El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44



La luz de la mañana entraba por la ventana.

Había dormido con las cortinas descorridas y parpadeó varias veces para enfocar la vista.

Giró la cabeza hacia el lado vacío de la cama y una garra le estrujó las entrañas.

Hacía una semana que se habían casado y solo habían dormido juntos la primera noche.

Desde entonces, Alasdair no había vuelto a su cama.

En lugar de eso, ella encontraba en su almohada una rama de rosal, con espinas y escaramujos, pero sin rosa.

Los primeros días ese perverso gesto la hizo llorar, pero eso solo servía para que se le hinchasen los ojos y que él viera en su rostro el daño que le causaba con su desprecio, así que dejó de hacerlo.

Cuando bajó a desayunar no se sorprendió al encontrarlo allí, junto a Zinnia. Últimamente desayunaba con ellas y, aunque su conversación solía reducirse a dar órdenes o permanecer callado, ya se había acostumbrado a su presencia.

—Buenos días —dijo sonriente.

Los presentes la saludaron con mayor o menor afabilidad y Victoria se sentó en su sitio. Colocó la servilleta en su regazo y esperó a que el mayordomo le sirviese el té antes de hablarle.

—Señor Ross, me gustaría que mandase a buscar al señor Alpin esta mañana.

Alasdair levantó la cabeza del periódico que leía y Zinnia sonrió abiertamente sabiendo lo que pretendía.

—¿Para qué quieres al señor Alpin? —preguntó su esposo.

—Voy a contratarlo.

—No.

Le sostuvo la mirada antes de responder.

—Sí. Voy a contratarlo y empezaremos a trabajar en serio con ese jardín. Quiero dejarlo listo para la primavera.

—He dicho que no. —La voz de Alasdair tenía una firmeza imposible de obviar—. No malgastaré dinero en eso.

—No te costará un penique. —Al parecer Victoria era inmune.

Aquello lo dejó momentáneamente confuso. Y la sonrisa en el rostro de su esposa dio cuenta de lo mucho que estaba disfrutando con eso.

—Voy a pagarlo de mi bolsillo.

—¿Tu bolsillo? —se mofó él.

La inglesa enarcó una ceja despojándose de la sonrisa.

—Tengo mi dinero y voy a usarlo para esto.

—¿De qué estás hablando? Eres mi esposa, no dejaré que pagues…

—Voy a hacerlo —lo interrumpió—. Ese dinero no tiene nada que ver con nuestro matrimonio, es dinero que me dio mi padre para el viaje y lo emplearé como desee. Voy a contratar al señor Alpin y le devolveremos al jardín su antiguo esplendor. Empezando por los rosales.

Le sostuvo la mirada desafiante y Alasdair comprendió la indirecta.

—Los rosales están bien como están.

—Haremos que estén mejor. —Volvió a sonreír fingiendo una alegría que no sentía .

Él apretó los labios, tiró la servilleta en la mesa y se puso de pie.

—A mi despacho —ordenó y sin comprobar que le seguía salió del comedor.

—No vayas —musitó Zinnia al ver que se ponía de pie—. Le has hecho enfadar.

Victoria dejó la servilleta y se levantó sin prisa.

—No te preocupes, se le pasará. —Miró al mayordomo y añadió—: No retire el servicio. Hoy me he levantado con un hambre atroz, señor Ross.

Alasdair se paseaba por el despacho cuando ella entró y cerró la puerta con suavidad. Después se quedó de pie con las manos juntas en su regazo esperando a que hablase.

—No vuelvas a desacreditarme frente a Zinnia. Bastantes dificultades tengo ya con ella.

—No era mi intención desacreditarte.

—Pues lo has hecho.

—Me disculpo por ello.

—No vas a contratar al señor Alpin ni a nadie. No dejaré que uses tu dinero para eso.

—¿Por qué no? —Lo miró sin protegerse—. ¿Prefieres que lo gaste en cosas superfluas? ¿O quieres que te lo dé a ti?

Alasdair se paró en seco y la miró furibundo.

—¿Estás tratando de ofenderme?

—¿Ofenderte? Eres mi esposo, se supone que todo lo mío es tuyo.

El escocés entornó los ojos tratando de leer a la mujer que tenía delante.

—¿Cuál es el plan? ¿Desobedecerme para vengarte?

—¿Vengarme? —Arrugó el ceño confusa—. ¿Por qué habría de vengarme?

Él se frotó la nuca denotando incomodidad.

—No puedo invertir dinero en esa tontería del jardín, Victoria.

—Por eso no te lo he pedido. Soy consciente de los problemas que tenemos.

La arruga en el ceño de Alasdair se hizo más profunda.

—Tú no tienes ningún problema.

—Soy tu esposa, si tú tienes problemas, yo tengo problemas.

Estaba claro que él no sabía qué decir. Victoria supuso que esperaba de ella veneno y reproches, pero eso era porque en realidad no la conocía.

—Pensé en darte ese dinero, pero me di cuenta de que es una cantidad irrisoria. Así que mejor lo emplearé en hacer algo que hará feliz a Zinnia. Eso también te ayuda.

Él seguía sin poder decir nada.

—Como ya he dicho, soy tu esposa, aunque tú no me quieras, y me comportaré como tal. Te ayudaré en todo lo que me sea posible, Alasdair, y por mucho que te esfuerces, no me convertirás en tu enemiga. —Se dio la vuelta para salir del despacho—. Volvamos al comedor, me muero de hambre.

