CAPÍTULO 66

Alasdair entraba y salía de la inconsciencia sin que llegara a percatarse de dónde estaba. Le habían puesto tablillas de madera fina para mantenerle los dedos en posición extendida, y las manos vendadas reposaban sobre el pecho.
—¿Es normal que sigan sangrando? —preguntó Craig con el rostro demudado.
—Sí —afirmó Adam a su lado con los brazos cruzados y aspecto cansado.
Craig esperaba algo más de explicación, pero su primo no lo consideró necesario.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó el hombre de la cama de enfrente—. Se las quemó, ¿verdad? Cuando era un crío, vi a un hombre que se salvó de un incendio. El pobre diablo gritaba como un poseso. Decía que era peor que estar muerto.
Adam le dirigió un gesto tan severo que no volvió a abrir la boca.
—Puedes irte a descansar —dijo con voz tranquila—. Me quedaré con él toda la noche.
Craig arrugó el ceño.
—Estás hecho polvo. Me quedo yo.
Su primo levantó una ceja burlón.
—¿Tú? ¿Piensas cambiarle las vendas? Cuando se despierte va a rabiar de dolor. Probablemente le duela tanto como cuando se quemó.
—Estuve allí —le recordó—. Podré soportarlo.
—Yo soy médico.
—Y tendrás trabajo. No podrás ayudar a nadie si te desmayas por agotamiento. Puedes explicarme cómo cambiarle esas vendas y cualquier otra cosa que tenga que saber. No voy a irme a ninguna parte.
—Tan cabezota como siempre. Haremos una cosa. Iré a ver a otros pacientes y, cuando acabe, dormiré un rato. Tú quédate con él estas primeras horas y luego yo te sustituiré.
Craig colocó la silla cerca de la cama de su primo.
—Tú haz lo que te dé la gana, pero yo no voy a moverme de este hospital mientras Alasdair esté aquí.
Adam movió la cabeza con resignación.
—Cuando despierte tendrá mucha sed. Avisa y le darán agua tibia con un poco de vino.
Dependerá de ti para todo, no podrá usar las manos y se va a sentir impotente.
A partir de ese momento solo le administraremos láudano cuando sea absolutamente imprescindible.
Tomó demasiado después del incencio y no permitiré que vuelva a cruzar el límite.
—Se rascó la cabeza pensativo—. Tendrá que soportar mucho dolor estos primeros días, no va a ser fácil.
He visto hombres fuertes, soldados que se han enfrentado a cosas terribles, perder la cordura por el dolor.
No intentes razonar con él, avisa a una enfermera y ella sabrá qué hacer.
—¿No se puede hacer nada con el olor? —Craig se tapó la nariz asqueado—. ¿A qué huele? Es repugnante.
—Pues a una mezcla de sudor, orina, heces, sangre supurando, vinagre, vómito, queroseno y el aliento fétido de los veinte hombres enfermos que ocupan esta sala.
Además, estamos en verano, por lo que el calor lo empeora todo un poco.
—Sonrió con una burla punzante—. Mejor el estiércol de los caballos, ¿verdad?
—Joder, mucho mejor. —Craig se rascó la nuca—. Qué asco, por Dios.
—Alasdair va a necesitarnos durante muchos días, primo. Esto no ha hecho más que empezar.
Al segundo día se desató el infierno y la fiebre lo atacó sin compasión.
Alasdair se retorcía de dolor en un charco de sudor, y las vendas tenían un color amarillo parduzco.
La mente lo torturaba con pensamientos oscuros, y Owen permaneció a los pies de la cama sin importar quién más estuviese con él.
A media tarde, la enfermera corrió a buscar al doctor al notar el característico olor dulzón y rancio a podrido.
Adam llegó limpiándose las manos, empapado en sudor y con nuevas manchas de sangre en su levita.
Se había pasado la noche sentado en aquella silla y había advertido de que lo avisaran si la situación llegaba exactamente adonde había llegado.
