El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45



Fergus le había escrito una nota. Cuando la abrió y leyó una única palabra «Ven», supo que había llegado el momento de la verdad.

Desde que se enteró de que Callum McKenzie estaba en tratos con él comprendió que se trataba más de una venganza personal que de cobrar una deuda.

Mientras cabalgaba en dirección a las tierras de los MacTavish en su cabeza se repetía la breve conversación con Victoria en su despacho esa mañana.

«Como ya he dicho, soy tu esposa, aunque tú no me quieras, y me comportaré como tal. Te ayudaré en todo lo que me sea posible, Alasdair, y por mucho que te esfuerces, no me convertirás en tu enemiga.»

Apretó los muslos para que Tórradh acelerase, y se le tensó la mandíbula por la furia.

¿Quién se había creído que era? ¿Se pensaba que con esa actitud iba a doblegarlo?

¿A ablandarlo? Se rio a carcajadas y Tórradh relinchó como si le molestase su risa.

Bajó el ritmo, si seguía a esa velocidad llegaría demasiado pronto y necesitaba calmarse antes.

Verla alegre y relajada lo había puesto furioso.

Los primeros días Victoria bajaba a desayunar con profundas ojeras y los ojos hinchados por haber llorado.

Eso lo destrozaba, pero al mismo tiempo le daba lo que quería.

Lo que estaba haciendo era perverso y enfermizo, pero no podía parar.

El sufrimiento de Victoria lo golpeaba directamente en el pecho, en el corazón y en la cabeza.

Lo castigaba de un modo tan salvaje que apenas podía respirar.

Y eso, extrañamente, le daba cierto alivio.

Cuando estaba en la biblioteca con Owen, bebiendo hasta caer rendido, sentía cierta paz.

Él recibía su merecido y su amigo lo dejaba tranquilo.

Cuando llegó a casa de Fergus, la puerta se abrió y salió un criado que se encargó de Tórradh.

Alasdair se sorprendió al ver que ahora los MacTavish tenían mayordomo.

Por lo que él recordaba, el padre de Fergus era un hombre sencillo, tenía criados, pero nunca habían tenido un mayordomo.

Al parecer, tras su muerte, su hijo había decidido que quería subir de nivel.

—Hombre, Alasdair, qué alegría verte —dijo Fergus mofándose—. ¿Habías estado en mi casa? Ah, sí, estuviste hablando con mi padre para criticarme, no me acordaba. Siéntate, siéntate. ¿Quieres tomar algo? No sé a qué hora empiezas a emborracharte.

—No, gracias —dijo el otro sin demostrar que le afectasen sus pullas—. Es pronto hasta para mí.

Fergus enarcó una ceja y se encogió de hombros. Tomó asiento frente a él.

—Vaya, vaya, Alasdair. Aquí estamos. Qué curiosa es la vida, ¿verdad? ¿Quién nos iba a decir que este día llegaría?

—Fergus, deja de darle vueltas y suelta lo que tengas que decir para que pueda marcharme.

—No deberías hablarme así. No, teniendo en cuenta que me debes cuatro mil libras.

—A ti no te debo nada.

Fergus chasqueó la lengua y estiró los brazos en el respaldo del sofá.

—Reconozco que tuve que darle muchas vueltas antes de aceptar el ofrecimiento de McKenzie. El muy cabrón me pilló borracho y me hizo hablar más de la cuenta —se rio sin humor—. Es listo el tío, no te emborraches nunca estando con él, es capaz de sacarte información que no le contarías a nadie.

Alasdair sintió el frío corriendo por sus venas y eso le produjo cierto alivio. Lo que no soportaba era el calor.

—La cuestión es que le hablé de lo mucho que odio a los McEntrie. Especialmente a ti.

—¿Por qué a mí? Yo nunca te he pegado —dijo pensativo—. Y no por falta de ganas, porque me has provocado hasta decir basta.

—No, nunca me has pegado. Hubo un tiempo en que éramos amigos, incluso —dijo el otro con una mirada que destilaba odio.

—¿Entonces? ¿Es por eso? ¿Me odias porque fuimos amigos?

Fergus se deleitó con la espera y tras una pausa, le señaló las manos.

—Enséñamelas.

—Ni de coña —negó el otro.

El anfitrión movió la boca en una mueca de disgusto.

—Vale, pongamos las cartas sobre la mesa y así sabremos a lo que atenernos. ¿Tienes las cuatro mil libras para pagarme?

—Sabes que no.

—Bien. Ejecutaré esa deuda en los próximos días.

Alasdair mantuvo la calma, aunque la temperatura de su cuerpo comenzó a elevarse.

—Le quitaré la casa a esa pobre huérfana desamparada.

—No puedes hacer eso.

—Oh, ya lo creo que puedo, tengo un documento que me da todo el poder, Alasdair.

—Joder, Fergus, ¿qué coño quieres?

—Enséñame las manos —dijo volviendo a poner los brazos en cruz sobre el respaldo del sofá.

Alasdair empalideció.

—¿Por qué quieres verlas?

—¿Por qué crees tú?

La respiración de Alasdair se hizo pesada.

—No me has dicho por qué me odias tanto.

Fergus respiró hondo y luego dejó salir el aire de un soplido.

—Supongo que es porque éramos amigos. Darme cuenta de que en el fondo me despreciabas…

—Yo no te despreciaba.

