CAPÍTULO 40

Abrió los ojos y parpadeó varias veces, esperando que la luz que entraba por la ventana dejara de cegarla.
Intentó moverse, pero estaba aprisionada por una roca.
O al menos parecía una roca. Giró la cabeza y se encontró con una mata de pelo negro sobre su hombro que en ese instante ronroneó como un gato y la aprisionó aún más.
—Buenos días, Victoria McEntrie —murmuró una voz ronca y relajada.
Los acontecimientos de la noche pasada volvieron a ella con claridad cuando notó una punzada entre los muslos. Alasdair la atrajo hacia su cuerpo y ella sintió la poderosa erección entre sus piernas.
—Buenos… días —titubeó nerviosa.
—¿Has podido descansar al fin? —preguntó él con la misma voz profunda.
—¿Al… fin? —Giró de nuevo la cabeza y se topó con unos ojos verdes que la escrutaban.
—Has tenido una pesadilla —dijo él apartándose para que pudiera moverse—. ¿No te acuerdas? Estabas muy asustada.
Victoria se colocó hacia él mientras se sumergía en sus pensamientos. Recordaba haber tenido su sueño, pero esta vez había sido distinto. En esta ocasión el fantasma le había hablado. Quiso acariciarle el rostro, pero él no dejó que se acercara.
—¿Hace cuánto tiempo que tienes esa pesadilla? —preguntó él.
—No es una pesadilla —dijo rápidamente—. Y ya te lo dije.
Él no respondió y Victoria se preguntó si pretendía ponerle una trampa. ¿Es que no la creyó cuando le dijo que hacía años que la tenía? Permaneció en silencio observándolo y dejando que él la observara a su vez.
—Me costó mucho tranquilizarte —musitó él—. Dijiste que esta vez había sido distinta.
Ella hizo ademán de levantarse, no quería seguir hablando de ello. Al apartar las sábanas dio un respingo y volvió a taparse rápidamente.
—Estoy desnuda —dijo horrorizada.
—Lo sé —se burló él.
—¿Dónde está mi camisón? —Buscó a su alrededor y lo vio tirado cerca de la chimenea.
—De verdad no te acuerdas de nada —musitó él.
La niebla de su mente se despejó lentamente y se recordó sentada en su regazo.
Lo contempló incrédula. La había acunado como a una niña y después…
Como si de un castillo de naipes se tratara, las imágenes cayeron sobre ella una tras otra mostrándole lo ocurrido.
Su rostro fue subiendo de tono hasta que se puso tan rojo que sus ojos brillaban como dos luminarias.
Se cubrió la cabeza con la sábana. Se había desnudado delante de él. Le había pedido que…
—¡Oh, Dios mío! —gimió avergonzada.
La risa de Alasdair resonó en el cuarto. Apartó las sábanas y lo vio levantarse de la cama completamente desnudo. Su cuerpo era tan hermoso que sintió que se quedaba sin respiración. Él se volvió sin el menor pudor mostrando una enorme disposición para complacerla.
—No tienes más que pedírmelo —dijo con una risita perversa.
Ella volvió a cubrirse la cabeza y gimió al tiempo que pataleaba.
Ni siquiera podía echarle la culpa al vino porque apenas había bebido.
¿Qué pensaría él? ¿Cómo podía haberlo tocado del modo en que lo había hecho?
No podría volver a mirarlo a la cara nunca sabiendo que él la había visto hacer aquellas cosas.
Algo eclipsó la luz y presionó el colchón a ambos lados de su cuerpo.
Asomó la cabeza y lo vio inclinado sobre ella. Seguía tan desnudo como antes.
—Soy tu esposo y puedes tenerme siempre que quieras —dijo juguetón—. A mí también me gustó.
Cuando ella hizo ademán de taparse la cabeza de nuevo, él no se lo permitió.
—Deja de esconderte, diablilla. No hay nada malo en que los esposos disfruten en el lecho. O en una silla, ya puestos.
—Oh, cállate. —Volvió a intentarlo y él volvió a impedírselo.
—¿Qué es lo que te avergüenza tanto? ¿Lo que hicimos o que fueses tú la que lo pidiera?
—Las dos cosas —dijo sin mirarlo.
—¿Crees que se te pasará si soy yo ahora el que lo pide?
—Es de día —dijo horrorizada.
—Ajá. —Apartó la sábana de un tirón dejándola expuesta—. Creo que de día también me funciona.
Subió a la cama de nuevo.
—Tus pezones me están retando —dijo sonriendo—. Son muy atrevidos y merecen un castigo .
Se inclinó sobre ella y atrapó uno de aquellos botones con los labios. Victoria se encendió al instante y dejó escapar un largo y profundo suspiro.
—Esto… no… está bien.
