El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39



El fuego de la chimenea iluminaba tenuemente la estancia.

Victoria, de pie junto a la cama, temblaba sin poder contenerse.

Alasdair la había observado mientras se despojaba del vestido, y seguro que no le había pasado desapercibido su evidente nerviosismo.

No se atrevió a quitarse la camisola y esperaba paciente a que él dijera o hiciera algo.

Alasdair se había sacado la camisa por fuera y se había quitado las botas, pero seguía prácticamente vestido.

Su mirada era extraña, una mezcla de curiosidad y tristeza que Victoria no supo cómo catalogar.

¿Estaba decepcionado? ¿Le resultaba desagradable?

¿Iba a rechazarla y a anular el matrimonio?

—¿Qué tengo que… hacer? —preguntó ella con timidez. Sus ojos volaron a la cama y luego de nuevo a él, interrogadores.

Tenía la cabeza repleta de ideas inconexas, cosas que había escuchado en conversaciones en las que se había sentido demasiado incómoda. Ahora se arrepentía de no haber dejado que Clementine la aleccionase. Alasdair inclinó ligeramente la cabeza observándola con más atención.

— ¿Harías cualquier cosa que te pidiese? —preguntó con voz ronca.

Ella no ocultó su temor, pero con una determinación que no reconocía como suya cedió.

—¿Cualquier cosa, Rompepromesas? —preguntó burlón.

Victoria se mordió el labio y bajó otra vez la cabeza.

Sentía las piernas tan entumecidas que temió que no la sostendrían mucho tiempo.

Alasdair no dijo nada. Se dio la vuelta y salió de su dormitorio.

Ella no se movió, esperando. Los minutos pasaron y un frío helado corrió por sus venas como un veneno.

La había dejado sin más. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sorbió las que se habían colado en su nariz.

Miró a su alrededor. Era una habitación confortable y espaciosa.

Reparó en la bañera del rincón y recordó la primera vez que masajeó sus manos.

La autocompasión hizo el trabajo sucio. La había abandonado en su noche de bodas.

Sin una palabra. Se acercó al espejo de cuerpo entero situado junto a una cajonera y se contempló de arriba abajo con tristeza.

La camisola arrugada no resultaba muy favorecedora.

Seguía con el recogido que Lilias le había hecho y un sollozo se le escapó entre los labios.

—¿Por qué lloras, estúpida? ¿Qué pensabas? Te odia. Solo se ha casado contigo para torturarte. Da gracias de que ha optado por el desprecio y no por algo más expeditivo.

Apartó aquellos pensamientos horribles de su mente y dejó escapar el aire muy despacio.

Fue hasta el tocador y se soltó el pelo.

Se masajeó el cuero cabelludo buscando alivio y después fue hasta la cama, sobre la que alguien había dejado uno de sus camisones.

Sonrió al ver que era el más bonito que tenía, seguro que había sido Fiona.

Se lo puso y regresó al tocador. También allí estaban sus cosas.

Cogió el cepillo y empezó a cepillarse el pelo mientras se paseaba por el cuarto.

Se detuvo frente al ventanal que daba a la terraza.

Sin luna, la noche era cerrada, pero el cielo estaba plagado de estrellas.

Deseó que Cai hubiese llegado bien a casa.

Beth se alegraría de que no se hubiese quedado a dormir en Reid House. Se amaban. Mucho.

¿Cómo sería que te amaran? ¿Ver en los ojos de tu esposo una entrega total y absoluta como había visto en los de Anthony cuando miraba a Clementine?

La voz de Heather resonó entonces en su cabeza y la mano que sostenía el cepillo cayó a un lado.

«Es como si tu cuerpo se derritiese. Sientes fuego en las venas».

Se estremeció y sacudió la cabeza enfadada.

Dejó el cepillo en el tocador y se acercó a la chimenea.

No era normal que tuviese calor, era uno de enero y hacía mucho frío.

Fuera, porque allí el calor era insoportable.

Pero no se movió, sus ojos se quedaron fijos en las danzantes llamas durante unos segundos, mientras se preguntaba dónde dormiría él.

¿Se pasaría la noche despierto? ¿Estaría en el ala este, bebiendo hasta caer rendido?

La puerta se abrió de golpe y dio un salto involuntario.

—¿Qué…?

