El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46



Al día siguiente por la tarde, Victoria tocaba el piano en la biblioteca mientras Zinnia repasaba con el señor Alpin sus ideas para el jardín en el salón.

Los había dejado solos porque estaba claro que Zinnia no la necesitaba.

Tenía muy claro que quería replicar el jardín que tenían y los dos conocían los detalles mejor que ella.

No había visto a Alasdair desde el desayuno del día anterior.

Se moría de ganas de preguntarle por su visita a Fergus MacTavish, pero si algo había aprendido desde que estaba allí era que cuando Alasdair se aislaba era mejor dejarlo en paz.

—Señora McEntrie. —El ama de llaves entró en la estancia con paso apresurado—. Será mejor que venga. Su esposo…

Las manos cayeron sobre el teclado. Al ver la expresión en el rostro de la señora Brown, se levantó rápidamente para seguirla. La llevó hasta una habitación en la zona del servicio y Victoria la miró interrogadora.

—Ha estado durmiendo aquí —musitó la criada.

Alasdair estaba sobre la cama solo con los calzones puestos. La ventana estaba abierta, lo que evidenciaba que le había subido la temperatura. Se retorcía de dolor y la sangre de sus manos manchaba las sábanas con formas extrañas.

—No podemos traer una bañera aquí, no hay espacio —se lamentó—. Se ha hecho varias heridas, nos ha costado mucho quitarle el cuchillo.

Victoria vio entonces que el señor Ross tenía la mano vendada.

—No es nada, solo un arañazo —la tranquilizó el hombre.

—Bien —dijo ella tratando de calmarse—. Usted y yo lo llevaremos arriba. ¿Podrá hacerlo con esa herida en la mano?

—Sí, señora, perfectamente.

—De acuerdo. Usted, señora Brown, encargue al resto del servicio que llenen la bañera con agua fría. Y preparen vendas, ungüento y todo lo necesario para curarle las heridas. —Se giró hacia el mayordomo—. ¿Listo, señor Ross?

El ama de llaves salió de la estancia y ellos se dispusieron a levantar a Alasdair de la cama.

Cuando ella hizo ademán de agarrarlo sacudió el brazo y la golpeó en plena cara, con tan mala fortuna que le dio directamente en el ojo.

Victoria se llevó las manos a la cara con un grito y el mayordomo corrió a auxiliarla.

—Déjeme ver —pidió.

—No pasa nada —se apresuró a decir ella—. Ha sido por el susto, no es nada. Levantémosle.

Esta vez puso mucho cuidado para no recibir otro golpe, y entre los dos consiguieron ponerlo de pie y llevarlo hasta las escaleras.

Las piernas le temblaban y su cuerpo ardía.

Victoria pensó que de verdad parecía tener fuego dentro.

Cuando llegaron al dormitorio los demás criados iban y venían con cubos para llenar la bañera.

—Metámoslo ya —dijo Victoria, aunque había poca cantidad de agua.

Una vez dentro, el mayordomo se dispuso a ayudar a llenarla y Victoria se untó los dedos con aceite para empezar a masajearle las manos poniendo mucho cuidado en no tocar las heridas que se había hecho.

Alasdair gemía en una semiinconsciencia, de la que regresaba con sobresaltos y espasmos dolorosos.

Cuando la bañera tuvo suficiente agua para cubrir todo su cuerpo, Alasdair empezó a calmarse. Victoria seguía masajeando las manos y los brazos sin descanso y el señor Ross se quedó a su lado hasta que los gemidos de su esposo cesaron.

—Ya puede irse —dijo ella mirándolo con pesar—. Que le curen esa herida enseguida.

—No se preocupe, señora, de verdad que estoy bien. Llámeme si necesita cualquier cosa.

—Vaya tranquilo, ya está mejor.

Cuando se quedaron solos soltó la mano de Alasdair para apartarle los mechones de pelo mojado que se le habían pegado al rostro.

Acarició sus mejillas con ternura y dejó al fin que las lágrimas fluyeran sin detenerlas.

Nunca se acostumbraría a verlo así. Era imposible que su corazón se habituara a verlo sufrir de un modo tan horrible.

—¿Por qué eres tú la que llora, si es a mí a quien le duele? —repitió la pregunta que le había hecho otras veces.

—Porque soy tonta —respondió ella cogiéndole la mano para masajearla.

Alasdair la miraba con los ojos vidriosos de alguien a quien el dolor había arrancado hasta la última capa de fingimiento.

—Gracias —dijo sin más.

Ella se llevó la mano que sostenía hasta los labios y besó la palma sin importar que el agua gotease sobre su vestido. Los sollozos la arrollaron y apoyó la cabeza en el borde de la bañera dejándolos salir. Él acarició su pelo con delicadeza sin decir nada.

—¿Quieres meterte en el agua conmigo? —propuso.

Victoria dejó de llorar al instante. Levantó la cabeza y lo miró con la cara empapada por las lágrimas.

—¿Tú quieres que lo haga?

Él asintió.

—Déjate la ropa interior puesta —dijo burlón—. No quisiera que a la señora Brown le diera un síncope si se le ocurre volver. Solo quiero abrazarte.

Ella se puso de pie y se quitó el resto de la ropa lo más deprisa que pudo, temiendo que él cambiase de opinión.

Cuando entró en el agua no le sorprendió que no estuviese fría.

Él la había calentado con el fuego que lo consumía.

La hizo tumbarse de espaldas sobre él y la rodeó con sus brazos.

Durante un buen rato, permanecieron así, abrazados y sin hablar.

—¿Por qué lo haces? —preguntó ella—. ¿Por qué te haces heridas?

