El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 67
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CAPÍTULO 67



—Las manos deben quedar fuera del agua en todo momento —advirtió Adam sujetando a Alasdair por las axilas mientras las enfermeras colocaban los brazos del enfermo en sendos taburetes a ambos lados de la bañera.

—¿No está demasiado fría? —preguntó Craig viendo que a su primo le castañeteaban los dientes.

Adam frotaba los hombros y el pecho de Alasdair mientras los porteadores seguían trayendo cubos y las enfermeras los volcaban en la bañera.

Estaba demasiado concentrado para responder.

Craig cogió uno de los cubos y ayudó a las dos mujeres que le hicieron un gesto de agradecimiento.

La sala de baños del hospital estaba en la planta baja y los porteadores no tenían que subir escaleras, lo que acortaba el desplazamiento desde la cisterna.

El sonido del agua se mezclaba en sus oídos con el rugido de su acelerado torrente sanguíneo y los latidos de su corazón.

El olor a humedad de la estancia iba impregnado de ese maldito vinagre que, al parecer, estaba por todas partes.

Tardaron media hora en llenar la bañera. Cuando acabaron, la tenue luz de la tarde que entraba aún por las altas ventanas anunció el ocaso. Las dos enfermeras que se habían encargado de volcar los cubos se ocuparon de encender las lámparas de queroseno que colgaban del techo.

Adam no perdía de vista las vendas, asegurándose de que no se mojaban, mientras seguía frotándole allí donde no había heridas intentando evitar un colapso por la diferencia de temperatura entre su cuerpo ardiendo y el agua fría.

Craig, a los pies de la bañera, sintió un escalofrío al ver la imagen.

Con los brazos estirados a ambos lados del cuerpo y la cabeza caída hacia un lado sobre el borde de la tina, Alasdair era la viva representación de un crucificado.



Craig estaba dormido inclinado sobre la cama de su primo, con los brazos doblados y la cabeza apoyada en ellos. Adam se había tumbado en la cama más cercana, que estaba vacía, y había caído en un sueño inquieto hacía apenas diez minutos.

Alasdair abrió los ojos despacio y la tenue luz amarillenta se le clavó en el cerebro.

Parpadeó varias veces y cogió aire para llevarlo a lo más hondo de su pecho.

Se sentía como si llevase una eternidad sin respirar.

Y tenía sed. Mucha sed. Miró a su alrededor y se fijó en la cabeza de su primo sobre el colchón.

Después desvió la atención hacia el lado y vio a Adam tirado literalmente sobre la cama de al lado.

Parecía haberse caído desde el techo. Hizo ademán de tragar, pero tenía la boca y la garganta resecas.

—Agua… —musitó con la voz ronca.

Los otros dos se incorporaron como si alguien hubiese tirado de ellos con fuerza.

—Alasdair… —Craig tenía los ojos rojos .

Adam le puso los dedos en el cuello para examinar su corazón. Sonrió al ver que latía acompasado.

—Agua —repitió Alasdair.

Adam se encargó de traerla, pero no le dejó beber mucho.

—Poco a poco —dijo apartando el vaso de sus labios.

—Me muero de sed.

—No quiero que vomites.

—Me muero de sed —repitió como si no lo hubiese oído.

—Lo sé. —Adam le dejó beber otro trago y después llevó el vaso hasta el carrito de donde lo había cogido.

—¿Qué ha pasado? —les preguntó a los dos—. Tenéis una pinta horrible.

—Pues anda que tú —espetó Craig.

—¿Cuánto he dormido? —preguntó ceñudo—. En serio, me siento como si me hubiera muerto y hubiera resucitado.

—Más o menos —dijo Adam—. No lo has pasado muy bien estos días.

Alasdair levantó las manos y observó los vendajes.

—¿Me has entablillado los dedos?

—Claro. No querrás que vuelvan a torcerse, ¿no?

Los ojos de Alasdair brillaron emocionados.

—¿Ha funcionado? ¿Has podido colocarlos?

—¿Qué es lo último que recuerdas? —preguntó Craig.

