CAPÍTULO 38

Cai entregó los regalos al señor Ross y miró a su hermano y a todos los criados con curiosidad.
—Estáis todos muy elegantes —dijo.
—Es Hogmanay —respondió Alasdair con indiferencia.
Cai tenía el ceño fruncido y repasó de nuevo a los miembros del servicio antes de volver a fijar la vista en las dos mujeres.
Victoria tenía dos chapetas rojas en las mejillas, evidente signo de turbación, mientras que Zinnia evitaba que sus ojos se cruzaran.
No dijo nada al respecto, consciente de que su hermano no dudaría en echarlo si lo irritaba.
—¿No vas a ofrecerme ni una copa? He venido a bendecir esta casa para el nuevo año.
—Has llegado tarde. —Alasdair señaló hacia la puerta—. Se te han adelantado.
—Aun así.
Alasdair dudó unos segundos más, pero finalmente hizo un gesto a las damas y luego los dos las siguieron.
—¿Te ha tocado la rama más corta? —dijo burlón Alasdair.
—Era entre John y yo, hermanito. Adam no está y los demás son rubios o pelirrojos. —Hizo una pausa para beber un sorbo y luego sonrió divertido—. Ha sido una moneda.
Alasdair contuvo la sonrisa, pero Victoria supo que le había hecho gracia. El parecido entre Cai y su hermano era evidente. Los dos tenían una abundante cabellera negra, unos ojos verdes preciosos, aunque los de Alasdair eran más oscuros que los de su hermano. Y Cai era algo más bajo.
—¿Qué ha querido decir ese hombre? —preguntó Zinnia, que ya había esperado bastante—. Ha dicho que quería ver la que será su casa. No puedes vender lo que no es tuyo, Alasdair.
—No voy a vender nada.
—No puedes —repitió la niña—. Nada de esto es tuyo. ¡Nada!
—Zinnia, cálmate —dijo Victoria cogiéndola de la mano.
—¿Qué ha querido decir ese hombre? —repitió, esta vez mirándola a ella.
Victoria se volvió hacia Alasdair, que tenía una expresión tensa en el rostro.
—¿Quién es ese McKenzie y por qué se ha presentado aquí esta noche de tan mala manera?
Alasdair se mantuvo en silencio frente a ella.
—Callum McKenzie es un cretino —dijo Cai al ver que nadie respondía—. Tiene mucho dinero y pocas luces. Se dedica a quitarle la tierra a todo el que puede. No hay que tenerle miedo, es un bravucón al que se le va la fuerza por la boca.
Se hizo un tenso silencio.
—Nos ha traído malos augurios —musitó Zinnia con ojos vidriosos—. A saber qué desgracias nos asolarán este año por su culpa.
Victoria le apretó la mano con cariño.
—No creas en supersticiones, Zinnia. Sus deseos son solo eso: deseos. No existe lo sobrenatural y no debes temer nada .
La niña clavó sus ojos en Alasdair con una expresión extraña que a Victoria le erizó el vello de la nuca.
—Brindemos por mil ochocientos cuarenta y dos —dijo Cai levantando su copa—. Porque sea un magnífico año repleto de paz, amor y bienestar. ¡Bliadhna mhath ùr!
—¡Bliadhna mhath ùr! —respondieron los otros tres devolviéndole la felicitación para el año nuevo.
Bebieron y Alasdair se puso de pie.
—Vete ya —dijo sin preámbulos—. Es tarde y no vas a cabalgar borracho.
—Pensaba quedarme a dormir aquí —dijo Cai poniéndose de pie también—. ¿No tenéis una habitación vacía? Puedo usar ese sofá.
—No. Es Hogmanay , no dejarás a tu esposa dormir sola esta noche.
Cai sonrió feliz al pensar en Beth.
—Tienes razón, mejor me voy ya. —Se giró hacia Zinnia—. No hagas caso a McKenzie. Le pediré a Craig que investigue de qué va todo esto. Seguro que averigua algo.
—No metas a Craig en esto —ordenó Alasdair—. Bastante mal se llevan ya como para que lo inmiscuyas. Yo me encargo.