Él suspiró dejando salir el aire muy despacio.

—Me alivia.

—¿Te alivia hacerte daño?

Él acarició su antebrazo y repasó las marcas que ella se había hecho.

—No como a ti. Esto es distinto.

—Yo no uso un cuchillo.

Alasdair detuvo su caricia.

—No lo hagas nunca —advirtió—. Si alguna vez te haces daño hasta ese extremo te juro que no habrá lugar en el que puedas esconderte.

Ella sintió un escalofrío y su corazón se saltó un latido.

—No lo haré —musitó.

—Siento que me quemo —dijo él tras un cómodo silencio.

—Lo sé.

—¿Lo sabes? —preguntó burlón.

Ella asintió y dejó que su mano jugara con el agua.

—Me lo contaste —le recordó.

—Vaya. —Silencio—. Me corto para dejarlo salir.

Ella giró la cabeza para mirarlo y sintió que su coronilla se hundía en el agua.

—¿El dolor?

—El fuego. —Le tocó la nariz con la punta de un dedo.

—Esas heridas podrían infectarse y empeorarlo todo muchísimo.

—Tú las curarás. Mientras me cortaba pensaba que tú las curarías después.

—Tiene que haber otro modo de que se calme. El agua fría te ayuda.

—No tenía una bañera en esa habitación —dijo burlón.

—¿Por qué has dormido ahí?

—¿Por qué no?

—Este es tu dormitorio, si no me quieres aquí yo me iré, no tú.

Él la apretó entonces contra su cuerpo sin decir nada.

—¿Qué pasó? —preguntó ella.

Silencio.

—¿Qué te dijo MacTavish? Por favor, Alasdair, cuéntamelo.

—Quiere a Tórradh.

Victoria se incorporó para sentarse y se giró mirándolo horrorizada.

—¿Qué?

—Si le doy a Tórradh, nos dejará en paz.

—Pero…

—No quiero dárselo.

—¡Por supuesto que no!

—No tengo nada más.

La desolación en sus ojos la dejó sin aliento. Buscó una salida con desesperación.

—No la hay —dijo él como si pudiera leerle el pensamiento—. Me ha dado tres días. Ya solo me quedan dos. Si no le doy a Tórradh hará efectiva la deuda y Zinnia perderá la casa.

Victoria se tapó la boca para ahogar un gemido y él recostó la cabeza en el borde de la bañera.

—Hablaremos con…

—No hablaremos con nadie —la cortó sin moverse—. No le contarás a nadie lo que pasa y yo resolveré esto a mi manera.

—No vas a darle a tu caballo.

Él levantó la cabeza y su mirada volvía a tener esa frialdad que ella conocía tan bien.

—Haré lo que tenga que hacer.

—No quieres dárselo.

—¿Y qué importa lo que yo quiera? No importa, Victoria.

—Sí importa. A mí me importa.

Él torció la sonrisa y la atrajo hacia su cuerpo hasta que sus bocas casi se rozaban.

—No vas a rendirte conmigo, ¿verdad, Rompepromesas? —dijo acariciándole la mandíbula con los pulgares—. Vas a seguir intentando que te quiera, ¿a que sí? Te imaginas viviendo felices, teniendo a nuestros hijos y amándonos como nuestros padres se aman.

—¿Por qué no?

—Porque yo te odio, ¿se te ha olvidado? Te odio y maldigo el día que pisaste Lanerburgh.

Victoria trató de apartarse pero no se lo permitió. La sentó a horcajadas sobre él y le apartó el pelo mojado de la cara, tal y como había hecho ella antes.

—¿Por qué ya no lloras por las noches? ¿No añoras mis caricias?

—Alasdair, por favor —suplicó—. No me hagas esto.

—A veces me sentaba delante de tu puerta para escucharte llorar… —Acarició su mejilla y capturó una de sus lágrimas. Se la llevó a los labios y sonrió—. Mmmm. Creo que podría alimentarme de tus lágrimas, Rompepromesas.

Antes de que la besara, consiguió zafarse de él y se puso de pie para salir de la bañera. Su cuerpo era perfectamente visible debajo de la camisola mojada y Alasdair sintió que un calor distinto lo invadía.

Victoria cogió una bata, se la puso y se acercó a la chimenea para calentarse.

Estaba tiritando. Alasdair salió también del agua y estiró los músculos, que se le habían agarrotado.

El dolor le había dejado un eco en todo el cuerpo y estaba terriblemente agotado.

Se quitó la prenda empapada y se secó el pelo antes de ponerse una camisa de dormir.

Después se metió en la cama y se tapó con las mantas.

—Ven, Rompepromesas. Vamos a dormir.

En lugar de responder, se dirigió a la puerta dispuesta a salir de allí y alejarse de él lo más posible, pero él la atrapó, la levantó del suelo y la tiró sobre la cama.

—Estoy muy cansado para estos juegos, Victoria.

—Estoy empapada —dijo levantándose de nuevo.

—Cámbiate. —Su tono era débil.

Ella obedeció y él volvió a meterse en la cama.

Cuando acabó de vestirse, Alasdair respiraba pausado.

Se acercó para comprobar que estaba dormido y se sentó a curarle las manos.

Él gimió levemente y dijo algo ininteligible mientras ella extendía el ungüento, pero no se despertó.

Cuando acabó de vendarle las heridas, lo tapó con delicadeza, recogió la bandeja con los utensilios que había usado y salió del cuarto sin hacer ruido.

Una vez en el pasillo tuvo que recostarse en la pared un momento.

Respiró hondo varias veces, se recompuso y con una estudiada calma se dirigió a la zona de servicio.