CAPÍTULO 43

Alasdair apoyaba una mano en la repisa de la chimenea, mientras con la otra sostenía su tercer vaso de whisky de la noche.
El fuego crepitaba y le gustaba escuchar el crujido de los troncos.
Era como si alguien estuviese partiendo ramitas cerca de su oído.
Hacía horas que la cena se había servido sin él.
Tampoco había almorzado. No había comido nada desde el desayuno.
—¿Una mala noche? —preguntó Owen con su tono burlón.
—No me acuerdo de la última vez que tuve una buena —masculló él.
—Pensaba que tu noche de bodas había sido de lo más satisfactoria.
—Cállate.
—Tu mujercita estará esperándote en esa enorme cama, no deberías dejarla sola. A saber qué cosas podría pensar.
Se giró hacia la butaca en la que su amigo invisible se divertía a su costa.
—¿Cuándo vas a desaparecer?
—Tú sabrás. —Owen se puso de pie y comenzó a boxear contra el aire, como si estuviese entrenando—. Yo estoy muy cómodo aquí, la verdad. Me gusta esta casa.
Alasdair dejó caer la cabeza como si no tuviera fuerzas para sostenerla.
—Lo de la tela de araña ha sido muy cruel, ¿no crees? —Owen estaba a su lado y le ponía una mano en el hombro—. ¿Arrancarle las alas? ¿Despedazarla? ¿Qué eres, un monstruo?
—Tenía que saber dónde se ha metido —dijo entre dientes.
—¿Crees que no lo sabe? Se lo explicaste muy bien, idiota. —Soltó una carcajada cargada de desprecio—. Te ama desde hace años. ¿Lo sabías y aun así dejaste que yo me ilusionara y le pidiera matrimonio?
Alasdair se giró hacia él furioso.
—¡Tú querías a Arlene! Cambiaste de opinión cuando te diste cuenta de que no tenías nada que hacer con ella.
—Cierto. Pero se te olvidó mencionar el pequeño detalle de que tú estabas interesado en Victoria. ¿No crees que eso habría modificado algo mi percepción del asunto? Llámame loco, pero yo creo que esa información habría tenido algún peso para mí.
—No lo sabía —musitó.
Owen levantó las cejas y sonrió con cinismo.
—¿Qué no sabías?
—Que estaba interesado. Creía…
El otro esperó a que continuara, pero Alasdair le dio la espalda y apuró el contenido de su vaso.
—¿Te acuerdas de aquel verano? —Owen fue hasta la mesa en la que estaban colocadas las piezas de ajedrez y se quedó observándolas con una mano en la barbilla, como si estuviera pensando en el siguiente movimiento—. ¿Cuántos años teníais? ¿Trece? ¿Catorce?
Alasdair cogió la botella y rellenó su vaso sin responder.
—Catorce, claro —dijo Owen riendo—. No te separaste de ella durante su estancia en Slioscreige .
—Éramos dos críos —musitó antes de llevarse el vaso a la boca.
—Todos lo éramos, sí. Yo entonces aún tenía madre. —Suspiró exageradamente—. Esto de estar muerto es la hostia, lo siento todo y no puedo hacer nada.
Alasdair giró la cabeza para mirarlo.
—Si te hubieses declarado cuando llegó con Clementine, yo seguiría vivo —dijo Owen y lo miró con ojos vacíos y sin emoción.
Alasdair apretó tanto el vaso en su mano que el cristal crujió peligrosamente. Aflojó la presión, no quería perder el líquido que contenía y se lo llevó a los labios bebiendo con fruición.
—Cuando llegaste con ella sobre tu caballo me di cuenta —siguió Owen—. Lo vi en tu cara.
—Mentira.
—Oh, sí. Sabes que lo vi.
Alasdair sintió que le subía la temperatura.
—¿Por qué no me dijiste que ibas a proponerle matrimonio?
Owen chasqueó la lengua y se encogió de hombros.
—Temía que te adelantases.
