CAPÍTULO 63

Alasdair abrió los ojos despacio y lo primero que vio fue el rostro de Victoria que lo estudiaba atenta. Con la mejilla apoyada en las manos y colocada de lado para poder observarlo, sonrió al verlo despertar.
—Buenos días, dormilón —dijo con ternura.
—Buenos días, amor mío.
Aquellas palabras le hicieron daño y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener su sonrisa.
—Me muero de sed —dijo él y se volvió hacia la mesita, donde había una jarra con agua.
Se incorporó y llenó un vaso que bebió con avidez. Después lo llenó de nuevo y volvió a vaciarlo.
—Estabas seco. —Ella seguía en la misma posición.
Alasdair la miró ceñudo cuando volvió a tumbarse.
—¿Por qué no estás desnuda?
Ella sonrió ligeramente.
—Has descansado suficiente si ya puedes pensar en esas cosas.
—¿Pensar? —La atrajo hacia su cuerpo—. Puedo hacer mucho más que pensar.
Su esposa lo apartó suavemente.
—Tenemos que hablar —dijo levantándose de la cama.
—No me gusta cómo suena eso —dijo él imitándola.
Cogió los pantalones y se los puso antes de acercarse a ella.
—Podemos esperar hasta que el bebé nazca —dijo adelantándose a lo que fuera que Victoria quería decir—. Aunque ahora todavía podrías viajar sin problemas. Alquilaría un coche y pararíamos a dormir cada vez que lo necesites.
—No me iré contigo —dijo serena—. Cuando Zinnia regrese voy a pedirle que se quede aquí, en Berksham.
El rostro del escocés se endureció y sus puños se cerraron apretados.
—Eres mi esposa.
—Sí, lo soy. Y siempre que vengas a visitarme me comportaré como tal.
—¿Te comportarás…? —Frunció el ceño sin dar crédito a lo que oía.
Dio un paso hacia ella y señaló la cama.
—¿Estás diciendo que…? ¡Tú me deseas! ¡Me amas!
—Sí, las dos cosas son ciertas.
Él se llevó una mano a la cabeza y apartó el pelo alborotado.
—¿Qué estás haciendo, Victoria? ¿Intentas castigarme? ¡Estoy aquí! ¡He venido a buscarte! ¿Qué más quieres?
—Te quiero a ti, Alasdair. A ti.
Él suspiró aliviado e hizo ademán de abrazarla, pero Victoria dio un paso atrás.
—Estamos hablando.
—¿No puedo abrazar a mi esposa mientras hablamos?
—No.
—¿Por qué?
—Porque sé lo que pasará a continuación y no quiero.
—Has dicho que me deseas.
—Y así es.
—Me vas a volver loco —masculló—. Di de una vez lo que quieres y lo haré.
—Ya sabes lo que quiero. —Sus ojos tenían una intensidad abrumadora—. Quiero que seas tú mismo.
—Lo estoy intentando.
Victoria asintió.
—Necesito tiempo —siguió él.
—Y yo voy a dártelo.
—No.
—Sí, Alasdair. Necesitas estar solo y pensar. Necesitas entender por qué haces lo que haces.
—¿Qué es lo que hago?
—Dímelo tú.
—Solo intento sobrevivir.
—No.
—¿No?
Victoria negó con la cabeza. Tenía el corazón temblando y estaba segura de que las piernas no la sostendrían mucho más. Necesitaba sentarse. Necesitaba alejarse de él.
—No quieres librarte de él, Alasdair.
—¿Qué? Claro que quiero.
—No, no quieres. En realidad ese Owen que has creado te resulta muy útil.
Su esposo respiró hondo y su rostro se endureció mostrándole una expresión que ella conocía demasiado bien.
—¿De qué estás hablando?
—Tu mundo se vino abajo. El suelo que te sostenía se volvió inestable. Has tenido que renunciar a todo aquello que creías que era importante para ti…
—Que era importante para mí.
—Owen te ha permitido alejarte de todos. Es perfecto.
—Estás diciendo sandeces.
—Te ha permitido mantenerte alejado de mí.
—Me casé contigo.
Victoria sonrió con tristeza.
—Para castigarme, ¿verdad? Eso te dijiste, que te casabas conmigo para castigarme. Nunca imaginé que eras un cobarde.
—Victoria... —advirtió.
