CAPÍTULO 65

—¡Adam! —Alasdair y su primo se abrazaron con afecto.
Despu és el médico hizo lo mismo con Craig.
—Menudos músculos —dijo Craig palmeándolo con ganas—. Pensaba que los médicos eran escuálidos y desmedrados, pero ya veo que no es tu caso.
—Tengo que estar en forma si quiero aguantar las largas jornadas de trabajo en el hospital. —Sonrió contento—. Me alegro mucho de veros.
Alasdair se sentó en el sofá que Adam le señaló y Craig ocupó una butaca.
—¿Un whisky? —dijo levantando la botella para mostrarla—. También tengo Drambuie. Me lo envió mi padre. Ya estaba aquí cuando llegué.
—Drambuie, entonces —dijo Craig.
Adam les entregó las copas y se sentó junto a Alasdair en el sofá.
—¿Ya te has instalado? —preguntó este último.
—Llevo aquí una semana. Aún no tengo todos los muebles para la consulta, pero tampoco hay prisa.
—¿Vas a trabajar en el St Bartholomew’s y además a abrir una consulta privada? ¿Eso no es demasiado trabajo? —Craig se llevó el vaso a los labios sin desviar la atención.
—La medicina es mi pasión, ya lo sabéis. —Adam se encogió de hombros y bebió.
—Por eso estamos aquí —dijo Alasdair quitándose los guantes sin reverencia.
Adam dejó el vaso en la mesilla y le cogió la mano derecha para estudiarla.
—Ya veo.
—¿Crees que podrás hacer algo? —preguntó con nerviosismo contenido.
Adam levantó los ojos y lo estudió unos segundos antes de sonreír.
—Por supuesto. Ya te lo dije en mi carta, he aprendido de los mejores y, aunque no puedo devolverte las manos que tenías, puedo mejorarlas.
Alasdair le devolvió la sonrisa.
—Pero… —Adam revisó el muñón del dedo meñique y luego cambió a la mano izquierda—. No será agradable. Va a ser muy doloroso.
—Tranquilo —dijo su primo sin variar la expresión—. He tenido mucho entrenamiento. Podré soportarlo.
—Y corres un grave peligro, Alasdair. Esta no es una operación sencilla y hay alto riesgo de infección.
—¿Puede morirse? —preguntó Craig.
Adam asintió y Alasdair respiró hondo.
—Prefiero correr el riesgo.
—¿Estás seguro? —insistió Adam—. Voy a abrirte las manos y estarás expuesto a…
—Lo sé. ¿Cuál es la otra opción? Quedarme como estoy no es aceptable.
—Tiene mucho dolor —añadió Craig.
Adam pensó un momento.
—Eso podría cambiar, sí. Ahora mismo tus dedos están contraídos, la sangre no circula correctamente y los nervios están irritados. Si arreglo eso, probablemente mejorarás. Pero no quiero engañarte, también podría pasar que el dolor fuese el mismo. O incluso peor.
Alasdair se concentró en respirar, que era lo único que podía hacer al respecto.
—Quiero intentarlo.
—¿Por qué? —Adam preguntó como médico no como primo.
—Quiero poder sostener a mi hijo en mis brazos. —Cerró los ojos un instante—. Acariciarlo, empujar el columpio que Victoria hará colocar en uno de los árboles de nuestra casa. Enseñarlo a montar… Y quiero intentar sentir menos dolor, si es posible. No sé cuánto tiempo más podré aguantar así.
Craig se tragó el nudo que se le había formado en la garganta.
—Voy a hacer todo lo que pueda —respondió Adam—. Te juro que me voy a esforzar más que nunca.
—¿Has realizado esta operación antes? —preguntó Craig.
—Sí, aunque siempre como ayudante del doctor Roux.
—Confío en ti —dijo Alasdair—. No confiaría en nadie más, Adam.
—Bien. Déjame ver las manos otra vez. —Las estudió durante varios minutos antes de volver a hablar—.
Lo primero que haremos será liberar las contracturas.
Eso mejorará el aspecto, pero sobre todo te dará movilidad y te devolverá la pinza pulgar-índice.
