El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 62
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CAPÍTULO 62



Victoria estaba sentada en el banco debajo de la ventana, con las piernas dobladas.

Envuelta en una fina manta contemplaba el paisaje con las primeras luces del amanecer.

Se había pasado toda la noche despierta tumbada junto a su esposo.

Él había caído rendido en cuanto el dolor lo soltó y aún no se había despertado.

—Hija, ¿qué haces levantada tan pronto? —Caroline entró en la sala con expresión somnolienta.

Victoria giró la cabeza y se esforzó en sonreír cuando su madre se acercó a besarla.

—¿Has dormido algo? —Se sentó a su lado.

—Apenas. Tenía mucho en lo que pensar.

Caroline le cogió una mano y apoyó el otro brazo en la repisa de la ventana.

—¿Quieres contármelo?

—Aún no. Primero tengo que hablar con Alasdair.

—Aquí estaré cuando me necesites. ¿Puedo hacer algo?

—Siempre he querido preguntarte una cosa, mamá.

—Adelante —dijo apartándole el pelo de la cara y colocándoselo detrás de la oreja.

— ¿Qué habría pasado si te hubieses casado con Nathan Helps? ¿Lo has pensado alguna vez?

—Dios bendito —dijo agitando la mano como si quisiera espantar una maldición—. No creo que eso hubiese sido posible.

—Pero, ¿y si hubiera ocurrido?

Caroline lo pensó un momento. Le dio vueltas y más vueltas y finalmente negó con la cabeza.

—No hubiera pasado, hija. Las cosas no funcionan así. No tropiezas y estás casada. Tienes que comprometerte fehacientemente. No habría podido hacerlo. En el fondo de mi corazón sabía que no era él.

—Eso lo dices ahora porque conoces la verdad.

—No. Lo cierto es que la traición que más me dolió no fue la de Nathan, fue la de Edwina.

Ella sí era mi amiga. De verdad lo era. La quería como a una hermana, le habría confiado cualquier secreto.

Y me traicionó de un modo atroz, cruel e injusto.

Pero Nathan no era un hombre con el que yo me hubiese podido casar llegado el momento.

No lo admiraba, no lo respetaba, no me gustaba realmente.

—¿Entonces por qué aceptaste ser su prometida?

—Era lo que tocaba, y todos esperaban eso de mí. Edwina estaba siempre hablando de nuestra boda y ya te he dicho que yo confiaba en ella. Tenía que ser algo bueno para mí si ella lo creía.

Victoria apoyó las manos en la repisa de la ventana y colocó la barbilla sobre ellas.

—¿Qué piensas? ¿A qué vienen esas preguntas?

—Me preguntaba si podría haberme equivocado.

—¿Con Alasdair?

—Con mis sentimientos. ¿Y si no es el hombre de mi vida? ¿Y si estoy amando al hombre equivocado?

Caroline meditó sobre ello antes de responder.

—No digo que no haya mujeres que se casen sabiendo que no es el hombre perfecto para ellas, pero de lo que sí estoy segura es de que no hay ninguna que no lo sepa de antemano.

—¿Crees que hay mujeres que se casan aun sabiéndolo?

Caroline asintió.

—Creo que tenemos una capacidad extraordinaria para identificar las señales, pero algunas mujeres podrían no querer verlas. Quizá porque crean que no habrá nadie más, o porque piensen que podrán moldearlo, o porque se sientan obligadas de algún modo.

—¿Qué piensas? ¿Crees que Alasdair no es ese hombre para ti?

Miró a su madre con absoluta seguridad.

—Sé que es el hombre para mí, pero también sé que él no se deja ser ese hombre. Y no sé si lo hará alguna vez.

Caroline endureció el gesto.

—¿Lo dices por lo que pasó ayer? ¿Por sus heridas?

—No, mamá. Nada de eso me importa. Lo amo.

Amo cada parte de él. También las dañadas.

