El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) EPÍLOGO 2
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EPÍLOGO 2



El mayordomo de los Wilmot le abrió la puerta y Craig entró con paso rápido.

—Tiene el baño preparado, señor.

—Gracias, Moseley. ¿Cuánto tiempo tengo?

—Media hora, señor.

—Llegas tarde —dijo Anne al cruzarse con él en las escaleras.

—Veo que tú ya estás lista.

—Yo siempre estoy lista.

Craig sonrió levemente y continuó subiendo.

—¿Le has dicho ya a papá que Mike no puede montar a Poderoso?

—En primer lugar, jamás llamaré Poderoso a un caballo, y en segundo lugar, Mike es el jinete que contrató tu padre para montar a Blue. No tengo nada más que decir.

—¿Quién llama Blue a un caballo bayo?

—Tu padre le puso ese nombre. Dice que sus cascos son azules.

—Mi padre no distingue los colores.

El escocés se encogió de hombros y subió otro peldaño.

—Me viste montar —dijo corriendo para alcanzarlo—. Dijiste que tenía razón.

—No —replicó con dureza, deteniéndose—. Dije que montabas bien, no que pudieras participar en una carrera.

—Pero puedo hacerlo.

—No, no puedes.

—Sabes a lo que me refiero —dijo furiosa.

—Y tú sabes a lo que me refiero yo.

—Eres como todos.

Craig inclinó la cabeza.

—¿Cómo quién exactamente?

—Mis hermanos. Mi padre. Mis tíos. Todos intentan hacerme creer que no puedo montar porque no tengo… —señaló la entrepierna de Craig—. Eso.

Él se puso rojo y siguió subiendo sin responder. Pero Anne no había acabado y lo alcanzó en el descansillo.

—Monto mejor que Mike. Poderoso me prefiere a mí.

—¿Que te…? Anne, por favor, apenas tengo tiempo de darme un baño y cambiarme. Al final tendré que ir a esa maldita cena oliendo a caballo.

—Pues menuda novedad —dijo ella elevando el mentón—. Siempre hueles a caballo.

—Vaya, gracias.

—Es la verdad. Y no lo digo como un insulto. Me gustan los caballos, ya lo sabes.

Craig resopló de impaciencia.

—Anne, el Jockey Club no permite que corran mujeres. No hay forma humana de que puedas participar, no va a suceder. Lo siento, pero es la verdad.

—No lo sientes.

—Está bien, no lo siento, en realidad me da igual.

—¿Por qué?

—¿Por qué me da igual?

—No, ¿por qué no puedo participar?

—Yo no hago las normas, solo intento acatarlas.

—Reconócelo. Reconoce que soy mejor jinete que Mike.

Craig vio que ella ardía por dentro y sintió una punzada de culpa. Joder, tenía razón, era mucho mejor jinete que Mike. Su conexión con el purasangre era pura magia.

—Lo reconozco —dijo al fin—. Pero eso no importa, Anne. Sigues siendo una mujer y no te dejarán participar. Acéptalo.

—¿Tú lo aceptarías?

—Yo no soy una mujer.

—Sabes a lo que me refiero. Si quisieras hacer algo tanto como yo quiero eso y no te dejaran por algo tan injusto, ¿lo aceptarías?

Vio hacia dónde lo llevaba.

—Lo siento, Anne. Como te he dicho, yo no hago las normas. Y ahora, si me disculpas, tengo que ponerme un traje sin tiempo para bañarme.

Anne se llevó un dedo a los labios pensativa y bajó los escalones balanceándose de lado a lado.

—¿Qué maquinas, hija? —preguntó su madre, que se dirigía a la cocina.

—Mamá, ¿puedo hablar contigo de una cosa?

—Ahora mismo iba a preguntarle algo a la señora Richmond. ¿Es urgente?

—Quiero montar a Poderoso.

—¿Quién es Poderoso?

—El caballo que ha traído Craig.

—Se llama Blue.

—Ay, mamá, es igual. Quiero correr con él.

—¿Correr cómo? Es un caballo de carreras. Tu padre lo ha inscrito en la Doncaster.

—Lo sé, y va a montarlo Mike, que es mucho peor jinete que yo.

Su madre sonrió al entender por dónde iban los tiros.

—Ya veo. —Entró en la cocina—. Señora Richmond, ¿cómo está su madre?

—Mejor, señora. Ha sido un pequeño susto. Se cayó de la cama y ahora va a tener que estar en ella unas semanas, me temo. No puede caminar, pero no tiene nada roto, gracias a Dios.

