CAPÍTULO 56

—Mamá, no tengo hambre, no insistas.
Victoria trataba de no poner los ojos en blanco, pero su madre se lo estaba poniendo muy difícil.
—Has vomitado el desayuno, no es bueno que estés tanto tiempo con el estómago vacío.
—Falta una hora para el almuerzo, ya comeré entonces. —Se dirigió a la puerta—. Voy a dar un paseo.
—¿Quieres que te acompañe? Me arreglo en un…
—Adiós, mamá —dijo conteniendo la risa.
Caminó presurosa hacia la puerta, que se abrió antes de que llegara.
—Samuel —se sorprendió—. ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Ha habido un derrumbe en la mina tres. Tranquila —se apresuró a añadir—. No hay heridos, nos dimos cuenta antes y la evacuamos. Pero tenemos que trabajar en ello y no podremos venir a almorzar. Venía a pedirle a mamá que nos haga llegar algo de comer.
—¿De verdad no ha pasado nada? —preguntó consciente de que todos la trataban como si fuera de porcelana y pudiera romperse con una ráfaga de viento.
—No, hermanita, todos están bien. Pero hay que levantar las vigas y asegurar el túnel cuanto antes o podría agravarse el problema.
Victoria salió de la casa y se dirigió hacia la mina sin pensárselo dos veces. La actividad allí era evidente y en cuanto la vio el capataz le salió al encuentro.
—Mejor que no se acerque —dijo interceptándole el paso.
—¿Dónde está mi padre?
—Abajo, y me cortará las pelotas si la dejo pasar en su estado.
—William, yo me encargo.
—Tío Robert —lo saludó apremiante—. ¿De verdad están todos bien?
—Te doy mi palabra —dijo el otro tranquilizándola—. No hay heridos y tu hermano, tu padre y tu cuñado están perfectamente.
—¿Y tus hijos?
—No ha habido heridos, Victoria, no me hagas darte la lista completa.
Ella suspiró aliviada.
—Estas cosas pasan —siguió Robert—. Lo has visto antes.
Victoria caminó con él hacia las oficinas.
—¿Cómo estás?
—Bien. Por las mañanas tengo el estómago revuelto, pero creo que está mejorando.
—June no habla de otra cosa que no sea tu embarazo. Con Blanche en Skye y Paul en Edimburgo no ha podido ser la abuela que ella querría.
—Tiene a Harry y a Mary —dijo mencionando a los hijos de Scarlett.
—Tu hermana es muy suya, ya la conoces. No hace caso de consejos de nadie.
—Adora a la tía June.
—Sí, pero no acepta consejos, te lo aseguro. Espero que tú seas más dócil que ella.
Victoria sonrió abiertamente.
—Todos los consejos de mi tía serán bien recibidos. Pienso dejarle a la criatura todo lo que ella quiera.
—Eso dices ahora, pero cuando la tengas en tus brazos, no dejarás que nadie más la toque.
Se quedó en las oficinas hasta que pudo ver a su padre.
—Estamos bien —insistió James dejando que lo abrazara—. Te vas a manchar el vestido.
Victoria abrazó a su hermano y a su cuñado y ellos la tranquilizaron.
—Tommy se dio cuenta y alertó a todos —explicó Lucas después de que ella los soltara—. Ese hombre tiene una relación simbiótica con la mina.
—Se le eriza el vello cuando algo no va bien —asintió Samuel.
—Vete a casa —insistió su padre.
—De eso nada —dijo ella sacando las cosas de la cesta que les habían llevado Rose y Lucy hacía un rato—. Me quedo a almorzar con vosotros.
Su padre movió la cabeza, pero no protestó. Le gustaba demasiado tenerla cerca.
Cuando los hombres regresaron a la mina ella aceptó irse a casa.
En cuanto entró por la puerta su madre apareció dispuesta a regañarla, pero su curiosidad era tal que aventó el asunto con rapidez y dejó que ella le explicara lo sucedido con todo lujo de detalles.
Después de eso la envió a su cuarto pidiéndole que se echara un rato para que el bebé descansara.
Victoria sonrió con cariño y obedeció, porque estaba agotada.
Se quitó los zapatos y los dejó en la entrada del cuarto.
Se estiró el corsé, al que le habían quitado las varillas, y no era más que la prenda que la ayudaba a sostener los generosos pechos que le había traído el embarazo.