Él apartó su boca lo bastante como para poder hablar, pero no tanto como para que ella no sintiese su aliento en la delicada piel.
—Esto está demasiado bien, Victoria.
Cuando la tuvo exactamente donde quería, se detuvo para mirarla con ojos felinos. Le agarró la muñeca y levantó el brazo frente a ella. Estaba de rodillas entre sus piernas abiertas y Victoria se sentía expuesta y vulnerable.
—¿Qué es esto? —señaló él hacia las marcas en su antebrazo.
Victoria trató de liberarse de su agarre.
—¿Qué-es-esto? —repitió él con expresión muy seria.
—Nada.
—Son marcas de uñas. ¿Quién te las ha hecho?
—Nadie.
—Victoria, no pongas a prueba mi paciencia.
—De verdad que no es nada. Es una tontería. No pasa nada. —Volvió a tirar para soltarse—. No tendrías que haberlo visto.
—¿No tendría que haberlo visto? —La soltó con cierta brusquedad e hizo ademán de bajarse de la cama.
—¡No! —exclamó ella y se mordió el labio avergonzada al darse cuenta de que había sonado como una súplica.
Su esposo se sentó sobre los talones sin intentar ocultar su evidente erección.
—A veces… —titubeó ella—, cuando estoy nerviosa… me…
Él apretó los dientes y su mandíbula se marcó prominente.
—¿Te haces daño a ti misma?
—No es daño… es… solo…
Alasdair cogió de nuevo su muñeca y señaló con el índice de la otra mano.
— ¿Esto no te parece daño? Tienes pequeñas cicatrices por todo el brazo, Victoria.
Ella retiró su agarre con brusquedad y se frotó las marcas visiblemente avergonzada.
—No las mires, si tanto asco te dan —masculló.
—¿Asco? —dijo contenido—. ¿Crees que me dan asco?
Volvió a cogerle el brazo y posó la boca sobre cada cicatriz con la lentitud de quien deshace un nudo bien atado. Una. Y otra. Y otra.
—Ahora mismo estoy tan furioso que podría…
Subió hasta su boca y le rozó los labios con la lengua. Victoria comprendió que su amenaza no hablaba de sufrimiento sino de un placer que ya conocía.
—Hazlo —dijo jugando con él.
El verde en los ojos del escocés se oscureció y una perversa sonrisa elevó las comisuras de sus labios.
—Si necesitas sentir dolor, pídemelo a mí —ordenó.
El corazón de Victoria se aceleró.
—¿Quieres hacerme daño?
Él se colocó en su entrada y se hundió dentro de ella.
—Haré que olvides ese deseo dándote uno mejor.
Victoria jadeó sin aire, se había olvidado de respirar.
—¿Me lo pedirás? —preguntó él moviéndose despacio.
Ella no respondió y su cuerpo se elevó buscando más fricción. Alasdair colocó una mano entre sus pechos y la empujó contra el colchón deteniéndose.
—Te he hecho una pregunta —dijo arrastrando las palabras.
Victoria asintió.
—Quiero oírlo, alto y claro.
—Lo haré.
—¿Qué harás?
—Te pediré… algo.
—¿Algo? —se burló él.
—Esto.
—¿Qué es esto?
Estaba tan roja que lo enterneció. Volvió a moverse sin apartar la mirada de aquellos ojos que se llenaban de lágrimas cuando el placer la inundaba.
La besó ansioso y se bebió sus lágrimas.
Después se deslizó hasta sus pechos y los acarició con el mismo anhelo hasta que la sintió romperse entre sus brazos.
Solo entonces se dejó ir de nuevo preguntándose si alguna vez sería suficiente.

Zinnia la observaba de soslayo mientras Victoria pinchaba un pedacito de huevo y se lo llevaba a la boca en silencio. Hasta el momento no había respondido a sus comentarios más que con monosílabos. Se fijó en Alasdair, que comía distraído mientras leía el periódico, y frunció el ceño.
—¿Salimos a montar? —preguntó.
—No —respondió Alasdair antes de que Victoria tuviese tiempo de levantar la cabeza.
Las dos lo observaron expectantes.
—Tenemos que ir a Slioscreige esta mañana —dijo él.
—¿Esta mañana? —dijo pálida—. ¿Por qué?
—Tenemos que informarles de nuestro matrimonio. También he escrito una carta para tus padres y la llevaremos a Lanerburgh.
—No era necesario, ya les he escrito yo.
Él arqueó una ceja sin cambiar de expresión.
—Por supuesto que es necesario. Debo explicarle la situación a tu padre.
—¿Yo puedo ir con vosotros? —intervino Zinnia, consciente de que se habían olvidado de ella.
Alasdair se encogió de hombros.
