CAPÍTULO 61

Victoria estaba sorprendentemente serena y a Alasdair no le pasó desapercibido. Supuso que era por estar en Berksham, rodeada de su familia y amigos. De vez en cuando sus ojos se desviaban hacia su vientre abultado y ese perfil lo tenía loco de deseo.
—¿Cómo has estado? —preguntó—. Lo que habéis dicho de las náuseas…
—Es normal —lo interrumpió incómoda—. A veces ocurre en un embarazo.
Alasdair sonrió levemente. Que le hablase como si él no hubiese visto a una mujer embarazada, teniendo en cuenta que vivía en un castillo repleto de matrimonios muy poco dados a la ocultación, le resultó de lo más tierno.
—¿Y ahora estás bien?
—Muy bien.
—¿Descansas lo necesario?
—Oh, sí. Nuestra casa no es tan lujosa como Reid House y muchísimo menos que Slioscreige , por supuesto, pero…
Se encogió de hombros y Alasdair comprendió lo que no había dicho en voz alta.
—Es tu casa —terminó él.
Victoria asintió.
—¿Haces ejercicio? —siguió interrogándola.
—Camino. Varias veces al día.
De nuevo silencio. Habían cabalgado durante días sin apenas descanso. Le dolía la espalda y necesitaba un baño. Se apartó el pelo de la frente y bajó la mano enguantada por la nuca. Victoria lo miraba de soslayo consciente de su cansancio.
—Lleváis muchos días de viaje —dijo con suavidad.
No hizo falta que Alasdair respondiera.
—Después de almorzar podéis daros un baño y descansar toda la tarde.
Él se detuvo nervioso.
—Si sobrevivo después de hablar con tu padre.
Victoria respiró hondo y sonrió sin separar los labios.
—No es tan fiero el león como lo pintan —se burló—. En el fondo, papá es un bendito.
Alasdair era consciente de que otro hombre habría ido a partirle la cara al saber que había abandonado a su hija embarazada.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —preguntó al fin.
—Pronto.
Él enarcó una ceja incrédulo.
—Algún día —puntualizó ella.
—Victoria…
Ella se apartó de él y le dio la espalda poniéndose las manos en los riñones. El gesto le dijo que estaba cansada y buscó a su alrededor un lugar en el que pudiera sentarse. La llevó hasta una piedra y la acomodó con suavidad.
—No he dormido bien —explicó ella como si necesitara excusarse.
—¿Pesadillas?
—Sí.
—¿Salía yo en esa pesadilla?
Su mujer volvió a asentir. Alasdair puso una rodilla en el suelo y la cogió de las manos apoyando el brazo en la otra.
—He venido a buscarte.
—Lo he supuesto cuando te he visto.
—Esperaré hasta que nazca nuestro hijo y después volveremos a casa.
Esperaba una reacción más intensa, pero Victoria no se movió. Lo observaba con atención.
—¿Por qué? —preguntó al fin.
—No puedo dejar que nuestro hijo crezca sin padre y…
Victoria se puso de pie y retiró la mano con sutileza.
—A mi hijo no le faltará de nada —dijo con firmeza.
Él se puso de pie ceñudo.
—Nuestro hijo.
—Me pediste que me marchara.
—Las cosas han cambiado.
—¿Sí? —preguntó ella con una sonrisa—. Quítate los guantes.
Él endureció el gesto, pero no se movió.
—Nada ha cambiado —afirmó ella—. Siento que hayas hecho un viaje tan largo para nada.
La vio darse la vuelta para regresar y eso, además de su reacción, lo dejó confuso y paralizado durante unos segundos. Después corrió para alcanzarla y la sujetó del brazo. Lo extendió para comprobar que no había ninguna marca nueva.
—No he vuelto a hacerlo —afirmó ella tocándose sutilmente la barriga—. No lo haré nunca más.
Alasdair respiró aliviado.
—Estoy bien y nuestro hijo también lo estará. No tienes nada de lo que preocuparte. Puedes regresar a Lanerburgh y continuar con tu vida sin mí.
