El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 55
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CAPÍTULO 55



Con los pies descalzos avanzó sabiendo a dónde se dirigía.

En cuanto tocó la pared, esta cayó parcialmente con gran estruendo y levantó una polvareda que la hizo toser.

Esperó hasta que la nube se disipó y levantó el pie para pasar al otro lado.

Lo primero que notó fue el frío intenso que le calaba hasta los huesos y abrazó su cuerpo por encima de la tela del fino camisón, lamentando no haber cogido algo de abrigo.

La oscuridad allí era tal que caminaba a tientas y muy despacio, para no chocar con los muebles.

Estaban dispuestos del mismo modo, pero invertidos.

Lo que en ese lado era la izquierda, allí era la derecha.

Esta vez no iba sin rumbo, tenía un destino claro y sabía dónde encontrarlo.

Siempre estaba en el mismo lugar. De pie frente a un ventanal que no daba a ninguna parte.

Su enorme presencia llenaba la estancia derruida.

Una tela de araña se pegó a su pelo y a su cara y escupió para sacarla de su boca con repugnancia.

Se limpió con gesto nervioso y continuó avanzando hacia él.

En su cabeza escuchó una poderosa y fría voz: «Detente», pero no había forma humana de que consiguiera pararla.

La figura se giró hacia ella muy despacio.

Lo primero que llamó su atención fueron las garras afiladas al final de unos dedos retorcidos y oscuros.

Levantó la mirada hasta sus ojos y el verde refulgió como si una llama estuviese prendida dentro de él.

Cuando extendió la mano y la tocó su calor la quemó.

Donde él la había tocado, la piel se enrojeció y enseguida apareció una pequeña ampolla.

«Vete». Escuchó entonces en su cabeza y sin apartar la vista, negó.

Volvió a tocarla y esta vez cerró la garra alrededor de su cuello.

Quemaba, dolía y no podía respirar, pero volvió a negar cuando masculló con dureza que se marchara.

La soltó dejando un collar ardiente en su piel y ella se llevó la mano al lugar abrasado, solo para provocarse más dolor.

Cuando él trató de alejarse lo agarró del brazo y lo detuvo.

Sujetó su muñeca y tiró de aquellas garras para arrancárselas.

Lo que encontró debajo la dejó sin aliento.

Una mano delicada y suave que se llevó a la mejilla con ternura.

—Alasdair… —musitó revolviéndose entre las sábanas—. Alasdair…

Miró a su alrededor con la respiración agitada y el corazón latiéndole desbocado. Se sentó en la cama y bajó los pies al suelo, aún con las imágenes del sueño vívidas en su mente. Inspirar, espirar…

Encendió la lámpara y comprobó la hora en el reloj de la chimenea.

Aún faltaban tres horas para que la señora McFadden entrase en su cocina.

Se iría después de desayunar y le había pedido al señor Ross que adelantasen una hora el servicio para marcharse antes de que Alasdair se levantase.

Miró la habitación revisando mentalmente cajones y armario.

Estaba todo hecho, solo tenía que vestirse, desayunar y partir.

Dejó salir el aire entre los labios con un ligero soplido y se puso la bata y las zapatillas.

Se prepararía un té bien caliente y luego iría a la biblioteca a coger un libro para el viaje.

A Zinnia no le importaría que sustrajese uno de los que ella misma había elegido.

Movió la cabeza con pesar, estaría demasiado enfadada con ella como para que ese detalle le importase.

Media hora después salía de la cocina con la humeante taza en las manos y al llegar al vestíbulo se detuvo un momento.

Su mirada se desvió al instante hacia el ala este.

Bebió un sorbo y caminó hacia allí. En cuanto entró en el pasillo que llevaba a la biblioteca el frío la invadió y se aferró a la taza como única fuente de calor.

El tenue fulgor que se vislumbraba al fondo debería haberla hecho dar la vuelta, pero siguió avanzando hasta que su voz la detuvo.

—…haré lo que me dé la gana.

Silencio.

—No te lo crees ni tú. Todavía puedo tomar mis propias decisiones.

Silencio.

Victoria avanzó despacio, procurando no hacer ningún ruido.

Se detuvo en el lugar en el que una vez hubo una puerta.

Ahora estaba abierto y mostraba una estancia de paredes ennegrecidas y rotas, el suelo remendado y estanterías vacías de libros.

La primera vez que entró se dio cuenta de que aquellas estanterías eran una réplica exacta de las anteriores.

Entonces supuso que el plan de Alasdair era llenarlas de libros y devolverles su función natural.

Pero ahora comprendía que no era así. Había replicado la estancia, pero haciendo muy visibles las diferencias.

El suelo, por ejemplo, se cubría en parte por preciosas alfombras, pero en los huecos que estas dejaban se veían perfectamente los efectos del fuego en la piedra.

Las paredes ennegrecidas estaban adornadas por cuadros en perfecto estado.

Los muebles eran de calidad y estaban situados en los lugares que habían ocupado antes.

Pero sobre una mesilla descansaba un reloj cuyo metal se había retorcido y había dejado de funcionar, la reja delante de la chimenea también había sobrevivido al fuego, pero con marcas visibles.

Alasdair seguía sin notar su presencia y sostenía un vaso en la mano mientras hablaba con una butaca vacía.

