El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54



Los ojos de Alasdair sonreían mientras negaba con la cabeza.

—No fue así. Ese caballo lo montaba Craig y mi hermano solo fingió estar desmayado.

—¿Estás seguro? —Ella trataba de encajar sus recuerdos con lo que él narraba—. Estaba convencida de que era cierto.

—Te habrías creído cualquier cosa.

—¿Me estás llamando estúpida?

—No, pero reconoce que eras muy ingenua. En aquella época creías que mi perro hablaba conmigo.

—¡Tú me lo dijiste! —exclamó molesta—. De todos modos, era una niña, así que eso no cuenta.

La señora McFadden entró en el comedor con el plum pudding y una enorme sonrisa.

—Creo que esta vez me ha salido perfecto —dijo colocándolo entre ellos en la mesa.

—¡Oh! —exclamó Victoria inclinándose hacia delante para verlo bien—. Tiene un aspecto delicioso .

Alasdair no parecía estar de acuerdo, pero se abstuvo de hacer ningún comentario cuando la mujer depositó una porción delante de él.

—Gracias —dijo esforzándose en sonar sincero.

La mujer lo ignoró y se apresuró a servir a Victoria.

—Estoy llenísima, señora McFadden. No debería haber preparado cosas tan ricas —dijo cogiendo la cuchara para probar el postre—. Pienso comérmelo aunque reviente.

Se llevó la cuchara a la boca y cerró los ojos al tiempo que gemía de gusto.

—¡Está delicioso!

—¿Le parece que está en su punto? ¿La textura es la que recuerda?

—Es perfecto —dijo Victoria cogiendo otro pedacito—. Mi madre se quedaría sin habla. Y mi abuela…

Volvió a gemir y Alasdair sintió que se le encogía el corazón al ver lo feliz que podía hacerla un simple postre.

—Me encanta, de verdad. Casi me dan ganas de llorar. —Se rio avergonzada—. Me recuerda a mi infancia… tiene el dulzor exacto.

—Me alegra mucho oírlo —dijo la mujer—. Los dejo que terminen de cenar tranquilos.

—Señora McFadden —la llamó—. ¿Podría llevarme una porción para el viaje?

A la mujer se le humedecieron los ojos peligrosamente.

—Le pondré todo lo que no se coma esta noche.

—Gracias.

La cocinera salió del comedor y el mayordomo y el lacayo la siguieron. Victoria miró a Alasdair algo confusa.

—¿Por qué se marchan?

Alasdair cogió la copa de vino y se la llevó a los labios sin apartar la vista. Cuando la dejó en la mesa, suspiró.

—Están emocionados.

—¿Qué?

—Ya me han contado lo de tu despedida.

—Ah, eso.

—Has hecho llorar al señor Ross.

—¿Qué? No.

—Ya lo creo que sí. Me lo ha dicho la señora Brown. Ha llorado como un niño.

Victoria sintió que se le aceleraba el corazón.

—Te ha cogido mucho cariño.

—Y yo a él. A ellos. A todos ellos.

Alasdair le señaló el postre y ella siguió comiendo en silencio.

—¿Ha sido una cena agradable? —preguntó él cuando terminó.

Victoria asintió sin disimulos.

—Me alegro. Ahora tendremos también una velada agradable en la biblioteca. —Se puso de pie y le retiró la silla para ayudarla.

En cuanto entraron en la estancia, Alasdair fue hasta la bandeja que alguien había dejado sobre una mesita y sirvió dos copas de jerez. Le entregó una a ella y se sentaron en sendas butacas.

—¿A qué hora te marchas? —preguntó y después se llevó la copa a los labios.

—En cuanto amanezca.

Él apoyó la copa en el reposabrazos y la giró lentamente entre los dedos enguantados.

—Lo siento, Victoria —dijo al fin.

Ella se envaró en su asiento.

—No quiero que confundas lo que voy a decir. Nada ha cambiado, sigo sintiendo lo mismo por ti. Lo bueno y lo malo —puntualizó suavizando la voz—. Pero… esta noche…

El corazón de Victoria se aceleró y tuvo que hacer enormes esfuerzos para no interrumpirlo.

