El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 64
89%

CAPÍTULO 64



Terminó de vestirse y se giró consciente de que él llevaba un buen rato observándola con fijeza. En el rostro de Alasdair se mezclaban la expectación y una rabia que apenas contenía.

—Tienes que marcharte —dijo Victoria al fin.

—Lo sabía —dijo entre dientes.

Llegó hasta ella en dos zancadas, enfadado.

—No voy a irme sin ti. —Mostró sus manos sin los guantes—. Conseguiste lo que querías. He dormido sin ellos. Te he… tocado.

Victoria sonrió levemente.

—Y tus manos te lo agradecerán. La piel se te ha debilitado de tenerla siempre oculta. Seguro que agradecerá sentir la caricia del aire y del sol.

—Deja de hablar de mi piel y explícame cuál es el plan.

—No hay ningún plan. Tú vuelves a Reid House para ocuparte de los asuntos de Zinnia, y ella y yo viviremos en Berksham hasta su mayoría de edad.

—Ni lo sueñes.

—Puedes venir a visitarnos cuando quieras.

—He dicho que ni lo sueñes —advirtió acercándose hasta que su nariz rozó la delicada mejilla de su esposa.

Victoria no se inmutó y dando un paso atrás lo miró serena.

—Tienes que recuperarte y para eso es mejor que estés solo.

—¿Recuperarme de qué? ¡Estoy bien, maldita sea!

—¿Con quién hablabas?

—¿Qué?

—Hace un rato. Estabas despierto y hablabas con alguien. —Siguió mirándolo con la misma calma, aunque él se había puesto tenso—. Todo el mundo dormía, incluso yo. Así que, dime, ¿con quién hablabas?

Alasdair se llevó una mano a la nuca.

—¿Puedes contarme qué te ha dicho esta vez? A juzgar por la furia que tratabas de mantener a raya, debe de haberte molestado mucho. ¿Era sobre mí? ¿Quería que me hicieras algo? —Inclinó la cabeza sin perder atención—. ¿Qué te ha dicho?

—Victoria…

Ella se acarició el vientre despacio.

—Voy a tener un hijo. No lo pondré en riesgo.

Alasdair abrió los ojos asustado.

—¿Crees que yo le haría daño?

—Quizá tú no, pero él…

—Victoria…

—¿Qué, esposo mío?

—Sabes que no hay un… él.

—Sí, lo sé, no hay más fantasma que tú.

Alasdair apretó los labios y su cuerpo se tensó. Al parecer Victoria ya no le tenía miedo.

—Te has convertido en una sombra. Vagas por las tierras de los Reid en plena noche y asustas a sus arrendatarios, que creen que su señor no descansa porque tiene cuentas pendientes.

Te encierras en esa biblioteca vacía y derruida bebiendo como si quisieras matarte y tratas a todo el mundo con desprecio.

¿Crees que quiero eso para nuestro hijo?

—Cambiaré.

—¿Estás seguro? ¿Cómo lo sabes?

—Tengo un motivo.

—Entonces ve y cambia y luego vuelve a por nosotros.

—No me hagas esto.

—¿Que no te haga qué? ¿Amarte? ¿Preocuparme por tu bienestar? Porque es lo que he hecho desde que volví a tu vida.

Se acercó a ella y la agarró de la cintura para atraerla hacia su cuerpo.

—Eres mi esposa y me debes obediencia. He dicho que cambiaré y voy a hacerlo, pero tú vendrás conmigo. Nuestro hijo…

—No —lo cortó apartándolo—. No iré contigo, no podrás obligarme. Aquí está mi familia…

—Yo soy tu familia.

—No, aún no te has ganado ese derecho.

—¡Victoria! —bramó.

—Estoy cansada —gimió—, cansada de esperarte. Lo he intentado todo y no ha funcionado. Fui paciente cuando me tratabas con desprecio. Te cuidé, me entregué a ti… pero nada sirvió.

—Sí sirvió —dijo levantando las manos frente a ella—. ¡Sirvió, maldita sea!

—No, no sirvió. Tuve que suplicarte para que me tocaras. —Las lágrimas caían de sus ojos sin parar—. Tuve que suplicarte.

—He sido un estúpido. —Cayó de rodillas y se abrazó a sus piernas—. Perdóname, amor mío. Merezco que me castigues, lo merezco, pero no puedo vivir sin ti. Me has sacudido por dentro, espantas todos mis demonios. Me siento perdido cuando no estás conmigo.

—Y aun así, me has mantenido alejada día tras día —sollozó.

— ¿Qué crees que hacía en esa biblioteca? Trataba de callarlo, intentaba alejarlo de ti. Quería hacerte daño y me desgarraba el alma. Esa parte de mí disfrutaba de verte llorar, de ver la desolación en tus ojos cuando era cruel. Sentía un dolor insoportable, pero no podía parar.

Ella se arrodilló también y le cogió la cara entre las manos.

—¿Y cómo sabes que no volverás a hacerlo?

—No —se le quebró la voz—, no, no, no.

Lo abrazó con fuerza y él la rodeó con sus brazos también.

—Tienes que irte. Tienes que curarte. Por mí. Por nuestro hijo.

—¿Cómo? ¿Cómo lo haré si tú no estás a mi lado? No podré soportarlo.

—Podrás —susurró ella—, porque sabrás que estaré esperándote. Que te amo y estaré esperándote.

Él escondió la cara en su cuello y los sollozos lo agitaron con violencia mientras se aferraba a ella.

Victoria se mordió el labio para contener su propia angustia y lloró en silencio.

No la soltó hasta que se hubo calmado. Y entonces él se levantó, se limpió las lágrimas y salió de allí sin decir nada más.



Caroline tenía un brazo alrededor de la cintura de su hija y Anne se había situado a su otro lado. James hablaba con Alasdair ya montado en su caballo, aunque las mujeres no pudieron oír lo que se decían.

—Gracias por acogernos, señores Crawford —dijo Craig levantando la mano a modo de saludo—. En Slioscreige esperaremos la buena nueva con impaciencia, Victoria.

—Saluda a todos de nuestra parte. No olvides darles mis cartas a Clementine y a Heather.

—Por supuesto. Anne.

—Craig —respondió ella con indiferencia—. Que tengáis buen viaje.

Se dio la vuelta y entró en la casa sin más. Craig frunció levemente el ceño y dirigió el caballo hacia el sendero.

Alasdair miraba a su esposa con fijeza y una expresión seria y circunspecta. Tenía unas profundas ojeras y no disimulaba su tristeza. Victoria se soltó de su madre y, acercándose a él, puso una mano en su muslo con afecto.

—Escríbeme —pidió—. Y… vuelve a buscarme.

Los ojos del escocés se oscurecieron. Se quitó el guante y envolvió aquella mano con la suya. Después se inclinó y la besó en los labios.

—Te amo —susurró contra su boca.

—Te amo —repitió ella sin apartarse.

Alasdair se incorporó, volvió a ponerse el guante y guio al caballo hacia el camino. Victoria lo vio alejarse y sin soltar una lágrima se giró para entrar en la casa.

—Volverá.

Su madre se preguntó si lo había dicho para convencerse a sí misma o para que su hijo nonato la oyera.

—¿Crees que saben lo que hacen? —preguntó James pasándole el brazo por los hombros.

—Espero que sí.

Entraron y cerraron la puerta tras ellos. Alasdair se giró agradeciendo que Victoria ya no estuviese allí.

—¿Estás seguro de lo que vamos a hacer? —preguntó Craig.

—Completamente.

—¿A Londres entonces?

—A Londres. —Alasdair apretó los muslos y el caballo se puso a la carrera.