los álamos.

Aura subió a Xalara a la cuna y aumentó el volumen de la radio al máximo antes de salir a por algo de leña.

En la calle no se oía nada, pero el anochecer y el silencio le hicieron ser consciente de que el momento crítico del día se acercaba.

Si aquella supuesta libertad resultaba ser una farsa, La Compañía Nocturna aparecería para castigar su insolencia.

Miró hacia la espesura del bosque y un escalofrío le recorrió la espalda.

Cogió los troncos de leña y se apresuró para volver dentro, cerrando la puerta con llave, aunque sabía que de nada serviría si ellos llegaban, pues podían atravesar puertas y paredes.

La radio continuaba sin señal, pero cuando introducía unas ramas secas en la cocina de leña, cesó el ruido del aparato y se quedó en silencio. A continuación, hizo cuatro amagos de funcionar hasta que en el quinto lo consiguió. Aura dejó caer la leña al suelo y corrió para subir el volumen.

»Buenas noches, ciudadanos y ciudadanas de Las Cinco Comarcas —habló la nerviosa voz de un hombre que a Aura le resultó vagamente familiar—.

En primer lugar, quiero dar las gracias a todos los medios de comunicación aquí presentes en el Salón de Conferencias, por haber venido en medio de este desconcierto para que las últimas noticias lleguen a todos los hogares —la radio hizo amago de apagarse una vez más,

pero Aura le dio un golpe para que volviese a funcionar a pleno rendimiento—.

Comparezco ante ustedes para anunciar la muerte del Lórdezeit y la completa derrota y destrucción de la Orden de los Herederos y su régimen autoritario.

La pasada madrugada, se llevó a cabo un operativo dirigido por la O.C.H. y desplegado por la totalidad de Las Cinco Comarcas, durante el cual el Lórdezeit fue asesinado —hizo una pausa—, y la mayoría de los herederos tuvieron el mismo desenlace o fueron arrestados.

Aun así, debo advertirles que algunos siguen en busca y captura.

En las próximas horas difundiremos algunas descripciones para ayudar a que sean identificados, capturados y encerrados lo más pronto posible.

»Han sido siete años terribles, llenos de muerte y desesperación.

Pero todo eso ya forma parte del pasado —prosiguió la voz en la radio—.

Les anuncio también que, desde este momento, queda restablecido el régimen de gobierno anterior a la llegada de la Orden de los Herederos al poder y que yo, Alexios Kraus, lideraré este nuevo comienzo como presidente de Las Cinco Comarcas.

En los próximos días, formaré el Consejo de Gobierno y junto a mis compañeros trabajaré sin descanso con el fin de crear una nueva sociedad fuerte y unida, donde no existan las clases y donde el terror y el esclavismo no vuelvan a regirnos jamás.

Mi primera medida como nuevo presidente es decretar que el día de hoy, nueve de abril, sea celebrado como el Día de la Libertad, un día festivo para todos.

Cada año recordaremos que hubo un tiempo en el cual no fuimos libres y que este día cambió la historia de Las Cinco Comarcas para siempre. Desde hoy, ¡comienza una nueva era!

Se escuchó una multitud de flashes y la emisión se interrumpió de repente, dando paso a una melodía muy alegre. Aura se encaminó lentamente hacia la puerta, salió a la calle y gritó en silencio:

—¡¡Sí!!

Unas lágrimas de tremendo alivio brotaron de sus ojos negros. Hacía tanto tiempo que no experimentaba la alegría, que ese sentimiento que colmaba cada porción de su cuerpo, la hacía sentirse extraña e incluso avergonzada de sí misma. No podía creerlo: el Lórdezeit por fin había muerto.

Al día siguiente, se levantó temprano, dio el biberón a Xalara con la poca leche que le quedaba y después se fue al pueblo con la intención de adquirir algunos alimentos.

Solo disponía de unos pocos mupios que tenía a buen recaudo en una caja de metal, escondida bajo una tabla suelta en el suelo del dormitorio.

Lo hacía para eludir cualquier registro rutinario que los herederos pudiesen hacer en su casa.

El pueblo parecía haber recobrado la vida.