—Me amabas, me deseabas y querías tenerme. Pero en lugar de decírmelo, de mostrarte vulnerable ante mí, te inventaste esa farsa del castigo.
—También te odiaba.
—Sí, me odiabas, porque yo era la prueba viviente de tu cobardía.
Él apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre de sus encías.
—Me lo merezco —masculló—. Joder, me merezco todo lo que me digas.
—No te estoy castigando, Alasdair, estoy abriéndote los ojos.
—Cambiaré.
—¿Cambiarás? ¿Qué cambiarás? ¿Dejarás de beber como si quisieras matarte? ¿Dejarás de esconderte en esa biblioteca ruinosa? ¿Dejarás de esconder tus manos dentro de esos guantes?
Él bajó la cabeza despacio.
—Quítatelos —pidió ella.
El pecho de Alasdair subía y bajaba mostrando la enorme tensión que soportaba. Victoria casi podía percibir el temblor en su cuerpo, pero hizo lo que le pedía. Se arrancó los guantes como si formasen parte de su piel y los lanzó lejos.
—Ahora… tócame.
Ella contuvo el aliento expectante. Alasdair mostraba un dolor que ella conocía muy bien.
Sintió el impulso de abrazarlo, de consolarlo diciéndole que todo iría bien, que podía esperar un poco más.
Pero no pod ía, se sentía al borde del precipicio y sabía que esta vez caería si él no era capaz de sostenerla.
Alasdair extendió el brazo izquierdo y capturó una lágrima con el pulgar. Se la llevó a los labios y la chupó solemne.
—Me amabas —dijo ella.
—Sí.
—Pero antepusiste los deseos de Owen… a los míos.
—Te di la oportunidad de escoger.
—No —negó rotunda—. No me diste ninguna oportunidad. Me abandonaste, Alasdair.
Él respiró hondo.
—No luchaste por mí —dijo Victoria mostrando su desolación—. Te hiciste a un lado esperando que fuera yo la que lo rechazara. Ese ha sido tu único pecado, Alasdair. El pecado por el que has estado pagando todo este tiempo.
La furia lo inundó como un mar embravecido.
—Era mi amigo —musitó.
—Y lo elegiste a él. Habrías dejado que me casara, que me entregara a él. Y nos habrías dado tus bendiciones.
—No.
—Habría engendrado sus hijos.
—No.
—Y tú habrías…
La besó con desesperación. Quería que se callara y no se le ocurrió otro modo de conseguirlo. Una de sus manos la sujetó por la nuca apretándola contra su boca, mientras con el otro brazo envolvía su cintura y la pegaba a su cuerpo. La deseaba tanto que le dolía y solo quería estar dentro de ella.
—No voy a irme contigo —dijo apartándose de él.
Alasdair la soltó como si lo quemara.
—Eres mi esposa y me debes obediencia.
—No me iré contigo —repitió y se acarició el vientre—. Lo escojo a él.
—Juro por Dios que te llevaré a rastras si es necesario.
—Lo será, porque voy a resistirme.
—Me amas —masculló él con fiereza.
—Sí, te amo.
—¿Dejarás que me vaya? ¿Que viva solo en esa casa?
—No estarás solo —torció una sonrisa—. Owen estará contigo.
El puñal lo atravesó dejándolo sin aliento. Sus ojos se humedecieron, aunque eran lágrimas de rabia.
—¿Qué quieres que haga? ¡Dímelo y lo haré!
Victoria puso la palma de la mano en su pecho.
—Ya sabes lo que quiero.
Alasdair sintió que se le nublaba la vista. Le agarró la cara y la atrajo de nuevo hacia él.
—Querías mis manos en tu cuerpo —gruñó contra su boca—. Aquí las tienes.
La desvistió sin miramientos y ella no se resistió. Lo deseaba tanto como él y había algo catártico en la violencia de sus gestos.
Cuando la tuvo desnuda sobre la cama contempló sus manos sin guantes con mirada extraviada.
Las sentía ardiendo y temía que ese calor la quemara.
Victoria esperaba inmóvil, con la respiración agitada y el corazón temblando.
Algo se rompió en él cuando colocó su mano mutilada sobre la piel cálida de su esposa y ella comenzó a sollozar como si le doliese.
Sabía que no era que la tocase lo que le causaba ese dolor, sino lo mucho que había esperado ese momento.
Subió hasta sus pechos y los envolvió con sus grotescos dedos.
