CAPÍTULO 60

Victoria se agarró de la cintura y estiró la espalda.
—¿De verdad puedes hacer esto? —preguntó Anne ceñuda—. Si a ese bebé le pasa algo por doblar unas sábanas…
—Qué pesados sois todos. Estoy embarazada, no enferma.
—No sé las veces que he oído decir eso —dijo Anne sin desarrugar la frente—. Y a mí me parece que eso es peor que una enfermedad.
—Pero ¿qué dices, niña?
—¡Llevas un niño en la barriga! Puag.
Victoria movió la cabeza sin dar crédito y agarró los picos de la sábana caminando hacia atrás. Doblaron la última pieza y Anne la depositó en la cesta que habían dejado sobre la hierba.
—Debes estar deseando irte a Londres.
—Sí. —Sonrió con expresión soñadora—. No te enfades, me gusta mucho Berksham, pero tengo un vestido púrpura precioso que hace resaltar el negro de mi pelo y estoy deseando estrenarlo.
—Creía que tu color era el verde hoja.
—Eso fue el año pasado —dijo la joven agarrando la otra asa de la cesta antes de dirigirse a la casa—. Pero el púrpura es mejor. Pienso ir a todos los bailes a los que me inviten en cuanto papá y mamá vengan a buscarme la semana que viene.
—¿Por qué no quisiste quedarte con Frederick? Ya estarías en Londres.
—Quiero mucho a Charlotte, es adorable, pero no me deja ni respirar. Ni papá me vigila tanto.
—Es tu cuñada, es normal que se preocupe. Además, no es que tú se lo pongas muy fácil —Sonrió burlona.
—No sé por qué dices eso.
—¿No lo sabes, eh? ¿No fuiste tú la que bailó tres veces con el hijo del juez Nelson? ¿Y la que saltó por la ventana de la casa de los Keating cuando llegaron los Everdeen?
—¿Tú has hablado con Connor Everdeen? ¡Te escupe en la cara! Y si te alejas para que no te alcance, te persigue. Oh, ni loca voy a exponerme a su repugnante escupitajo. Puag.
—En cambio Lewis Nelson no te importa tanto que se te acerque.
Anne entró de espaldas en la casa para no soltar la cesta.
—Lewis es mono.
—¿Mono? Tiene veinticinco años, no es ningún niño.
Anne amplió su sonrisa y prestó atención a los escalones. Dejaron la cesta en el cuarto de plancha y volvieron a las escaleras.
—¿Hay algún joven que te guste? —preguntó Victoria.
—Mmmm.
Se dirigieron a la cocina donde seguro estaría su madre ayudando a la señora Boden con la comida.
—¿A ti te gustó alguien antes de Alasdair?
Victoria se detuvo en el pasillo y se puso un dedo en los labios.
—No hables de esto delante de mi madre.
—De acuerdo —dijo Anne bajando tanto el tono que fue apenas audible.
Se escucharon golpes en la puerta y Victoria suspiró.
—Ve a decirles que ya hemos terminado de recoger las sábanas y pregúntales si hay que llevarles el almuerzo a los hombres —dijo dándose la vuelta para dirigirse a la entrada—. Yo atenderé la puerta, será el señor Early con el correo. Ojalá traiga algo de Zinnia.
—¡A sus órdenes! —exclamó Anne avanzando hacia la cocina.
Victoria atravesó el pequeño vestíbulo y abrió la puerta apartándose un mechón de pelo que le tapaba el ojo izquierdo.
—Buenos… —Enmudeció de golpe—. Alasdair.
—Hola, Victoria.
Bajó la mirada despacio hasta su abultado vientre. Ella perdió el color en las mejillas y se tambaleó. Su esposo la sujetó al instante, atrayéndola hacia su pecho.
—¿Qué…? —Anne contemplaba la escena algo confusa, hasta que se percató de que Craig esperaba fuera con los caballos.
Su sonrisa habría podido iluminar una ciudad entera.
Victoria se había sentado en el sofá junto a su madre. Anne permanecía en una butaca cerca de Craig, que estudiaba con atención un jarrón colocado sobre una mesilla. Alasdair, mientras tanto, no apartaba la vista de su esposa embarazada. El silencio parecía un participante más en aquella reunión.
—¿Cómo… estás? —preguntó Alasdair con voz profunda.
—Bien —respondió Victoria, mientras su mente intentaba rellenar los huecos del terreno por el que se movía.
—Ya no vomita todas las mañanas —dijo Anne.
Su tía y su prima la miraron estupefactas.
—¿Lo hacías? —preguntó Alasdair sin apartar los ojos de Victoria.
—Sí. Hasta hace poco.
—Lo siento.
Ella no supo qué decir a eso.
—Aquí no os podéis quedar —dijo Caroline con expresión severa—. Lo siento, pero esta casa es pequeña, no tengo habitaciones de sobra.
Victoria se giró hacia su madre con preocupación.
—Alasdair es mi esposo —dijo con firmeza.
