El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 50
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CAPÍTULO 50



Alasdair desmontó antes de llegar a las tierras de los MacTavish. Tórradh sudaba a pesar del frío, agotado por el esfuerzo al que lo había sometido.

—Has hecho un buen tiempo, amigo mío —dijo palmeándole el lomo—. Serás un campeón. Vas a dejarlos boquiabiertos.

El caballo cabeceó levemente como si asintiera y Alasdair sintió una punzada de dolor en el pecho. El pobre animal no se imaginaba lo que iba a hacer.

Cogió las riendas en la mano y caminó a su lado el trecho que le faltaba hasta el sendero que llevaba a la casa de Fergus.

Había estado allí de niño muchas veces. Entonces eran amigos.

¿Cuándo narices se torció todo? Ni siquiera recordaba haberse dado cuenta de que iba detrás de Nuna hasta que ella le dio la primera bofetada.

Suspiró con cansancio. Quizá si se hubiera percatado habría podido evitar que la cosa llegase tan lejos.

—Se te dan bien los animales —dijo Owen a su lado—. Las personas, no tanto.

—Déjame en paz.

—Échame .

Alasdair apretó los dientes obligándose a callar.

—¿Por qué no dejas que esas dos mujeres te saquen las castañas del fuego?

Alasdair lo miró iracundo, pero continuó apretando los dientes.

—Las dos dispuestas a gastarse su dinero para solucionar algo que tú no podías arreglar. Menudo jarro de agua fría. Si no tienes cuidado, Victoria acabará decidiendo qué ropa te pones.

El fantasma de Owen se colocó delante de él, ceñudo.

—¿No vas a contestarme? ¿Crees que así desapareceré? —Chasqueó la lengua con aquella sonrisa perversa que cada vez mostraba más—. No funciona así. Si no me haces caso tendré que obligarte. Como hace un rato, cuando la pobre Victoria ha acabado en el suelo.

Alasdair se detuvo y lo miró furibundo.

—No le harás daño —dijo.

Owen sonrió abiertamente.

—No. Se lo harás tú. —Inclinó la cabeza burlón.

—Vete a la mierda.

—Estoy muerto, no puedo ir a ninguna parte. —Volvió a colocarse a su lado y siguieron caminando—. Podrías hablarle de mí. Entonces sabría que te estás volviendo loco. Quizá entonces se marche.

Alasdair se encerró de nuevo en su mutismo.

—Es tan ingenua que resulta enternecedora. El modo en que se abrazaba a ti… No me digas que no se te ha puesto dura. Sé que sí, porque estoy dentro de ti. Lo sé todo. Tus más oscuros pensamientos. —Giró la cabeza hacia él—. Esos que me mantienen aquí.

Alasdair respiró hondo y maldijo entre dientes.

—¿De verdad vamos a follar esta noche? —siguió Owen—. Me apetece mucho, y espero que aguantes un poco más. Cualquiera diría que eres un crío enamorado por primera vez. La noche de bodas temí que hicieras el ridículo.

—¡Cállate, joder! —exclamó furioso.

Enseguida miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie cerca. Dio gracias de que a esa hora todo el mundo estuviese almorzando. De verdad lo estaba volviendo loco.

—¿Qué quieres? —preguntó al fin—. ¿Qué coño quieres de mí?

—No quiero nada. Estoy aquí porque no puedes seguir con tu vida como si nada.

—¿Por qué no dejaste que saltara de los acantilados? Se habría acabado todo.

—Por eso. —Owen comenzó a lanzar los puños hacia delante mientras avanzaba, como si estuviese boxeando con el aire—.

Zinnia no puede quedarse sola y ahora es responsabilidad tuya.

Vamos, Alasdair, los dos sabemos que yo nunca actuaría de este modo.

Era un buen tío, siempre fui una buena persona.

Esto es fruto de tu retorcida mente. Es el modo que tienes de autocastigarte.

Podrías parar ahora mismo. Podrías hablar con Victoria, contarle todo lo que te pasa y lo que sientes en realidad.

Se colocó delante de él mirándolo de frente y caminando hacia atrás.

—¿Por qué no lo haces? Dímelo. A mí puedes decírmelo. No estoy aquí, en realidad.

—No lo sé.

—Oh, ya lo creo que lo sabes.

—No, no lo sé.

—Algo te reconcome y mientras no lo afrontes se irá endureciendo y creciendo dentro de ti.

Te matará —dijo encogiéndose de hombros como si hablase de que no habrá patatas para cenar—.

Es lo que vas a conseguir si no te lo sacas de dentro.

Pero te advierto que no permitiré que eso ocurra hasta que mi hermana esté a salvo.

Así que voy a quedarme dentro de ti hasta entonces. Y pienso divertirme.

