CAPÍTULO 58

—¿Te lo puedes creer? Voy a ser padre. Yo.
Movió la cabeza incrédulo y se llevó la botella a los labios. Glenfyne relinchó bajito y él se rio como si el viejo caballo de su padre le hubiese hecho una broma.
—Ya, amigo, estoy igual que tú. No puedo asimilarlo.
Son las tres de la madrugada y debería estar hablando con mi padre como una persona normal, pero se ha quedado frito en mi cama.
Ese hombre es increíble, ¿verdad? Ha sido el mejor padre que nadie podría tener.
Y por si fuera poco, he tenido un montón más en mis tíos.
Los dos hemos sido muy afortunados. —Los ojos se le llenaron de lágrimas.
Bebió otro trago y se limpió los ojos con el dorso de la mano. Se había quitado los guantes y los había tirado sobre la paja. Apoyó la cabeza en la pared de madera en la que estaba recostado y escuchó los ronquidos del mozo que dormía a pierna suelta.
—Seguro que mis tíos tendrán un montón de consejos que darme. Y mis tías… ¡Dios! Mi madre… Va a ser una abuela maravillosa. Y guapísima. —Sollozó y se cubrió la cara con el antebrazo—. Ese niño… O niña. ¿Y si es una niña? ¡Dios! Si se parece a Victoria…
El cuerpo le temblaba y no podía parar de llorar. El animal fue hasta él y acercó su cabeza hasta darle en el hombro como cuando era niño. Primero fue un toque suave, pero al ver que no reaccionaba empujó con más intención.
—Vale, vale.
Se limpió las lágrimas y trató de sonreír, aunque no le salió muy bien.
—Estoy muerto de miedo —confesó—. Nunca en mi vida había tenido tanto miedo.
Reclinó la cabeza sobre la del animal y este le devolvió el gesto con afecto.
Siempre le había pasado con los animales, aquel vínculo natural e inexplicable que se creaba entre ellos.
Pero, además, Glenfyne era muy especial para él.
Aunque era un caballo viejo, su padre seguía montándolo de vez en cuando.
No era casualidad que lo hubiese llevado en esta ocasión, estaba seguro.
Después de Tórradh, era el caballo que más quería.
—¿Qué pasará cuando vea mis manos? —preguntó abrazado a él—. ¿Qué pensará mi hijo al ver las manos deformes de su padre? ¿No podré tocarlo nunca? ¿Acariciar su carita y abrazarlo contra mi pecho?
El animal relinchó y cabeceó empujándolo. Alasdair soltó una carcajada ronca.
—¿Me estoy autocompadeciendo? —se burló de sí mismo—. Me merezco una paliza.
—Sabía que estarías aquí —dijo Kenneth y enseguida bostezó con la boca demasiado abierta.
Glenfyne se irguió y Kenneth le palmeó el lomo con afecto.
—Buen chico —dijo el McEntrie apartándolo con delicadeza para ocuparse de su hijo—. Venga, arriba, campeón.
Alasdair tomó la mano que le ofrecía y se puso de pie tambaleándose.
—No estoy loco, papá. Tu caballo me entiende.
—Prefiero que hables con mi caballo antes que con el fantasma de Owen.
Alasdair lo observó, aunque le costaba fijar la vista.
—¿Has visto a Owen?
—Dios me libre —dijo el otro quitándole la botella de la mano—. Pero tú sí.
—¿Te lo he contado?
—No has parado de hablar de él hasta que me he quedado dormido. —Lo agarró por debajo de las axilas—. Hablas mucho cuando bebes, hijo, debes tener cuidado con eso. Y, por cierto, Owen nunca te diría esas cosas, eres idiota por pensarlo.
—Quiero que se marche.
—Si quisieras, ya se habría ido —sentenció Kenneth y salieron de las cuadras.

