El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 69
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CAPÍTULO 69



Victoria se paseaba de un lado a otro de la estancia y no se paró hasta que él entró por la puerta.

—Victoria, no deberías estar aquí. Esto es un…

Ella corrió a sus brazos y le rodeó el cuello con tanta fuerza que sus sollozos lo sacudieron como si brotaran de su propio pecho.

—Estás vivo —sollozó angustiada—. Estás vivo.

La abrazó también. Sentía el abultado vientre contra él y cerró los ojos un momento aspirando su aroma y reteniéndolo en los pulmones.

Cuando ella se apartó, su expresión le provocó una cálida sensación y el miedo se le deshizo entre las costillas.

Le deslizó la mano por la espalda y la llevó hasta su mejilla para atrapar una lágrima con el pulgar.

Después se chupó el dedo con una sonrisa.

—Tus lágrimas de felicidad saben mucho mejor.

Victoria se fijó entonces en esa mano y el dolor se reflejó en su rostro.

—Alasdair… —gimió—. Amor mío.

—Estoy bien —dijo él—. Aún tienen mal aspecto, pero mejorarán, ya lo verás.

—¿Puedo tocarlas?

Él asintió y vio emocionado cómo le agarraba la mano derecha con suavidad y se la revisaba con atención.

Después hizo lo mismo con la izquierda. Las lágrimas no dejaban de brotar y Alasdair se preguntaba cómo era posible que estuviese aún más hermosa de lo que la recordaba.

Bajó la mirada hasta su vientre y se le encogió el corazón.

—¿Cómo… estás? —preguntó con voz temblorosa.

Ella le mostró una cálida sonrisa.

—Me siento como una ballena.

—¿Has visto alguna ballena? —preguntó socarrón.

—Soy una mujer culta. Leo mucho.

—Ah. —Le colocó las manos en la cintura y deslizó una hasta su vientre, muy despacio.

Victoria puso la suya encima y durante unos segundos permanecieron así los tres.

—Te he echado de menos —dijo él.

Victoria volvía a llorar, pero también se reía nerviosa.

—¿De verdad?

—No he pensado en otra cosa desde que te dejé en Berksham. Cada minuto de cada día has estado presente en mis pensamientos, amor mío.

—No voy a poder soportarlo —sollozó ella—. No estaba preparada para… esto.

Él sonrió y apartó con ternura un mechón de pelo que se había escapado de su recogido.

—Pues vas a tener que acostumbrarte, porque pienso decirte lo mucho que te quiero todos los días del resto de nuestra vida.

—¿Podemos… sentarnos? Me tiemblan las piernas.

La cogió de la mano y la llevó hasta una butaca. Se sentó y luego la colocó de lado sobre sus rodillas.

—Peso demasiado —dijo ella intentando resistirse sin conseguirlo.

—Ahora cuéntame con todo detalle cómo has pasado estos meses que hemos estado separados.

—No hay mucho que contar. Excepto… Zinnia ha vuelto.

Alasdair asintió con la vista clavada en sus labios.

—Lo sabías —dijo ella.

—Los Fraser pasaron por Berksham antes de partir hacia Lanerburgh y la dejaron contigo. Anne ha estado informando de todo a Craig desde que regresó. Y me parece que ha hecho lo mismo a la inversa. Por eso estás aquí, ¿no?

—He visto a tus padres en casa de mis abuelos —dijo ella fingiendo no haber escuchado la pregunta—. Tu madre está mucho mejor.

—Sí. —Con el pulgar trazaba círculos en la parte baja de su espalda.

—Alasdair…

—Dime, amor mío. —Se inclinó para besarla en el cuello.

—Puedes contármelo todo, de verdad. Quiero saberlo todo. No importa lo que haya pasado ni…

La besó haciéndola callar. En cuanto sintió la húmeda calidez de su lengua, algo se desató en su interior arrastrándolo sin remedio.

Estaba hambriento de ella. La mente se le nubló y perdió el mundo de vista.

Si no temiera asustarla la habría desnudado allí mismo y habría entrado en ella como un vendaval.

Quería tomarla y le dolía no poder hacerlo.

Victoria parecía presa de la misma ansia.

Sus labios se movían contra la boca de Alasdair y su lengua se batía con la de él como si creyera que podía haber un ganador.

Gimió al sentir en los muslos que se ponía duro, y su sexo palpitó de necesidad al notar el roce de la mano que él había colado debajo de su falda.

—Estás muy mojada —susurró él arrastrando las palabras cuando sus dedos se colaron por las aberturas de los calzones.

Siguió besándola exigente y voraz. Victoria sabía que eso estaba mal, que cualquiera podía entrar en ese despacho y que moriría de vergüenza, pero no podía resistirse. Jadeó en su boca y él se tragó cada uno de sus gemidos mientras su mano seguía acariciándola.

