El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42



Victoria y Zinnia aprovecharon el viaje a Lanerburgh para hacer algunas compras.

Zinnia se hizo con un volumen nuevo para su biblioteca y Victoria adquirió una cinta nueva para su bolsita, pues la que llevaba se había deshilachado.

Cuando salieron de la librería se dirigieron a la herrería para encontrarse allí con Alasdair.

—¿Quién es ese hombre con el que está discutiendo? —preguntó Victoria al verlos en la calle.

—Fergus MacTavish —respondió la niña con expresión de desprecio—. Es una mala persona, puso clavos en la comida de los caballos de los McEntrie.

Victoria había oído hablar de él y aceleró el paso para acercarse.

—…mi padre estaba confundido, solo eso —decía MacTavish cuando llegaron hasta ellos—. Oh, señorita Reid y…

—Victoria Crawford —respondió Victoria y Alasdair se giró hacia ella y la fulminó con la mirada—. McEntrie, quiero decir. Victoria McEntrie.

Fergus abrió la boca. Tenía una expresión entre sorprendida y burlona.

—¿McEntrie? ¿Es tu cuñada? ¿Tu prima? —Abrió más los ojos—. ¡No me digas! ¿Tu esposa?

A Victoria sus carcajadas le resultaron repugnantes. Había algo despreciable en aquel hombre que, a pesar de ser joven, tenía un aspecto envejecido y desastrado.

—No tardaré —dijo Alasdair mirándolas a ambas sin demostrar la menor emoción—. Id a la librería, yo iré a buscaros.

—Por favor, Alasdair, no puedes ser tan desconsiderado —dijo Fergus acercándose a Victoria para cogerle la mano enguantada y besársela—. Encantado de conocerla, señorita… quiero decir, señora McEntrie.

Victoria sintió la presión de su boca y apartó la mano sin disimulo. Endureció el gesto. No tenía intención de disimular su repugnancia.

—Le agradecería que en lo sucesivo no vuelva a tocarme, señor MacTavish.

—Vaya, Alasdair… —Chasqueó la lengua al tiempo que negaba con la cabeza—. ¿Qué le has dicho a tu mujercita sobre mí?

—Nunca hablo de ti —dijo Alasdair en tono neutro.

Fergus la observaba con sus pequeños ojos y Victoria sintió que la repugnancia crecía en su estómago.

—Es una Wharton, ¿verdad? ¿Qué pasa con ellas? ¿Os las rifan? Ya no hay ingleses en Inglaterra. —Soltó otra carcajada—. No debe de quedar ninguno si ha preferido casarse con un escocés lisiado.

Victoria sintió que la sangre abandonaba su rostro y caía a sus pies.

Se le retorció algo en el pecho y de no haber recibido una exquisita educación, sus uñas estarían ahora clavadas en los ojos de ese despreciable hombre.

En lugar de eso dio un paso hacia su esposo, se agarró de su brazo y pegó su cuerpo a él sin recato.

Iba a responderle como merecía, pero la voz de Alasdair sonó en sus oídos dura como el acero.

—Tenemos cosas de las que hablar. Marchaos y esperadme como os he dicho. —Se libró de su agarre con gesto suave y miró a su esposa a los ojos dejando claro que era una orden.

Victoria sintió la violencia de su gesto a pesar de que sus movimientos habían sido como el terciopelo. Bajó la cabeza una vez dándose por enterada y se giró hacia su amiga.

—Vámonos, Zinnia. —La agarró del brazo y la arrastró hacia la librería.

La niña se volvió una vez esperando que Alasdair estuviese ya agarrando del cuello a Fergus, pero seguían en la misma posición en la que los habían dejado.

Durante el viaje de vuelta apenas hablaban.

Alasdair estaba de muy mal humor y Victoria seguía molesta porque se hubiese librado de ellas de ese modo.

Así que Zinnia intentó un par de veces entablar una conversación, pero acabó cansándose de sus monosílabos y se adelantó para disfrutar al menos del paseo hasta casa.

—¿Qué quería ese hombre? —preguntó Victoria en cuanto su amiga se alejó.

—No es asunto tuyo.

Lo miró confusa.