—Juntó los dedos y Craig lo imitó sin darse cuenta—.
Después de la cirugía el éxito en tu recuperación dependerá de lo que te esfuerces.
Vas a tener que ejercitar los dedos y fortalecer los músculos que se han atrofiado. Y habrá dolor, incluso si va todo bien.
—Tú dime qué tengo que hacer y lo haré.
—Eso será más adelante, primero me toca a mí. ¿Estás seguro, Alasdair? ¿No quieres pensártelo? ¿Has hablado de esto con Victoria?
—No. No quiero que ella lo sepa. —Le dedicó a Craig un gesto de advertencia.
—¿Por qué me miras a mí?
—Debería saberlo —insistió Adam.
—Está embarazada, no quiero que se preocupe.
—¿Embarazada? Pero, hombre, ¿cuándo ibas contármelo?
Alasdair se encogió de hombros y Adam suspiró.
—¿Piensas pasar por una cirugía compleja sin avisarla? ¿De verdad lo has pensado bien? Podrías morir.
—No voy a morir.
—¿Ahora eres adivino?
—¿Por qué tienes que abrirle las cicatrices? —preguntó Craig, cambiando de tema.
—El problema con estas cicatrices es que cerraron por sí solas, tiraron de tendones y músculos y convirtieron las manos en una especie de garras.
Sobre todo la derecha, que es la que recibió la peor parte del fuego, probablemente protegiendo a la otra.
Con la cirugía voy a intentar recolocarlo todo en su sitio y para ello, tengo que abrir.
Craig se estremeció.
—Yo me corto a veces —confesó Alasdair.
—Ya lo he visto —dijo Adam señalando sus antebrazos.
—Me alivia el dolor.
—En realidad no, pero distraes a tu cerebro —dijo el médico—. Lo he visto muchas veces, en otras heridas también. Una vez un paciente se clavó un bisturí en una pierna porque no soportaba el dolor en la otra. El problema es que no había otra, se la habíamos amputado. Era un dolor fantasma.
Alasdair dejó de respirar.
— ¿Eso es posible? Entonces… ¿incluso si consiguieras arreglarme, podrían mantenerse las crisis?
Adam afirmó con la cabeza despacio. Alasdair se apartó el pelo de la frente y el terror lo inundó sin contención. Tardó unos segundos en recuperarse.
—Si necesitas tiempo para pensártelo…
—No —respondió rápidamente—. Quiero hacerlo. Tengo que hacerlo.
—Trabajando con el doctor Roux vi muchos casos similares al tuyo. Incluso peores. Y la mayoría mejoraron, aunque en distinto grado.
—Eso que has dicho… —Alasdair se había puesto muy serio—. Lo del miembro fantasma. ¿De verdad sienten la pierna aunque no la tengan?
—Sí. Más de lo que crees. Les pica o les duele aun sabiendo que no está allí.
—Tú… ¿puedes… ayudarles con eso?
Adam no entendía lo que le estaba preguntando. Alasdair vio a Craig rascarse la nuca y luego volvió a centrar la atención en el médico.
—Veo a Owen.
—¿Qué?
—Desde el incendio. Bueno, en realidad fue unos meses después. Cuando iba a saltar desde los acantilados.
—¿Qué? —Adam enderezó la espalda—. Espera, espera. Esto… Tienes que contármelo bien. ¿Ves a Owen cómo? ¿Tal como era o…?
—Como te veo a ti. Sé que no está, que todo es fruto de mi imaginación. Me dice cosas que él nunca me diría.
—¿Qué cosas?
—Cosas que me hacen daño.
—¿Sobre el incendio?
—Sí. Pero también sobre asuntos cotidianos.
—¿Tiene esto algo que ver con que Victoria esté en Berksham? ¿Ella… lo sabe?
Adam perdió el color de sus mejillas al ver el gesto de asentimiento.
—Vas a tener que contármelo con todo detalle, Alasdair.
—¿Podrás ayudarme?
—En eso no. Pero conozco a alguien que quizá sí pueda.
Alasdair no lo dudó ni un segundo.
—¿Cuándo empezamos?
—¿Te parece bien operarte dentro de dos semanas?