—Quítele las vendas —ordenó a la enfermera, que obedeció liberando la mano izquierda mientras él se encargaba de la derecha.
Un pus amarillento y verdoso empapaba las tiras de lino, y Craig se tapó la nariz al notar un olor aún más intenso. Cuando las retiraron del todo, Adam comprobó que había zonas hinchadas y rojas alrededor de las heridas y, al tocarlas, notó que estaban ardiendo.
—Preparen cataplasmas para las manos y denle friegas frías para la fiebre —ordenó con preocupación—. Hay que intentar bajársela como sea.
—Victoria… —susurró Alasdair algo aliviado al retirarle las vendas—. Eres un ángel… No me dejes nunca…
La enfermera miró al médico interrogadora, pero Adam la ignoró por completo.
—Necesitará más láudano —musitó para sí, consciente del peligro que suponía.
—¿Qué pasa? —preguntó Craig intentando no perder la calma.
—La infección es muy purulenta. —Su voz sonaba áspera y contenida.
—¿Se va a morir? —preguntó el otro a lo bestia.
—Espero que no.
—¿Esperas que no? ¿Qué respuesta es esa, Adam? Si va a morirse tienes que decírmelo. Tendré que avisar a sus padres. Y a Victoria…
El médico lo agarró del brazo y lo sacó de la sala para llevarlo a un sitio en el que no hubiese veinte testigos atentos.
—Victoria no puede estar aquí. ¡Está embarazada, por Dios! —exclamó visiblemente inquieto—. Sabíamos que esto podía pasar, le dije que una infección era prácticamente inevitable.
—¿Infección? Sus manos son un pozo de pus, Adam.
—Lo sé, lo sé.
—Pero ¿qué mierda? ¿Se va a morir?
—Haré todo lo que pueda para que eso no pase, pero ha sido una operación muy peligrosa.
—¿Peligrosa? Peligroso es cabalgar de noche, esto es una puta mierda.
—Cálmate, Craig, así no ayudas.
—¿Y cómo ayudo? Porque lo único que he hecho desde que lo operaste ha sido sentarme a su lado y mirarlo con cara de imbécil mientras él habla con Owen. ¡Con Owen, joder!
—Está delirando por la fiebre.
—Y una mierda —replicó fuera de sí—. Eso ha estado pasando desde hace un año. Ha convivido con un fantasma.
—Ahora el que deliras eres tú. No ha convivido con nadie. Owen no es ningún fantasma, todo es fruto de su sufrimiento, Craig.
—Intentó acabar con su vida. ¿No es esto lo mismo?
¿No querría hacer esto para acabar con todo?
Estaba destrozado, joder. Tendrías que haber visto lo desesperado que estaba cuando nos marchamos de Berksham.
Habría hecho cualquier cosa por recuperar a Victoria.
¡Cualquier cosa! ¿Cómo lo hemos permitido?
—Él no quiere morir, idiota. Todo lo contrario, desea vivir más que nada en el mundo. Va a tener un hijo.
Craig se dejó caer en una silla y se agarró la cabeza con las manos apoyando los codos en las rodillas. Estaba agotado, llevaba dos días sin dormir y sin comer apenas. ¿Cómo iba a poder comer con aquel repugnante olor que se le había alojado en la nariz?
—Si tengo que decirle a Victoria que ha muerto, no sé cómo…
—Nos enfrentaremos a eso si llega, pero te juro que voy a luchar con uñas y dientes para que eso no pase. Y Alasdair también.
Permanecieron en silencio hasta que los ánimos se calmaron.
—De acuerdo —dijo Craig recostándose en el respaldo, cansado—. Pase lo que pase, no me mentirás. Me dirás cómo son las cosas sin esconderme nada.
—Por supuesto.
—¿Cuándo sabremos que no hay solución?
—En tres días. Si no conseguimos que le baje la fiebre, morirá.
