CAPÍTULO 47

Llevaban toda la noche en aquella cocina, el mayordomo, el ama de llaves y ella.
Habían tomado té y luego el señor Ross había aportado una botella de Drambuie que guardaba para ocasiones especiales.
Victoria les había contado lo que ocurría, necesitaba hablar con alguien y sabía que podía confiar en ellos más que en nadie.
Juntos habían dado vueltas al problema, pero no encontraban ninguna solución.
—Aunque esos pobres diablos paguen todo lo que deben, no será suficiente —dijo la señora Brown, a la que Victoria nunca antes había visto achispada.
Ella también había pensado en eso. Estaba dispuesta a ir casa por casa de cada uno de los arrendatarios para suplicarles que hiciesen todo lo posible por pagar lo que debían.
Pero sabía que eso no sería suficiente. Entre todos no debían más de quinientas libras, una cantidad nada despreciable, pero que estaba muy lejos de las cuatro mil que le pedía MacTavish.
—El caballo es su única posesión —dijo el mayordomo con pesar y bebió otro trago de su copa.
—No puedo dejar que lo venda —musitó Victoria apoyando la cabeza en el brazo estirado sobre la mesa—. Ama a ese pura sangre, jamás se desprendería de él.
—Las joyas de la señora…
—No tocará nada de Zinnia. —Victoria negó con la cabeza sin levantarla.
—Es normal que esté tan preocupado —dijo Ross dando vueltas a su copa—. Tiene una gran responsabilidad.
—Y hay quien piensa que los ricos no tienen problemas —dijo la señora Brown con sarcasmo—. Grandes responsabilidades, grandes dificultades.
—No puede dejar que la señorita pierda su casa —apuntó el mayordomo—. Aquí está todo su futuro y es todo lo que tiene.
Victoria levantó la cabeza rápidamente.
—Eso no es cierto. Me tiene a mí. Y a él.
—Y a nosotros —afirmó el ama de llaves.
—¿Por qué iba a perder la casa?
La voz de Zinnia los sorprendió a todos y se volvieron hacia la puerta sobresaltados. La niña entró en la cocina frotándose el ojo con aspecto somnoliento.
—¿Qué hacéis aquí a estas horas? ¿Y por qué decís que voy a perder la casa? —Se sentó al lado de Victoria esperando una respuesta, pero entonces se fijó en su cara—. ¿Qué te ha pasado en el ojo?
—Me di un golpe anoche. Pero ya hablaremos mañana de esto…
—No. Explícamelo ahora. ¿Qué es eso de que voy a perder mi casa?
Victoria miró a los criados y se mordió el labio mientras trataba de encontrar una salida para la situación. Finalmente tomó una decisión y se puso de pie.
—Ven, hablaremos en la biblioteca. Ustedes váyanse a descansar.
—En dos horas hay que levantarse —dijo la señora Brown recogiendo las tazas de la mesa—. No sé si merece la pena el esfuerzo de desvestirse.
—Podemos sentarnos en la salita y echar una cabezada —propuso el mayordomo.
—Pues no es mala idea.
Victoria pasó un brazo por los hombros de Zinnia, mientras ella se apretaba la bata, y salieron de la cocina sin despedirse.
Sentadas una junto a la otra en el sofá, la niña esperaba una explicación, ya completamente despejada.
—Tu hermano se vio obligado a pedir un préstamo —empezó.
Zinnia frunció el ceño incrédula.
—¿Owen debía dinero?
Victoria asintió.
—¿Tanto dinero como para que la casa esté en riesgo?
Victoria volvió a bajar la cabeza.
—Pero… Owen no haría eso.
—No tuvo más remedio. Los arrendatarios no podían pagar y él tenía que hacer frente a muchos gastos.
No voy a entrar en detalles que desconozco, pero sé que llevar adelante una propiedad tan grande como Reid House no es fácil.
Hay muchos gastos, pequeños y grandes. La mayoría de granjeros están cambiando su medio de vida.
—Sí, lo sé. Cada vez hay más ovejas —afirmó la niña.
—Eso es. —Suspiró—. La cuestión es que hay que conseguir ese dinero en tres días o Alasdair tendrá que desprenderse de Tórradh.
Zinnia se mostró confusa.
—¿Qué tiene que ver el caballo de Alasdair en todo esto?
—El propietario de la deuda de tu hermano era Callum McKenzie, que le vendió esa deuda a Fergus MacTavish. Ese hombre quiere a Tórradh.
—¿Fergus quiere a…? —Abrió los ojos como platos—. Lo que quiere es humillar a Alasdair. Vengarse de él y de su familia. Los odia desde…
Victoria asentía a cada afirmación.
—Pero eso es horrible. Los McEntrie no lo permitirán.
—Alasdair no me permite contárselo.
—¿Y te deja que me lo cuentes a mí?
Victoria negó despacio sujetándose las manos con nerviosismo. Se enfrentaría a eso cuando llegase el momento.