Esas dos semanas le sirvieron a Alasdair para arreglar sus asuntos.
Se empeñó en redactar un nuevo testamento y Craig tuvo que ejercer como abogado.
También redactó varias cartas para Victoria, Zinnia y sus padres, y se las entregó a su primo para que las guardara a buen recaudo por si las cosas no acababan bien.
Adam, por su parte, revisó sus escritos sobre las operaciones de Roux y estudió los casos de Dupuytren hasta aprendérselos casi de memoria.
Consiguió el apoyo de la dirección del hospital, que le permitió realizar la operación si la llevaba a cabo en el anfiteatro ante los estudiantes de medicina. Aceptó, por supuesto.
—¿Has descansado bien? —preguntó Adam revisando los brazos de Alasdair para asegurarse de que lo habían afeitado por completo.
—Llevo una semana en la que solo me han dejado comer y dormir —dijo su primo con expresión aburrida.
—Vas a necesitar toda tu energía, Alasdair. La operación va a ser muy dura.
—Me lo has repetido tantas veces que al final me lo voy a creer —se burló.
—Bien. —Adam se volvió hacia los dos asistentes que iban a ayudarlo en la operación—. Pueden bajarlo a la sala de operaciones, yo voy a prepararme.
Los primos se miraron con afecto y el cirujano abandonó la habitación. Craig se acercó preocupado.
—No empieces otra vez —advirtió Alasdair.
—Tu padre me va a matar.
—El tío Caillen te protegerá —se burló.
—Deberíamos haberles avisado. Y a Victoria. Seguro que querrían estar aquí.
—Por eso mismo. —Desvió la vista, incómodo.
—Yo pienso verlo todo.
—No.
—Ya lo creo que sí. Y espero que lo pases fatal sabiendo lo mal que lo estaré pasando yo.
—Serás cabrón.
—Buena suerte. —Craig se dirigió a la puerta.
—¡No quiero que estés presente! —exclamó Alasdair.
—Que te den —dijo.
Craig se percató de que los pacientes de las otras camas lo observaban con curiosidad, pero le dio igual.
Salieron de la sala en la que había pasado la última semana recluido.
Al cruzar el patio interior, Alasdair agradeció el cambio de aires y dejar atrás el olor a vinagre y a otras sustancias malolientes.
Subieron las escaleras de piedra desgastada y avanzaron por otro corredor que olía a desinfectante y a madera vieja.
Antes de entrar al anfiteatro de operaciones, lo prepararon en una antesala.
Alasdair sabía que había otros médicos que presenciarían la intervención de Adam.
Estudiantes y médicos que nunca habían visto ese procedimiento.
Lo único que le molestaba era que Craig fuese a estar presente.
La idea de que presenciase su sufrimiento lo incomodaba .
Le quitaron la camisa dejando el torso y los brazos desnudos. Sonrió aliviado cuando le ofrecieron el láudano, que bebió sin protestar.
—Gracias, ¿ustedes no quieren? —preguntó burlón, pero al parecer aquellos jóvenes médicos no tenían sentido del humor.
La sala era bastante pequeña. Calculó que no debía de medir más de siete metros de diámetro.
Era semicircular, con paneles de madera oscura en la parte baja y el resto pintado en un color claro indeterminado.
El olor era repugnante. En el centro había una mesa de madera maciza, larga y estrecha, a la que le pidieron que se subiera.
Parecía una mesa de carnicero y tuvo que hacer un esfuerzo para borrar las imágenes que se proyectaban en su cerebro.
Mientras los dos médicos jóvenes, de los que Alasdair no conocía el nombre, le colocaban los brazos extendidos en cruz sobre dos tablas, él fijó la vista en el tragaluz del techo abovedado, por el que entraba la luz del mediodía.
Lo ataron a las tablas por los antebrazos y a la mesa por el pecho y los muslos. A Alasdair se le secó la garganta.
—¿Nervioso? —preguntó Adam colocándole la mano en el pecho—. Dadme el brandy.
—¿Ahora vas a beber? —se burló Alasdair.
—Muy gracioso. —Su primo le pasó una mano por debajo de la nuca y lo ayudó a beber—. ¿Estás listo?
