CAPÍTULO 53

Alasdair le entregó una copa de vino. Victoria bebió con mano temblorosa y una gota cayó sobre la falda de su vestido azul claro.
—Oh…
Pasó la mano repetidamente consiguiendo que la mancha se moviera más rápido en lugar de desaparecer. Siguió frotando con tanto ímpetu que agitó la otra mano sin querer y el contenido de la copa saltó provocando un desastre.
—Soy estúpida —dijo poniéndose de pie sin parar de sacudir la falda.
Alasdair, que la observaba con el corazón apretado, le cogió la copa, la dejó sobre una mesilla y después le agarró las muñecas para inmovilizarla.
—Victoria…
—Soy demasiado torpe.
—No eres torpe, estás nerviosa.
—Mira mi vestido. No hay tiempo de lavarlo. Me marcho mañana a primera hora. Tendré que llevármelo así. La mancha no se irá si no se lava enseguida. No puedo llevármelo mojado .
Respiraba con dificultad y Alasdair la empujó suavemente hasta el sofá. La hizo sentarse y él se acomodó a su lado.
—Respira hondo.
Ella lo miró como si hubiese dicho que hiciera una cabriola.
—Respira —insistió haciéndolo él de manera muy visible—. Vamos.
Ella lo imitó y después de unas cuantas inspiraciones, su mente se despejó y su corazón se ralentizó.
—¿Mejor? —preguntó él con una sonrisa.
—Sí.
—Bien. —La soltó.
—Puedo dejar el vestido aquí —dijo pensativa—. En realidad no lo necesito. Tengo más en casa. Muchos más. Aunque…
Se tocó el estómago y los costados pensando en que tendría que arreglarlos. Alasdair alcanzó la copa y se la tendió de nuevo.
—Puedes seguir manchándolo tranquilamente.
Ella frunció el ceño y una ligera sonrisa elevó las comisuras de sus labios.
—¿Eso ha sido una broma?
Alasdair tomó su copa y asintió antes de beber.
—Vaya. Creo que es la primera broma que me haces en… mucho tiempo.
—Eso no es cierto.
Victoria bebió un trago.
—Lo de reírte de mí no cuenta.
—Nunca me he reído de ti.
—Ya lo creo que sí.
—Demuéstralo —se burló.
—Acabas de hacerlo.
—Por supuesto que no —negó fingiendo ofenderse.
Ella bebió de nuevo y sintió que sus músculos se relajaban.
—Ha sido una idea muy inteligente lo de hacer que Zinnia se marchase a Borgosanto. ¿Cómo se te ocurrió? —preguntó Alasdair interesado.
—Me lo dijo ella misma hace tiempo. Hannah siempre le está contando cosas de cuando estuvo allí. Sus clases con el profesor Ferri. Cuando pensé en un viaje al que ella nunca diría que no, Borgosanto apareció en mi cabeza al instante.
—Bien hecho. —Bebió otro sorbo y apoyó el brazo en el respaldo—. ¿Tienes todo lo que necesitas para tu partida?
—Sí. Todo.
Él se metió la mano dentro de la chaqueta a la altura del pecho y sacó una carta.
—Es para tu padre —dijo.
Ella observó el lacre con atención.
—Si no querías que la leyera solo tenías que decírmelo.
Él no respondió.
—Espero que no le digas nada… desagradable. Ellos no tienen por qué…
—Lo que le cuento es entre él y yo, pero puedes estar segura de que está escrita desde el más profundo respeto.
Victoria asintió al fin y la guardó en un bolsillo de su falda.
—Procura no mancharla de vino —se burló él.
—Muy gracioso —dijo mostrándole la copa vacía.
Durante unos segundos se quedaron en silencio hasta que la incomodidad resultó abrumadora. Victoria se puso de pie y esperó a que él hiciese lo mismo.
—Podemos despedirnos ahora, si quieres —ofreció ella—. Mañana me iré temprano y tú no cenas en…
—Esta noche cenaremos juntos —la cortó—. Le he pedido a la señora McFadden que prepare una cena especial. —Sonrió con tristeza—. Y tu postre favorito.
Ella se agarró las manos para ocultarle el temblor.
—Entonces, hasta esta noche —dijo casi sin voz y se dirigió hacia la puerta sin esperar respuesta.
—Hasta esta noche —musitó él.

Revisó por enésima vez el armario y los cajones. Solo quedaban las prendas que usaría al día siguiente y algunos utensilios de aseo. Todo eso iría en la bolsa que había dejado sobre la silla. Con las manos en la cintura dejó escapar el aire de un bufido.
