El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 57
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CAPÍTULO 57



Alasdair estudiaba al ama de llaves con expresión fría. Su rostro parecía una máscara de porcelana, pálida y ojerosa.

—¿Qué le ha contado en esa carta?

—Solo quería… saludarla —musitó la mujer sujetándose las temblorosas manos.

—Señor… —Ross intentó mediar.

—Cállese o no le dejaré estar presente —advirtió Alasdair sin apartar los ojos de la mujer—. ¿Qué le ha contado?

La señora Brown se retorció las manos con el corazón latiéndole desbocado, pero no respondió.

—¿Le ha hablado de mí? ¿Le ha contado…? —La tensión lo envaró como si alguien tirase de una cuerda atada en su cuello—. Está bien. Haga las maletas, la quiero fuera de esta casa antes de la cena.

—Señor… —El mayordomo dio un paso al frente.

—¿Quiere irse con ella?

—Iba a decirle que es tarde, señor —insistió el hombre—. Espere al menos a mañana.

—No.

—Señor…

—¡He dicho que no! —rugió y las paredes parecieron retumbar con su furia—. No quiero traidores en esta casa. ¡Márchese!

La mujer asintió sin protestar y se dio la vuelta para salir de aquella estancia lúgubre y destruida. El mayordomo permaneció unos segundos allí transmitiéndole su decepción más profunda. Finalmente se marchó sin decir nada más.

Alasdair cogió la botella con mano temblorosa y vertió una cantidad de whisky en el vaso antes de llevárselo a la boca.

Bebió con saña hasta que la quemazón en su garganta fue insoportable.

Habían pasado cuatro meses desde la partida de Victoria y su angustia y desesperación no hacían más que crecer.

Creía que la vida no podía ser más insoportable de lo que había sido, pero al parecer el destino era muy creativo a la hora de torturar almas.

La señora Brown hizo la maleta y prohibió al servicio que la acompañaran hasta la salida.

No quería montar una escena y, desde luego, no quería llorar.

No tenía adónde ir y no tardaría en hacerse de noche, así que seguiría el consejo del señor Ross y pediría al ama de llaves de los McEntrie que la dejasen pasar la noche allí.

Era una buena amiga y estaba segura de que no la dejaría desamparada.

—¿Le ha aconsejado ir a Slioscreige ? —preguntó Alasdair al mayordomo cuando le sirvieron la cena.

—Sí, señor, como usted me ha sugerido.

Alasdair tomó la copa de vino que acababa de servirle Gilchrist y bebió un trago sin prestar atención a la comida.

—Pueden retirarse —dijo en tono seco.

—Señor…

—Ross —lo cortó en seco.

—Sí, señor.

Los dos criados salieron del comedor dejándolo solo.

Alasdair bebió en silencio, con la espalda recostada en el respaldo y la vista clavada en la silla de Victoria.

A veces la imaginaba allí, hablándole con su habitual dulzura y se le endurecían las entrañas.

¿Cómo podía dolerle tanto una ausencia? Creía que no había dolor como el que había sufrido desde el incendio, pero resultó que había uno muchísimo peor que lo desgarraba por dentro y le hacía desear arrancarse el corazón de cuajo.

Se quitó los guantes y se observó las manos con detenimiento.

Cada cicatriz, los dedos de la mano derecha que permanecían encorvados.

El muñón del meñique… Eran grotescas. Y, sin embargo, ella las había mirado sin asco, las había tocado sin reparos, como si no hubiese fealdad en ellas.

Se llevó una de aquellas manos a la cara y se tocó la mejilla.

Un gemido murió en su garganta y rápidamente volvió a ponerse los guantes.

Vio entonces el plato de comida y sintió náuseas.

Sabía que debía alimentarse y lo hacía como si de una medicina se tratase, pero cada vez le costaba más esfuerzo.

Escuchó voces airadas y se incorporó alerta. La puerta se abrió y apareció la imponente figura del único hombre ante el que se sentía apenas un niño.

—¿Hasta dónde va a llegar esto? —bramó Kenneth entrando en el comedor.

—Padre.

—Ni padre ni hostias —dijo agarrándolo del brazo—. Tú y yo vamos a hablar de hombre a hombre de una puta vez.

Su padre lo arrastró hasta el salón contiguo y lo empujó a una butaca antes de dirigirse al mueble de las bebidas. Sin preguntar sirvió dos vasos de whisky y le entregó uno antes de sentarse frente a él.

—Antes de que empieces a hablar ten claras dos cosas.

La primera es que no me iré de aquí sin respuestas.

Y la segunda, que te voy a dar la paliza de tu vida si me lo pones difícil.

Ahora, cuéntame punto por punto los motivos por los que te has propuesto comportarte como un malnacido y después te diré lo que vamos a hacer.

—Soy un hombre adulto, no un crío, papá. No puedes hablarme así.

—¿Que no puedo? —Kenneth se rio a carcajadas—.

