CAPÍTULO 68

Alasdair observaba a su primo con los ojos entornados. Craig llevaba unos días muy alterado y, por más que había tratado de sonsacarle, no había conseguido que confesara a qué se debía el malestar.
—Deberías volver a Slioscreige —aconsejó.
—Ojalá pudiera —masculló—. Edward insiste en que me quede hasta la carrera.
—¿La Doncaster no es en menos de un mes? Vamos, te encantan las carreras casi tanto como a mi padre.
Alasdair afiló su mirada buscando en la expresión de su primo lo que no decía en voz alta.
—¿Anne te lo está poniendo difícil?
Craig se giró al instante y sus ojos lo fulminaron.
—¿De qué hablas? Es una niña.
—Vamos, Craig, la he visto ponerte incómodo más de una vez.
—Bueno, pues eso ya se acabó —dijo colocándose frente a la ventana abierta y cruzando los brazos.
Alasdair mojó la pluma y siguió escribiendo su carta.
Adam le había conseguido una habitación para él solo.
Bueno, en realidad no era una habitación, era un despacho en el que habían colocado una cama.
A Alasdair le bastaba, aunque tampoco allí se librase del olor a vinagre.
Después de un párrafo dejó la pluma y miró a su primo de nuevo.
No podía concentrarse con sus resoplidos.
—¿Qué ha pasado? Cuéntamelo, a ver si así dejas de gruñir.
—No ha pasado nada.
—Craig, el que evita hablar de sus problemas soy yo.
De nuevo resopló.
—Solucionamos eso en Berksham. Le dejé claro que no podía seguir por ese camino. Ella lo entendió y ahora tenemos una relación… cordial.
—Uy, uy, uy —negó Alasdair con la cabeza—. Qué mal me suena eso. ¿Quieres decir que fuiste borde con ella y ahora te castiga con el látigo de su indiferencia?
Craig frunció el ceño y parecía que iba a contradecirlo, pero finalmente resopló y dejó caer los brazos.
—Básicamente.
—Y te importa.
—Anne me cae bien, es una joven encantadora, pero se pasa el día hablando de vestidos y asistiendo a bailes.
—A bailes, ¿eh?
—Pensaba que era demasiado joven para eso, pero parece que aquí es una adulta.
—Terrible, sí.
—¿Te gustaría que Zinnia se pasara las noches dando saltitos por todos los salones de…?
—¿De Lanerburgh? —se rio Alasdair viendo que no sabía cómo acabar la frase—. Me temo que Londres es diferente a todas partes.
—Sí, desde luego. No se cansan nunca. Cada vez que entro en casa de los Wilmot me reciben con la noticia de una cena, evento social o salida campestre.
—Pero tú te pasas el día en este hospital.
—Y no sabes lo que agradezco poder hacerlo.
Alasdair soltó una carcajada.
—Ahora veo que yo estoy haciendo tanto por ti como tú por mí.
—Desde luego.
Craig recorrió la distancia que los separaba y se sentó al otro lado del pequeño escritorio en el que Alasdair había estado escribiendo una carta.
—¿A quién le escribes?
—A Fergus.
—¿Qué? ¿Para qué escribes a ese desgraciado?
—Le pido perdón.
—¡Qué! —rugió—. ¡Ni se te ocurra!
Alasdair miró a su primo con elocuencia.
—Nos portamos mal con él.
—¡No!
—Sí, Craig. Sobre todo yo. Éramos amigos.
—No dejaba en paz a Nuna.
—Esa no fue la razón de que nos distanciáramos y los dos lo sabemos. Todo empezó mucho antes. Con Owen.
Craig resopló, pero finalmente se resignó a hablar de ello.
—Era tu mejor amigo y no se llevaban bien.
—Debí mediar entre ellos, no darle la espalda a Fergus.
—No le diste la espalda, tan solo… os distanciasteis.
—Eso fue darle la espalda. Cuando su madre murió, no fui capaz de pasar más tiempo con él. No estuvo bien.
Craig se rascó la cabeza incómodo. Nunca había tenido amigos, aparte de sus primos. Estaba especialmente unido a Daniel y a Adam, pero en realidad se llevaba bien con todos.
—Anne sabe lo de tu operación —anunció—. Nos escuchó hablando a su padre y a mí. Tiene la fea costumbre de entrar en los sitios sin llamar, y cuando nos dimos cuenta ya había oído demasiado .
Alasdair se tensó. No era así como quería que Victoria se enterase.
—Una carta de Londres a Berksham no tardará más de un día en llegar. Joder, Craig, te pedí…
—He tenido mucho cuidado. Y tus padres también, pero ya sabes cómo son estas cosas. Que Anne se enterase de todo era cuestión de tiempo.
Alasdair masculló algo en voz baja y Craig movió la cabeza con pesar.
—Lo siento. Imagino que habrías querido contárselo tú mismo.
—Lo que no quiero es que se preocupe. Está en su séptimo mes de embarazo, Craig, es peligroso.
—¿Y no has pensado en escribirle tú mismo?
—¿Y qué le digo? ¿Me he operado las manos, que siguen siendo igual de horribles, pero al menos ahora puedo usarlas? ¿Me duele menos, pero todo el tiempo?