Su madre apretó los labios, pero después de unos segundos elevó el mentón y lo bajó levemente.
—Craig puede dormir en mi cuarto —dijo Anne de pronto—. Hay dos camas.
—¡Anne! —exclamó Caroline sin dar crédito a lo que oía.
Para el escocés fue como si hubiese dicho que podía dormir dentro de la chimenea. Con el fuego encendido.
—Dormiré en la cuadra —dijo rápidamente enarcando una ceja.
Anne negó rotunda.
—De ningún modo. La tía Caroline no lo permitirá, ¿verdad, tía Caroline?
La mujer dejó escapar un suspiro y negó.
—Si Alasdair va a quedarse, tú también te quedarás. Ya encontraremos un sitio.
—De verdad que puedo dormir con los caballos. No será la primera vez.
—¿Podríamos…? —Alasdair quería encontrar las palabras perfectas, pero le costaba hasta conjugar los verbos—. Hablar. Fuera. En algún… sitio. Fuera.
—Lo de fuera ha quedado claro —dijo Anne ignorando la expresión de su prima—. Podrías llevarlo a ver las minas. Aunque no sé si al tío James le gustará verlo. No está muy contento contigo. ¿Qué? No tardará en venir y se lo dirá él mismo.
Alasdair se mantuvo expectante hasta que Victoria se puso de pie.
—Demos un paseo.
Sin esperarlo salió del salón.
—Discúlpenme —dijo Alasdair haciendo una inclinación cortés antes de ir tras ella.
Craig clavó sus ojos en la malhumorada Caroline y luego en la entusiasmada Anne. Respiró hondo y forzó una sonrisa.
—He visto que tienen caballos.
¿En serio? ¿Eso es lo único que se te ocurre?
—Mi padre os ha comprado otro más. ¿Lo has traído? —preguntó Anne y sonrió al ver que él asentía—. Al final habrá más caballos McEntrie en Kenford que en Lanerburgh.
Craig elevó levemente una ceja.
—Quiero montarlo —siguió ella.
—Es un caballo de carreras. No es para ti.
—¿Por qué no? Siempre dicen que es mejor que los jinetes sean pequeños. Yo soy pequeña.
Caroline se puso de pie impaciente.
—Tengo que ir a la cocina. Anne, ofrécele algo de beber a Craig. Pero tú ni lo huelas, que te conozco.
Al escocés le dieron ganas de detenerla, pero se contuvo.
—¿Quieres beber algo? —preguntó Anne—. Te aconsejo el brandy.
Él dudó si reírse o asustarse.
—El whisky te parecerá malo. No es escocés y sé que sois muy tiquismiquis con eso. ¿Quieres brandy?
—No quiero nada, gracias. Es temprano para mí.
—Ah. Pensaba que los escoceses bebíais a todas horas.
Craig la observó paciente.
—Has estado varias veces en Slioscreige . No bebemos a todas horas.
—Cierto.
Craig comprendió que se estaba burlando de él y se recordó que estaba con Anne Wilmot y eso era algo que no debía olvidar.
—¿Qué opinas de lo que te he dicho? ¿Crees que sería una buena jinete de carreras?
—No te he visto montar desde hace mucho.
Ella amplió su sonrisa.
—Cierto. Creo que te sorprenderá cuando veas lo mucho que he mejorado.
—Estoy seguro.
—Me gustan los caballos McEntrie. No tienen igual.
Craig se recostó en el respaldo y cruzó los brazos sin dejar de observarla. Eso hizo que sus músculos se lucieran mucho más, pero Anne sospechaba que él ni se percataba de ello.
—Fuerte, calmado, seguro… poderoso —dijo pensativa, como si lo estuviese evaluando a él.
—¿Poderoso? —preguntó confuso.
—Hablaba del caballo.
El escocés no dijo nada.
—¿Pensabas que hablaba de ti? —dijo con tono inocente.
Craig entornó los ojos estudiándola. Anne se puso de pie y comenzó a pasearse por el cuarto toqueteando las cosas, lo que evidenciaba que estaba nerviosa.
—¿Cuántos días vas a quedarte?
—No lo sé.
—Alasdair y Victoria están casados.
—Algo he oído sobre eso.
—Podrían pasar aquí una larga temporada. Hasta que nazca el bebé, quizá.
—Está dentro de lo posible, sí.
—Y mis padres no llegan hasta dentro de una semana. Pasarán por aquí para recogerme antes de ir a Londres.
—Lo sé. Me lo dijo vuestro mayordomo.
Ella sonrió satisfecha.
—Pa pá quiere que lo ayudes a entrenar al caballo.
—Ya está entrenado.
—Pero la carrera es en dos meses. Seguro que no quieres irte a Lanerburgh para luego volver.
—No me necesita. A tu padre se le da muy bien.
—Pero a ti se te da mejor.
—Tengo otras ocupaciones.
—Eres abogado.
—Eso es.