Alasdair se detuvo frente a la casa de Fergus.

El corazón le latía muy despacio y sentía las manos entumecidas.

Cuando Fergus salió para encontrarse con él no escuchó nada de lo que dijo, tan solo oía el ruido de su torrente sanguíneo.

No mencionó lo de los truenos, temió que pudiera usarlo contra Tórradh.

Cuando se dio la vuelta para marcharse, el caballo apoyó la cabeza en su hombro y lo detuvo.

Se quedó paralizado, una pena honda y dolorosa presionaba su pecho.

Levantó una mano y rodeó la cabeza del animal.

Giró la cara y lo besó como había hecho un millón de veces.

Nunca le avergonzó mostrar su afecto por los animales, era manifiestamente cariñoso con ellos y todo el que lo conocía lo sabía.

Tampoco le importaba nada lo que pensara Fergus.

Abrazó a Tórradh y le susurró palabras de afecto en gaélico, con voz profunda y trémula.

El caballo no hizo el menor ruido y él estuvo seguro de que lo entendió.

Cuando se alejó de él, no hizo ademán de seguirlo.



Estaba anocheciendo cuando llegó a Reid House.

El mayordomo lo abordó en el vestíbulo para saber si iba a cenar, pero Alasdair no respondió.

Se fue directo a la biblioteca del ala este y llenó un vaso de whisky dispuesto a vaciar la botella.

Todas las botellas que había sobre el mueble.

Necesitaba calmar la angustia, anestesiar la pena que iba a volverlo loco.

Iba por el tercer vaso cuando apareció Victoria frente a él.

—Márchate —dijo con dureza.

En lugar de obedecer ella se arrodilló junto a la butaca, a su lado derecho, y le cogió la mano. Tiró suavemente para quitarle el guante y él apartó la mano con un respingo.

—¿Qué haces?

—Voy a darte un masaje.

—No. Márchate.

—Por favor —pidió mi rándolo a los ojos—. Déjame ayudarte.

Las manos le dolían muchísimo y sabía adónde le llevaría aquello. Tenía la cabeza recostada y la miraba con ojos vacíos.

—Lo he dejado allí —dijo con la voz rota.

—Lo sé —susurró ella con los ojos llenos de lágrimas.

—Amo a esa bestia —masculló con una triste sonrisa.

Victoria deslizó el guante y miró su mano vendada.

—Hay que curarte las heridas —dijo mientras se la quitaba muy despacio—. Tengo lo necesario en nuestro cuarto.

—¿Sabías que una vez se escapó? —preguntó él cerrando los ojos mientras las manos de ella lo acariciaban con delicadeza—.

Yo tenía doce años y nunca había llorado tanto.

Te juro que creía que iba a morirme de tanto como vomité.

Mi abuelo me decía que volvería por la mañana y que si no lo hacía saldríamos a buscarlo, pero yo solo podía vomitar.

Victoria repasó los tendones de la mano con cuidado de no frotar las heridas aún tiernas.

—¿Por qué le pusiste Tórradh? —preguntó.

Alasdair abrió los ojos y los clavó en ella.

—No lo sé, yo era un crío estúpido que creía en los símbolos.

—¿Qué significa?

Alasdair sonrió levemente.

—Funeral.

Victoria elevó las cejas sorprendida.

—¿Le pusiste funeral a tu caballo?

Alasdair asintió.

—¿Por qué?

—Creo recordar que dije algo así cómo: permaneceremos juntos hasta que uno de los dos esté bajo tierra. Como ves, yo tampoco cumplo mis promesas.

Victoria volvió a poner toda la atención en su mano y durante unos segundos permanecieron callados.

—¿De verdad no te doy asco? —preguntó él.

Ella negó y siguió con lo que hacía. Alasdair hizo entonces algo inesperado.

Dirigió la mano mutilada hacia su rostro, convencido de que ella se apartaría, pero Victoria levantó la mirada hacia él y se quedó inmóvil.

Los dedos levemente curvados se posaron en su mejilla y se deslizaron sobre su piel.

La acariciaron hasta llegar a sus labios.

Pasó el pulgar por el labio inferior varias veces y finalmente tiró de él mostrando el interior jugoso.

Victoria no dejó de mirarlo ni un instante.

El corazón le latía desbocado. Alasdair dejó el vaso sobre la mesilla, cogió el guante y se lo puso.

Después la tomó de la mano y se levantó del sillón haciendo que ella se pusiera de pie también.

Salieron de la biblioteca y volvieron al ala oeste para dirigirse a su dormitorio.

—¿Se retiran ya? —preguntó la señora Brown cuando empezaban a subir la escalera.

—Sí —dijo él con voz seca—. Que nadie nos moleste.

Victoria le hizo un gesto de cabeza a la mujer y siguieron subiendo.