—Ahora puedes cerrar bien las manos y estás recuperando la fuerza. Mira que eres optimista. Estar contigo es una fiesta, primo.
—Pues ya sabes dónde está la salida. —Apartó la carta que escribía haciendo que cayera al suelo.
Craig se inclinó para cogerla y leyó por encima algunas de las cosas que le decía a Fergus.
—¿En serio? ¿Ahora lees la correspondencia ajena? —Alasdair mordió cada palabra como si quisiera morderlo a él.
—Si Nuna se entera se va a enfadar —dijo Craig clavando sus ojos en él.
—Solo digo la verdad.
—Alasdair… Esto no va a ayudar a nadie. A Fergus tampoco.
—Tiene razón y lo sabes. ¿Por qué crees que Nuna aún no se ha casado? Tiene veintiséis años.
—Nosotros no podemos opinar sobre eso.
— ¿Por qué no? Es mi prima y la quiero muchísimo. Pero tiene un problema.
—Vamos, Alasdair, todos queremos a nuestros padres. Yo adoro a mi madre más de lo que podría expresar. Y a mi padre igual.
—Pero lo de Nuna con su padre es distinto. Ella lo idolatra. Cree que no hay un hombre mejor en el mundo y vive esperando que aparezca alguien capaz de hacerle sombra. Pero es imposible porque lo ha colocado en un pedestal tan alto que ningún hombre estará jamás a su altura.
—Si Daniel se entera de que has escrito esto en una carta para Fergus, lo de tus manos va a ser tu menor problema —dijo sacudiendo la carta.
—Alguien tiene que decírselo. El pobre hombre ha vivido todos estos años enamorado de un sueño. Nuna nunca estuvo a su alcance y deberíamos habérselo dicho hace mucho.
—Se lo dijimos.
—No así.
—Yo no enviaría esta carta —dijo Craig negando con la cabeza mientras volvía a dejarla sobre la mesa—.
Ni borracho la enviaría. Creo que tus sentimientos te están nublando la razón.
Fergus no dejará de ser un gilipollas por esto y le estarás dando munición para atacarla.
Alasdair, es una estupidez y no debes de tener la mente clara si no lo ves.
Alasdair suspiró con cansancio.
—Quiero recuperar a Tórradh y no lo conseguiré si no hago las paces con Fergus. Además, es un peligro andante con tanto odio dentro.
—No vas a sacarle ese odio por darle unas palmaditas en la espalda. —Hizo una pausa porque no quería decir lo que tenía en la punta de la lengua—. Aunque tengas razón.
Alasdair sonrió aliviado.
—Por un momento me has hecho pensar que solo yo lo veía así.
—Nuna ha tenido muchos pretendientes. Y está tan ciega que no ve lo que siente Josh por ella.
Alasdair se frotó la frente y su rostro se contrajo levemente en una mueca.
—Ya no llevas vendas, tienes que usar las manos con cuidado.
—No me digas.
Craig se inclinó para vérselas, aunque sabía lo poco que le gustaba que lo hicieran.
—Van mejorando. Ya no parecen las entrañas de un cerdo.
—Serás desgraciado.
—¿Qué? Te recuerdo que vi cómo te las abrían en canal. —Se echó hacia atrás con una mano en el estómago—. Joder, todavía se me revuelven las tripas al recordarlo. ¿Cómo puede Adam ser cirujano?
—Pues empeora cuando sabes que lo que más le gusta es curar a niños.
—No es que me guste, imbécil —dijo Adam entrando en el cuarto.
—¿Ah, no? ¿Entonces?
—Creo que debería haber especialistas en niños y estoy tratando de que otros también lo crean. —Se dejó caer sobre la cama y se cubrió los ojos con los brazos—. La medicina está pensada para los adultos, por eso los niños se mueren.
—¿Entonces es cierto que tu consulta será solo para niños? —preguntó Craig girándose en la silla—. ¿Y eso no es raro?
—La hostia de raro —aceptó Adam—. Ni siquiera sé si tendré pacientes.
La clase alta londinense no lleva a sus hijos a la consulta de un médico joven y desconocido, escocés, para más señas, que se ha pasado los últimos cinco años entre Berlín y París.
Y la clase obrera no se acerca a un médico a menos de diez yardas.
—Ahora los escoceses estamos de moda —dijo Craig—. Dicen que la reina va a ir a Escocia.
—Vaya. —Alasdair torció la sonrisa—. Tía Enid estará contenta. Y tía Elizabeth y tía Lavinia.
—Y Robert, Ruby y Clementine —dijo Adam quitándose el brazo de la cara—. ¿Os dais cuenta de la cantidad de sangre inglesa que hay en nuestra familia?
—Te has olvidado de Victoria —dijo Alasdair—. Y de mi hijo.
Adam se sentó en la cama.
—Tienes razón. Perdón.
—¿Ya has pensado en qué nombre le vas a poner? —preguntó Craig.
—No.
Alguien tocó a la puerta. Adam se puso de pie antes que Craig.
—Disculpe, doctor. —La enfermera miró dentro de la habitación con disimulo—. Hay una mujer que pregunta por el señor McEntrie. La he dejado esperando en su despacho. Asegura que es su esposa.
Alasdair se puso de pie de golpe y se agarró a la mesa como si estuviera en un barco a punto de hundirse.