El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) EPÍLOGO 1
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EPÍLOGO 1



Hogmanay. Slioscreige.

—Me tocaba a mí —dijo Jason, el marido de Constance, cuando el abuelo Craig abrió la puerta.

Victoria, a su lado, ignoró el comentario.

Estaba demasiado ocupada contemplando a su esposo para fijarse en nadie más.

Alasdair cruzó el umbral con el pie derecho y una vez dentro, los miró a todos conteniendo la risa.

Hacía un momento que estaban celebrando juntos y ahora tenía que fingir que era un visitante recién llegado.

Carraspeó obligándose a meterse en el papel del first-footer , como le habían encomendado.

—¡ Bliadhna mhath ùr ! —exclamó con voz potente deseándoles un buen año.

Atravesó el vestíbulo para dirigirse al salón seguido por todos los presentes y no se detuvo hasta estar frente a la chimenea.

—Que nunca se apague el fuego de vuestra casa —bendijo antes de depositar el carbón junto a los troncos.

Se acercó entonces a Olivia y a Elizabeth, que se habían colocado una al lado de la otra.

—Que nunca falte el pan en vuestra mesa.

La abuela McEntrie cogió la hogaza de pan e inclinó la cabeza a modo de agradecimiento.

—Que nunca se acabe el sabor en esta casa.

Elizabeth aceptó el frasco de sal con el mismo gesto.

Ya solo quedaba la frasca de whisky, que le entregó al abuelo Craig.

—Que la alegría no os falte.

El patriarca llenó dos copas de ese whisky y le ofreció una a él.

—Que la alegría no nos falte, hijo. —Levantó la copa y Alasdair brindó con él antes de beber.

Todos los presentes cantaron entonces el Auld Lang Syne y la casa quedó abierta para recibir visitas.

La música resonaba por todo el castillo de los McEntrie y llegaba hasta el cuarto en el que el pequeño Owen dormía despatarrado.

Su madre lo tapó con las mantitas y lo miró durante un largo rato.

Se giró cuando oyó la puerta y vio a su esposo, que se quitaba las botas para no hacer ruido.

Caminó silencioso hasta ella y contempló a su hijo embelesado.

No se cansaba de mirarlo y el corazón se le calmaba en cuanto lo tenía delante.

—Cada día es más precioso —susurró—. No creía que eso fuese posible, pero parece empeñado en contradecir a su padre. Creo que vamos a tener un problema con eso en el futuro.

Victoria contuvo la risa y lo empujó para salir de allí. Pero él le rodeó la cintura con los brazos y la obligó a detenerse.

—Ya que estamos aquí —siguió con el mismo tono—. Y que tenemos una cama…

—Alasdair…

—¿Qué? Solo trato de ser práctico —dijo desatándole el corpiño.

—Somos invitados de tu familia —murmuró tratando de zafarse, aunque no puso mucho esfuerzo en ello.

—Esta es mi casa también. —Lanzó la prenda sobre una silla y se dispuso a quitarse la chaqueta—. Hay que bendecir la cama. Es una tradición del Hogmanay .

—Te lo estás inventando —dijo ella quitándose la falda.

—¿Por quién me tomas? —Los pantalones siguieron a las otras prendas y antes de que ella pudiera deshacerse del corsé, él ya estaba desnudo.

—No te lo quites —le pidió Alasdair empujándola hacia la cama.

—Owen…

—La cunita está muy lejos. Y nuestro hijo tiene el sueño más profundo que yo haya visto jamás.

Victoria sonrió con una sensualidad aprendida y se aflojó la cuerda de la blusa para liberar el escote. Alasdair gruñó como un animal a punto de atacar y se tumbó sobre ella.

—Señora McEntrie —musitó liberándole los pechos—. Debo decir que ha aprendido muy bien en estos meses cómo volver loco a su esposo.

—He recibido muchas clases del mejor maestro —dijo colando una mano entre ellos.

—El único maestro que vas a… ¡ Trobhad ! —exclamó cuando la mano de Victoria rodeó su erección con firmeza y la movió sin el menor recato.

—Parece que estás listo para mí, amor —dijo guiándolo impaciente.

—¿No quieres… que te prepare? —jadeó a punto de rendirse.

Victoria le mostró los dedos brillantes por sus fluidos y él masculló algo en gaélico que ella no logró entender. Alasdair se llevó esos dedos a la boca y los chupó al tiempo que empujaba hasta hundirse dentro de ella.

