CAPÍTULO 55 #2
—No hay que ser muy listo para darse cuenta de algo tan obvio. —Bebió otro sorbo y de nuevo la sacudió un escalofrío.
—¿Por qué sigues bebiendo si te repugna tanto? —se burló.
—Me da calor.
—¿Tienes frío? —preguntó ceñudo.
Ella asintió y durante unos segundos solo se contemplaron.
—Ven aquí —dijo él bajando los pies al suelo.
Victoria no se hizo de rogar y corrió a sentarse sobre sus piernas. La envolvió con sus brazos y ella se recostó contra su pecho. Respiró hondo y dejó salir el aire con un sentido suspiro.
—Estás muy calentito —dijo con placer.
—Tú estás helada.
—Lo siento —dijo sin hacer ademán de apartarse.
—No lo sientas —respondió él con voz ronca—. Me gusta el frío.
Durante unos minutos ninguno de los dos habló y Alasdair se preguntó si se habría quedado dormida, pero lo que pasaba en realidad era muy distinto.
Victoria se debatía consigo misma y buscaba la fuerza que necesitaba para hacer lo que pretendía.
Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él acabaría oyéndolo y sabría lo mucho que le costaba hacer lo que iba a hacer.
Aquel lugar era su tumba. Se había enterrado allí en vida, dispuesto a pagar por sus pecados.
Pasaba allí las noches hablando con un fantasma que en realidad era su mente torturándolo.
Ella iba a marcharse. Él quería que se fuera porque le aterraba la idea de hacerle daño.
Lo sabía, lo había visto en su mirada y lo había sentido en las tripas.
Iba a dejarlo solo. Con su dolor y su rabia. Con sus demonios.
Se apartó de su pecho para poder mirarlo y durante un momento solo estuvieron ellos dos. Lejos del mundo y lejos de todo. Dejó el vaso sobre la mesilla y se desató la bata.
—Victoria… —musitó él casi sin voz.
—Shsssss… —siseó ella quitándosela.
Se sentó a horcajadas sobre sus piernas y le cogió la cara con las manos para besarlo.
Fue un beso intenso y dulce. Sus labios lo acariciaron con ternura, rozándolo, deslizándose hasta las comisuras de su boca.
Después lo invadió sin recato y su sabor la hizo gemir.
Él bajó las manos por su espalda y las apretó sobre su trasero, atrayéndola con firmeza hacia sí.
Cuando ella separó su boca él casi gruñó de rabia.
—Mírame —pidió y esperó hasta que tuvo toda su atención—. Quiero saber si él aparece.
—No… —se lamentó.
—Alasdair, quiero saberlo. Di que me lo dirás.
—Por favor, Victoria…
—Dilo.
Él dejó caer la cabeza buscando una salida, aunque sabía perfectamente que no la había.
—Te lo diré.
Victoria se quitó el camisón y se quedó desnuda de cintura para arriba. Sus pechos eran grandes y él los envolvió con ambas manos enguantadas pasando los pulgares por su zona más sensible.
—Estos guantes… —Ella tenía ojos velados por el deseo—. Son más suaves.
Alasdair se inclinó y atrapó un pezón con los labios.
—Pero no tanto como mi lengua —dijo antes de demostrárselo .
Victoria lo ayudó a desabrocharse los pantalones, liberando su erección. Él le abrió los calzones y la colocó sobre su pene.
—Despacio —pidió ella sin aliento—. Es… demasiado.
Alasdair gruñó sintiendo que se le ponía dura hasta la sonrisa.
Se conminó a contenerse y la sujetó de las caderas haciéndola bajar lentamente.
Ella echó la cabeza hacia atrás y sus pechos lo llamaron impúdicos.
Se inclinó para atrapar uno de sus pezones y mordió con delicadeza el botón sensible.
Victoria gimió y descendió de golpe haciéndolo gemir.
—¡Joder! —gruñó.
Ella comenzó a moverse obedeciendo a sus propios instintos.
La fricción era casi dolorosa, se sentía llena y ansiosa al mismo tiempo, como si no fuera suficiente a pesar de que no le cabría ni un centímetro más.
Él seguía jugando con sus pechos, usando la boca y las manos y volviéndose completamente loco.
—Espera… —pidió sujetándola por la cintura para que dejara de cabalgarlo—. Más despacio.
—¿Te hago daño? —preguntó ella jadeante.
—Si sigues echándote hacia atrás de ese modo con mi cosita dentro, la vas a partir —se rio.
Victoria enrojeció hasta la raíz del pelo y si él no la hubiese tenido agarrada por la cintura, probablemente lo habría desmontado.
—Ni se te ocurra —advirtió apretando los dedos sin dejar de sonreír—. Aún no hemos terminado.
—¿Has dicho cosita? —preguntó ella con voz entrecortada, moviéndose mucho más despacio.
—¿Cómo la llamarías tú? —dijo riendo burlón.
—Cosita… no, desde luego —jadeó—. Aunque lo cierto es que tampoco tengo con quién comparar.
La sonrisa desapareció del rostro de su esposo.
—Y nunca lo tendrás —dijo de pronto.
Ella se quedó quieta.
—Quieres que me vaya.
Alasdair le apretó las nalgas como advertencia.
— ¿Pretendes que sea célibe? ¿Una especie de monja?
Él apretó un poco más con fuego en los ojos.
—Tú has renunciado a mí —murmuró ella—. ¿Tengo yo que renunciar a esto?
Empujó dentro de ella furioso.
—Muévete —ordenó.
Ella obedeció sin cambiar de expresión.
—¿Lo sientes? —susurró él—. ¿Sientes cómo encajo a la perfección en tu apretado coño, Rompepromesas? Eso es porque eres mía y solo mía. Nadie tocará tu cuerpo y nadie probará jamás tu sabor cuando te corres. ¿Me has oído?
—Te… he… oído —jadeó ella sintiendo la energía que se arremolinaba en su vientre.
Él la empujó un poco hacia atrás y bajó la otra mano para acariciarla en el punto de fricción. La suave tela del guante resbaló sobre la zona sensible y le arrancó un gemido desesperado.
—Dilo —exigió él al sentir como apretaba su miembro—. ¡Di que eres mía!
—¡Soy tuya! Solo… tuya. —Se agarró con tanta fuerza a sus hombros que los nudillos se le pusieron blancos.
Él siguió moviéndola arriba y abajo al tiempo que empujaba. El orgasmo lo arrasó en pocos segundos y fue tal la violencia de su descarga, que Victoria notó cómo el líquido caliente y espeso se derramaba por sus muslos. Se inclinó sobre su pecho, jadeando exhausta.
—¿Hemos sido solo tú y yo? —musitó Victoria.
Su expresión aliviada fue respuesta suficiente.