No era exactamente igual a como la recordaba antes de la llegada de la Orden al poder, eso tardaría mucho tiempo en ocurrir, si es que llegaba a hacerlo, pero sí se le asemejaba bastante.

La gente volvía a caminar libremente por las calles.

Continuaban siendo pobres y estaban hambrientos, pero todo era diferente, porque ahora tenían esperanza.

La taberna de Burlen continuaba abierta y por suerte la tienda de Borguen también lo estaba.

Cerca de la puerta de la tienda, un hombre repartía periódicos.

Para sorpresa de Aura, se trataba de una edición del diario Las Comarcas, el cual estaba censurado por la Orden de los Herederos.

Ellos usaban su propio periódico para difundir su campaña propagandística, eliminando el resto de diarios de información.

—¡Muere el Lórdezeit! ¡Alexios Kraus, nuevo presidente! ¡Comienza una nueva era! —gritaba el hombre, sosteniendo un ejemplar de Las Comarcas—. ¡Vamos, acérquense, la edición de hoy es totalmente gratis!

Aura se aproximó tímidamente y el hombre, con una enorme sonrisa, estiró el brazo para entregarle un ejemplar. Ella lo cogió con recelo y echó un fugaz vistazo a la portada mientras entraba en la tienda.

Dentro, encontró muy pocos enseres dada la escasa cantidad que Borguen guardaba en el almacén y la gran demanda que existía. Aun así, consiguió comprar leche para Xalara y algo de comida para ella.

Al pasar por delante de la taberna de Burlen cuando volvía a casa, un hombre con una edad parecida a la de Aura, con el pelo a media melena, gafas cuadradas, rollizo en comparación con la mayoría y que vestía un mandil negro remendado, salió corriendo detrás de ella.

—¡Eh, espera! —Aura se giró, sintiéndose aludida por los gritos: allí no había nadie más—. ¿Tienes un momento? Quería hablar contigo.

—Bueno, tengo un poco de prisa… —se excusó ella, haciendo ademán de marcharse.

—Solo será un momento, por favor, seguro que te interesa —Aura asintió con un gesto despreocupado—. ¿Sigues sabiendo crear licores?

La pregunta sorprendió a Aura, que no supo cómo reaccionar.

—Eh… sí, claro, supongo… —balbució con la voz atiplada.

—Ahora que he reabierto la taberna, necesitaré un nuevo distribuidor de bebidas, ya sabes… mi anterior proveedor, el señor Eldán…

—Sí, murió en el campo de dominio siendo convertido, lo recuerdo, yo estaba presente —aludió escueta.

—Me gustaría que tú fueses mi nueva distribuidora —dijo Burlen, sonando timorato.

Aura ya había deducido el ofrecimiento.

—Burlen, yo…

—Lo sé, pero no hace falta que me contestes ahora, puedes pensártelo y ya me dirás.

—Tendría que crear una destilería y no tengo los medios económicos para ello —arguyó Aura, un tanto aborrecida.

—Por eso no hay problema. He hablado con la mujer de Eldán y está dispuesta a cederte toda su maquinaria de forma totalmente gratuita.

—Bueno, en ese caso… lo podría montar en el sótano… supongo. Está bien, acepto.

—¿En serio? —preguntó Burlen, con un tono fluctuante.

—Sí, sí —contestó Aura—. Mañana volvemos a hablar y acordamos los términos.

—¡Oh, gracias! —Burlen abrazó efusivamente a Aura, que permaneció con los brazos adheridos al cuerpo y no le devolvió el gesto de afecto, pues no le gustaba el contacto físico.

—Gracias a ti —dijo Aura tras deshacerse del abrazo.

Luego reemprendió la marcha, sin dejar de barruntar la idea que acababa de aceptar.

Ya en casa, Aura bajó al sótano para ponerlo en orden e iniciar su proyecto de destilería. Tuvo que apretar la bombilla en el casquillo para poder iluminar una estancia vieja y polvorienta, que tenía el mismo tamaño que la cocina y estaba repleta de cajas roídas por los ratones.

A medida que limpiaba y ordenaba, tomaba forma en su mente una visión clara de cómo sería su nuevo espacio de trabajo.