Alasdair la vio desaparecer por el pasillo y tardó dos minutos en seguirla. Cuando entró al comedor Zinnia estaba hablando con entusiasmo.

—¿… las hortensias? A mi madre le encantaban.

—Tendremos que levantar un pequeño muro para protegerlas del frío —dijo Victoria antes de llevarse un trozo de salchicha a la boca.

—Quiero un tejo —siguió Zinnia—. Y un Laburno. Me encantan sus flores amarillas. Cerca del serbal que plantó mi abuela materna y que a mi madre le encantaba. Le harán compañía.

—Las flores del Laburno son muy tóxicas —dijo Alasdair.

Las dos lo miraron sorprendidas por su intervención, pero al ver que volvía a prestar atención a su diario, Zinnia siguió hablando.

—También me gustaría tener árboles frutales. Seguro que a la señora McFadden le encanta la idea, ¿verdad, señor Ross?

—No me cabe la menor duda —dijo el mayordomo sonriendo.

—¿Plantamos patatas? —siguió la niña—. Me gustan las patatas, pero no me apetece ser agricultora. ¿Qué opinas, Victoria?

Su amiga rio divertida.

—Le haremos un pequeño huerto a la señora McFadden. Cuando le hablé del proyecto me lo pidió encarecidamente.

—¿Qué flores te gustan a ti, Victoria? —preguntó Zinnia antes de seguir comiendo.

—Las rosas —dijo sin pensarlo apenas—. Son mis favoritas. Y también me gustan mucho las campanillas y las dedaleras.

—Claro, por eso te gusta ese horrible cuadro que te empeñaste en colocar sobre el piano —dijo la niña—. A mí no me gustan demasiado las rosas. Son bonitas, pero huelen mal.

—¿Las rosas huelen mal? —Se rio Victoria.

La niña asintió.

—¿No te has dado cuenta? Huelen a muerto.

—¿Qué? —Soltó una carcajada y se tapó la boca para ahogar su risa.

—Es la verdad. Las rosas huelen a muerto cuando las colocas en un jarrón.

—Pues no las colocaremos nunca en un jarrón —dijo Victoria—. ¿Lo ha oído, señor Ross? Nada de rosas en los jarrones.

—Sí, señora, así lo haremos.

Alasdair la miraba por encima del periódico y se preguntó qué narices había pasado a su esposa esa noche para que se levantase de tan buen humor.

—Tengo que salir —dijo de pronto.

Victoria se lle vó un pedacito de pan a la boca mirándolo con interés.

—Voy a ver a Fergus MacTavish a su casa.

—¿Vas a ir solo?

Él levantó una ceja sorprendido.

—¿Crees que necesito protección?

—No me gusta ese hombre.

—Fergus no es un hombre, es una rata —dijo Zinnia.

Los dos la miraron sorprendidos y la niña fingió estar muy interesada en las miguitas de su plato.

—Más motivo para no ir solo —insistió Victoria.

—Todavía puedo defenderme, si es necesario —dijo él con una torcida sonrisa.

—¿Por qué no mandas un aviso a Anthony para…?

—Agradezco tu preocupación, pero mejor sigue pensando en ese jardín. De mis asuntos me ocupo yo.

Ella suspiró sin protestar y él deseó estar a solas para decirle lo que pensaba de sus suspiros, pero Zinnia no les quitaba la vista de encima y decidió que lo mejor era poner distancia con ella y su buen humor de esa mañana.

Por algún motivo, su buena disposición y amabilidad lo estaban sacando de sus casillas.

—Bien —dijo poniéndose de pie—. Que tengáis un buen día. No dejéis que Alpin os tome el pelo.

—¿Quieres que esté en la reunión con vosotros? —preguntó la niña cuando se quedaron solas.

—Por supuesto. Esto es cosa de las dos.

El señor Alpin era un hombre de pocas palabras y, al parecer, necesitaba tiempo para pensarse la propuesta que le había hecho Victoria.

—¿Y está segura de que al señor McEntrie le parece bien esto? —preguntó después de unos minutos de espera.

—Muy segura.

—¿Y quiere que trabaje aq uí hasta la primavera?

—O hasta que termine —puntualizó Victoria—. No sé cuánto puede llevarnos el trabajo.

—¿Ustedes dos van a ayudarme?

Las dos mujeres asintieron al unísono.

—Es un trabajo muy duro, señora. ¿Están seguras?

—Somos más fuertes de lo que se cree —dijo Zinnia—. He movido rocas con las que algunos hombres ni se atreverían.

Victoria sonrió al ver la cara del hombre.

—No se preocupe, no nos asusta el trabajo y seremos muy obedientes.

—Lo primero será hacer el diseño. ¿Tienen algo pensado o prefieren que sea yo el que…?

Zinnia no lo dejó terminar, empezó a hablar sin parar de todo lo que había pensado, de las plantas que quería, la disposición y un montón de cosas que al jardinero no parecieron asustarle.

Victoria la dejó hablar consciente de que todo aquello lo hacía por ella.

Verla tan entusiasmada y feliz le demostró que había tenido una gran idea.

Mientras la escuchaba su mente se alejó de allí hacia un lugar menos alegre.

Habría querido acompañar a Alasdair a ver a ese MacTavish.

No le gustaba nada ese hombre. El odio que había visto en sus ojos dirigido hacia Alasdair se había quedado impreso en su retina.

No sabía lo que quería de él, pero de lo que estaba segura era que no se trataba de dinero.