Victoria sintió un dolor punzante en el pecho que la dejó sin aliento y tuvo que hacer enormes esfuerzos para no romper a llorar con desesperación.

De repente veía que él formaba parte de aquel decorado, era como esas estanterías, una réplica del que había sido, solo que estaba vacío.

—Solo quedan quinientas libras por pagar. Fergus no puede ejecutar la deuda por esa cantidad. Sabe que podría pagarla si me pone entre la espada y la pared.

Silencio.

—Lo sé. Lo sé, y voy a solucionarlo, déjame en paz.

Silencio.

Victoria entró en la estancia y se acercó a él que dio un respingo al escuchar su voz.

—¿Está aquí ahora?

—¿Qué? —Alasdair se giró con ojos desquiciados.

—Owen, ¿está aquí?

Él no supo cómo responder y su rostro sufrió una visible conmoción. Victoria lo estudiaba con una fiereza que no le había visto antes.

—¿Qué te dice?

Consciente de que su marido seguía sin poder articular palabra, respiró hondo y fue a sentarse en la butaca en la que se suponía estaba el fantasma.

—¿Qué… haces aquí? —titubeó él.

—¿Se ha ido?

Alasdair bajó la cabeza una vez.

—Bien. —Se llevó la taza a los labios.

El escocés apuró el contenido de su vaso y lo dejó sobre la repisa de la chimenea.

Poco a poco recuperó el control de sus emociones, pero se quedó con las manos apoyadas en la piedra un rato más.

Victoria, mientras tanto, subió los pies descalzos al asiento y se acurrucó sosteniendo la taza ya no tan caliente.

—¿Qué te decía?

—Victoria…

—Puedes hablar conmigo. Contármelo todo. Me marcho en unas horas y probablemente no volverás a verme.

Él giró la cabeza lo suficiente para poder observarla. Victoria no supo leer su expresión.

—¿Te obliga a hacer cosas?

—No.

—¿Seguro?

—Deja de hablar así —dijo enfadado.

—¿Así cómo?

—Como si fuera real.

—Para ti lo es.

—Porque estoy loco —masculló.

—No estás loco, solo estás… un poco enfermo.

—¿Un poco enfermo? —se burló—. ¿Y crees que puedes curarme haciendo lo que sea que estás haciendo?

—No. Pero me he dado cuenta de que el hecho de que vaya a marcharme me da ciertas… prerrogativas. Por ejemplo, ahora puedo preguntarte por el fantasma de Owen y no siento que corra ningún peligro.

Alasdair se irguió incrédulo.

—¿Antes corrías peligro?

Ella se encogió de hombros.

—Era lo que sentía. Ya no. Nos hemos dicho lo que sentimos, también hemos dejado claro que no vamos a estar juntos… Bueno, tú lo has dejado claro, para ser exactos.

Alasdair entornó los ojos consciente de que aquella no era la Victoria que él conocía.

—¿Seguro que eso es té?

Ella sonrió ampliamente y le ofreció la taza.

—¿Quieres comprobarlo? Uy… —Se dio cuenta entonces de que estaba vacía. Sonrió—. La verdad es que no me ha calentado mucho, ¿me darías un poco de whisky?

Alasdair cogió la botella y vertió una pequ eña cantidad en la taza.

—¿Te estás riendo? —preguntó ella antes de llevarse la bebida a los labios.

—No.

—Yo creo que sí.

Él se sentó en la otra butaca y colocó los pies en el escabel que tenía delante.

—¿Nunca duermes? —preguntó ella—. No se puede vivir sin dormir.

Alasdair respiró pausadamente mientras la contemplaba, pero no respondió.

—Yo he tenido esa pesadilla. —Bebió otro sorbo y se estremeció—. No entiendo cómo os gusta beber esto, es como chupar el tronco de un árbol.

Alasdair ensanchó su sonrisa.

—No —se adelantó ella—, no he chupado ningún tronco. Pero es como me imagino que sabe.

—Deberías descansar. Te esperan diez días de viaje durmiendo en posadas con camas mucho menos cómodas que la que tienes.

—Lo sé. —Bebió otro sorbo—. No duermo bien. Sola.

La sonrisa de Alasdair se apagó.

—Antes no lo sabía —siguió ella—. Lo descubrí después de dormir contigo.

—Hemos dormido muy poco juntos —masculló él.

—Lo sé.

—Victoria…

Ella sonrió con ternura y no dijo nada. Durante unos segundos permanecieron en silencio.

—¿Vas a contarme qué te decía Owen?

Él murmuró algo ininteligible que Victoria dedujo que era en gaélico, aunque lo hizo en un tono tan bajo y con los dientes tan apretados, que era muy difícil estar segura. Al ver que ella no iba a ceder, se rindió.

—Quiere asegurarse de que lo tengo todo controlado. La deuda.

—Estás preocupado. ¿Crees que Fergus puede hacer algo contra Zinnia?

Alasdair asintió sin responder.

—Owen no es ningún fantasma y los dos lo sabemos. —Victoria se tapó los pies con el camisón, se le estaban quedando helados—. Está claro que cuando te habla pone de manifiesto tus preocupaciones.

El escocés arqueó una ceja y torció la sonrisa.

—Vaya. Ahora eres una experta.