El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 51
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CAPÍTULO 51



No hubo palabras, tan solo gestos. La desnudó despacio, mientras su boca se deslizaba por cada porción de piel que dejaba a la vista.

Victoria se vio arrastrada a una vorágine de emociones que no podía controlar.

No había miedo, pero sí anticipación y algo parecido al vértigo que retuerce las tripas cuando uno se sabe en peligro.

Cuando estás de pie frente al precipicio y sabes que solo un paso puede acabar con todo.

Fue ella la que lo besó primero, y puso en ese beso tanto sentimiento que lo arrastró convirtiendo su rabia, su tristeza y su soledad en puro deseo.

Todo lo que necesitaba en ese momento estaba allí, en sus brazos y él pensaba tomarlo sin pedir permiso, porque estaba claro que ella se lo había dado.

Aquel beso fue un acto de rendición absoluta.

Su boca, cálida y húmeda, lo había llamado durante días.

Cada vez que veía el tenedor rozarlos, se le aceleraba el pulso.

Cada vez que ella se los tocaba distraída, se le encogía el estómago.

Y cada vez que la veía mirar los suyos con deseo se le dificultaba enormemente contener la presión en sus pantalones .

Cuando la tuvo desnuda frente a él dio un paso atrás para contemplarla y se dijo que jamás había visto nada tan perfecto, tan exactamente perfecto para él.

Pero fue al encontrarse sus ojos cuando se quedó sin aliento.

Había deseo en esa mirada y era un deseo manifiesto, sin dobleces.

Lo anhelaba. A él. Se quitó la ropa despacio, deleitándose con sus reacciones más que evidentes.

Porque Victoria no sabía mentir, nadie la había aleccionado en el arte del amor y reaccionaba tal y como era en cualquier situación.

Su admiración, su deseo de tocarlo, su sobresalto al ver lo mucho que su cuerpo la deseaba…

Se acercó y puso las manos enguantadas a ambos lados de su cuello, se inclinó despacio y la besó de nuevo, esta vez un beso dulce y tierno.

Acarició sus labios con la punta de la lengua y luego la introdujo en su boca buscando todos sus secretos.

Ella lo dejó entrar y lo acarició también, haciendo que aquel gesto antiguo y conocido se convirtiese en algo completamente nuevo para él.

La cogió por la cintura, sin apartar sus bocas, y la elevó del suelo contra su cuerpo.

Quería sostenerla, quería sentir que él era lo único que la ataba a este mundo.

Quería estar dentro de ella. Lo ansiaba tanto que le dolía.

La tumbó en la cama con cuidado y se colocó a su lado. Ella lo miró como solo puede mirar alguien que ha entregado su corazón sin esperar recuperarlo.

—Quítatelos —susurró cogiéndole la mano—. Por favor, quiero que me toques con tus manos.

Alasdair se paralizó. No es que se quedase quieto por voluntad propia, se quedó sin capacidad de movimiento.

No había nada que deseara más que poder tocarla, pero sabía lo que pasaría cuando viese sus manos sobre aquella suave y delicada piel.

Sabía que eso lo traería a él. En lo que se convertiría.

Negó con la cabeza y envolvió uno de sus pechos con la mano derecha enguantada.

—Por favor —suplicó Victoria con los ojos llorosos—. Por favor.

Se inclinó sobre ella para atrapar su pezón con los labios, pero Victoria sujetó su cabeza e hizo que la mirase.

—Por favor —suplicó de nuevo y una lágrima escapó por el borde de su ojo.

—No quieres eso —dijo él con voz ronca.

—Sí lo quiero.

—No, no lo quieres, Victoria.

Ella cogió su mano derecha y tiró suavemente del guante.

—Victoria…

Ella siguió deslizándolo.

—Las he visto. Las he tocado. No me asustan.

—No es eso. —Su voz sonó como si le doliese—. Por Dios, Victoria, no entiendes nada.

Se colocó entre sus piernas y cuando sintió la humedad que lo recibía se sintió aliviado.

Se inclinó sobre uno de sus pechos y usó sus labios y su lengua para excitarla aún más y lentamente entró en ella.

Victoria enterró los dedos en su pelo gimiendo y arqueándose hacia él, pero Alasdair siguió moviéndose despacio aunque empezaba a nublársele la vista.

Cuando levantó la cabeza y vio sus ojos, algo se le rompió dentro. Estaba llorando.

—¿Te he hecho daño? —preguntó inmóvil.

Ella asintió y él hizo ademán de salirse. Victoria lo sujetó para que no lo hiciera.

—No… —pidió trémula.

Alasdair esperó paciente, aunque su cuerpo palpitaba ansioso por continuar.

