CAPÍTULO 49

Alasdair subía a su caballo cuando lo alcanzó.
—No vayas, por favor.
—Quizá habría podido encontrar una solución. Pero eso ya no importa, me obligas a deshacerme de Tórradh por tu maldita intervención. —Guio al caballo, pero Victoria se interpuso en su camino.
—No irás —dijo con la cara anegada en lágrimas y una resolución inquebrantable.
—Apártate, Victoria.
—No —dijo con los brazos en cruz.
Los viandantes se habían detenido a contemplar la escena.
—Apártate —masculló a punto de perder los nervios.
Ella negó con la cabeza y Alasdair hizo que Tórradh diese un paso hacia ella.
—¡Alasdair! —gritó Josh, corriendo hacia ellos.
El herrero se colocó al lado de Victoria.
—¿Qué coño haces? —le espetó a su amigo.
—Quítala de en medio —dijo con tono gélido.
Josh la miró con preocupación.
—Por favor, Victoria…
—No pienso moverme —respondió decidida.
—Alasdair, cálmate.
Ella seguía retándolo con la mirada y su amigo no hacía ademán de apartarla. Tórradh relinchó como si no estuviera cómodo con la situación.
—Por favor, Alasdair —suplicó Victoria.
—Si me bajo del caballo para apartarte, te juro que te arrepentirás, Victoria.
Ella vio en sus ojos que hablaba en serio.
—Llévame contigo, entonces —pidió.
Durante unos segundos sus voluntades se retaron, hasta que Alasdair asintió.
—Josh, encárgate de que Zinnia llegue bien a casa —pidió.
Victoria agarró las correas de Tórradh porque no se fiaba de él. En cuanto estuvo a su alcance, Alasdair la agarró, la sentó entre sus piernas y se pusieron en marcha.
Sentía el brazo de su marido como una garra sobre sus costillas, no había la menor suavidad en su gesto. Por un momento se preguntó si no estaría pensando en tirarla del caballo en mitad del camino.
—Alasdair…
—Cállate —ordenó él sin dejarla continuar.
—No tenemos por qué ir ahora.
Silencio.
—Espera a mañana al menos. Estás muy enfadado y Fergus lo usará contra ti.
—¿Y de quién es la culpa?
—Mía, lo sé, pero haciendo esto no me castigas a mí. Te castigas tú y castigas a Tórradh.
Vio que su mandíbula se contraía y se mordió el labio inquieta, no estaba muy segura de si estaba yendo por buen camino. Permaneció en silencio un trecho hasta que estuvieron cerca de Slioscreige . Vio el camino que llevaba a los acantilados y respiró hondo antes de hablar.
—¿Podríamos hablar antes de ir? Necesitas desahogarte para poder enfrentarte a él. Además, querrás despedirte de Tórradh, ¿no? ¿Sabes qué va a hacer con él? No le hará daño, ¿verdad?
—Cállate —repitió.
Victoria acarició el cuello del animal con ternura y Alasdair apretó los dientes.
Sin decir nada se desvió hacia el sendero que llevaba al borde de los acantilados y ella contuvo el júbilo.
Alasdair la hizo bajar primero y enarcó una ceja al ver que ella agarraba las correas del cabestro con desconfianza.
—¿Crees que podrías detenerme si quisiera marcharme? —preguntó con tono cínico.
Ella apretó la mano alrededor de la correa y él desmontó.
—Sabías lo del dinero del fideicomiso —dijo Victoria con voz tímida.
—Lo sé todo de los asuntos financieros de los Reid.
—¿Por qué no te parece buena idea?
—Ese dinero es de Zinnia, se lo dio su madre.
—Todo es suyo, Alasdair. Todo. Y lo perderá si no paga esa deuda.
—Y voy a pagarla.
—¿Sacrificando a Tórradh?
—No va a hacerle daño.
—¡Pero no estará contigo!
Alasdair torció una sonrisa amarga.
—Es un caballo, no hables como si a él le importara.
—¿Que no hable…? ¡Le importa! —Señaló al animal—. Ese caballo te adora. Se pasó semanas encerrado sin dejar que nadie lo montara porque te echaba de menos.
—Al final salió.
Ella abrió la boca incrédula.
—Sabes cómo son los McEntrie, tienen mucha paciencia. Pero Fergus no es así, no la tendrá ¿y entonces qué? ¿Qué pasará cuando Tórradh no actúe como él espera?
Alasdair miró al caballo y endureció el gesto. Victoria percibió una chispa de duda en sus ojos y supo que debía colarse por esa grieta.
—Lo maltratará, Alasdair. Y eso solo empeorará las cosas. —Suavizó la voz—. Has cuidado de ese caballo desde que salió de su madre.
—Tú qué sabrás…
—Anthony me lo contó, me habló de cómo lo entrenaste, cómo te ganaste su confianza y su lealtad. Me contó cómo lo cuidabas si enfermaba. ¡Tu abuelo te mandó a dormir a su cuadra porque intentaste meterlo en Slioscreige !
—Había una tormenta —musitó él—. A Tórradh le dan miedo los truenos. Y yo era un crío.
Victoria sintió que se le derretía el corazón al ver cómo miraba al animal.
—¿Se lo digo? —musitó él para sí—. ¿Le digo a Fergus que le dan miedo los truenos?
—No puedes vendérselo —dijo ella con firmeza—. No puedes hacer eso. No te lo perdonarás.
Cuando giró la cabeza hacia ella había una oscuridad en sus ojos que debería haberla asustado, pero no se inmutó.
