El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48



Alasdair, tumbado bocabajo, abrió los ojos y parpadeó contra las sábanas.

Dejó escapar un gruñido al tiempo que levantaba la cabeza y trataba de despejar su visión.

Tardó un instante en reconocer el cuarto y darse cuenta de que estaba solo en la cama.

Dejó caer la cabeza un momento y luego se levantó con agilidad, aunque el cuerpo le pesaba como si le hubiesen colocado una enorme piedra sobre los hombros.

Se llevó las manos a la cara y notó la textura de las vendas.

Las miró entonces desconcertado y poco a poco la niebla se fue despejando de su mente.

Se giró sobresaltado para comprobar de nuevo que Victoria no estaba con él.

Frunció el ceño y se levantó para ir hasta la ventana y descorrer las cortinas.

—¿Qué cojones…? —Se puso una mano delante de la cara para protegerse de la dolorosa luz.

Miró el reloj que había sobre la repisa de la chimenea.

Eran las diez de la mañana. No recordaba haber dormido hasta esa hora en mucho tiempo.

Buscó su ropa y se vistió con calma. Le dolían las heridas de las manos al moverlas.

¿Cuándo se las había curado? Porque estaba seguro de que había sido Victoria.

Sacudió la cabeza y terminó de vestirse.

Al fijarse en la bañera lo ocurrido allí volvió a él sin resistencia.

Lo que había hecho. Lo que había dicho… Bufó como si desprendiéndose del aire pudiese librarse también del veneno que lo consumía.

Victoria era mucho más fuerte de lo que jamás imaginó.

Ninguna mujer que él conociese aguantaría ese trato sin descomponerse. Pero ella se había mantenido firme y…

—Buenos días, señor —dijo Gilchrist entrando en el cuarto—. Veo que ya se ha vestido. Venía a despertarlo.

—Pues llegas tarde. ¿Por qué no me has despertado antes?

—El señor Ross me dijo…

—¿Ahora es el señor Ross el que manda aquí? —dijo cogiendo la chaqueta para ponérsela—. ¿Tengo desayuno?

—Por supuesto, señor.

—Bien. —Caminó hacia la puerta—. ¿Dónde está la señora? Imagino que desayunó hace rato.

—Oh, sí. La señora y la señorita han salido temprano.

Alasdair se detuvo en el pasillo para volverse a mirarlo interrogador.

—¿Han salido a montar?

—Se han llevado los caballos, sí.

Alasdair lo vio pasar a su lado y su ceño se arrugó consciente de que había retorcido su respuesta. ¿Por qué?

—¿Adónde han ido? —preguntó alcanzándolo en las escaleras.

—No lo sé, señor.

—Buenos días, señor —lo saludó Ross en el vestíbulo.

—Buenos días. ¿Adónde ha ido la señora?

—El desayuno está…

Alasdair se detuvo y su expresión no era nada amigable.

—Le he hecho una pregunta, Ross. Contéstela.

—Han ido a Lanerburgh.

—¿A Lanerburgh? ¿Para qué?

—Para ver al señor Hayles .

El dolor de cabeza de Alasdair le clavó un pinchazo muy desconsiderado cuando apretó los dientes.

—¿Qué necesitan del señor Hayles, Ross? Ahórrate los rodeos, los dos sabemos que solo hay un destino para esta conversación.

Gilchrist siguió su camino hacia el comedor dejándolos solos.

—La señorita Zinnia ha dicho que debía hablar con él de un asunto.

—¿Qué asunto?

—No me lo han especificado.

—Ross…

—Le doy mi palabra de que ninguna de las dos ha compartido conmigo esa información.

Las aletas de la nariz de Alasdair se abrían y cerraban.

—¿Cuánto hace que se han ido?

—Quince minutos, señor.

—Que ensillen mi caballo —dijo pasando a su lado—. Necesito un té.

El mayordomo lo vio dirigirse al comedor y se dispuso a hacer lo que le había ordenado.



El señor Hayles las miraba a ambas con afable expresión. Conocía a Zinnia desde que nació y le tenía un sincero afecto.

—Así es, el fideicomiso se liberará cuando cumplas los quince años. Pero… —hizo una pausa dramática—, tiene una cláusula de emergencia.

Las dos mujeres se miraron y luego volvieron a posar sus ojos en él.

—¿Qué significa eso? —preguntó Victoria consciente de que a ella no tenía por qué informarla de nada .

De hecho no le habría sorprendido que no la dejase entrar al despacho siquiera. Había sido un gesto de cortesía por su parte.

—La cláusula de emergencia es una figura legal que se usa para proteger los derechos del fideicomisario, en este caso Zinnia. Si sus intereses están en peligro, se podría utilizar ese dinero para solventar el problema.

—Mis intereses están en peligro —afirmó la niña rotunda.

—Supongo que esto se debe a la deuda que contrajo tu hermano.

Zinnia asintió.