—Quería darme un baño, pero ya no tengo tiempo —musitó para sí.
El reloj de la chimenea marcaba las seis y media y a las siete se servía la cena. Había dedicado toda la tarde a preparar el equipaje.
Se dirigió a las dependencias del servicio. El bullicio a aquella hora era tal que en unos pasos tuvo que sortear primero a Gilchrist y luego a Fiona, y casi se da de bruces con Fyfe, que salía corriendo de la cocina cuando ella se disponía a entrar.
—¡Disculpe! —exclamó sorprendido.
La señora Brown se acercó en cuanto la vio.
—¿Necesita algo? —preguntó solícita.
—Pues… Quería pedirles si podrían prepararme el baño para esta noche después de la cena. Mañana partiré temprano y se me ha hecho tarde…
—Por supuesto —afirmó el ama de llaves con una expresión que a Victoria le pareció afable y un poco triste, aunque aquella mujer no era fácil de leer—. Debería habernos dejado ayudarla a preparar las cosas.
¿Y dejar que me vieran llorar como una tonta toda la tarde? No, gracias.
—También quería… despedirme de todos.
La señora Brown hizo un leve gesto de cabeza y girándose dio unas palmadas para llamar la atención de los allí presentes.
—Escuchen un momento —pidió con voz autoritaria—. La señora McEntrie ha bajado a despedirse.
Victoria se colocó en el centro de la cocina y ni se molestó en disimular su emoción consciente de que era inútil.
Gilchrist, Fyfe y Fiona entraron en ese momento y se detuvieron cerca de la puerta.
Había ensayado su discurso frente al espejo, pero en el momento de empezar a hablar le tembló la voz.
—Como ya sabrán, mañana me marcho de regreso a Berksham.
—Carraspeó para aclararse la garganta—. Quiero agradecerles su trabajo, por supuesto, que han realizado con una admirable entrega.
Pero, sobre todo, el afecto que me han demostrado y que ha hecho que me sintiera como en casa.
Señor Ross, le pido disculpas por mis interminables repeticiones al piano mientras usted vestía el comedor para la cena. Es usted un santo por no quejarse.
—Toca usted maravillosamente, señora —dijo el hombre con voz profunda.
Ella le sonrió y se volvió entonces hacia la señora Brown que permanecía detrás de ella.
—A usted, ¿qué puedo decirle? Hemos compartido momentos… difíciles y me ha servido de ejemplo por su entereza y su saber hacer. Cuide de Zinnia. Y de mi esposo. Por favor.
—Descuide, señora.
La emoción la estremeció y respiró hondo tratando de controlarla.
—A vosotras, Fiona y Lilias, quiero daros las gracias por los detalles que siempre habéis tenido conmigo.
Echaré de menos el agua especiada de las mañanas al despertarme y las velas de aroma al irme a dormir.
—Se acercó a Lilias y le hizo un gesto a Fiona para que se uniera a ellas.
Las cogió de las manos—. Espero que me escri báis alguna vez.
Sobre todo quiero saber en qué queda lo del apuesto lacayo de los McEntrie.
Lilias se puso tan roja que hizo reír a los demás.
—Le escribiremos, señora —afirmó Fiona con la voz ronca.
Victoria le sonrió agradecida y se dirigió entonces a Gilchrist y a Fyfe a los que dedicó palabras afectuosas y sinceros halagos.
Dejó para el final a la señora McFadden.
Se mordió el labio, que le temblaba demasiado.
Sonrió con cariño a la oronda mujer con la que había compartido tantos momentos, aprendiendo sobre comida, pero también sobre la vida.
Las palabras no querían salir. La mujer, que no había dejado de llorar desde que ella empezó a despedirse, se limpió los ojos con el delantal y luego la cogió de las manos con manifiesto cariño.
—Ha sido un honor trabajar para usted, señora McEntrie.
Ha sido usted buena y amable con todos. Siempre tenía un momento para escuchar nuestras estúpidas quejas y nuestros problemas.
Nos trataba con educación y afecto, haciendo que nos sintiéramos parte de esta familia.
La echaremos muchísimo de menos y hablo por todos si le digo que esperamos que regrese algún día.
Victoria se soltó para limpiarse las lágrimas.
—Pero no llore —dijo la cocinera llorando también—, le he preparado el plum pudding más delicioso que haya comido jamás.
—Estoy segura —respondió ella con la voz rota.
Los miró a todos agradecida y salió de allí con paso rápido para que no escucharan sus sollozos.