—A ti saliendo del anfiteatro. No pudiste aguantarlo, ¿eh? En el fondo siempre has sido un blando. ¿A qué huele? —Arrugó la nariz—. Joder, alguien está muy podrido aquí.

Craig y Adam se miraron un momento y estallaron en carcajadas despertando a otros enfermos que maldijeron entre dientes. Alasdair volvió a estudiar sus manos ignorándolos. Quería saber lo que había allí debajo.



—¡Un mes! —exclamó apretando suavemente la pelota de tela rellena de arroz—. Llevo un mes en este maldito hospital. ¿Acaso no puedo hacer esto en cualquier parte?

—Hemos empezado con los ejercicios, Alasdair, no tiene sentido que vayas a ninguna parte. Slioscreige está demasiado lejos, ¿qué más te da estar aquí?

—Craig está durmiendo en casa de los Wilmot —se quejó.

—No me lo recuerdes —masculló su primo.

Alasdair lo observó dejándole muy claro que no tenía derecho a quejarse y el otro se encogió de hombros con resignación.

—Al menos no tienes que oler el maldito vinagre a todas horas.

—Lo huelo mientras estoy aquí. Todos los días.

—¿Y para qué vienes?

—Serás desgraciado. ¿Se te ha olvidado lo que pasó hace una semana cuando Adam te quitó el láudano? ¿Quién estuvo a tu lado sujetándote cuando no podías parar de temblar, idiota?

Alasdair enarcó una ceja como respuesta y el otro sopló por la nariz.

—Parecéis dos críos —dijo Adam indicándole que estirase los dedos uno a uno contra la mesa—. Más suave, no seas bruto.

—Quiero acabar cuanto antes.

—No funciona así, ya te lo he dicho un millón de veces. Todavía te queda un largo camino antes de que puedas irte.

—No recordaba que fueses tan mandón —dijo Alasdair—. ¿Tú te acordabas, Craig?

—Lo cierto es que no lo era —dijo el otro cogiendo la pelota de arroz y pasándosela de una mano a la otra para entretenerse—. Al parecer, los franceses le han agriado el carácter.

—Tienen fama de ser muy antipáticos, sí.

—Lo que pasa es que trato con muchos enfermos que se niegan a hacerme caso —explicó Adam con ironía—. Todo el mundo cree saber más que yo, ¿verdad, Alasdair?

—En algunas cosas sé más que tú —afirmó el otro—. Yo también soy médico.

—De animales.

—Tampoco es que nos diferenciemos tanto.

—Algunos más que otros —dijo el médico haciendo que juntase los dedos de ambas manos—. Presiona suave. Así.

Alasdair lo vio hacer el ejercicio y lo imitó.

—Tus padres estarán a punto de llegar —dijo Craig e ignoró la mirada asesina que le dedicó su primo—. Se quedarán con los Wharton.

—¿Has visto a la baronesa? —preguntó inquieto—. ¿Sabe algo de Victoria?

—Tu esposa está bien —sonrió Craig—. El embarazo sigue su curso.

—No le habréis dicho…

—Tranquilo, no sabe nada. Tanto sus tías como su abuela me han dejado muy claro que no están nada de acuerdo con tu decisión de dejarla al margen, pero la respetarán… un tiempo.

—¿Un tiempo? ¿Qué significa eso?

—Nueve semanas.

—¿Qué? —Alasdair dejó los ejercicios asustado.

—Adam les dijo que tardarías nueve semanas en estar listo para salir de aquí.

—¿Nueve semanas a partir de ahora o…?

—Nueve semanas desde la operación —aclaró Adam—. Así que esfuérzate todo lo que puedas. Ahora es cuando más puedes conseguir.

—Duele la hostia, joder —dijo Alasdair volviendo a los ejercicios.

—Creía haberte oído presumir de no tener miedo al dolor —se burló Craig lanzando la pelotita al aire.

—Sí, bueno, yo no vomito por escuchar unos cuantos gritos.

—Imbécil.

—Nenaza.