Ni te imaginas cómo puedo hablarte si estoy enfadado de verdad.

Y lo estoy. Mucho. Creo que nunca en mi vida he estado más enfadado.

Has hecho que tu madre enferme. ¡Tu madre!

¡Mi esposa! La mujer que más te querrá en la vida y que daría esa vida por ti, imbécil.

¿La señora Brown? ¿En serio la has echado?

Ella tiene más derecho que tú a estar en esta casa.

¿Te crees que voy a permitir que sigas por este camino?

Te juro que esta noche solucionamos esto o uno de los dos sale con los pies por delante.

—Deja de amenazarme —dijo su hijo enarcando una ceja—. Los dos sabemos que no vas a pegarme.

Kenneth dejó el vaso en la mesita, se fue hacia él, lo agarró de la pechera y sin decir una palabra le propinó un puñetazo en plena cara. Su padre alzó el puño de nuevo y él lo detuvo.

—Vale, vale, me ha quedado claro.

—Hablo muy en serio, Alasdair. Esta noche se acaba esto. He aguantado todo lo que podía, pero se me agotó la mecha y ahora soy pura pólvora.

—¿Todo esto es por la señora Brown? —preguntó el otro volviendo a sentarse mientras se frotaba la mandíbula sin prestar atención a las manchas de whisky en su ropa—. Me faltó al respeto. Escribió a Victoria a mis espaldas…

—¿Por qué se marchó tu esposa?

—No creo que tenga que explicarte mis…

—Error —dijo su padre volviendo a ponerse de pie.

—Espera, espera —lo detuvo al ver que cerraba los puños.

—Habla. —Kenneth esperó de pie.

—Era lo mejor para ella.

—¿Por qué?

—Porque no soy bueno.

Kenneth se quedó muy serio.

—¿Qué quieres decir con que no eres bueno?

—Le hacía daño.

El miedo que vio en los ojos de su padre le heló la sangre.

—No eres de esos —susurró Kenneth—. Dime que no le has puesto una mano encima.

—No, no soy de esos —confirmó Alasdair y vio como el alivio inundaba el cuerpo de su padre—. Pero hay otras maneras de hacer daño.

Kenneth se sentó, cogió su vaso y dio un largo trago. Después lo sostuvo con ambas manos, inclinado hacia delante con los codos apoyados en sus rodillas.

—Cuéntamelo todo, hijo.

—No puedo hacerlo —musitó.

—Tienes que hacerlo. No sanarás hasta que no saques todo ese veneno de dentro.

—No lo entiendes.

—Claro que lo entiendo. Te corroe la culpa y yo sé muy bien lo que es eso.

Alasdair lo estudió mientras daba otro trago. Kenneth se recostó contra el respaldo y cruzó las piernas colocando el pie derecho sobre la rodilla izquierda.

—Sabes lo que mi madre le hizo a Caillen —dijo.

Alasdair asintió.

—Lo que no sabes es que aquel día yo estaba allí, en esa cueva. Que me marché con ella y no le dije a nadie que lo habíamos abandonado.

—El tío Caillen era un niño. Tú eras más pequeño aún.

—Sí, pero recuerdo cada detalle de aquel día como si hubiese sido esta mañana. La expresión de temor en sus ojos. El sonido de nuestros pasos al alejarnos .

Alasdair vio el dolor que esos recuerdos le provocaban a pesar de los años que habían pasado.

—Mi madre nos dijo que la marea subiría.

Yo me fui de allí pensando que la marea subiría.

Y cuando entramos en Slioscreige no corrí a avisar a mi padre, ni a Dougal.

Hice lo que ella me dijo. —Había una mezcla de vergüenza y dolor en su voz, que Alasdair reconoció—.

Si ella hubiese dicho la verdad, si eso hubiese pasado, Caillen habría muerto ahogado y yo habría sido cómplice.

—¿Tenías dos años? ¿Tres?

—No entiendes que eso no importa para lo que siento aquí. —Se señaló el pecho—. La culpa es un veneno de acción lenta, te mata despacio durante años. Te va corroyendo por dentro hasta dejarte seco.

—¿Y cómo lo superaste?

—No lo superé —negó Kenneth—. Aprendí a vivir con ello.

No tenía derecho a ponerme por delante de mi hermano.

Él me perdonó y me hizo ver que autoflagelándome no me castigaba solo a mí, sino que lo castigaba también a él.

Lo que era doblemente repugnante. Nunca olvidaré lo que hice, pero ahora puedo aceptar que las personas cometemos errores y que esos errores también nos construyen.

Yo sería muy distinto sin aquella experiencia, estoy seguro, solo tengo que esforzarme en que ese «distinto» sea «mejor».

Alasdair desvió la vista hacia la chimenea apagada.

—¿Quieres hablar de ello? —preguntó su padre.