Alasdair la miró al fin y sus ojos tenían un brillo que le resultó muy familiar, como si en aquel momento volviese a ser el de antes.

—Esta noche seamos solo tú y yo.

Victoria hizo un gesto de asentimiento y él sonrió agradecido.

—¿Tocarías para mí? —pidió.

Ella se levantó de la butaca y se dirigió al piano.

Dejó la copa sobre el mueble y levantó la tapa antes de sentarse.

No necesitaba partitura, sabía lo que quería tocar.

En cuanto las notas del Claro de luna de Beethoven comenzaron a sonar, el corazón de Alasdair se ralentizó.

La melodía, funeraria y contenida, se repitió de modo obsesivo mientras se abría paso en su corazón.

Aquella no era una pieza cualquiera, era un lamento sin estridencias, un grito de resignada tristeza.

Una aceptación explícita de lo que el alma siente, por más que ese sentir sea del todo ilógico.

Sostuvo la copa en alto y la observó contra el fuego de la chimenea mientras los recuerdos lo avasallaban y construían un futuro que, por saberlo cierto, era aún más doloroso.

La soledad, el abandono… Una estancia en ruinas y un fantasma como único compañero.

Vagar por caminos yermos. Y fuego. Un fuego que lo abrasaría desde dentro, hasta que no quedasen de él más que rescoldos humeantes, negros y secos.

Fijó la vista en ella. Su frágil figura sentada al piano.

Sus gráciles manos deslizándose por aquellas teclas como las había sentido en su piel.

Mariposas delicadas que estremecían su cuerpo y su alma.

El dolor le entró seco y cortante. La tenía al alcance de la mano.

Sabía que si se levantaba y la tomaba en sus brazos, no lo rechazaría.

Si la besaba, su boca se abriría para él y dejaría que aspirase su aliento y vida si se la pidiese.

Lo amaba. Amaba todo lo malo que había en él, no solo lo bueno.

Lo había cuidado, lo había protegido y aceptaba que estuviese roto y mutilado.

Estaba dispuesta a convivir con un fantasma si con ello podía tenerlo a él.

¿Por qué no podía dejar que se quedase? Cerró el puño de su mano derecha.

¿De verdad le haría daño? ¿Sería capaz de dañar a un ser tan inocente y frágil?

¿Castigarla físicamente? ¿Ver el miedo y la desesperación en sus ojos mientras la sometía?

Lágrimas ardientes cayeron por sus mejillas.

No se fiaba de sí mismo, sabía que cruzar esa línea lo mataría sin remedio.

La amaba. La amaba como jamás había amado a nadie.

Prefería la muerte, la soledad, el dolor físico e insoportable…

Cualquier cosa antes que destruirla a ella. Cualquier cosa.

—¿Vamos a follárnosla esta noche?

Alasdair lo miró con odio, pero no dijo nada. Había logrado contenerlo durante toda la velada, pero la música lo había traído de vuelta.

—Vamos, Alasdair. Se va mañana. A saber si volveremos a verla. Una vez. Solo esta y te prometo que te dejaré en paz una temporada. —Owen sonrió ladino—. Estás llorando. Creo que mientras estuve vivo nunca te vi llorar.

Alasdair apretó los dientes y dejó la copa sobre la mesita antes de ponerse de pie.

Victoria tocó las últimas notas con profundo sentimiento.

La melodía se apagaba inexorablemente hasta llegar a los dos acordes finales en pianissimo .

Uno. Dos. Fin. Suspiró como si hubiese estado conteniendo el aliento y se giró para mirarlo, pero él no estaba.

Se había ido. Sin despedirse. Victoria se volvió de nuevo hacia el piano y se quedó inmóvil con la vista clavada en las teclas.

En silencio. Con el corazón golpeando en su pecho: pom, pom, pom.

Constante y duro, reverberando en sus huesos.

Mucho rato después levantó la cabeza y fijó la vista en el cuadro de las rosas, fantasmagórico y cruel.

Con aquellas espinas punzantes que dolían con solo mirarlas.

Las ramas le parecieron heridas sangrantes, recuerdo de un profundo sufrimiento.

Se puso de pie y extendió los brazos para descolgarlo, lo contempló de cerca unos segundos y, encogiéndose de hombros, decidió que era suyo.