—¿Nunca vas a tocarme?

Él suspiró antes de responder.

—Te estoy tocando. —Se movió levemente—. Estoy dentro de ti, Victoria.

—¿Por qué? ¿Por qué no quieres tocarme? Yo amo tus manos, Alasdair.

—Cállate —suplicó y salió de ella despacio para luego empujar con la misma cadencia.

—No quiero callarme. Quiero que me toques.

—Basta, Victoria. —Sus movimientos se aceleraron.

Ella trató de quitarle uno de los guantes y él inmovilizó sus manos por encima de su cabeza.

Sus movimientos se volvieron bruscos y la cama crujió por sus embestidas.

Dejó caer la cabeza sin detenerse y gruñó como un animal herido sin saber qué era lo que le provocaba aquel inmenso dolor.

No podía mirarla, no podía ver sus ojos suplicantes, sus lágrimas goteando sobre la almohada mientras la hacía suya.

Victoria gritó cuando su cuerpo se tensó y lo apretó por dentro y Alasdair no pudo contenerse más y se derramó por completo.

Permaneció sobre ella unos segundos recuperando la respiración y su capacidad de pensar y entonces el dolor y la tristeza se transformaron en una bola de fuego.

Salió de ella y bajó de la cama con movimientos bruscos e inestables.

Le costaba mantenerse en pie y solo veía lo que tenía delante.

Buscó su ropa y se la puso con torpeza. Victoria lo vio trastabillar y se incorporó preocupada.

—¿Qué te ocurre?

—Cállate. No quiero oír tu voz.

—Alasdair…

—Cállate —susurró él—. ¡Cállate, joder!

Victoria se limpió la humedad de su cara y bajó de la cama por el otro lado para coger la bata que estaba sobre el respaldo de una silla. Se la puso y se acercó a él apretándose el cinturón.

—¿Te encuentras mal?

Las manos le temblaban tanto que le resultaba imposible abrochar los botones.

—Alasdair .

Se subió los tirantes y dejó los botones sin abrochar. Victoria vio en sus ojos desquiciados lo que iba a pasar, pero no dio un paso atrás.

—Nunca haces caso —masculló él—. Eres como un maldito dolor de muelas. Atacas y atacas y atacas sin cejar en tu empeño.

—¿Y tú? —se revolvió ella con más valor del que sentía—. ¿Acaso cedes? ¿Por qué no puedes tocarme?

—¡Porque no, joder! —Se llevó la temblorosa mano a la cabeza—. No quiero tocarte, ¿me oyes? No quiero.

—No es cierto, sí quieres. —Se limpió las lágrimas con rabia—. Quieres. Lo he visto en tus ojos, quieres tocarme. Quieres amarme.

—¡No!

—¡Sí! —gritó ella—. Estoy harta de esto, Alasdair. No puedes negar lo que sientes, no puedes.

La agarró de los hombros y la sacudió con fiereza.

—Te odio, eso es lo que siento.

—Me amas.

Él se rio a carcajadas aunque en sus ojos no había la menor alegría.

—Eres estúpida, además de una rompepromesas. Jamás te amaré, Victoria. Eres suya y siempre serás suya. Yo solo soy un cuerpo que él usa.

La sangre abandonó el rostro de su esposa y las manos que se aferraban a él cayeron sin fuerza a ambos lados de su cuerpo.

—¿Qué?

Él la soltó con una mezcla de burla y desesperación.

—¿Crees que he sido yo el que te ha poseído en esa cama? Qué ilusa eres. Es Owen. Owen me ha obligado a casarme contigo. Me ha obligado a hacerte mía. Él está aquí, Victoria, todo el tiempo. Y te desea de un modo que me vuelve loco.

—Alasdair… —musitó incrédula.

—Él me odia. Me odia y me tortura. Y yo tengo que castigarte, ¿lo entiendes? No quiero hacerlo, pero tengo que hacerlo.

—Alasdair…

—Todo fue culpa tuya. Y mía. Sobre todo mía. Pero también tuya. Tú aceptaste. ¿Por qué aceptaste? ¿Por qué, Victoria? Si hubieras dicho que no, yo… Quizá… Yo…

Lo abrazó con tanta fuerza que lo dejó sin aliento y de repente los sollozos lo arrollaron como una enorme ola que no había visto llegar.

Cayó de rodillas llevándosela con él y apoyó la cabeza en su hombro sin resistirse.

Ella lo acariciaba con ternura susurrándole palabras de consuelo y él lloraba como un niño que no encontraba la salida en aquel aterrador laberinto.

—Tienes que irte —dijo Alasdair con voz ronca mucho rato después—. Tienes que irte o acabaré cometiendo una locura.