Vio entonces las cartas sobre su pequeño escritorio situado frente a la ventana y se acercó corriendo.
La más voluminosa tenía varias marcas identificativas de su viaje.
Una de la oficina italiana desde la que había salido, otra de Francia y la de entrada a Reino Unido.
También tenía la marca de tasa con los importes que había tenido que pagar…
Y por último, la de Berksham con la fecha de recepción.
Hannah había cumplido encargándose de que las cartas que Zinnia creía enviar a Reid House a su nombre, llegasen a Berksham.
Igual que la señora Brown se encargaba de enviar a Italia las que ella le hacía llegar para Zinnia.
Se sentó en la silla con una enorme sonrisa y rompió el lacre ansiosa por saber qué noticias traían aquellas cuartillas plegadas.
Como siempre, se maravilló de la preciosa letra de Zinnia y de su increíble capacidad para rellenar cada hueco con sus palabras en diminutas líneas.
Escribía en los márgenes con un dominio tal que para otro eso habría dado para una carta completa.
Mi muy, muy, muy, muy querida hermana.
Debes saber que cuando te escribo esta carta ya se ha colgado mi primer friso en una iglesia.
Para ser justos, no es mío solamente, yo he participado en una pequeña porción del mismo, pero tú ya me entiendes.
Estoy feliz y Hannah es la persona más maravillosa, generosa y divertida que conozco. Aparte de ti, ya lo sabes.
No quiero irme nunca de Borgosanto. Aquí la gente es tan alegre y cariñosa…
Me besan por cualquier motivo, ¿sabes? Y les encanta caminar, caminan todo el tiempo, siempre encuentran un motivo para una caminata.
No todos los alumnos del profesor Domenico son italianos, ya te lo conté, pero les ha pasado como a mí, en cuanto llevas unas cuantas semanas viviendo en este lugar, te transformas.
He visitado en dos ocasiones al profesor Ferri y he descubierto que Hannah y él fueron amantes.
¿Te lo puedes creer? Su esposa, Nicoletta, y ella son muy buenas amigas.
No me lo explico. No es que yo sepa mucho de estos temas, Dios me libre, pero ¿es normal ser amiga de la mujer que se casó con tu amante?
¿O de la amante de tu esposo? La señora Fraser es una mujer demasiado atrevida, ¿no te parece?
Yo la adoro, pero no sé si eso es digno de admiración.
Espero tu sabia respuesta para acomodarme a ella.
Puedo seguir queriéndola mucho y repudiando su comportamiento en este tema, si lo consideras necesario.
Petro es un joven muy guapo, se parece a su padre, aunque no le interesa la escultura más que como observador.
Él pinta, y lo hace realmente bien. Murchadh dice que es un seductor y que no haga caso de las tonterías que me dice, pero a mí me gusta.
Su voz es dulce como la miel y siempre tiene un halago preparado para mí.
Que si mis ojos son esto o aquello, que mis mejillas tal o cual, que si la luz incide en mi pelo…
Al principio no entendía nada y le pedía a Murchadh que me lo tradujese todo el tiempo, pero él se inventaba cosas feas y lo estropeaba.
Ahora ya no lo necesito, lo entiendo bastante bien.
Su hermana, Letta, es guapísima. En serio, no puedes dejar de mirarla de lo guapa que es.
He intentado encontrarle algún defecto, pero es que no tiene ninguno.
Me quedo embobada mirándola y ha prometido ser mi modelo.
Y ahora hablemos de lo importante, ¡estás embarazada!
Me pareció que esa idea te hacía muy feliz, así que me he puesto muy contenta (si a ti no te hubiese gustado lo habría detestado).
¿Ya sabes qué nombre le vas a poner? Por favor, si es niña no la llames Zinnia, sería horrible no saber de quién están hablando cuando estamos en una misma habitación.
Letta y su madre tienen ese problema cuando las llaman por su nombre completo, aunque la mayoría del tiempo son Nico y Letta, ¿a que es gracioso?
Victoria sonrió al tiempo que asentía y subió un pie al asiento abrazándose la rodilla con la mano que tenía libre.
¿Cómo está todo por Reid House? ¿Alasdair se porta bien contigo?
¿La deuda está realmente pagada? No es que dude de lo que me escribiste en tu última carta, pero me da miedo que hayas querido tranquilizarme.