—No hay nada que hablar. Me equivoqué, traté de apagar el fuego en lugar de sacarlo de esa biblioteca. Si lo hubiera hecho, no me habría quemado, no habría perdido el conocimiento y él estaría vivo porque no habría vuelto a entrar.

—Y si él no hubiera bebido, también estaría vivo. —Se encogió de hombros—. No podemos cambiar lo que pasó, pero sí podemos cambiar lo que nos hace a nosotros. Hijo, esta es tu realidad y debes usarla para ser mejor, no autocompadecerte como lo haces.

Alasdair lo observó ceñudo.

—¿Autocompadecerme? ¿Eso crees que es esto?

—Es lo que haces, aunque en tu cabeza lo llames de otro modo.

El más joven apretó los dientes sin disimular lo mucho que le molestaban sus palabras.

—Has vivido lamentándote de tu desgracia desde que ocurrió.

—Eso no es cierto.

Kenneth soltó una carcajada burlona.

—Ya lo creo que sí —insistió—. Por eso te escondes aquí, no te acercas a los animales, no participas en nada de la familia y ahora has conseguido que tu esposa se marche.

Si apretaba más los dientes acabaría por partirse alguno.

—Quita esa cara —advirtió Kenneth—. Te doblo la edad, pero los dos sabemos que aún puedo darte una paliza.

—Nunca me habías pegado —dijo Alasdair frotándose la mejilla.

—Nunca te habías comportado como un auténtico imbécil. —Se inclinó de nuevo hacia delante—. Hijo, siempre te he admirado. Mucho. Tu amor por los animales, tu generosidad, tu alegría… A tu edad yo era un tipo bastante malhumorado, mientras que tú eras pura luz.

—Yo tuve una infancia feliz —masculló en tono bajo.

Kenneth se recostó contra el respaldo.

—Cierto.

Permanecieron en silencio un buen rato. Si alguien hubiera podido verlos se habría maravillado de lo mucho que se parecían. Era como ver al mismo hombre en dos momentos distintos de su vida.

—¿Qué pasó? —preguntó Kenneth—. Con Victoria.

Alasdair apoyó los codos en las rodillas y hund ió los dedos enguantados en el pelo.

—No quiero hablar de ello.

—Y yo no quiero que me duela el hombro, pero ayer me caí del caballo. Es lo que tiene estar vivo.

Alasdair se sorprendió.

—¿Te caíste del caballo?

Su padre asintió.

—¿Cómo?

—Me tiró.

—¿Qué?

—Debo estar perdiendo facultades —siguió el otro fingiendo pesar—. Ya sabes, la edad…

—No digas estupideces, papá, estás en plena forma.

—Al parecer no.

—¿Qué caballo fue?

—Àrdan.

—Ah, ya.

—Era un potrillo cuando te fuiste de Slioscreige —siguió su padre—. Será un buen caballo de carreras. Cuando consigamos meterlo en vereda.

—Buena suerte.

Kenneth lo miró de soslayo y esperó a que continuara hablando. Después de un par de minutos de espera bufó sonoramente.

—¿Cuándo narices vas a volver? Tu tío Ewan no da abasto.

Se está planteando contratar a otro veterinario.

Se ha cargado con todo el trabajo porque estaba convencido de que regresarías, pero apenas duerme y Bonnie está perdiendo la paciencia con eso.

No me extrañaría nada que se presente aquí un día de estos y te dé un buen rapapolvo.

—Lo que me faltaba.

Su padre se inclinó de nuevo hacia delante y le señaló las manos.

—¿Cómo las tienes?

—Igual.

—Enséñamelas.

—Papá…

El otro tenía una clara advertencia en los ojos y él suspiró resignado antes de quitarse el guante de la mano izquierda para mostrársela.

Kenneth apretó los labios y luego señaló la mano derecha.

Alasdair volvió a suspirar y se quitó el otro guante.

Desvió la mirada para no ver lo que su padre estaba viendo.

—¿Y esas heridas?

Alasdair no respondió. No hizo falta. Su padre movió la cabeza decepcionado.

—Lo siento mucho, hijo, me gustaría darte más tiempo para que encuentres el modo de superar toda esta mierda. Pero no lo tienes.

Alasdair sentía una vibración en el centro del pecho y se preguntó si era posible que su padre pudiera estar transmitiéndosela de algún modo.

—Tienes que encontrar el modo de salir de esto. Ya.

—¿Salir de esto? —preguntó irritado—. Crees que estoy aquí lamiéndome las heridas y autoflagelándome, pero no es lo que…

—Me da igual lo que sea. Me da igual si crees que no puedes superar lo ocurrido. Owen murió, tú te quemaste… Me da igual. No permitiré que un nieto mío crezca sin su padre.

La sangre abandonó el rostro de Alasdair, que se puso de pie muy despacio.

—¿Un… qué?

Kenneth se levantó también y le dio una palmada en el hombro.

—Vas a ser padre.