—Pero esa carrera es muy importante. Hay mucho dinero en juego.
—No es asunto mío.
—¿Has conocido a Mike?
Craig negó con la cabeza suponiendo que hablaba del jinete.
—Tienes que verlos juntos. No es bueno.
—¿Ah, no?
—No. Además es idiota.
Craig frunció el ceño.
—Parece que tú tienes una opinión muy clara respecto a él.
—Lo conozco desde que era un crío y no trata bien a los caballos.
—¿Se lo has dicho a tu padre?
—Un millón de veces.
—Entonces no hay más que hablar.
—Si Joe no se hubiese roto la pierna…
—A veces pasa. Una mala caída.
—Malísima.
—Por eso no debes montar caballos de carreras, Anne.
Ella volvió a sonreír, como hacía cada vez que él decía su nombre.
—Lo haría mejor que Mike.
—No hay un ápice de modestia en ti.
—¿Te importa?
— ¿Por qué habría de importarme?
—Si te quedas podría enseñarte esto.
—¿Esto?
—Berksham. —Pasó por detrás de la butaca en la que él se sentaba—. No es que sea gran cosa, es un pueblo minero, ya lo sabes. Pero tiene lugares pintorescos.
—No he venido de visita.
Ella se detuvo frente a él.
—¿A qué has venido?
—A acompañar a Alasdair.
—¿Y a verme a mí?
—No sabía que estarías aquí.
Anne sonrió abiertamente.
—Pero te alegras de verme.
—Por supuesto.
Durante unos segundos se observaron sin que ninguno diera su brazo a torcer.
—Sigues sin estar comprometido.
—Y sigo siendo diez años mayor que tú.
La sonrisa de Anne era cada vez más brillante y Craig se preguntó si habría algo capaz de borrársela.
—¿Crees que he crecido bien?
Una leve arruguita apareció en la frente del escocés.
—De hecho, me da la impresión de que sigues teniendo catorce años.
—¿Te parezco guapa?
—Por supuesto.
—¿Me lo dirías si no lo fuera?
—Probablemente no.
—Tengo un sexto sentido.
—¿De veras?
Anne asintió con vehemencia.
—Sé lo que sienten otras personas antes que ellas.
Craig supo hacia dónde iba esa conversación y se puso de pie dispuesto a ahorrarse el disgusto.
—Tengo que ir a ver a los caballos.
—Yo te gusto.
El escocés cogió aire y lo dejó salir por la nariz. Por lo visto, no había manera de librarse de aquella conversación.
—No, Anne, tú no me gustas.
—Sí te gusto.
Craig decidió optar por otra estrategia.
Dio una larga zancada hacia ella y Anne reculó.
Craig avanzó y Anne reculó de nuevo. Siguió hasta que la tuvo contra la pared y entonces apoyó las manos a ambos lados de su cabeza.
El corazón de la muchacha latía desbocado y tragó saliva sintiendo la garganta seca.
Craig se inclinó despacio, hasta que sus labios casi la rozaban.
—Soy un hombre. Los hombres tenemos… ciertas debilidades. Eres una joven hermosa y juegas a un juego muy peligroso que, en realidad, no dominas.
Anne se mordió el labio y Craig endureció su expresión.
—Ahí fuera, en el mundo real hay hombres que son depredadores natos. Si hicieras esto con ellos cogerían tu inocencia y la aplastarían junto con tus sueños. Deja de comportarte como si todo fuera un juego. No me gustas, Anne. Para mí no eres más que una niña estúpida que está aburrida.
—No soy…
—Sí lo eres —la cortó insensible—. Eres una niña, Anne, y vives en un mundo de fantasía. Hablaré con tu padre si vuelves a insinuarte del modo que lo has hecho. No tienes derecho a ponerme en una situación tan incómoda. Grábatelo de una vez en esa cabecita: no me gustas y jamás vas a gustarme.
—¡Anne!
Caroline había vuelto al salón y contemplaba la escena petrificada. Craig se apartó despacio sin dejar de estudiarla y el color abandonó las mejillas de la joven que se sentía avergonzada y humillada. Había dejado de respirar y el corazón se le iba a salir por la boca.
—Craig, lo siento —dijo Caroline acercándose a ellos.
Anne no podía respirar. Por alguna razón sus palabras le habían dolido profundamente.
Quizá era por el hecho de que Caroline lo hubiese visto todo y se hubiese puesto de su parte.
O quizá, y esto era lo más probable, se dio cuenta de que lo que había estado haciendo no estaba bien.
Él nunca la había tomado en serio. Se había mostrado incómodo, nervioso, la rehuía, la esquivaba, incluso había sido antipático con ella en alguna ocasión.
Comprendió que, desde fuera, su comportamiento debía verse como un… acoso.
Se cubrió la boca con la mano y salió de allí corriendo. Craig miró a Caroline con una muda disculpa en los labios.
—Se le pasará —dijo la madre de Victoria.
Craig asintió preguntándose por qué mierda no se sentía aliviado.