—Buenos días, señora Brown —dijo al verla en el vestíbulo a la mañana siguiente.
—Buenos días, señor.
Alasdair se frotó la nuca visiblemente incómodo.
—Siento… lo que pasó —dijo titubeante—. Me alegra que esté de vuelta.
—Su padre insistió.
—Lo sé, lo sé. Hizo… bien.
—El desayuno está servido —señaló la mujer conteniendo una sonrisa de alivio—. Su padre ya está en el comedor.
La mujer se dispuso a marcharse.
—Señora Brown…
El ama de llaves se giró de nuevo hacia él.
—¿Desde cuándo lo sabía?
La mujer empalideció y se agarró las manos con nerviosismo.
—No estoy enfadado —aclaró él enseguida—. Lo entiendo, seguía sus órdenes y ella es la señora de esta casa. Pero necesito saber. Cuando se marchó… ¿Victoria ya sabía que estaba embarazada?
La mujer negó aún nerviosa.
—No, señor. Se enteró estando en Berksham.
Él respiró aliviado y su corazón volvió a latir con normalidad.
—Gracias, señora Brown. Por todo.
—No debí decírselo a su familia —se disculpó—. Pero estaba muy preocupada. Las cartas para la señorita Reid seguirían llegando desde Berksham y yo no estaría para enviárselas a ella. Usted acabaría por leerlas y…
Una ligera sonrisa apareció en los labios de Alasdair.
—Veo que ha estado usted muy ocupada.
La mujer se mordió el labio y finalmente asintió.
—Me alegro de que por fin lo sepa —dijo con respeto.
—Y yo.
—Enhorabuena, señor.
—Gracias.
El ama de llaves se marchó y él se quedó un momento pensando antes de dirigirse al comedor.
—Buenos días —lo recibió su padre—. ¿Qué tal esa resaca?
—Me duele la cabeza, pero no es nada a lo que no esté acostumbrado.
—Pues eso se acabó. No vas a ser un padre borrachuzo, ¿verdad, Ross?
—Sí, señor —dijo el hombre sirviéndole el té a Alasdair.
—Tenemos mucho en lo que pensar —dijo Kenneth cortando un pedazo de salchicha para llevársela a la boca.
—¿Piensas quedarte a vivir aquí? —preguntó su hijo con una sonrisa irónica.
—Si me necesitas…
—No, por Dios.
—Entonces no. Echo de menos a tu madre. Creo que es la primera vez que duermo sin su cuerpo pegado al mío en años.
—No necesito más información.
Kenneth enarcó una ceja.
— ¿Te crees que naciste de un roce de nuestras manos?
—No empieces, papá.
Kenneth se echó a reír a carcajadas.
—Es tan divertido poner incómodos a los hijos.
—Se lo diré al abuelo, para que lo pruebe. Si es tan divertido…
La risa de su padre se cortó en seco y Alasdair levantó su taza a modo de brindis.
—Ahora en serio, ¿cuánto piensas quedarte?
—Puedo ocuparme yo de la propiedad mientras estés fuera. O puede venir tu hermano John y quedarse aquí hasta que vuelvas.
—No hace falta. El señor Ross y la señora Brown pueden encargarse de todo en mi ausencia, ¿verdad, señor Ross?
—Por supuesto. ¿Va a viajar el señor?
—Me voy a Berksham a buscar a mi esposa.
El mayordomo no disimuló su alegría.
—Qué gran noticia, señor.
Alasdair sonrió y se llevó el tenedor a la boca ignorando el punzante dolor que empezaba a extenderse por su brazo derecho.

Su intención era partir a la mañana siguiente, pero eso no fue posible.
A la una de la mañana estaba retorciéndose en su cama y los gritos de dolor despertaron a su padre que dormía en el cuarto de al lado.
Kenneth ya había visto a su hijo en ese estado, pero no sabía que meterse en la bañera con agua fría lo aliviaba.
Cuando el mayordomo le pidió que lo ayudara lo hizo al instante y hubiera jurado que al introducirlo en el agua salió vapor de su cuerpo.
—La señora le masajea las manos con aceite de romero —dijo el ama de llaves entregándole un frasco—. A mí no me deja tocarle las manos.
Kenneth asintió cogiendo el recipiente de cristal y quitó la tapa para verter la cantidad necesaria en sus manos. Después empezó a masajearlo con mucho cuidado consciente del dolor que le provocaba.
Alasdair permaneció en una semiinconsciencia durante un par de horas en las que su padre se encargó de que no se sumergiera del todo en la bañera y de masajearle las manos con suma delicadeza.
El corazón se le hizo añicos viendo a su hijo en ese estado, pero no se dejó amilanar y se mantuvo sereno y firme hasta que el dolor empezó a remitir.
Alasdair lo miró entonces con ojos velados y tristes.
—Lo siento —musitó.
—¿El qué? —preguntó su padre limpiándose el aceite de las manos en un trapo.
—Que hayas tenido que verme así.
Kenneth se arrodilló junto a la bañera y miró a su hijo con tanto amor que al otro le temblaron los huesos.
—Cuando sostengas a tu hijo en brazos por primera vez, acuérdate de este día. Entonces lo entenderás todo.
Apoyó la frente en la de su hijo sujetándolo por la nuca.
—Moriría y mataría por ti, Alasdair. No creo que haga falta decir nada más.
Se puso de pie con expresión burlona.
—¿Piensas quedarte ahí toda la noche?
Alasdair se agarró al borde de la bañera y se puso de pie chorreando agua. Cuando puso los pies en el suelo abrazó a su padre con mucha más fuerza de la que creía que conservaba. Su padre le devolvió el abrazo y permanecieron así unos segundos.
—No he traído ropa de recambio —dijo Kenneth.
—Yo te presto algo, viejo.
—¿Viejo? —Lo apartó con simulada violencia—. ¿A quién llamas viejo, idiota?
Alasdair sonrió aún emocionado y se quitó la camisa de dormir quedándose en cueros.
—¡La hostia! —exclamó su padre orgulloso.