La acarició con suavidad mientras ella se deshacía en lágrimas.
Se inclinó para besarla y musitó dulces palabras en gaélico, pero ella siguió sollozando presa de una tristeza profunda y contenida durante mucho, mucho tiempo.
—¿Quieres que pare? —preguntó en un susurro muy sentido.
Ella negó con la cabeza.
—¿Quieres que te tome?
Victoria asintió y él cerró los ojos un instante para calmar sus propias emociones. Cuando su corazón se serenó le cogió la cara con las manos.
—¿Quieres que te toque?
El sollozo desgarrador que emergió de su garganta al tiempo que asentía, hizo que él apoyara la frente en la de ella.
—Perdóname. Perdóname. Perdóname —repitió una y otra vez—. Amor mío, lo siento. Siento haber sido un cobarde. Siento haberte hecho daño.
Ella lo abrazó con tanta fuerza que le clavó las uñas en la espalda.
Alasdair la besó entonces en un acto desesperado.
Inhaló sus gemidos y la invadió con su lengua sintiendo el enorme poder que se propagaba por sus venas.
Le mordió el labio y ella soltó un gritito de sorpresa que lo enloqueció.
Sus manos le acariciaron la cintura y siguieron hasta sus caderas.
Cuando la izquierda se coló entre sus piernas un escalofrío lo recorrió entero.
—Usa la otra mano —dijo ella casi sin aliento.
—Victoria…
—Quiero que sea con la mano derecha —dijo sin apartar la vista.
No podía. No podía hacerlo. Esa mano… Cambió de posición despacio, atrapado por aquellos ojos que tiraban de él manejándolo a su antojo.
Se apoyó en el codo izquierdo y deslizó la mano derecha por encima del vello suave y rizado.
Sus cuatro dedos se movieron lentos. Separaron sus pliegues y ella gimió al notar el roce suave en su parte más sensible.
Poco a poco el calor volvió a los huesos de Alasdair y soltó el aire que había retenido en sus pulmones.
Le gustaba. A ella le gustaba. Estaba mojada y se movía buscando su contacto.
Le gustaba. No había asco, ni rechazo. Deslizó un dedo dentro de ella y Victoria gimió y sollozó y se agarró a las sábanas viviendo ese momento con tal intensidad que temió que el corazón no pudiese soportarlo.
—Más… —susurró.
Él introdujo otro dedo y las rugosas cicatrices rozaron la piel sensible haciéndola gemir cada vez más.
Los movió despacio, disfrutando de cada gesto de su rostro, de su mirada vidriosa, de los jadeos agónicos.
Notó cómo sus músculos internos le apretaban los dedos al llegar al orgasmo y solo se detuvo cuando ella misma le sujetó la mano.
Se llevó los dedos a la boca y los chupó con deleite sin apartar la mirada y después se colocó encima para penetrarla de una estocada.
—Me deseas —dijo él moviéndose despacio.
—Más que nada en el mundo.
Quería ser tierno, recrearse en cada movimiento y en cada gesto. Quería ver su cara, escucharla suplicar, llevarla hasta lo más alto y detenerse para alargarlo lo más posible. Quería quedarse en esa cama durante horas. Días. Semanas. Entrando y saliendo de ella sin descanso.
Casi muere cuando ella lo empujó y se sentó a horcajadas. Con su vientre abultado subiendo y bajando mientras se empalaba a voluntad.
—Creo que podría morir en esta cama —dijo él con voz ronca.
Ella le cogió la mano derecha y la colocó sobre uno de sus pechos.
—No dejes de tocarme —suplicó.
Él sonrió perverso y llevó los dedos hasta el botón sensible y abultado entre sus pliegues.
Victoria gimió arrastrando el aire desde su garganta y echó la cabeza hacia atrás sin dejar de cabalgarlo.
Cuando sintió que el momento llegaba y las contracciones trataban de retenerlo dentro para absorber todo lo que él quisiera darle, se inclinó hacia delante y le agarró la cara con las manos.
—Eres mío —gruñó—. Tú. Tú. Alasdair. Eres mío. Mío. ¡Mío!
Cada una de aquellas afirmaciones fue un estallido alrededor de su pene, que se estiró aún más como si quisiera ocupar todo el espacio que le brindaba. La agarró por las caderas inmovilizándola y se derramó dentro de ella con un gruñido desgarrador.