Ya sabes que odio las mentiras, así que no te aconsejo que me mientas, Victoria, porque te lo haré pagar caro.
Bueno, voy a dejarte ya porque vienen a buscarme para ir al baile que han organizado en la plaza.
Aquí siempre están organizando bailes o celebraciones, es muy divertido.
Aunque me siento un patito feo yendo con Letta a cualquier parte.
Todos quieren bailar con ella y a mí me toca bailar siempre con Murchadh porque su madre lo obliga a que me lo pida.
Se piensa que así me hace un favor. (Estoy gruñendo. Mucho. Muchísimo).
Tu hermana que te quiere,
Zinnia.
Pd: ¿qué te parece llamarla Cintia? Se parece a Zinnia, pero no es lo mismo.
Victoria abrazó la carta con lágrimas en los ojos, aunque eran de alegría. Nunca había visto a Zinnia tan contenta como transmitían sus cartas y eso la hacía realmente feliz. Cogió papel y lápiz y se dispuso a escribir la respuesta inmediatamente.
Mi muy, muy, muy, muy querida hermana.
Te adelanto que no pienso preocuparme del nombre hasta tener a mi hijo en los brazos. No quiero pensar en ello y hacerme una idea equivocada, pero te prometo que no se llamará Zinnia en ningún caso, porque Zinnia solo puede haber una.
Por aquí está todo muy bien, no tienes nada de lo que preocuparte.
Desvió la mirada hasta el cuadro de la pared que mostraba aquella rosa lúgubre y triste. Suspiró y volvió a fijarse en la carta.
De momento puedo seguir poniéndome mis vestidos, aunque he quitado las varillas a mis corsés y he descubierto que es mucho más agradable llevarlo así.
Tenía que pensar muy bien lo que escribía para no delatarse y nunca conseguía escribir una carta de una vez.
Siempre tenía que repetirla porque la primera acababa llena de tachones en frases como «mi madre dice», «echo de menos nuestra biblioteca» o el nombre de alguna criada o vecino de Berksham se colaba en la conversación arruinando el trabajo.
Así que lo que hacía era escribir sin pensar, luego revisaba y tachaba todo lo que no podía incluir y repetía la carta copiando el texto no tachado.
Era un trabajo incómodo y poco espontáneo, pero parecía que Zinnia no se percataba de ello, a juzgar por sus respuestas .
Cuando terminó de escribir su respuesta se dispuso a revisar el resto de su correspondencia y se sorprendió al ver una carta de la señora Brown. Frunció el ceño y rompió el lacre con manos temblorosas.
Querida señora McEntrie.
Espero que al recibo de la presente esté usted bien de salud y que todo evolucione como es debido.
Le escribo esta carta, consciente de que corro un grave riesgo y con gran preocupación por si esto puede causarle algún sufrimiento.
Usted me dijo que si ocurría algo no dudase en escribirle y esa petición ha pesado mucho en mi decisión.
En contra de la opinión del señor Ross, que ha conseguido detenerme las dos veces anteriores que me dispuse a escribirle, esta vez voy a enviarle mi carta.
El señor no está nada bien. Apenas habla con nadie y no ha vuelto a dormir en su cama desde que usted se marchó.
Deambula por los acantilados en plena noche o al amanecer.
Los vecinos lo han apodado «el fantasma de las Highlands» y verdaderamente parece un fantasma.
Apenas come y se pasa las horas sentado en la vieja biblioteca vacía mirando el fuego de la chimenea.
Sus primos y sus hermanos han venido varias veces, pero siempre se marchan furiosos sin conseguir sacarlo de su empecinamiento. Los arrendatarios han vuelto a retrasarse en el pago y el señor Hayles se mostró muy preocupado por las finanzas de Reid House si no le ponía remedio pronto.
No sé si hago bien en contarle todo esto, pero temo por su salud. Ha tenido varias crisis y en una de ellas temimos lo peor. Sé que no se puede ayudar a alguien que no quiere ser ayudado, pero es tan joven y sufre tanto…
Si he cometido un error al escribirle, por favor, hágamelo saber sin reparos y no volveré a molestarla con esto.
Con mis mejores deseos para usted y su familia…
Las lágrimas no la dejaron reconocer la firma de la señora Brown. Dejó la carta en la mesa presa de una incontenible congoja. Se tapó el rostro con las manos y lloró con tal desesperación que los sollozos la agitaron de pies a cabeza.