—…como para no considerarme digno de tu prima…

—Eso no era cosa mía.

—…y dejarme de lado cuando tuviste a Owen…

—Owen y yo éramos amigos desde niños. Tú también lo eras. ¡Joder, Fergus! ¿Qué coño te ha pasado? Te comportaste como un loco con Nuna. Ella siempre fue buena contigo y tú…

—¡Cállate! —gritó el otro rojo de ira—. Esa zorra me despreció. Despreció mi amor a pesar de que siempre la respeté. Debería habérmela follado…

Alasdair se inclinó hacia delante, amenazador.

—¿Quieres que te mate?

Fergus sabía que si tensaba demasiado la cuerda acabaría perdiéndolo todo. Respiró hondo para calmarse y finalmente asintió.

—Está bien, no hablaremos de ella. Enséñame las manos.

—Ya te he dicho que no.

—¿Por qué no? Te voy a quitar la casa, voy a dejar a esa niña que te odia en la calle.

—Nunca estará en la calle, te recuerdo que soy un McEntrie.

—¿Todavía lo eres? —sonrió inclinando la cabeza burlón—. ¿Volverás a casa con mamaíta?

Alasdair no respondió.

—Bien. Te diré lo que quiero y lo que sucederá si no me lo das. Quiero a Tórradh.

—¿Qué ?

Fergus se levantó para ir hasta una mesa. Cogió un documento y se lo entregó.

—Mis abogados han redactado el documento. Me cederás a Tórradh por tres mil libras. Solo te quedará una deuda de mil libras. Seguro que tu familia puede asumir esa cantidad sin problemas.

Alasdair leyó el documento y luego lo miró incrédulo.

—¿Por qué Tórradh?

—Tú adoras a ese caballo. Eso ya sería motivo más que suficiente para quitártelo.

Pero no soy estúpido, no gastaría tres mil libras para eso pudiendo hacerte daño de otras formas menos costosas.

En realidad, siempre he pensado que Tórradh estaba desaprovechado.

Has ganado carreras con él en Inglaterra.

Allí tiene un nombre. Puedo sacar mucho dinero con él como semental.

Alguno de sus potros será un campeón, estoy seguro.

El corazón de Alasdair se había acelerado y un sudor frío mojó su frente.

—Te pagaré todo el dinero —dijo con voz tensa—. Te lo juro por Dios, Fergus. Dame un poco de tiempo, estoy…

—No. No te daré ningún tiempo. Voy a ejecutar la deuda y solo lo evitarás si me vendes a Tórradh por la cantidad que te he dicho. Vamos, estoy siendo generoso.

Las manos que sostenían el documento temblaron y Alasdair estuvo a punto de estrujarlo hasta convertirlo en una bola irreconocible.

—No te venderé a…

—Lo trataré bien, no quiero hacerle daño.

—Pusiste clavos en la comida de nuestros caballos.

—Cierto. Pero aquello fue un arrebato. Ahora ya no soy así, Alasdair. Lo convertiré en un semental.

—Es un caballo de carreras.

—Pero es viejo para eso, ya pasó su tiempo. Le sacaré provecho, de eso no te quepa duda .

Alasdair se puso de pie y negó con la cabeza.

—¿No? —Fergus se levantó también y arqueó las cejas—. ¿Seguro?

—No está en venta.

Fergus se encogió de hombros y le quitó el documento de las manos.

—Como desees. Dile a Zinnia que vaya empaquetando sus pertenencias, pero ni se os ocurra llevaros ningún mueble de esa casa. —Sonrió divertido—. Aunque probablemente lo tire todo, es mío.

—¿No tienes compasión por ella? Sabes lo que ha sufrido.

—Claro que lo sé, por eso se me ocurrió este plan. ¿Qué culpa tiene ella de nada? Tú podrías evitarle el sufrimiento, pero solo puedes pensar en ti, ¿verdad? Al fin y al cabo, ella no es nada tuyo.

—Eso no es cierto. La quiero como a una hermana.

Fergus soltó una carcajada.

—Pues nadie lo diría.

—Fergus… —Se le retorcieron las tripas—. Por favor, no hagas esto. Nunca quise hacerte daño, incluso hablé por ti para que no…

—No te molestes, Alasdair, no voy a cambiar de opinión —dijo poniéndose serio al fin—.

Quería a Nuna de verdad y me rompió el corazón.

Soy incapaz de mirar a otra mujer por su culpa y os odio tanto que me habría vuelto loco de no ser por McKenzie.

Él me dio una salida que no esperaba y desde ese momento he vuelto a dormir como un bebé.

Alasdair supo que decía la verdad. Sus ojos, que normalmente parecían los de un desquiciado, estaban serenos y lo miraban con absoluta certeza. Sintió que una mano invisible le agarraba el corazón y tiraba de él para arrancárselo de cuajo.

—Tórradh… es… Por favor. —La súplica le supo amarga en la boca.

—Es solo un caballo —dijo el otro—. Sobrevivirás.

Alasdair dejó caer la cabeza y sin decir nada se dio la vuelta para salir de allí, pero su voz lo detuvo.

—Tienes tres días, al cuarto no habrá marcha atrás. Ah, y el día que firmes la venta querré ver tus manos. Si no, no habrá trato.

El McEntrie salió de allí con el fuego del infierno ardiendo en su cabeza.