—Habla conmigo —pidió ella sentada sobre los talones frente a él.

Alasdair tenía los ojos clavados en la alfombra y negaba despacio.

—No hay nada más que decir. Owen está conmigo, todo el tiempo.

—No es real. No es real, Alasdair.

—Sé que todo es fruto de mi mente. Pero, te equivocas, sí es real, Victoria. —Levantó la cabeza y sus ojos volvían a estar vacíos y fríos como siempre—. Es muy real. Tan real que es lo único que tengo.

—Me tienes a mí.

—No quiero tenerte. Quiero que te vayas.

Ella contuvo un sollozo.

—No voy a irme.

—Entonces me matarás —dijo sin más—. ¿Sabes que estuve a punto de saltar desde lo alto de los acantilados?

No podía soportarlo. El dolor. La desesperación.

Ya no iba a poder ocuparme de los caballos ni de ningún animal.

Creía que mis manos no volverían a ser funcionales y el dolor me torturaba día y noche .

Victoria sintió que se hacía pedazos, pero mantuvo la calma y no se movió.

—Entonces apareció Owen y me obligó a apartarme del borde.

Me gritó que no podía dejar a su hermana desprotegida.

Que todo lo que había ocurrido había sido por mi culpa, que yo se lo había quitado todo.

—Se pasó el dorso de la mano por la nariz y desvió la mirada hacia el fuego de la chimenea—.

Me dijo cosas espantosas, pero curiosamente fueron esas cosas las que me hicieron regresar a casa.

Entonces tomé la decisión de venir a vivir aquí y ocuparme de los asuntos de Zinnia.

—Lo entiendo —dijo Victoria asintiendo cuando volvió hacia ella y se limpió las lágrimas sonriendo como si no importaran—. Lo necesitabas para poder seguir. Pero ya no lo necesitas porque me tienes a mí.

—¿A ti? —se mofó él—. ¿A ti? ¡Tú eres el problema, Victoria! Tu presencia es una tortura constante. No lo entiendes.

—Explícamelo.

—Quiero castigarte. Solo quiero verte llorar.

—Mientes.

—No, no miento. Tus lágrimas son como ese bálsamo que me untas en las heridas. Si tú sufres, yo puedo descansar.

—¿Por qué? —La voz le salió mucho más débil de lo que habría querido.

—No lo sé. —Metió los dedos en su pelo y tiró de él furioso—. Porque estoy roto. Soy un monstruo.

—No eres un monstruo.

—Lo soy. Voy a hacerte daño. Un día te haré daño de verdad y tendré que ver tus ojos cuando lo entiendas. Y eso me matará. Me arrancaré el corazón de cuajo, Victoria. Te juro que ese día moriré con mi corazón en la mano.

Ella frunció el ceño.

—Eso es muy retorcido.

—Yo soy muy retorcido ahora, pensaba que ya te habías dado cuenta.

—No lo eres para mí. Sigo viendo al muchacho dulce y cariñoso, que amaba los animales y que se preocupaba por ellos.

—Eso es tan irreal como Owen.

Victoria deslizó las rodillas hacia él hasta que sus piernas se tocaron.

—No me harás daño. No te dejaré. Cuidaré de ti. Y de Zinnia…

Él negó con la cabeza y dejó salir el aire atascado en sus pulmones.

—Si te quedas conmigo, te destruiré. Minaré tu autoestima, te reduciré a un cuerpo que me dará placer y cuando pase un tiempo te preguntarás cómo pudiste creer que me amabas.

No voy a darte nada, Victoria. Ni consuelo, ni amistad, nada.

Solo te follaré como a una ramera y después seguiré tratándote como si no existieras.

Aquellas palabras no solo la hirieron, también la repugnaron. Podía verlo en sus ojos y en el modo en el que se agarraba a la tela de la bata como si eso pudiera sostenerla. Pero oírlo no era nada comparado con lo que sentiría cuando se lo hiciese.

—¿De verdad quieres que me vaya?

—Si te quedas, él me obligará a destruirte —afirmó resignado.

—No hay ningún él, Alasdair. Solo tú. Eres tú el que quiere hacerme daño.

Victoria se puso de pie muy despacio como si el cuerpo le pesara.

—¡Joder! —gruñó él sintiendo que el corazón se le hacía añicos.

—Di que no me amas. O di que me amas —pidió ella con serenidad—. Solo dime la verdad por una vez y después me iré.

Alasdair temblaba con una tensión insoportable.

—Te amo —musitó.

—Gracias por decírmelo al fin —musitó ella caminando hacia la puerta—. Haré honor a mi nombre y romperé la promesa que te hice.