Pero la culpa lo está destruyendo y por más que he intentado ayudarlo, no me deja.

El verdadero Alasdair está ahí, dentro de él.

Emerge cada vez que se le cae la fachada que ha construido para encerrarlo.

Cuando está débil y no tiene fuerzas para sostenerla.

Entonces lo veo de nuevo, reconozco al joven del que me enamoré.

Pero cuando vuelve a esconderlo me hace tanto daño que creo que voy a morirme.

Su madre la volvió a agarrar de la mano y se la apretó con fuerza. No soportaba ver sufrir a su hija.

—Ahora tienes que pensar en esa criatura —dijo con calidez—. Debes protegerla de todo sufrimiento. Si Alasdair no puede ser un padre como Dios manda, tendrás que tomar una decisión taxativa al respecto.

—Lo sé. —Se llevó la mano de su madre a la mejilla y se apoyó en ella cerrando los ojos—. No sé si soy lo bastante fuerte para apartarlo de mí.



—¿Adónde vas? —preguntó Victoria a Anne cuando se la cruzó en las escaleras.

—Me apetece montar. ¿Quieres venir? Puedo esperar a que te vistas —dijo terminando de ponerse el guante.

—No, gracias. Apenas he dormido y creo que me echaré un rato.

—Oh. Descansa entonces.

Anne siguió bajando las escaleras y se giró tras el último peldaño. Observó los pasos lentos de Victoria y suspiró con tristeza. Al parecer la visita de su esposo no había solucionado sus problemas.

Salió de la casa y se dirigió a las cuadras para coger prestado un caballo. No se sorprendió de encontrar allí a Craig, que la miró con una clara sospecha.

—Buenos días —dijo y se dirigió a la yegua que había estado montando desde que llegó hacía varias semanas.

—Buenos… días. —El escocés frunció el ceño al ver que pasaba junto a él sin mirarlo siquiera.

—¿Vas a salir?

—Sí.

La vio coger la silla con gran esfuerzo y se la quitó de las manos.

—Deja que te ayude.

Ella no se opuso y esperó hasta que la silla estuvo sujeta. Craig se apartó para dejarle espacio y se cruzó de brazos viendo cómo colocaba el resto de útiles.

— ¿Sabes algo de Alasdair? —preguntó él.

—No. Acabo de ver a Victoria que se volvía a la cama. Al parecer no ha podido dormir mucho.

Craig asintió pensativo y Anne se subió al caballo.

—¿Le pasa a menudo? —preguntó ella con curiosidad.

—Por lo que parece, sí. Creía que estaba mejor.

—¿No tiene cura?

Craig se encogió de hombros.

—Adam nos habló de un tratamiento, pero no hay garantías de éxito.

—Mejor que lo que pasó anoche… Se me cortaba la respiración cada vez que lo oía.

—Sí. Es terrible.

—¿Se quedará aquí?

—No lo sé.

—De todos modos yo me iré la semana que viene —dijo removiéndose en la silla buscando la posición correcta.

—Yo probablemente antes.

—Bien.

Él suspiró con una incomodidad de la que no podía librarse.

—Siento lo del otro día. No pretendía ofenderte.

—Oh. Eso. No te preocupes. Lo cierto es que me he estado comportando muy mal contigo y te pido disculpas por ello.

Craig sonrió con simpatía.

—¿En serio?

Anne asintió.

—Como me dijiste hace años, estaba confundida.

Él volvió a cruzarse de brazos sin apartar la mirada.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿Estás enfadada?

—Por supuesto que no. Lo cierto es que no entiendo cómo has tardado tanto en ponerme en mi sitio. Imagina lo terrible que hubiese sido si me hubiese enamorado de ti como tenía previsto. Eso no habría traído nada bueno ni para ti ni para mí. Así que… gracias.

Pasó por su lado y salió de las cuadras.

—De nada —respondió confuso—. Supongo.