Craig dejó salir el aire que se le había atascado en los pulmones y se puso de pie.
—Vale. Dime qué puedo hacer.
Craig nunca había visto a un hombre sufrir tanto.
El dolor atravesaba el cuerpo de Alasdair, que era un amasijo de fluidos saliéndole por los poros.
Tenía las cuencas de los ojos hundidas, un color macilento, y los músculos y tendones se le tensaban tanto que parecían a punto de romperse.
Tuvieron que atarlo a la cama para que los movimientos agónicos no dañaran más las heridas purulentas.
Al principio, Craig se asustaba cuando se desmayaba, pero después de dos días eran sus únicos momentos de alivio.
Se dejaba caer en la silla y se obligaba a respirar aquel aire nauseabundo y viciado, aun con las ventanas abiertas.
Alasdair, sin embargo, no parecía descansar en esos momentos, al contrario.
Sus labios parecían estar hablando con alguien y los ojos se le movían con rapidez debajo de los párpados cerrados.
—Voy a morir.
—Por supuesto —afirmó Owen desde la otra butaca—. Todos morimos.
Volvían a estar en la biblioteca del ala este, solo que estaba igual que antes del incendio. Había libros en los estantes, las paredes habían recuperado su color y la puerta estaba convenientemente cerrada.
Alasdair miró a su amigo con fijeza y una calma que no había sentido en mucho tiempo.
—Tú sabías que yo la amaba —dijo sorprendiéndose a sí mismo—. Lo sabías.
—Entonces eras un crío.
—Me dolió, ¿sabes? Que se lo pidieras.
—Haberlo hecho tú. ¿Qué culpa tengo yo de…?
—¡Cállate! —rugió.
Owen frunció el ceño sorprendido.
—¿Qué te ha dado?
—Estoy harto de ti. Harto de tus mentiras. Harto de que me responsabilices de algo que no fue culpa mía.
—¿Ah, no? ¿Y de quién fue la culpa entonces?
—¡Tuya! ¡Fue culpa tuya, joder! Te comportaste como un cretino. Te emborrachaste como un imbécil.
—Vale, ya me ha quedado clara tu opinión.
—No. No lo tienes claro, por eso sigues aquí —dijo poniéndose de pie—. Si voy a morirme, al menos quiero ser yo estas últimas horas. No te quiero aquí.
—No te creo.
—Victoria me amaba a mí y yo nunca debí cederte el sitio.
Fui un estúpido y ese sí es mi pecado. Es la única persona a la que he traicionado en mi vida y, sin embargo, me ama.
Me ama de verdad, a pesar de todo, a pesar de mis manos.
—Las puso frente a sí y las vio limpias, igual que estaban antes.
Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Me dejó acariciarla. Me pidió que la tocara.
—¿Y qué pasa conmigo? ¿Y con Zinnia?
Alasdair lo miró con rencor y una rabia sorda que le inundó el pecho.
—Cometiste una estupidez. Me quemé las manos por tu culpa y Zinnia se quedó sola por tu culpa. Tú provocaste el incendio. ¡Tú!
—Yo no quería…
—No, no querías, pero es lo que pasó. Yo no fui responsable. No te avisé de que Zinnia se había trasladado porque no hubo oportunidad. Perdí el conocimiento y no pude hacer nada. No fue mi culpa.
—¿Y ahora qué? ¿Te quedas con todo y yo desaparezco?
—No —sollozó—. Voy a morir. Voy a perder a la mujer que amo y que me ama. ¡Me ama, joder! —gritó desde lo más hondo—. No conoceré a mi hijo. Nunca sabrá lo mucho que lo quiero.
Bajó la cabeza y vio que sus pies estaban sumergidos en agua. Cuando volvió a fijar la vista en la butaca, Owen no estaba. Suspiró resignado mientras el agua seguía subiendo.
—La muerte es mucho más creativa de lo que imaginaba.