—Tus dedos —dijo Victoria con ojos vidriosos—. Siento… tus… dedos.

Le pellizcó nuevamente el clítoris y ella soltó un gritito muy gracioso.

—Tengo algunas sorpresas para ti —dijo divertido.

—Pero… —jadeó sin aliento—. ¿No te… duele?

—Sí, amor, me duele de un modo atroz. —Le cogió la mano y la llevó hasta el bulto en sus pantalones—. No sabes cuánto.

—Deja que yo… —Trató de levantarse, pero él la tenía bien sujeta.

—Ni se te ocurra apartarte —ordenó él deslizando un dedo dentro de ella.

—Alasdair… —Intentaba no moverse, pero el deseo que se arremolinaba en su vientre se lo estaba poniendo muy difícil—. Alguien… podría… entrar…

—Yo quiero entrar, Victoria —susurró en su boca—. ¿Me dejarás estar dentro de ti cada noche el resto de nuestras vidas?

Deslizó otro dedo y aceleró el ritmo mientras la besaba con deleite.

Ella no pudo resistirse más y se movió contra esa mano sin recato.

Su desesperación era más que visible y sus jadeos cada vez más agónicos.

Alasdair supo que iba a correrse en los pantalones, como un adolescente inexperto, pero de ningún modo iba a hacer ese viaje solo.

Victoria trataba de disimular su risa al verlo tan apurado.

—Estamos en un hospital, seguro que han visto cosas peores —mascullaba él con voz incómoda.

—Puedo ir a buscar algo para… limpiarte —dijo y se mord ió el labio para contener su risa.

Su esposo alzó la vista hacia ella.

—¿Te estás burlando de mí?

—No. —Se dio la vuelta para esconderse.

—Mmmm.

Victoria vio una mesita con una botella de whisky y varios vasos. Se acercó, destapó la botella, vertió un dedo de la bebida en un vaso y luego fue hasta su marido y se lo tiró en los pantalones.

—Arreglado.

Alasdair abrió la boca perplejo.

—¿Acabas de tirarme el whisky encima de los pantalones?

Victoria asintió aún con el vaso en la mano.

—¿Y cómo quieres que explique esto?

—Mejor eso que lo otro, ¿no? —Una risita escapó entre sus labios.

Alasdair se enderezó observándola con una expresión extraña.

—¿Qué? —preguntó ella preocupada.

Él negó con la cabeza y recorrió la poca distancia que los separaba para poder abrazarla. La apretó con tanta fuerza que ella lo empujó con suavidad.

—El bebé… —le recordó.

Se apartó de ella asustado.

—¿Le he hecho daño?

—Claro que no —dijo ella emocionada—. Está bien.

Se miraron durante mucho, mucho rato en silencio y por sus rostros pasaron un millón de expresiones, tantas como imágenes se desplegaban en sus cabezas.

Victoria vio de nuevo al Alasdair de antes.

El joven alegre, ilusionado y cariñoso al que todos querían.

Lo vio correteando con Moss, y a Chispas sobre uno de sus hombros.

Ese gato no era normal. Lo vio tumbado en la hierba con la cabeza apoyada en el cuello de Tórradh echado a su lado.

Lo vio hacer de árbitro en las peleas entre Owen y Anthony y los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Se ha… ido —dijo con voz temblorosa.

La expresión de Alasdair era tan triste que ella tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no abrazarlo.

—¿Cómo? —quiso saber ella—. ¿Por qué?

—Porque ya no me odio.

Victoria se mordió el labio conteniendo un sollozo.

—No quiero que llores. No es bueno para el bebé. Quiero que seas feliz. Quiero oírte reír.

—Son lágrimas de alegría. Te quiero tanto…

—Eres una insensata —dijo él con los ojos húmedos.

Victoria se acercó al fin y cogió su mano derecha para enlazar sus dedos.

—Tendremos que quedarnos en Berksham hasta que nazca —dijo ella—. ¿Te importa?

Alasdair negó con la cabeza y le apretó la mano.

—¿Has visto la fuerza que he recuperado? Y solo han sido nueve semanas.

—Alasdair… —sollozó.

Le acarició la mejilla.

—Hay partes de mi mano que no tienen sensibilidad, están muertas. Y otras, en cambio, son extraordinariamente sensibles. Eso dibuja un mapa de mí muy acertado —dijo en un susurro sin dejar de acariciarla.

Victoria apoyó la mejilla contra esa mano, sintiendo el momento.

—Nos quedaremos en Berksham hasta que nazca el niño y después regresaremos los cuatro a casa —dijo Alasdair sin soltarla—. ¿Estás de acuerdo conmigo?

Ella asintió y él sonrió burlón.

—Y ahora será mejor que me cambie de pantalones.