—¿Esto era lo que querías, mo ghràdh?

Ella le rodeó la cintura con las piernas y elevó las caderas.

—Te quiero a ti. Siempre. —Le cogió la mano para ponerla sobre uno de sus pechos.

Alasdair la acarició mientras se movía tratando de hacer el menor ruido posible para no despertar a su hijo. Se inclinó para hablarle al oído.

—Bendita seas, mujer. Bendito tu coño, bendita tu boca y benditas las ganas que tienes siempre de ponerme a prueba.

Ahora fue ella la que le habló al oído.

—Benditas tus manos, amor mío, que me hacen sentir tanto…

Él usó una de esas manos para taparle la boca y la miró con ferocidad mientras la invadía por completo.

Ella sabía que tenía una debilidad con eso, pero no por ello dejaba de hacerlo.

Lo emocionaba el amor y la devoción que ella mostraba hacia sus manos.

Tanto que a veces lo llevaba hasta las lágrimas.

—Calla —masculló contenido.

—Jamás —dijo Victoria contra su mano—. Eres mío. Todo tú eres mío, Alasdair.

— Tha an diabhal ort —mordió cada palabra.

Victoria quedó petrificada.

—¿Has dicho que soy el diablo? —preguntó incrédula.

—Eres el diablo —afirmó él.

—No deberías blasfemar en Hogmanay —dijo rodeándole el cuello para besarlo.

Lo besaba como lo hacía todo, sin reservas y entregándose por completo.

Él quería más, no era suficiente. Nunca tenía bastante de ella.

Se apoyó en las manos para incorporarse y se puso de rodillas llevándola con él.

Se colocó las piernas de Victoria en los hombros y tiró de sus caderas al tiempo que empujaba más profundo.

Ella se agarró a las mantas apretando los labios para no gritar.

Alguien tocó a la puerta y Alasdair se detuvo tenso.

—¿Estáis ahí?

Se oyó la voz de Heather al otro lado.

—Si estáis haciendo lo que todos creemos que estáis haciendo, terminad ya. Voy a tocar la pieza que he compuesto para vuestro hijo y sería un detalle que sus padres estuvieran presentes.

Victoria contuvo la risa.

—Ya vamos —dijo lo bastante alto como para que lo oyese.

—Bien —dijo Heather .

Alasdair tenía el flequillo pegado a la frente por el sudor y respiraba agitado.

Empujó aún tenso, pero un ruidito en la cuna de Owen lo hizo detenerse nuevamente.

Su esposa no pudo contenerse más y rompió a reír a carcajadas.

Alasdair se apartó y se dejó caer en la cama bocarriba con una tremenda erección.

Victoria se levantó atándose la cuerda de la blusa y fue hasta la cunita para ver a su bebé.

El pequeño tenía los ojos abiertos y la miró extasiado.

Enseguida empezó a mover brazos y piernas desprendiéndose de la mantita.

—¿Mi chiquitín quiere que mamá lo coja? —dijo sacándolo de la cuna—. Ven aquí, amor mío. Tu papá va a tener que vestirse enseguida y espero que esa cosita tan grande disminuya de tamaño rápidamente o no va a poder bajar a escuchar la música que la tía Heather te ha compuesto.

Miró por encima del hombro y comprobó que se estaba vistiendo.

Heather interpretaba un allegretto y Victoria sostenía a su hijo en los brazos mientras se movía con la música.

Alasdair estaba apoyado en la pared con los brazos y los pies cruzados.

No se había puesto la chaqueta, solo camisa y chaleco.

El corazón golpeaba en su pecho con un ritmo constante, pom, pom, pom.

Y casi podría jurar que era el mismo ritmo que seguía el de Victoria.

Porque su corazón latía por ella. Respiraba por ella.

Todo lo bueno que había en su vida se lo debía a ella.

Estaba convencido de que si ella no hubiese viajado con Zinnia, si no se hubiese metido en Reid House alterando su vida por completo, él habría acabado muy mal.

Victoria se volvió para buscarlo y cuando sus ojos se encontraron, supo en lo que estaba pensando.

Le sonrió y levantó a su hijo en un lenguaje mudo que él entendía.

Alasdair asintió y Chispas saltó de la consola en la que se había tumbado directo a su hombro.

Él acarició al gato, que ronroneó restregándose contra su cuello. La música le inundó los sentidos.

El mundo era un lugar hermoso.