El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 70
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CAPÍTULO 70



Zinnia movía las piernas nerviosa mientras trataba por todos los medios de que sus ojos no se cruzasen con los de Alasdair.

Él permanecía sereno, en una silla que parecía mucho más cómoda que el sofá en el que ella estaba sentada.

La casa de los Wharton era muy bonita y la habían recibido con mucho afecto, pero si pudiera estar en cualquier otra parte en ese momento…

—¿Qué tal te ha ido en Borgosanto? —preguntó él al fin.

—Bien —dijo preguntándose si la figurilla de la lavandera era de algún artista que ella conociese.

—Zinnia. Por favor, ¿puedes mirarme?

No.

—Claro —dijo juntando las manos sobre la falda.

Alasdair fingió no ver cómo los pies le daban saltitos sin parar. Respiró hondo y recordó lo que Victoria le había dicho.

Sé sincero y no intentes esconderte.

—Owen se ha ido de mi cabeza.

La niña se quedó inmóvil. Alasdair habría jurado que incluso había dejado de respirar. Giró la cabeza despacio hasta que sus ojos se posaron en él y un fuego frío le caló hasta los huesos.

—En realidad, nunca ha estado aquí. Se marchó aquel día y probablemente encontró enseguida un sitio en el cielo.

Zinnia continuó con la misma expresión y Alasdair soltó el aire como si solo pudiera respirar a trompicones. Se pasó los dedos por las cejas como si le dolieran. No sabía cómo abordar el tema.

—Di lo que tengas que decir —lo ayudó la niña y él la miró sorprendido.

—¿Por qué siento que soy yo quien tiene quince años?

Ella se encogió de hombros.

—Yo quería muchísimo a tu hermano. Muchísimo. Era mi mejor amigo. Me conocía mejor que nadie y yo a él.

—Yo lo conocía mejor.

Alasdair apretó los labios en una sonrisa amarga.

—Aquel día pasaron muchas cosas, y todas demasiado rápido.

Cuando entré en la biblioteca, estaba como tú me habías dicho.

Parecía haber perdido la cabeza, tiraba los libros de las estanterías y las cosas de encima de los muebles.

Bebía sin parar y desvariaba. De repente cogió uno de esos libros y lo lanzó a la chimenea.

Zinnia enlazó las manos y las apretó tan fuerte que los dedos se le pusieron morados.

—Le dije que era un estúpido, que ese era el libro preferido de vuestra madre.

El horror afloró a aquella mirada casi infantil que iba a apagarse sin remedio.

—Y antes de que me diera tiempo a hacer nada, lo sacó del fuego y lo lanzó hacia las cortinas.

Zinnia se tapó la boca con las manos, aunque no había emitido el menor sonido.

—Corrí a descolgarlas porque prendieron al instante.

Creí que si conseguía tirarlas al suelo y pisarlas lograría…

Tu hermano me tiró el whisky que todavía le quedaba en el vaso.

Yo le pedía agua y él no debía pensar con claridad.

Mis manos se prendieron. —Cerró los ojos un instante.

Recordar todo aquello lo hizo temblar como un niño—. Dolía tantísimo…

Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de la niña.

—Perdí el conocimiento y cuando desperté él no estaba. Me sacó y volvió a por ti. —Respiró hondo y el aire tembló en su garganta—. Tu hermano nos quería. Solo quería salvarnos.

Zinnia se cubrió la cara con las manos y rompió a llorar con desgarradores sollozos. Alasdair se levantó y fue a sentarse a su lado sin saber si podía abrazarla.

—Lo siento muchísimo, Zinnia. Ojalá hubiera estado consciente. Ojalá no le hubiera dicho nada del libro. Ojalá lo hubiera sacado de esa casa en cuanto entré.

La niña se abrazó a él, mientras su cuerpo se agitaba con violencia. Alasdair la rodeó con sus brazos y le acarició el pelo mientras le decía palabras de consuelo. Victoria, al otro lado de la puerta, lloró también con una mezcla de pena y alivio que deberían ser incompatibles.

Mucho rato después, cuando Zinnia había empapado el pañuelo de Alasdair, él se atrevió a preguntarle.

—¿Me has perdonado?

Ella asintió despacio.

—En realidad, ya te había perdonado —dijo sincera doblando y desdoblando la punta del pañuelo una y otra vez—. Estos meses en Borgosanto me han hecho recapacitar y me he dado cuenta de muchas cosas.

Alasdair sonrió aliviado.

—Pues no sabes cómo me alegro.

—Yo también me sentía culpable —dijo al fin y las lágrimas volvieron a brotar.

—¿Tú? ¿Por qué?

—Si no me hubiese cambiado de habitación…

—¡Habrías muerto!

—Quizá no. Quizá hubiera podido bajar antes de que el piso se desplomase y él no habría subido a buscarme. Pero estaba dormida y cuando me di cuenta, ya no podía bajar por allí y no se me ocurrió usar las escaleras de servicio. Soy estúpida.

—No eres estúpida. Eres una jovencita inteligente. Tuviste una idea genial al descolgarte de la ventana.

Zinnia se sonó la nariz en el pañuelo y luego se limpió las lágrimas con la mano.