—¿No es asunto mío? —insistió—. Soy tu esposa.

Alasdair giró la cara y fijó sus ojos en ella. Una perversa sonrisa fue transformando su rostro, aunque no había en ella humor alguno.

—¿Crees que ser mi esposa te da derecho a saberlo todo de mí?

—Ese hombre es una mala persona. Sé quién es y lo que hizo. ¿Por qué hablarías con él? —Su tono sonó más irritado de lo que pretendía .

Alasdair entornó los ojos y giró ligeramente el torso mostrando interés.

—¿Qué te ha molestado exactamente? ¿Que te recordara que te has casado con un lisiado o que dejara constancia de que no conseguiste nada mejor en Inglaterra?

Ella sintió la puñalada entrando por el hueco entre sus costillas.

—No estás lisiado —dijo conteniendo sus emociones.

Alasdair levantó una ceja.

—¿No estoy lisiado? Vaya, veo que te preocupas más por mí que por ti. Haces mal, Victoria.

—Sé que lo odias —siguió ella sin inmutarse—. ¿Por qué parecía que eras tú el que estaba interesado en hablar con él?

Alasdair no respondió y durante un trecho Victoria tuvo que aceptar su silencio.

—No me tengas lástima. —La voz de Alasdair era apenas un murmullo—. Me matarás si me tienes lástima.

Victoria se giró hacia él con expresión sorprendida.

—No te tengo lástima —dijo rápidamente—. Yo… de verdad que no…

La mirada de su esposo la hizo enmudecer. Mostraba una tristeza tan profunda que le caló los huesos.

—Tú eres la que merece compasión. Eres la mosca atrapada en la tela de la araña. Y la araña va a comerte, Victoria. Primero te arrancará las alas y te dejará sin escapatoria. Después despedazará tu cuerpo y te comerá viva.

La sangre se le heló en las venas. Aquella mirada fija e intensa, tan fría que podía sentir cómo congelaba el aire de sus pulmones.

—No debiste casarte conmigo. —Se tocó el pecho—. Aquí solo hay dolor y rabia. Y ahora tengo con quién desahogarla. Rompepromesas .

Apretó los muslos y se adelantó para alejarse de ella.

Victoria detuvo su montura mientras trataba de respirar y un gemido escapó entre sus labios.

Se agarró con fuerza al pomo de la silla.

De nuevo aquella opresión en el pecho y el dolor intenso que le oprimía la garganta.

Metió una mano debajo de las mangas y se pellizcó el antebrazo con fuerza.

Una vez. Otra. Otra. No era suficiente, el dolor no cesaba y no podía respirar.

Se clavó las uñas hasta que sintió la cálida humedad en los dedos, solo entonces el aire entró en sus pulmones para después salir con una larga y sonora exhalación.

Un par de respiraciones más y pudo moverse.

Alasdair se giró una vez para asegurarse de que los seguía, pero no la esperó.

Nada había cambiado. A pesar de lo ocurrido la noche anterior, de sus caricias, de que la hubiese hecho suya…

Seguía odiándola, seguía mirándola como si ella no valiese nada.

Iba a usarla y a despreciarla, porque ella no significaba nada para él.

Estaba furioso con el mundo por lo que le habían quitado y necesitaba a alguien que pagase por ello.

Ella era ese alguien y se había metido sola en aquella oscura y lóbrega celda.

Mientras Meallan la llevaba hacia su destino se preguntaba cómo era posible amar a tu verdugo.

Entregarse a él la noche anterior había acabado por completo con cualquier duda que hubiese podido tener.

Lo amaba profundamente, tanto que prefería una vida de sufrimiento a cualquier otra en la que él no estuviese.

¿Estaba enferma? ¿Se había vuelto loca? Se puso la mano sobre el abrigo a la altura del antebrazo y sintió el escozor en la piel.

Recordaba muy bien al otro Alasdair, el que hablaba con los animales e iba siempre acompañado por sus amigos.

Una triste sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en la primera vez que lo vio perseguido por una cabra.

Tenía catorce años y había ido a pasar unos días del verano a Slioscreige junto a Clementine, tía Emma, tío Edward, Robert y Anne.