—Bien. Sí, en este caso, el dinero podría adelantársete para que pudieras usarlo con ese fin, ya que pagar la deuda protegería la propiedad heredada, que es mayor. Necesitarán el…

La puerta se abrió de golpe y un furibundo Alasdair entró en el despacho. El señor Hayles se levantó al instante y las dos mujeres se giraron sobresaltadas.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó él.

—Alasdair… —Victoria se puso de pie—. Te lo explicaré enseguida.

—¿Qué te ha pasado en el ojo? —preguntó al ver que lo tenía morado.

—No es… nada.

Frunció el ceño visiblemente confuso.

—Hablemos en otro lugar. —Victoria se giró hacia el abogado—. Señor Hayles, ¿podría dejarnos una sala en la que pudiésemos…

—Por supuesto —dijo caminando hacia la puerta—. Acompáñenme.

—Tú quédate aquí —pidió Victoria al ver que Zinnia se disponía a seguirlos.

—Pero…

—Por favor.

El gesto de su amiga fue más que elocuente y la niña asintió volviendo a sentarse.

—Esperaré aquí .

El abogado los guió hasta otra habitación y los dejó solos. Victoria se volvió entonces hacia su esposo que no apartó la mirada de su ojo.

—Estoy bien, fue un accidente.

—¿Te lo hice yo? —su voz no demostraba emoción alguna, pero a Victoria se le erizó el vello de la nuca.

—No eras consciente de lo que hacías y yo te agarré sin poner atención…

—¿Te golpeé?

—Me diste un codazo. Sin querer.

La nuez de su cuello se movió al tragar, pero no dijo nada más al respecto.

—¿Para qué estáis aquí?

—Zinnia quería saber algo.

—¿Qué?

Victoria suspiró consciente de que no podía eludirlo más. En el fondo era bueno que estuviesen allí, donde había otras personas…

—¿Sabías que Zinnia disponía de un fideicomiso de su madre?

—Sí, claro. Podrá disponer de ese dinero a partir de que cumpla quince años —dijo él confuso—. ¿Necesita dinero? ¿Por qué no me lo ha dicho? Yo…

—No es eso —lo interrumpió con voz suave—. Quería saber… Si había alguna posibilidad de usar ese dinero… antes.

Alasdair estaba cada vez más confuso.

—No entiendo nada. Si no necesita ese dinero, ¿para qué…? —Se detuvo en seco y su rostro se endureció visiblemente—. ¿Qué le has dicho?

—Ella me escuchó hablar con… —Comprendió que aquella defensa le apretaría más fuerte la soga al cuello.

Alasdair la vio retorcerse las manos y poco a poco el terror se fue apoderando de él.

—¿Con quién hablabas? ¡Victoria! ¿Con quién hablabas? —dijo mordiendo cada palabra.

—Con Ross y Brown.

Él se llevó la mano enguantada al pelo y tiró de él para después soltarlo despeinado.

—¿Qué les has contado?

—Todo.

La sangre abandonó su rostro y la mirada furiosa que le clavó habría asustado a un hombre del doble de su tamaño.

—No puedes hacer esto solo. Necesitas ayuda. Son personas de total confianza, no hablarán con nadie de todo esto. Me dieron consuelo y…

—¿Consuelo? ¿Qué tienes tú que ver con todo esto?

—No podía quedarme de brazos cruzados mientras te planteabas venderle a Tórradh. Sé lo importante que es para ti ese caballo.

—¿Qué sabes? ¡Tú no sabes nada de mí!

—Alasdair…

—¡Cállate! ¿Me oyes? ¡Cállate, joder! —Le dio la espalda tratando de calmarse. Lo veía todo negro y no confiaba en su buen criterio.

—El fideicomiso es de casi tres mil libras. Mi padre me dará una dote de unas quinientas más y Zinnia está dispuesta a vender también los caballos de su madre y de…

Alasdair se giró hacia ella y la agarró del cuello empujándola hasta la puerta. Victoria respiraba agitada, aunque la mano no la presionaba como para dificultarle la respiración.

—Que. Te. Calles.

Lo miró con fijeza y aunque estaba tan asustada que le temblaron las piernas, no obedeció.

—No dejaré que cargues con esto solo.

Alasdair puso la otra mano en la madera a la altura de su cabeza con un manotazo.

—No permitiré que vendas a Tórradh sin hacer nada —siguió ella con los ojos llenos de lágrimas y una determinación feroz—. Puedes enfadarte conmigo. Puedes odiarme, pero no permitiré que te hagas eso.

Él estaba tan tenso que podía ver los tendones de su cuello.

—Zinnia está protegiendo lo que es suyo. Tiene derecho y yo voy a ayudarla.

Se inclinó hacia ella para hablar muy cerca de su oído.

—Me has quitado las pocas opciones que tenía. Tenía dos días y ahora se han esfumado por tu culpa, Rompepromesas. —Endureciendo el tono añadió—: Tu amor es como un veneno que acabará matándome.

La apartó de la puerta y salió de allí a grandes zancadas. Ella ahogó un sollozo y corrió detrás de él sin importarle ponerse en evidencia.