Alasdair se detuvo un instante como si algo lo hubiese sorprendido, pero enseguida entró con paso decidido y una bandeja en las manos.

—¿Puedes cerrar la puerta? —pidió al pasar junto a ella—. Tengo las manos ocupadas.

Ella obedeció confusa y después se quedó inmóvil.

Alasdair dejó la bandeja en una mesita y la acercó a la chimenea.

Arrastró una butaca y una silla y le hizo un gesto con las manos para que se sentara en la más cómoda.

Los pies de Victoria se movieron, aunque ella seguía igual de desconcertada.

Alasdair tenía una pronunciada arruga en el ceño cuando se sentó en la silla.

—No has comido postre —dijo él sin mirarla—. La señora McFadden me ha ayudado a preparar esto.

Victoria observó la bandeja y su corazón se aceleró al ver que había porciones de todos sus postres favoritos.

No solo los escoceses, como el Tipsy laird o el Cranachan , que a la señora McFadden le salían maravillosamente bien, sino también un pedazo del plum pudding que ella le había enseñado a hacer esas Navidades.

Alasdair debía de habérselo pedido hacía horas, para que le diera tiempo de prepararlos.

—¿Ha sido idea tuya? —preguntó con voz temblorosa.

Alasdair asintió y las lágrimas afloraron a los ojos de Victoria. Él deslizó el plato con el postre inglés para acercárselo.

—Come —dijo suavemente.

Victoria cogió la cuchara y sorbió por la nariz antes de llevársela a la boca con un pedazo de pudin.

—¿Por qué lloras? —preguntó él con voz ronca—. No debes temer nada de mí.

Ella siguió comiendo y limpiándose las lágrimas que se deslizaban torpes por sus mejillas.

—No voy a hacerte daño —insistió él.

Ella levantó la cabeza y clavó sus ojos en él.

—Te has ido sin decir nada —dijo como si eso lo explicase todo.

Alasdair arrugó el ceño sin comprender.

—He ido a buscar…

Victoria soltó la cuchara y lo miró dolida.

—¿Y se supone que yo debía saberlo? ¿Cómo? ¿Cómo voy a saber lo que se te pasa por la cabeza si no me lo dices?

—¿Creías que no iba a volver?

Ella asintió y sus enormes ojos le recordaron a los de un cachorro desamparado. El rostro de Alasdair se suavizó. Apartó la silla y se dio palmadas en el muslo.

—Ven aquí.

Victoria no se movió.

—¿Vas a empezar a desafiarme tan pronto? —se burló él—. Eres mi esposa y me debes obediencia.

—Aún no —respondió en tono apenas audible.

Alasdair tuvo que contener una carcajada.

—¿Qué has dicho?

—Aún no soy tu esposa.

Él extendió los brazos y la levantó de la butaca para colocarla sobre sus piernas. Victoria se contrajo al notar que le rodeaba la cintura con el brazo.

—Mírame —ordenó Alasdair y esperó hasta que lo hizo—. ¿De verdad quieres que lo hagamos definitivo?

Ella asintió.

—¿Estás segura? ¿Totalmente segura?

Volvió a asentir.

—¿Por qué?

—Ya lo sabes —dijo bajando la cabeza.

—He dicho que me mires.

Ella obedeció.

—¿Por qué? —insistió él.

—Porque te amo.

Una sombra cruzó los fríos ojos de Alasdair.

—Eres una tonta y una insensata —dijo con voz ronca y apartó el pelo de su hombro con suavidad.

Deslizó la tela del camisón y se inclinó para besar la suave piel.

Un estremecimiento la recorrió desde aquel punto concreto hasta la punta de los pies.

Alasdair deslizó la boca y fue subiendo por su cuello mientras la mano derecha enguantada se situaba detrás de su cabeza.

Y entonces la besó y ella no tuvo tiempo de prepararse para la vorágine de emociones que se desató en su pecho y en su estómago y que siguió bajando hasta el centro de su cuerpo.

Tanto le nubló la mente que no se dio cuenta de que se levantaba con ella y cuando él por fin separó su boca se encontró tumbada en la cama y todo su horizonte eran aquellos ojos verdes intensos, hambrientos, desconocidos.

Alasdair le bajó el camisón dejando los pechos a la vista y gimió entre dientes con una insoportable presión dentro de sus pantalones.