Clementine y ella se aburrían mortalmente en Londres, por eso cuando tía Emma les propuso acompañarlos a Escocia, las dos dijeron que sí al instante.

Ya había estado antes, pero esa vez todo cambió. Alasdair era distinto.

«No te hará nada, tonta. ¿Por qué habría de hacerte daño? ¿Le has hecho algo acaso?»

El muchacho estaba agachado delante de la cabra y la miraba sonriente mientras la acariciaba. El animal baló varias veces y a Victoria le pareció que se reía.

«Ven, tócala, ya verás»

Ella lo hizo y contra todo pronóstico, le gustó.

Acabó riéndose a carcajadas de las ocurrencias de aquel escocés divertido y despreocupado que se pasó todo el tiempo que estuvieron allí de visita, llevándola de un lado a otro y mostrándole las maravillas de su mundo.

Ella no solía recibir atención, no era nada ocurrente ni sabía usar el jō .

Tampoco montaba a caballo y se asustaba fácilmente.

Era una niña solitaria, a la que le gustaba leer, el silencio y pasear entre árboles.

Ese año bajó a la mina por primera vez. Al regresar a Berksham quiso ser diferente, más atrevida.

Quería tener algo que contar, quería tener experiencias que luego pudiera compartir con aquel muchacho escocés tan divertido.

No dejó de pensar en él ni un solo día hasta que volvieron a verse.

Pensó incluso en escribirle, pero enseguida desechó la idea avergonzada.

Volvió tiempo después, por una invitación que Heather le hizo en una de sus visitas a los abuelos. A las dos les gustaba componer y, aunque la escocesa era mucho mejor que ella, lo pasaban bien juntas…

Se limpió una lágrima furtiva y carraspeó para aclararse la voz. Miró la cabeza del animal y en un gesto instintivo le acarició el cuello inclinándose suavemente.

—¿Te caigo bien, Meallan? Preferirías tener a una jinete experta que supiera hacer algo más que pasear contigo, ¿verdad?

Debes pensar que soy una persona muy aburrida porque no te hago galopar como Zinnia.

Lo siento —musitó—. De verdad. Podría pasarme horas leyéndote un libro sin cansarme, pero se me da muy mal todo lo demás.

Suspiró y se incorporó de nuevo. Aquella vez en Slioscreige Alasdair se comportó de un modo muy distinto con ella.

Apenas hablaban y ella se volvió invisible para él.

Owen, en cambio, siempre se las ingeniaba para estar a su lado.

Era amable y considerado, aunque estaba claramente interesado por Arlene Barclay, lo que hizo que ella se relajara en su compañía.

Ahora, visto todo aquello con la distancia de los años, comprendió todo lo que no fue capaz de entender en ese momento.

Había confundido unas atenciones que solo se debían al carácter afable y generoso de Alasdair, con algo más profundo.

El muchacho se compadeció de la inglesa asustadiza y simple que se pasaba el día leyendo o tocando el piano, mientras su prima era el centro de atención de todos con su personalidad arrolladora.

Y ella transformó esa compasión en un sentimiento profundo e imaginario.

Construyó una fantasía y la alimentó durante años imaginando lo que sentiría cuando volviesen a verse.

Observó el paisaje preguntándose cuánto tardaría en llegar la carta de Alasdair a Berksham.

No le había dejado leerla y temía que su padre pudiese adivinar la verdad si Alasdair no se había esmerado en disimular su falta de sentimientos hacia ella.

Se tragó las lágrimas que volvían a acosarla y respiró hondo tratando de recuperar la calma que ella sola se estaba quitando con aquellos pensamientos.

A su padre le causaría un dolor insoportable saber que su hija se había casado sin amor.

Siempre insistió en que era lo único que deseaba para ella.

Hacía un rato que ya no veía los caballos de Alasdair ni de Zinnia y supuso que ya habrían llegado a Reid House.

Al acercarse al sendero que llevaba a la entrada, decidió continuar con el paseo.

Tenía las emociones demasiado a flor de piel y no confiaba en su capacidad de controlarlas.

Así que apretó levemente los muslos y Meallan trotó un poco más rápido, como si pudiese saber que necesitaba alejarse de aquella casa.