—Yo no quiero ir —confesó Victoria—. Es muy pronto. Podemos esperar a…
—Tienes desde ahora hasta que nos vayamos para encontrar las ganas —la cortó imperturbable y siguió leyendo.
—Disculpadme. —Se puso de pie irritada.
—Siéntate, Victoria —dijo él.
—Ya he terminado de desayunar, y si tengo que salir quiero cambiarme de ropa.
Él miró su plato y luego a ella.
—Siéntate —ordenó con voz suave.
Zinnia tenía la boca abierta y observaba la escena como si fuese una obra de teatro y ella la única espectadora. Le dieron ganas de gritar que no se sentara, pero se contuvo. Victoria se acomodó en su silla despacio.
—Come —ordenó él con expresión divertida.
Cogió el tenedor y pinchó una porción que se llevó a la boca. No le pasó desapercibida la decepción en el rostro de la niña.
Cuando acabaron de desayunar, Victoria subió a su cuarto a cambiarse de vestido y se puso uno de montar, ya que tanto Alasdair como Zinnia querían ir a Slioscreige a caballo. Cuando bajó al vestíbulo, los dos la esperaban impacientes.
—Me gustaría llegar antes del almuerzo —se quejó él dejándola pasar delante.
—Haberme avisado —respondió ella saliendo detrás de Zinnia.
Su esposo se inclinó para bajar el tono.
—He tenido la boca ocupada toda la noche.
Ella aceleró el paso como si la persiguiese un animal salvaje y Alasdair soltó una carcajada que resonó en el vestíbulo.
Moss corrió hacia ellos y saltó alrededor de Victoria ignorando a Alasdair que ya había subido a su caballo.
—Buenos días, precioso —dijo ella agachándose frente al can y agarrándole la cara entre las manos—. ¿Cómo está mi adorable cachorrito?
—No es un cachorro —negó Alasdair malhumorado.
—Para mí sí lo eres, ¿verdad, tesoro?
—No le gustan las carantoñas —gruñó él.
—¿No te gustan, bribón? —Se rio al ver que el animal movía la cola con entusiasmo—. Yo creo que sí.
Chispas se unió al grupo y Victoria tuvo que acariciarlo también.
—¿Vamos a estar aquí hasta el mediodía? —El escocés maniobró con su caballo para dirigirse al sendero.
Victoria usó la banqueta para subirse a Meallan y pasó por delante de Zinnia, luego rebasó a Alasdair y trotó delante de ellos seguida por sus dos guardianes.
—Al parecer te has quedado sin amigos —dijo Zinnia burlándose de él.
Alasdair apretó los labios para no decir lo que pensaba.
Cuando Zinnia se adelantó, Alasdair aprovechó para colocarse al lado de su esposa.
—¿A qué viene esa cara?
—Lo sabes perfectamente.
Alasdair contuvo una sonrisa perversa.
—¿Te molesta mucho?
—Lo has hecho a propósito.
—Aunque no me creas, te irá bien para recuperarte.
—¿Que me irá bien? Eres muy retorcido, Alasdair.
—¿Te duele?
—Claro que me duele. Y no finjas que no sabías que me dolería. Tienes demasiada experiencia para eso.
—¿Cómo sabes que tengo mucha experiencia? —la provocó.
Ella gruñó entre dientes, apoyándose en los estribos para que la silla apenas la golpeara.
— ¿No recuerdas nada de lo que te enseñé? —Exageró sus movimientos para recordarle que debía moverse al ritmo del caballo, no en su contra.
Ella lo imitó y él la observó malicioso.
—¿Estás intentando ponerme en evidencia? —dijo colocándose el bulto de sus pantalones—. Si te mueves así solo puedo desear ser yo el que está debajo.
—¿Acabas de…? —Abrió la boca asombrada, aunque sintió cierto alivio al ver que Zinnia estaba lo bastante lejos—. ¿Cómo me hablas así aquí?
—Estamos solos.
—Pero… no estamos… —Señaló a su alrededor.
—¿Temes que Meallan se escandalice? Eso es porque no lo has visto montar a una yegua. Te lo enseñaré.
—Sé perfectamente cómo sucede.
—¿Ah, sí? Cuéntame.
—No.
—¿Por qué no?
Entornó los ojos para observarlo con atención.
—¿Te diviertes?
—Muchísimo. —Soltó una carcajada—. Hacía tiempo que no me divertía tanto, la verdad.
—Pues te agradecería que guardases tus juegos para la intimidad de nuestra alcoba.
Victoria se preparó para escuchar algo muy indecente.
—Pienso jugar en muchos sitios contigo, esposa mía. A plena luz del día y fuera de nuestra cama.
Apretó las piernas y la dejó atrás con las mejillas encendidas y un anhelo que empezaba a resultarle familiar.