Envolvió uno de aquellos desvergonzados senos con su mano izquierda y Victoria se hundió en el colchón al notar que frotaba el duro botón con el guante.

—Quítatelo —pidió.

—No —dijo él con un gruñido.

—Por favor.

—He dicho que no. —Movió el pulgar sobre la delicada piel enhiesta.

—Es áspero. Tus dedos son suaves.

—Mis dedos son horribles.

—No es cierto —suplicó—. Por favor, amor mío, quiero sentirte.

Él dejó caer la cabeza sobre su pecho y respiró agitado.

Ella acarició su pelo con ternura y luego lo abrazó.

Alasdair despertó de aquella momentánea rendición.

Atrapó el pezón en su boca y se deleitó con él, succionando, mordiendo y torturándola con la lengua.

Victoria se olvidó de todo lo que no fuera aquella boca y se arqueó hacia él buscando más.

Lo quería dentro de ella, pero no se atrevía a pedirlo con palabras.

Gimió necesitada y se restregó contra él.

Alasdair se desabrochó el pantalón con una mano mientras dedicaba su atención al otro pecho.

Los gemidos de Victoria se intensificaban.

Se colocó entre sus piernas y las separó.

—Esta vez no será tan placentero —advirtió junto a su boca.

—Lo sé —dijo ella exhausta por la anticipación. Sentía la presión en su entrada y el corazón le latía desbocado.

Alasdair le sostuvo la mirada al empujar suavemente.

Se estaba conteniendo y una fina capa de sudor hacía brillar su frente.

Victoria bajó las manos por su espalda y las metió por dentro de los pantalones aferrándose a sus glúteos.

Cuando él sintió aquellas cálidas manos en sus nalgas estuvo a punto de hundirse hasta el fondo.

Jadeando por el esfuerzo apoyó de nuevo la cabeza en su pecho y empujó un poco más, hasta notar la resistencia esperada.

—Respira —susurró al notar que ella contenía el aliento—. Respira hondo, Rompepromesas.

Ella lo hizo y su pene la invadió por completo.

Victoria le clavó las uñas y él no supo si era para que se apartase o para que empujase aún más.

Victoria se hallaba sumergida en una profunda sensación de plenitud.

No entendía cómo podía conectar aquella invasión con un absoluto deseo de pertenencia.

—Más —musitó sin aliento—. Más.

Alasdair levantó la cabeza y la miró sorprendido.

—Te dolerá. Es mejor esperar.

—No importa —dijo convencida—. No temo al dolor. Otra vez. Por favor.

Él se moría de ganas de moverse y se deslizó despacio hacia fuera estudiando su expresión con detalle.

Empujó de nuevo y esta vez Victoria no contuvo sus gemidos.

Las manos en su trasero lo guiaban indicándole el ritmo que le gustaba.

Alasdair se habría echado a reír de no estar al borde del colapso.

Su torpeza y su ingenua inexperiencia encontraron el modo de comunicarse sin palabras y eso era lo más erótico que él hubiese experimentado jamás.

Ella tenía los ojos cerrados y se mordía el labio al tiempo que se arqueaba, se estremecía y movía la cabeza casi con desesperación, y él se sintió poderoso y completo por primera vez en mucho tiempo.

Se movió más rápido, con un ritmo constante y profundo.

Ella soltó un gritito al notar el fuego que la abrasaba por dentro.

Ese fuego del que había hablado Heather y que ahora sentía corriendo por sus venas amenazando con hacerla estallar en llamaradas.

Alasdair había perdido toda contención y la pasión se arremolinaba en el punto exacto en el que convergían sus cuerpos preparándose para el clímax.

—Te amo —susurró ella.

Él gimió y empujó más fuerte.

—Te amo, Alasdair —repitió mirándolo con ojos vidriosos.

Le cubrió la boca con la mano enguantada y el placer los arrolló.

—No volverás a llamarme rompepromesas —jadeó ella cuando pudo hablar.

Su esposo levantó la cabeza y la observó sin moverse.

—He cumplido la que te hice —insistió ella respirando con dificultad.

Él asintió despacio y salió de ella dejándose caer en la cama. Victoria se colocó de lado, dándole la espalda, y se cubrió con las sábanas sin arreglarse el camisón.

Alasdair escuchó sus amortiguados sollozos, pero no se movió.