—Menos mal. Si necesita cualquier cosa, dígamelo. Y vaya a verla siempre que pueda. Le diré al señor Moseley que entre todos la ayuden a despejar algunas horas del día. Por nosotros no se preocupen.

—Muchas gracias, pero iré en mi día libre. Ya sabe que mi hermana vive con ella.

—Mamá…

—Busque a alguien para que la ayude —siguió Emma ignorando a su hija—. Yo me encargo de los gastos.

—No, señora, por Dios.

—Mamá… —Anne se mordió el labio inquieta.

—He dicho que busque a alguien y no quiero discutir, señora Richmond. Aprecio mucho a su madre y quiero que esté bien. Fue mi cocinera durante mucho tiempo y no permitiré que le falte de nada.

—Muchas gracias, señora Wilmot. Ella la quiere mucho, ya lo sabe.

—Lo sé —sonrió Emma cogiéndola del brazo—. Cualquier cosa, no lo olvide.

Emma salió de la cocina con su hija pisándole los talones.

—Mamá, ¿puedes hacerme caso un momento?

—Está bien —dijo dándose la vuelta dispuesta a escuchar a su hija—. ¿Qué es eso tan urgente que no puede esperar?

—Craig dice que soy mejor jinete que Mike.

—Oh. Pues deberías estar muy orgullosa porque si hay algo de lo que entienden los McEntrie es de caballos y carreras.

—Tú eres la única que puede entenderme, mamá. Siempre te has rebelado contra las injusticias. Y esto es muy injusto.

—¿Cuando dices esto, te refieres al hecho de que no puedas participar en una carrera como la de Doncaster?

—Sí, mamá, me refiero exactamente a eso.

Emma la miró durante unos segundos mientras trataba de encontrar las palabras, consciente de que no había un modo fácil de decir aquello.

—¿Recuerdas cómo firmaba sus libros la señorita Austen?

—Sí, mamá.

—¿Y recuerdas cómo los firmaba yo?

—Sí, mamá. —Se movió impaciente sabiendo hacia dónde iba la conversación.

—A veces las cosas no nos están permitidas y tenemos que encontrar el modo de alcanzar nuestros sueños por un camino alternativo. ¿Lo entiendes, hija?

Anne frunció el ceño algo confusa. Mientras daba vueltas a sus palabras, su madre dijo algo más que no escuchó.

—Seguro que puedes encontrar una carrera local o privada en la que las normas no sean tan estrictas. Y ahora tengo que ir a ver si tu padre está listo. —Se alejó de ella—. Luego dicen que las mujeres tardamos en arreglarnos.

Anne se quedó en mitad del vestíbulo con los brazos caídos a ambos lados del cuerpo y las palabras de su madre resonando en bucle en su cabeza:

«Encontrar el modo de alcanzar nuestros sueños por un camino alternativo».

«Un camino alternativo».

Se acercó al espejo situado en la pared y se paró delante inquisitiva. Se miró de frente y de perfil. Se colocó las manos en la cabeza imaginándose con una gorra.

Sonrió.

Emma y Edward ya estaban en el carruaje cuando Craig bajó las escaleras a la carrera. Anne lo esperaba en el vestíbulo.

—Al final te has bañado —dijo ella señalándole el pelo húmedo.

—Me he dado toda la prisa que he podido.

—Tranquilo, papá no tiene ganas de ir y no le importa llegar tarde.

—¿Vamos? —dijo él haciéndole un gesto para que pasara delante.

—Una pregunta, Craig.

—Dime.

—Oí el otro día una conversación entre Mike y Thomas, nuestro mozo. Hablaba de un tema muy desagradable del que yo no tenía ni idea. Le preguntaría a papá, pero no quiero preocuparle.

—¿De qué se trata? —la animó preocupado.

—¿Qué es eso de amañar carreras?

—¿Qué?

—S í. Mike le contaba a Thomas que hay jinetes que apuestan contra sus monturas o pactan perder carreras a cambio de dinero. ¿Eso es cierto?

Craig no parecía nada contento.

—¿Mike hablaba de eso?

Anne asintió con una expresión tan cándida que habría podido engañar a cualquiera y él se frotó la nuca, pensativo.

—Bueno… esas cosas pasan. Pero a nadie le interesa algo así, porque si los pillan los echan de la carrera y no pueden volver a correr jamás. Solo un idiota se arriesgaría.

—Eso pienso yo —dijo ella asintiendo repetidamente—. ¿Nos vamos?

Su sonrisa fue tan luminosa que lo confundió, pero con Anne las cosas siempre eran así. No permanecía quieta más de dos segundos. Se encogió de hombros y la siguió al coche.