—Quería castigarme, por… por… —Casi no podía hablar—. Necesitaba que todo… tuviese sentido. Mi padre, mi madre, mi… hermano… Necesitaba que todas… las cosas malas que me han… pasado fuesen porque me las… merezco. Porque si no tendría…

Alasdair la atrajo hacia su pecho y los sollozos volvieron a sacudirla con violencia.

—Tendría que aceptar que no… importa lo que… hagas —sorbió—, te pasarán… cosas malas.

Alasdair sintió que se le rompía el corazón y la apretó contra él depositando un beso en su pelo.

—Lo siento, pequeña, lo siento mucho. Siento que hayas pasado por todo esto y que te hayas sentido tan sola. Pero quiero que sepas que yo estoy aquí. Que estaré siempre para ti. Seré tu hermano, seré tu amigo, seré lo que necesites que sea, Zinnia.

Se apartó para observarlo y la frialdad que había vivido alojada en aquellos ojos se deshizo con las lágrimas.

—¿Lo serás, Alasdair? ¿Quieres ser mi hermano?

Él asintió con un nudo en la garganta.

—¿No me dejarás sola?

Él negó sin poder decir una palabra porque su resistencia pendía de un hilo. Zinnia bajó la cabeza y miró las manos de Alasdair.

—¿Te duelen?

—Un poco —respondió con voz ronca—. Pero mejorarán.

—Yo… lo siento.

Le alzó la cara cogiéndola de la barbilla.

—Se acabó pedir perdón por cosas que no son culpa nuestra —dijo.

Ella sonrió.

—¿Viviréis conmigo en Reid House?

—Por supuesto. Y, Zinnia, levantaremos el ala este si tú quieres.

Ella asintió con entusiasmo.

—Pues así se hará. Aunque habrá que esperar a que tus finanzas estén saneadas. Para eso aún falta.

—Alasdair, ¿ya sabes qué nombre le pondréis al bebé?

Él sonrió.



El pequeño Owen nació en Berksham, el diez de octubre de mil ochocientos cuarenta y dos a las cinco y media de la tarde.

Tenía unos pulmones sanos, a juzgar por el llanto que se escuchó en toda la casa de los Crawford.

Pesó siete libras y diez onzas, casi tres kilos y medio, y Alasdair fue el primero en cogerlo en brazos.

Cuando le acarició la piel de los mofletes, un escalofrío lo recorrió entero.

Era algo que le pasaba algunas veces, la hipersensibilidad en las manos hacía que las sensaciones fuesen muy intensas en ocasiones. También le pasaba al tocar a Victoria.

Colocó al bebé sobre el pecho de su madre, después de que expulsara la placenta, y unos minutos más tarde dejaron entrar a Zinnia en el cuarto. La joven se acercó a Victoria con expresión aterrada, al ver la sangre en el camisón y en las sábanas.

—¿Siempre es así? —preguntó horrorizada.

—La sangre es escandalosa, niña —dijo la matrona—, pero no es para tanto.

Victoria parecía agotada y no muy dispuesta a corroborar las palabras de la mujer, pero intentó sonreírle a la niña.

—Saluda a Zinnia —dijo algo afónica moviendo el bracito del bebé con cuidado—. Va a ser tu hermana mayor.

—Hola, pequeñín. Voy a consentirte muchísimo.

—Oye —la regañó Alasdair—, esa no es la misión de una hermana mayor.

—Por supuesto que lo es. Para educarlo ya estáis vosotros. Necesitará a alguien que le ayude a soportar todas las reglas y normas que le vais a imponer. —Sonrió colocándose las manos debajo de la barbilla—. Esa soy yo.

—Dejadme que lo limpie un poco —dijo Caroline apartándolos a los dos para poder acercarse a su nieto—. Tú tienes que descansar, cariño.

—Mamá, estoy bien.

—¿Ha terminado, señora Gaskell?

—Sí, ya me voy. Ha sido un buen parto.

—Ocho horas son ocho horas —insistió Caroline—. Venga, todo el mundo fuera. —Le guiñó un ojo a Alasdair para que supiera que no iba por él.

Unos minutos después el cuarto se quedó en completo silencio. Alasdair se quitó la chaqueta, el pañuelo del cuello y los zapatos. Se sentó junto a Victoria, la atrajo hacia sí y la recostó en su pecho.

—¿Estás cómoda?

—Mmmm —dijo ella cerrando los ojos.

—Duérmete. Yo velaré tu sueño.

Miró el techo de aquella habitación en la que había dormido los últimos dos meses y se dio cuenta de que aquella casa siempre sería especial para él. Allí había vuelto a ser feliz.

—Alasdair… —musitó Victoria.

—Creía que te habías dormido.

—¿Estás bien?

Sonrió divertido.

— ¿Tú me preguntas a mí si estoy bien, después de lo que acabas de hacer?

—¿Qué acabo de hacer? —preguntó somnolienta.

—Has traído al mundo a mi hijo. El niño más perfecto que he visto jamás.

Ella se acurrucó contra él.

—Solo podía ser perfecto, porque es como tú.

Sintió una punzada en el pecho al recordar lo mal que había tratado a esa mujer. Desearía poder volver atrás y partirle el alma a ese estúpido Alasdair del pasado.

—Pues debo decirte que es igualito que su madre.

—Mmmm.

—Duérmete, amor mío.