—Victoria…
—Soy veneno, ¿recuerdas? Acabaría matándote. —Sonrió sin humor—. Recuerdo cada palabra, Alasdair.
Él suspiró consciente de que no iba a ponérselo fácil.
—¿Qué quieres que diga? ¿Que te amo? ¿Que seré un buen padre? ¿Que lucharé contra esto que me pasa y me libraré de Owen? Todo eso es cierto.
—Quítate los guantes.
Apretó los puños y los dientes al tiempo que cogía aire por la nariz.
—Esas son tus manos, no las de él. Él está muerto y enterrado.
Alasdair respiraba con dificultad y la miraba con desesperación.
—Por favor, Victoria…
Ella esperó unos segundos y finalmente suspiró resignada.
—Volvamos a casa, mi padre debe estar al llegar.

James Crawford estaba de pie en mitad de su despacho. Había hecho que Alasdair se sentase y el escocés sospechaba que lo había hecho para que no estuviese a su altura.
—¿Qué haces aquí? —preguntó cruzándose de brazos—. Leí tu carta.
Alasdair se maldijo por haberla escrito. Carraspeó antes de hablar.
—No contaba con… esto.
—Cuando dices «esto», ¿te refieres a tu hijo?
—Sí, señor.
—Vaya, bonito nombre le has puesto.
—No quería decir…
—¿Entonces ya no quieres proteger a mi hija de ti?
—Sí, se ñor.
—¿Cómo? Si has venido a llevártela y temes ser un monstruo, digo yo que habrás planeado algo.
Alasdair se frotó la nuca. James Crawford no tenía nada que envidiarle a los McEntrie, su presencia y su actitud no dejaban resquicio para la duda. Si decía algo que no le gustase, lo iba a moler a palos.
—Voy a luchar contra…
James cogió una butaca y la arrastró hasta colocarla frente a la que ocupaba su yerno. Se sentó y dio una palmada sobre sus rodillas con ambas manos.
—Veamos. Al parecer ves a un fantasma.
Alasdair bajó la cabeza una vez. En su boca se escuchaba aún más ridículo.
—Y tu padre no lo sabía cuando os casasteis.
—¿Mi padre? —preguntó confuso.
—Kenneth me escribió después de la boda.
—¿Qué?
—Se disculpaba por las formas y bla, bla, bla —dijo James agitando la mano—. La cuestión es que no mencionó ningún fantasma. Así que, después de recibir tu carta, le escribí yo.
El escocés cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Le conté lo que me habías dicho del monstruo y todo eso, ya sabes. —Arrugó la frente—. Eres muy dramático, muchacho, ¿te lo habían dicho? Deberías haber estado en el ejército, eso te habría endurecido bastante.
—Esa carta era privada.
—¿En serio? No recuerdo haberlo leído. Bueno, la cuestión es que cuando le conté todo eso, me respondió con otra carta, en la que decía que él lo había descubierto no hacía mucho. No le hablé del embarazo de mi hija, por supuesto.
—¿Eso sí era privado? —preguntó con irritación.
—Evidentemente. Lo que te decía, tu padre me habló de que pretendías cargar con todo solo y que te estabas castigando por la muerte de tu amigo. Algo así me había dicho Victoria, pero creí que eran cosas de mujeres. Por lo visto, me equivocaba.
—Señor…
—Espera, espera. Y entonces llega mi hija y nos dice que está embarazada y que su marido la ha echado de casa.
—No la eché de casa.
—¿Ah, no? ¿Cómo llamas tú a lo que hiciste?
—Le pedí que se fuera. Por su bien.
—Ya.
—De verdad, señor, lo hice por ella.
—¿Por qué exactamente?
—Temía…
James entrecerró los ojos y su mandíbula se marcó prominente.
—¿Qué temías?
Esas dos palabras resonaron en la estancia rebotando contra las paredes.
—Temía… hacerle daño.
James lo agarró por la pechera y lo levantó de la butaca como si no pesara. Acercó tanto su cara a la de él que su aliento le hizo cosquillas en la nariz.
—¿Hacerle daño cómo, pedazo de mierda?
