El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 1 Comienza una nueva era
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El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1)

El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1)

Por A.R. Alvarez

© inepub.com

Chapter 1 Comienza una nueva era

El reloj, con sus manecillas fluorescentes, señalaba las seis menos tres de la madrugada, asemejándose a una diminuta mancha borrosa mientras se zarandeaba sobre la muñeca derecha de Aura Duarte.

Ella corría por las oscuras calles de Yadarme consciente de que su vida dependía de lo rápido que lo hiciese.

Mostraba un aspecto consumido, recogiendo su negro y rizoso cabello en una coleta que, como si fuese un muelle, rebotaba sobre la parte alta de su espalda, donde tenía serigrafiado un código alfanumérico en su mono de trabajo gris.

De soslayo, consultó el reloj sin dejar de correr y, al doblar la última esquina de la calle asfaltada, vislumbró al fin las farolas de la estación de tren que rompían la infinita sombra que envolvía al pueblo. Sabía que, si se daba prisa, aún podría llegar a tiempo.

Antes de seguir, se quitó el reloj y lo metió en un agujero situado en la fachada de la última casa. Con las prisas, y aunque le fue útil en el trayecto, había olvidado quitárselo.

En la estación, una veintena de personas con un estado físico tan deplorable como el de Aura y que vestían de manera idéntica a ella, avanzaban en fila de a uno con relativa celeridad y sin pausa hacia el andén, donde un tren esperaba arrancado.

Aura se ubicó en el final de la fila, intentando recobrar el aliento desesperadamente y sin que se notase demasiado.

Por un momento creyó que el corazón se le saldría por la boca, pero lo había logrado.

No fue hasta detenerse cuando reparó en lo inusualmente fría que era aquella madrugada del mes de abril.

—Vamos, escoria, el tren está a punto de partir —la reprendió una voz distorsionada que surgió a su espalda, petrificando el gesto de Aura.

El hombre se colocó a su lado, mirándola de hito en hito a través de los agujeros de su máscara. Era un heredero, miembro de una Orden que gobernaba Las Cinco Comarcas de forma autoritaria desde hacía siete años.

Además de este, varios herederos supervisaban el acceso al tren, uniformados por un largo abrigo negro con capucha y una máscara del mismo color que les cubría todo el rostro.

En su brazo izquierdo, a la altura del bíceps, tenían bordado un monograma compuesto por una hache de color negro trazada sobre un fondo blanco circular.

Un símbolo que también se desplegaba con majestuosidad en la bandera que presidía la entrada a la estación.

El momento de dar su nombre se acercaba. Con el fin de acelerar los trámites, Aura se anticipó y se subió la manga izquierda, dejando a la vista el código de identificación que llevaba tatuado en la parte interior del antebrazo y que estaba obligada a mostrar antes de subir al tren.

De pronto, desde la profunda oscuridad que construían los álamos alrededor de la estación, emergió un refulgente haz de luz plateada, que se abrió paso hasta impactar en el costado del heredero que estaba junto a Aura, cayendo fulminado a sus pies bajo una lluvia de chispas.

A continuación, como una tormenta que los sitiaba, varias ráfagas de destellos surgieron desde el bosque, dirigidos hacia los herederos, quienes intentaron en vano desenvainar sus armas para defenderse en medio de un ambiente de estupor.

En cuestión de segundos, todos los herederos yacían en el suelo muertos o gravemente heridos.

Al menos cinco individuos surgieron a la luz de las farolas, enarbolando unas armas muy parecidas a las espadas comunes, pero con la hoja cilíndrica y sin ningún tipo de filo, mientras escrutaban el entorno con una expresión de alerta.

—¡Permanezcan en el suelo! —les ordenó una voz grave y potente.

A Aura no le hizo falta escuchar la advertencia, pues ya se encontraba tumbada boca abajo, con las manos sobre la cabeza y sin atreverse a despegar la mirada del suelo.

Su corazón, que acababa de recobrar un ritmo normal, volvía a palpitar desbocado.

A su lado yacía el rostro inerte del heredero, cuyos ojos la miraban sin verla y un hilo de sangre surgía por debajo de la máscara hasta perderse en el prominente cuello del abrigo.

Aura apretó los párpados con fuerza, deseando que todo terminase rápido.

El sonido de unos pasos cercanos la obligó a abrir los ojos, viendo cómo unas botas manchadas de barro pisaban sin reparo sobre la espalda del heredero muerto.

Al cabo de unos pocos minutos, que sin embargo a Aura le parecieron interminables, marcados por una serie de dramáticos estruendos y gritos indescifrables provenientes del interior de los vagones, una voz distinguible se asomó por la puerta del vagón.

—¡Están todos muertos! —gritó alguien, utilizando un tono victorioso—. ¡Ya pueden levantarse, y esta vez háganlo como hombres y mujeres libres! —añadió.

Varios se alzaron de forma tímida, aún aturdidos por lo acontecido.

Otros muchos salían de los vagones compartiendo una expresión bastante similar.

No obstante, Aura no se atrevía a despegar la mirada, hasta que un hombre armado, que no era un heredero, se agachó sobre ella y le irguió el rostro, poniéndole una mano bajo el mentón con delicadeza.