—No lo habría hecho. No estaba…
—¿Seguro? ¿Enamorado? —Owen soltó una carcajada—. ¿Sigues empeñado en negarlo?
—No.
—La amas.
Silencio.
—¿No puedes hacerla feliz sin más? —siguió hablando Owen.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tú no sales de mi cabeza —dijo mordiendo las palabras—. Estás ahí todo el puto día torturándome. Cada vez que la tengo delante apareces.
—Cierto. —Se rio Owen—. Casi os estropeo su primera vez.
Alasdair apretó la mano derecha y el vaso se hizo añicos al recordar todo lo que sintió y pensó en esos momentos. Notó la cálida humedad de su sangre, pero no miró siquiera.
—Me estás volviendo loco —musitó.
—No soy yo. Eres tú. Deberías preguntarte por qué lo haces —dijo acercándose a él hasta estar a menos de medio metro de su cara—.
¿Por qué haces esto, Alasdair? ¿Por qué no me dejas ir?
¿Por qué la culpa te está comiendo por dentro?
¿Sientes sus dientes arrancándote las entrañas?
Dejaste que diera el paso sabiendo que ella te amaba a ti.
—No lo sabía.
—Sí lo sabías, pero tuviste miedo. Miedo de que no fuera ella, de que te estuvieses confundiendo. Miedo de comprometerte.
—Te dijo que sí.
—¡Oh! ¡Acabáramos! —Owen torció el gesto—. ¿La pusiste a prueba? ¿Tan poco confiabas en ella que necesitabas que me rechazara?
Alasdair desvió la mirada.
—Todo esto está en mi cabeza —musitó—. No es real. No es real.
Owen se rio a carcajadas.
—Ahora es tuya. Disfrútala —siguió riéndose—. Sube a ese cuarto y goza de su cuerpo. La deseas, no hay más que verte.
Alasdair le dio la espalda, pero al hacerlo Owen volvía a estar frente a él.
—Podemos tenerla los dos —susurró—. Yo estaré ahí cada vez que la hagas tuya. Serán mis manos desnudas las que acaricien su delicada piel, aunque ella solo podrá sentir tus asquerosos guantes.
—Basta. —Se llevó las manos a la cabeza y la herida de la mano le escoció en contacto con su pelo.
—No, Alasdair, no voy a parar. Voy a seguir torturándote hasta que Zinnia sea feliz, ya te lo he dicho. Le quitaste lo único que le quedaba y pagarás por ello. Los dos pagaréis por ello.
Alasdair fue hasta su butaca y se dejó caer en ella agotado.
Sentía un vacío profundo en el pecho y un terrible dolor de cabeza.
El cuerpo le ardía y la mano seguía sangrando.
Cerró los ojos recostado en el respaldo y recordó el modo en el que ella lo acarició en aquella cama.
Sus tímidas manos eran tan torpes que lo abrumó un sentimiento oscuro y posesivo.
En ningún momento dejó de sentir la presencia de Owen.
Estaba allí, tocándola, dentro de ella… Se le retorcieron las tripas y cerró el puño haciéndose daño en la herida.
Había cumplido, era su esposa. No volvería a tocarla.
Nunca. Acabaría volviéndose loco si lo hacía.
Se llevó la otra mano a la entrepierna y se acomodó la erección que le presionaba los pantalones.
Después fijó la vista en el fuego y deseó poder desaparecer.
—Nunca la has tocado —dijo Owen—. No has sentido la suavidad de su piel en la yema de los dedos. Solo la has tocado con esos asquerosos guantes.
—No es cierto —musitó Alasdair sin apartar los ojos de las llamas—. La sentí cuando me acarició las manos. Y también sentí el calor de su cuerpo en el mío.
Suspiró y se miró la mano mutilada con tristeza.
—No debí decirte que el libro que habías lanzado al fuego era el favorito de tu madre —musitó—. Debería haber dejado que se quemara.
—Hay tantas cosas que no deberías haber hecho —respondió Owen burlón—. Esa será tu condena, amigo mío.