CAPÍTULO 52

—Podría presentarte a mucha gente en Italia —decía Hannah sonriendo por el entusiasmo de Zinnia.
—¿Vendrías conmigo?
—Por supuesto. Hace tiempo que no voy y me encantará ver a algunos amigos.
Estoy segura de que te encantará ver el modo en que trabajan.
No es muy diferente al mío, ya que yo aprendí casi todo lo que sé gracias a ellos, pero tú solo me has visto a mí y creo que será toda una experiencia para ti participar en uno de los talleres de la escuela.
Zinnia miró a Victoria entusiasmada.
—¿Podemos ir? Me hace muchísima ilusión. Por favor, Victoria, di que sí.
Hannah estudiaba con disimulo las profundas ojeras bajo los ojos de la joven. Como la artista que era, memorizó su triste expresión guardándola en su catálogo personal de gestos dignos de ser esculpidos.
—No hace falta que ella te acompañe. Murchadh puede venir con nosotras.
Zinnia elevó una ceja.
—No querrá.
—Ya lo creo que sí —sonrió su madre—. Le encanta Borgosanto y disfruta mucho cuando vamos.
Victoria sonrió aliviada.
—Mejor que vayas con ellos, yo no entiendo nada de escultura y preferiría quedarme.
Aún no le había dicho que iba a romper su promesa de quedarse con ella y no estaba segura de poder verbalizarlo.
Había transcurrido una semana desde aquella conversación tan reveladora con su esposo.
Desde entonces no habían vuelto a hablar y, aunque se veían durante algunas de las comidas, el trato era frío y distante por ambas partes.
Después de entregar a Tórradh, Alasdair regresó a sus paseos matinales a pie, por lo que no lo veían hasta la hora del almuerzo.
Algunos días no aparecía y Victoria se acostumbró a no preguntar por su paradero, consciente de que era mejor así.
Seguía con su intención de marcharse, pero no encontraba el modo de hacerlo sin tener que enfrentar la decepción que le provocaría a Zinnia.
La certeza de que iba a romper su juramento había acabado la poca autoestima que le quedaba y se vio empujada a aceptar de una vez por todas su papel en la vida.
Había nacido para decepcionar a todos. Tampoco fue capaz de contárselo a Clementine ni a Heather.
Las había visitado en dos ocasiones y en ninguna de ellas encontró el valor suficiente para revelarles su partida.
Estuvo a punto de hablar con Anthony para contarle lo que Alasdair le había confesado sobre Owen. Pero eso habría supuesto una hecatombe que, probablemente, habría derrumbado sobre ella el delicado entramado que la sostenía precariamente. Y no era tan valiente.
—Entonces, ¿organizo el viaje? —preguntó Hannah.
—¡Oh, sí, por favor! —pidió la niña entusiasmada—. Si Murchadh no quiere venir, ¿iremos igualmente?
—Tranquila, querrá. Puedes ir a preguntarle ahora mismo, si quieres. Ya sabes dónde encontrarlo.
Zinnia pidió permiso mudo a Victoria, que asintió con una gran sonrisa.
—Ve. Pero pórtate bien con él. No tires piedras sobre tu tejado.
La niña salió corriendo del salón y Victoria esperó hasta que estuvo segura de que no podía oírla.
—Muchas gracias, señora Fraser.
—¿De verdad vas a seguir llamándome así? ¿Tan vieja te parezco que no puedes usar mi nombre?
Victoria sonrió con timidez.
—Es la costumbre.
—Ya. Odio nuestras costumbres. En el fondo tengo el corazón caliente de una italiana. Pero llámame Hannah, por favor.
—De acuerdo. Hannah. Gracias por hacer esto.
—¿No vas a contarme por qué me lo has pedido?
—Tengo que irme.
—¿Irte adónde?
—A Berksham. —Abrió el bolsito que llevaba y sacó varias cartas—. Tengo que pedirte otro favor.
—Oh, no. Vas a irte sin despedirte, ¿es eso?
Victoria lo confirmó y se tragó las lágrimas que de ningún modo estaba dispuesta a verter.
—Es una mala idea, Victoria.
La joven extendió las cartas y Hannah las cogió leyendo los destinatarios. Zinnia, Clementine, Heather y Anthony. Levantó la mirada y la clavó en ella.
—Deduzco que tu esposo sabe que te marchas.
Victoria asintió.
—¿Y está de acuerdo?
—Sí.
—Oh.
Victoria respiró hondo ya más calmada.
—Zinnia se enfadará mucho conmigo.
—Lo imagino.
—En esa carta —señaló—, le digo que puede venir a Berksham a vivir conmigo, si es lo que ella desea.
Hannah comprendió.
—Se la daré antes de que regresemos. Si decide que prefiere vivir en Inglaterra, la acompañaremos.
—¿Haría eso?
—Por supuesto, Victoria. —Sonrió—. Además, nunca he estado en Berksham.
—Las otras tres puede dárselas al servicio —indicó consciente de que Zinnia debía partir antes que ella—. Que las entreguen unos días después de mi partida, por favor.
—Así se hará. —Se puso de pie y fue hasta el mueble de las bebidas—. Creo que necesitamos algo que nos caldee los huesos y temple los nervios. ¿Te he contado alguna vez cómo conocí a Liam?

El dieciséis de febrero Victoria se despedía de Zinnia, Hannah y Murchadh, que iban a iniciar su viaje hacia Italia.
—Solo he estado en Londres una vez —decía la niña visiblemente nerviosa.
—Cumplirás quince años estando en Italia. —Victoria le cogía las manos al borde de las lágrimas—. Prométeme que lo celebrarás con mucha alegría.
—Te lo prometo. ¡Ay, Victoria! ¿De verdad no podías venir con nosotros? Me habría gustado tanto…
—Es bueno para ti que hagas este viaje sin mí. —Se rio fingiendo burla—. Y también para mí disfrutar de algo de libertad.
—Eres mala —dijo la joven abrazándola con fuerza—. Te echaré muchísimo de menos.
—Y yo a ti, cariño. —La acunó en sus brazos.
—Tenemos más de un mes de viaje —le recordó Murchadh—. Edimburgo, Londres, Marsella, Italia y luego Borgosanto. No regresaremos hasta bien entrado el verano.
Zinnia se separó para mirarla.
—Vas a tener que cargar tú con todo el trabajo. El señor Alpin debería buscar un ayudante.
—No te preocupes por eso, iremos poco a poco.
—Quiero ver tus rosas florecidas cuando regrese.
Volvió a abrazarla y después de varios comentarios de Murchadh, subió al carruaje.
—Cuida bien de ellas —pidió Victoria.
—Por supuesto. Adiós, Alasdair —dijo levantando la mano antes de subir al coche.
—Buen viaje —respondió su amigo con voz profunda.
Zinnia le hizo un leve gesto con la cabeza y luego volvió a clavar la mirada en Victoria.
—Te escribiré —dijo con los ojos húmedos.
—Y yo a ti. —Victoria siguió al coche agitando la mano—. Diviértete, Zinnia. Y aprende mucho. Y…
El coche se alejaba y su voz se quebró por un sollozo.
—… perdóname.
Sintió que unos brazos la envolvían. Se giró y escondió la cara en el pecho de su esposo dejando que las lágrimas salieran sin retenerlas.