—Levántese, ya no hay motivo para preocuparse —dijo con una voz tan reconfortante que terminó por convencerla. Se obligó a mirar al hombre, cuyos ojos castaños rebosaban complicidad mientras la observaba.

Después de apartarse de Aura, quien hizo un gran esfuerzo para ponerse en pie a pesar de que sus trémulas piernas le suplicaban lo contrario, el hombre armado tomó la palabra:

—Buenos días a todos —anunció, recorriendo con la mirada a los presentes, que lo observaban con expresiones muy variopintas, aunque compartían un rasgo de confusión—.

Mi nombre es Daniel Órvar, pero también pueden llamarme Dan si así lo prefieren.

Somos miembros de la O.C.H. —se produjeron varios murmullos de incredulidad entre la gente—, y hemos venido hasta aquí para liberarles.

Por el momento no puedo ofrecerles más información.

Aun así, les aseguro que ya son libres y que nunca más tendrán que volver a sufrir por la Orden de los Herederos.

Ahora vuelvan a sus casas y estén pendientes de los medios de comunicación.

Después de unos segundos de desconcierto, a medida que la realidad se asentaba, muchos se abrazaron emocionados celebrando su liberación.

Algunos se fueron sin terminar de creérselo, mientras que otros se resistían a abandonar el lugar por miedo a que todo fuera una especie de prueba por parte de los herederos.

Los que eran de otras poblaciones permanecían dentro de los vagones, agolpados en las ventanillas a la espera de nuevas instrucciones para regresar a sus casas.

Aura fue una de las últimas personas en tomar la decisión de irse. Antes de hacerlo, tuvo la tentación de preguntar al supuesto miembro de la O.C.H. si todo aquello en verdad era cierto, pero cuando iba a abrir la boca, una reacción interior le hizo contenerse.

En su camino de regreso a casa, Aura pasó frente a la taberna de Burlen.

Verla abierta le causó una fuerte impresión, pues llevaba cerrada desde que el Lórdezeit se hizo con el poder de Las Cinco Comarcas.

En la puerta, había varias personas que celebraban, bailaban y entonaban vítores por el supuesto fin de la Orden de los Herederos, mientras una jarra que flotaba en el aire llenaba sus vasos de cerveza.

Aura los contempló, y durante unos instantes se dejó embriagar por el ambiente de jolgorio, pero enseguida sacudió la cabeza para apartar aquella sensación.

Al fin y al cabo, nada estaba confirmado y opinaba que lo más sensato era esperar en vez de celebrar antes de tiempo.

A partir de ese momento, todos sus pensamientos se centraron en una sola cosa: la persona que la esperaba en casa y por la cual había estado a punto de perder el tren, y con ello también su vida.

Llegó ensimismada, sin apenas percatarse del trayecto. Su casa estaba alejada del pueblo, situada en el pequeño claro de una extensa alameda, muy próxima al río.

Cercada por una valla de ladrillo que apenas alcanzaba el medio metro de altura, era una vivienda muy pequeña, aunque tenía dos pisos.

El inferior presentaba una fina capa de cemento blanco descascarado que dejaba desnudos los ladrillos que recubría.

El piso superior, por el contrario, estaba construido íntegramente en madera.

Las ventanas, de vidrio emplomado, dibujaban elegantes patrones de rombos en ambas plantas.

Antes de abrir la puerta, miró en derredor suyo, pues tuvo la fugaz sensación de que alguien la observaba, pero simplemente se trataba de un cuervo que estaba posado sobre el alféizar de la ventana, algo que era bastante habitual.

Aunque con miedo a equivocarse, Aura decidió entrar en casa.

Frente a la puerta de entrada, se alzaba una escalera de madera que daba acceso al segundo piso.

En el centro de una cocina muy limpia y ordenada, se encontraba una sencilla mesa cuyo tablero se notaba más restregado en la zona donde se ubicaba una silla.

La encimera era de madera pulida y los muebles mostraban un aspecto de uniformidad.

Nada más entrar, Aura corrió hacia un mueble situado al lado de la puerta y que albergaba, entre otras cosas, un viejo aparato de radio que encendió de inmediato.

Sin embargo, la única emisora existente, cuyo control estaba tomado por la Orden de los Herederos, no tenía señal; en su lugar sonaba un ruido distorsionado.

Aura se sorprendió, pero no la apagó, tan solo le bajó un poco el volumen después de comprobar que todo estaba en orden en el aparato.

Si la radio no tenía señal… pero no quería hacerse ilusiones, pues el tiempo le había enseñado que eso solo le traería nuevas decepciones.

Un llanto estridente surgió desde el piso de arriba, seguramente provocado por el estruendo de la radio. Aura subió las escaleras y entró en la habitación.

Era un dormitorio muy sencillo, con un camastro oxidado cuyo cabecero rozaba una esquina de la habitación.

Junto a la cama y frente a un ropero con el espejo roto, se hallaba una improvisada y destartalada cuna de madera.

Aura se inclinó sobre la cuna y recogió a la bebé, que estaba envuelta con una cantidad excesiva de mantas.