—No iba a decírtelo, pero nos has escuchado.
La niña torció una sonrisa.
—No habrías podido ocultármelo, si eso te alivia. Sabes que puedo ser muy insistente, no habría parado hasta sonsacártelo.
Victoria lo sabía bien y sonrió con tristeza. Eso no iba a evitar que Alasdair se enfadase con ella, pero no podía pensar en eso ahora.
—Yo tengo dinero —dijo Zinnia de pronto.
—No, Zinnia, no puedes…
—No me refiero al dinero de la herencia. Me refiero al que me dejó mamá. Su dote.
—Eso no importa.
—Claro que importa. Ella me dejó ese dinero cuando murió. Lo había estado ahorrando toda su vida para mí, porque no quería que fuese una carga para mi hermano. Eso me habría permitido manejar mis gastos en caso de no encontrar un marido. Me lo explicó Owen cuando cumplí los doce años.
Victoria la escuchaba con atención.
—Explícamelo bien.
—No sé exactamente los nombres legales, pero mi hermano se esforzó mucho en que entendiera el concepto. Mamá estableció un fideicomiso para mí y designó al señor Hayles y a Caillen McEntrie como cofidu… cofi…
—Cofiduciarios —la ayudó Victoria.
Victoria sabía lo que era un fiduciario. Y no le sorprendió en absoluto que la madre de Zinnia hubiese nombrado al tío de Alasdair como cofiduciario junto al señor Hayles. Todo el mundo sabía de la fiabilidad de Caillen y de su experiencia en asuntos legales.
—¿De cuánto dinero hablamos? —preguntó haciendo cálculos.
—Cuando Owen me lo contó había unas dos mil ochocientas libras. Habrá subido en estos años, pero no sé cuánto.
—Yo puedo conseguir unas… quinientas más —dijo Victoria pensando en su dote. Estaba segura de que su padre le daría ese dinero—. Eso serían tres mil trescientas, nos faltarían setecientas para cubrir la deuda.
La niña se mordió el labio repasando todas sus posesiones.
—Podríamos vender el caballo de mi madre y el de Owen. Eso nos daría otras trescientas libras.
Victoria la miró asombrada.
—¿Querrías hacer eso?
La niña se encogió de hombros.
—No, pero es mejor que perder la casa. No puedo desprenderme de Relámpago, lo quiero demasiado.
Victoria le puso una mano en el hombro con tristeza.
—Aun así nos faltarán cuatrocientas libras —dijo Zinnia.
—Si conseguimos que los arrendatarios paguen algo de lo que deben, esa cantidad se reducirá. Alasdair pondrá lo que falta.
—No quiero que él aporte nada —dijo la niña con determinación—. Venderé algunas joyas de mi madre.
—¡No! —exclamó Victoria—. No lo permitiré.
Zinnia bajó la cabeza aliviada.
—Alasdair estaba dispuesto a sacrificar a Tórradh, Zinnia, eso debería significar algo para ti. Se preocupa por tu bien y hará lo que haga falta para que no pierdas un céntimo.
La niña giró la cabeza sin querer dar su brazo a torcer. Victoria repasó todo lo que habían hablado y organizó la información en su cabeza para cuando tuviese que dar el paso más difícil, que sería informar a Alasdair y convencerlo de que era la mejor solución.
—Has dicho que el dinero está en fideicomiso. ¿Hasta qué edad?
El rostro de Zinnia cambió y la preocupación tomó el control de sus emociones.
—Hasta que cumpla los quince años —musitó.
—Eso es en marzo. Solo tenemos tres días.
Todo su plan se sustentaba en eso, no podía ser que por una cuestión de plazos se les escapara la solución al problema.
—Tengo que explicárselo a Alasdair —dijo—. Él hablará con el señor Hayles y…
—No —negó Zinnia con determinación—. Es mi dinero y yo hablaré con él. Si tú vienes conmigo, claro.
Victoria se conmovió al ver que de repente volvía a ser solo una niña que la necesitaba. Le acarició el pelo con ternura y asintió.
—Por supuesto.
Zinnia la abrazó y Victoria la acunó en sus brazos.
—Gracias, Vicky. No sé qué haría sin ti.
—Lo mismo digo. —Y siguió acariciándole el pelo mientras trataba de mantener el pánico a buen recaudo.
—Os he estado escuchando —dijo Zinnia con voz baja.
—¿Qué?
—En la cocina. Llevaba un buen rato escuchándoos hablar.
Victoria la apartó para mirarla con severidad.
—Eso no se hace, Zinnia.
—Todo el tiempo me ocultáis cosas. Es el único modo que tengo de enterarme de lo que pasa.
Victoria se debatía entre echarse a reír o enfadarse. Finalmente optó por atraerla de nuevo a su pecho y seguir acariciándole el pelo.
—Cuando crezcas vas a ser una mujercita muy peligrosa, Zinnia.
La niña no dijo nada.