—¿Cómo te has atrevido a tanto? —preguntó remarcando cada una de aquellas palabras—. ¿Cómo, Rompepromesas?
—¡Deja de llamarme así! —gritó furiosa y Tórradh levantó la cabeza para mirarlos y relinchó antes de alejarse de ellos como si no quisiera oírlos.
—Es lo que eres.
—No es cierto. Cumplí el juramento que te hice a ti. A pesar de saber lo mucho que me odias, a pesar de tus desplantes, de tu desprecio. A pesar de todo, acepté ser tu esposa y aquí estoy .
Alasdair entornó los ojos y su rostro se transformó en la máscara indiferente a la que la tenía acostumbrada.
—¿Es eso? ¿Crees que eres una esposa de verdad? ¿Una que puede interferir en los asuntos de su esposo y tomar decisiones? —Soltó una carcajada—. ¿De verdad te has creído tu papel?
Ella levantó la barbilla con gesto orgulloso, aunque por dentro estaba temblando.
—Soy tu esposa, independientemente de lo que sientas. Y no dejaré…
—¿No dejarás? —La interrumpió—. ¿Tú no dejarás? ¿Te crees que importa lo que tú quieras o pienses o desees? No importa, Victoria. A nadie le importa. Eres mía y haré contigo lo que quiera. ¿Es que todavía no te has enterado? ¿Qué tengo que hacer para que lo entiendas, Rom-pe-pro-me-sas?
Cada golpe de su voz lo sintió en el pecho y se quedó sin aire cuando llevó la mano derecha enguantada hacia su cara. Se puso rígida al percibir la tela áspera del pulgar recorriendo con suavidad la piel amoratada.
—Hoy te tomaré —sonrió con malicia—. Me esperarás desnuda sobre la cama hasta que yo decida visitarte para satisfacer mis necesidades. Soy un hombre. Lisiado, pero hombre al fin.
Victoria apartó la cara de su mano. Aquel roce unido a sus palabras le estaba revolviendo las tripas.
—No eres un hombre —musitó—, eres un niño herido y cruel que busca hacer daño a quienes lo aman para castigarse.
La agarró del cuello y la atrajo hacia sí.
—¿Qué has dicho? —masculló.
Victoria lo miró a los ojos y no había miedo en ellos sino una emoción mucho más intensa y aterradora para él.
—Te estás castigando a ti mismo —dijo calmada—. No deberías odiarte tanto, no fue culpa tuya.
—Cállate —advirtió.
—Owen se emborrachó.
—He dicho…
—Él tuvo la culpa, no tú.
La empujó sin pensar y Victoria cayó sentada en el suelo. El horror pintó el rostro de Alasdair, que se miró la mano incrédulo. Ella se puso de pie sin esfuerzo y siguió retándolo con aquellos ojos llenos de amor.
—Era un hombre adulto que tomó malas decisiones.
Alasdair temblaba cuando se dio la vuelta para ir hacia su caballo.
Victoria corrió más que él y trató de montarlo, pero el escocés la agarró de la cintura y la apartó con suavidad.
Entonces ella hizo algo inesperado, algo con lo que ninguno de los dos contaba.
Se abrazó a él con tanta fuerza que por más que intentó separarla, no pudo.
—Suéltame, Victoria —dijo con voz ronca.
—No. No. No.
—Te he empujado.
—No me importa.
—Anoche te golpeé.
—Fue un accidente.
—Suéltame, por favor. Estoy perdiendo la cabeza. Deberías alejarte de mí.
—Soy tu esposa, no te dejaré jamás.
—Lo harás. Un día no podrás soportarlo más y te irás.
—No me iré. —Levantó la cabeza para mirarlo—. No me iré, ¿me oyes?
Alasdair vio sus lágrimas y gruñó entre dientes.
Quería consolarla, quería abrazarla y descansar, pero no podía, había un monstruo debajo de su piel y amenazaba con desgarrarla si él cedía.
Despreciarla, burlarse de ella… eso lo mantenía a raya, pero si permitiese que sus sentimientos aflorasen, no dejaría de ella ni los huesos.
Ese monstruo estaba detrás de ella .
Y tenía el rostro de Owen.
La apartó con firmeza.
—¡Dios! Eres patética, Victoria. —Movió la cabeza—. Si quisiera tomarte aquí mismo me dejarías, ¿verdad? He visto rameras con más orgullo.
Las manos de Victoria cayeron de su espalda y vio cómo el color abandonaba por completo su rostro. La apartó suavemente y se subió al caballo.
Ella lo vio alejarse y quiso gritar, llamarlo, moverse, pero no podía.
Era como si alguien hubiese clavado sus pies al suelo.
Se dejó caer y permaneció allí sentada durante mucho rato.
No estaba sola, oscuros pensamientos la torturaban mostrándole retazos de la vida que estaba por venir. ¿Tan grave había sido su pecado?
—Mamá… —musitó como una niña.
Ansiaba el abrazo de su madre, sentir la calidez de su cuerpo, escuchar el latido de su corazón mientras la acunaba.
Ansiaba la fortaleza de su padre. Su buen humor, el modo absurdo que tenía de hacerla reír.
Dejó que el llanto la sacudiera. Llorar era bueno.
Y necesitaba desahogarse. Lloró hasta quedarse sin lágrimas y después, ya más calmada, se acercó al borde para mirar el inmenso paisaje.
No sabía la hora que era, pero a juzgar por dónde estaba el sol se perdería el almuerzo.
Si seguía perdiendo peso tendría que volver a arreglarse los vestidos.
Caminó despacio hacia el camino. No tenía ninguna prisa.