—Lo importante es que lo estés tú.
—Intenta moverte lo menos posible. No puedo atarte las manos y vas a querer moverlas, te lo aseguro. Intenta resistir el impulso.
—Estoy bajo de forma, creo que podrás conmigo —dijo con una falsa sonrisa.
—Piensa en algo que te motive. Algo que te ayude a aguantar. ¿Tu hijo?
Alasdair asintió mientras inspiraba profundamente.
—Bien. Ahora te pondremos una mordaza en la boca. Muérdela sin miedo, no se quejará. —Sonrió levemente y Alasdair lo imitó.
Le colocaron el rollo de cuero entre los dientes y en cuanto Adam se retiró, recorrió los asientos con la mirada en busca de Craig.
Sintió una punzada en el estómago al verlo sentado en la última fila, apartado de los médicos y estudiantes que habían acudido para presenciar el espectáculo.
Alasdair calculó que debía de haber más de cien personas.
Estaba claro que el procedimiento que Adam iba a llevar a cabo no era algo cotidiano.
Sus pensamientos volaron fuera de allí y la imagen de Victoria, desnuda y sentada a horcajadas sobre sus piernas, le dibujó una sonrisa en la cara.
—No sé qué estás pensando, pero sigue así.
Adam se subió las mangas de la levita, que lucía manchas de sangre como medallas, se enjuagó las manos en una palangana con agua y vinagre y se las secó con un paño limpio.
Sus ayudantes se colocaron a ambos lados.
Uno se encargaría de darle los instrumentos y el otro lo ayudaría a inmovilizar al paciente si no lograba estarse quieto.
Adam contempló a su primo con una expresión que Alasdair no le había visto nunca. Había en su rostro una seguridad y entereza tan extraordinarias que no pudo más que asentir, convencido de que todo iba a salir bien.
El cirujano cogió el bisturí, se inclinó sobre la mano derecha de Alasdair y, sin más ceremonia, lo hundió en una de las cicatrices realizando el primer corte profundo. Su primo apretó la mordaza entre los dientes y los músculos se le tensaron.
—¿Duele mucho? —Owen observaba la escena con curiosidad—. Te está haciendo una carnicería en esa mano. No sé yo si ha sido buena idea.
Alasdair trataba de centrar la vista en el fantasma, pero el dolor lo desbordó y se le revolvieron las tripas.
—¿Te vas a cagar encima? —continuó Owen—. Menudo espectáculo vas a darle a toda esta gente. No entiendo lo que estás haciendo, Alasdair. ¿Crees que estoy ahí dentro? ¿Que Adam va a sacarme con ese bisturí?
Alasdair soltó un alarido cuando Adam le colocó las falanges del primer dedo en la posición correcta, y el rollo de cuero se le cayó de la boca.
—Vete a la mierda —masculló sin aliento.
Adam siguió su mirada hacia el vacío que había al otro lado de la camilla y comprendió.
—Espera —pidió al asistente que iba a volver a colocarle la mordaza.
Se limpió las manos en el paño y cogió el vaso de brandy.
—Bebe —dijo levantándole la cabeza para ayudarlo.
—Vomitaré —gruñó.
—Mejor no lo hagas —sugirió Adam tras retirar el vaso—. Vamos, respira hondo.
Se inclinó hasta su oído.
—¿Está aquí?
Alasdair afirmó.
—¿Qué quiere?
—Tocarme los huevos —dijo arrastrando las palabras.
Adam sonrió cómplice.
—Ignóralo.
—No puedo.
—Claro que puedes. Vuelve a pensar en ella .
Adam regresó a su lugar y el otro médico le colocó la mordaza.
El silencio en la sala era casi religioso.
Craig, sentado en la última fila, tenía el corazón desbocado.
La sangre de Alasdair se deslizaba hasta un cajón con serrín, situado debajo de la mesa, que poco a poco había ido cambiando de color.
Craig aguantó exactamente trece minutos antes de abandonar la sala.
Y tampoco llegó muy lejos, vomitó en mitad del pasillo ante la asqueada mirada de varios médicos con los que tuvo la mala fortuna de cruzarse.