Alasdair mantenía los brazos a ambos lados de su cuerpo y no pensaba defenderse si lo golpeaba. Una parte de él quería que lo hiciese, quizá eso aliviase en algo su angustia.
—Si me entero de que has pegado a mi hija, te juro que te mato.
El escocés lo miró a los ojos para responder.
—Antes me cortaría las dos manos .
James lo retuvo aún unos segundos y después lo soltó sin miramientos. Alasdair se quedó de pie expectante mientras el hombre se paseaba por la estancia.
—Victoria es la muchacha más dulce y buena que conocerás jamás —masculló.
—Lo sé.
—Y te ama.
—Lo sé.
—¿Cómo has podido tratarla así?
—Estoy enfermo.
James se paró en seco.
—¿Enfermo?
—De la cabeza. Veo a Owen, ya se lo dije. Me enfurece y hace que haga cosas que no quiero hacer.
—¿Esa es tu excusa? ¿Vas a echarle las culpas a un muerto? Menudo cobarde estás hecho.
—No me crea si no quiere. Lo entiendo. Yo tampoco lo creería. Pero es la verdad. Lo veo igual que lo veo a usted.
James vio cómo su rostro se iba transformando a medida que hablaba. Una mezcla de dolor, terror y desesperación que envaró su cuerpo y oscureció sus ojos.
—Me tortura repitiéndome cada cosa que hice aquella noche.
Cada cosa que no hice para salvarlo. Me hace revivir una y otra vez lo sucedido.
Me culpa de su desgracia, pero sobre todo, me culpa de la desgracia de Zinnia.
Y la culpa a ella. Culpa a Victoria por decirle que sí.
Y yo también la culpo por ello, porque ¿cómo pudo decirle que sí si me amaba a mí?
Creí que lo rechazaría, que se daría cuenta de que solo podía ser mía. Pero le dijo que sí.
James lo escuchaba estremecido e inmóvil. Solo había visto a un hombre tan desesperado, un pirata que acababa de perder a la mujer que amaba y a la que creía que no podría tener jamás.
—Victoria te ama.
—Sí, su hija ama a un lisiado. Mis manos son una aberración.
No puedo tocarla, se me revuelven las tripas solo de pensar en poner mis manos sobre ella.
Y Victoria es… —Las lágrimas afloraron a sus ojos, ni siquiera se daba cuenta de lo que decía—.
Es un ángel, dulce y cariñoso. Me cuida y me protege, sin importar lo mal que la trate.
Y yo la amo, la amo con tanta pasión que he querido arrancarme los ojos cada vez que le he dado una mala contestación o he tratado de alejarla de mí.
El dolor que siento en las manos o en el cuerpo, no es nada comparado con el que he sentido cada vez que la he hecho llorar.
Y me bebía sus lágrimas como si pudieran curarme, cuando en realidad me estaban matando.
James cerró los puños, pero contuvo su impulso, consciente de que darle de palos a aquel hombre no ayudaría a su hija.
—Le dije a Owen que me casaba con ella para doblegarla, para castigarla. Le dije a Zinnia que me casaba con ella para complacerla y darle la hermana que no tenía… ¡Dios! —gritó cayendo de rodillas sin fuerzas.
El dolor comenzó a extenderse por sus brazos. Quería quitarse los guantes y abrirse las cicatrices, pero apretó los puños y se golpeó los muslos con ellos.
—Lo cierto es que me casé con ella porque no soportaba la idea de perderla. Quería que estuviera a mi lado porque era lo único que podía mantenerme vivo. Mi corazón late por ella. Respiro por ella…
Cayó de lado hecho un ovillo y su cuerpo comenzó a temblar enfebrecido. La puerta se abrió y Victoria corrió a ayudarlo.
—¿Estabas escuchando tras la…?
—Haz que llenen una bañera de agua fría, papá —ordenó sin dejarlo acabar la frase.
—Hija, no deberías…
—¡Date prisa! —exclamó envolviendo a Alasdair en sus brazos—. Y avisa a Craig para que venga a ayudarnos.