—Pero él…
—He dicho que yo me encargo. Lárgate de una vez.
Cai lo abrazó sin pedir permiso y Alasdair no tuvo más remedio que devolverle el abrazo. Acompañaron al visitante hasta su caballo y lo despidieron con preocupación.
—La noche es muy oscura —musitó Victoria—. ¿Ese farol será suficiente?
—Cai conoce estas tierras como la palma de su mano y Caorann también —dijo refiriéndose al caballo de su hermano—. Estarán bien.
Volvió a entrar en la casa y ellas lo siguieron heladas de frío.
—Me voy a la cama —dijo Zinnia dirigiéndose a la escalera de servicio—. Buenas noches.
—Buenas noches, querida —dijo Victoria con dulzura.
—Zinnia —la detuvo Alasdair.
Esperó a que la joven se girara hacia él.
—No permitiré que Callum McKenzie ponga un dedo sobre lo que es tuyo. Te doy mi palabra.
Zinnia no respondió. Levantó ligeramente el mentón, se agarró la falda y se dio la vuelta para marcharse. Victoria se mordió el labio con preocupación. Los hombros caídos de Alasdair evidenciaban su frustración. Lo siguió hasta la biblioteca y lo vio dirigirse al mueble de las bebidas de nuevo.
—Ya hemos bebido mucho esta noche —dijo con timidez.
Él se sirvió whisky en un vaso y se giró para beber con los ojos fijos en ella.
—¿Te crees que ahora vas a decirme lo que puedo o no puedo beber?
—No pretendía…
—Que nos hayamos casado no te da autoridad frente a mí, Victoria. Al contrario, es a mí al que le da autoridad sobre ti.
—Lo sé —dijo ella con resignación.
—Bien. Que tengas las ideas claras nos facilitará la vida a todos.
—¿Puedo preguntar por lo que ha pasado esta noche? —dijo con calma.
Alasdair asintió con un movimiento tan ligero que no estaba segura de si se lo había imaginado. Aun así, se arriesgó.
—¿Owen tenía deudas con ese hombre?
—Sí.
—Si es tan despreciable como ha dicho Cai…
Alasdair se sentó en la butaca y suspiró con cansancio mientras ella ocupaba la butaca gemela frente a él.
—Owen le pidió a su abogado, Edward Hayles, que buscase a alguien dispuesto a prestarle dinero de forma discreta. Él confiaba plenamente en Hayles y no quería saber quién era el prestamista. —Apartó la mirada incómodo—. Supongo que le daba vergüenza.
Victoria asintió comprensiva, no debió de ser fácil para Owen.
—Entonces, ¿de verdad hay problemas de dinero?
—Lo solucionaré —dijo con expresión turbia—. Soy perfectamente capaz.
—Si puedo ayudar en algo…
—¿Tienes cuatro mil libras disponibles? —preguntó con sarcasmo.
Victoria empalideció.
—¿Cuatro mil libras? —Ahogó un grito cubriéndose la boca con la mano—. Pero eso es muchísimo dinero.
—Los intereses por impago son muy altos —masculló él—, se han ido acumulando durante todo este año.
—Sé que echaste a uno de los arrendatarios… ¿Es porque no están pagando?
—Eso no me ayuda nada, no.
—Pero… ¿qué vas a hacer? ¿Cuál es el plan? Quizá si hablásemos con ellos y les explicásemos que…
—¿Quieres que haga público que Owen debía tanto dinero? ¿En serio me estás diciendo eso, Victoria?
—¿Qué más da que se sepa? Lo importante…
—¿Qué más da que se sepa? ¿Sabes lo que hace alguna gente cuando ve a otro al borde del precipicio? ¡Lo empujan, Rompepromesas!
Ella perdió un poco más de color.
—Soy tu esposa, no puedes llamarme así.
—Aún no eres mi esposa —dijo apurando el contenido de su vaso .
Lo dejó sobre la mesita con brusquedad y se puso de pie para dirigirse hacia ella.
—Vamos a solucionar eso.
La agarró de la mano y tiró de ella para salir de la biblioteca.
—¿Qué haces? —El terror se apoderó de Victoria, que caminaba a trompicones detrás de él.
Alasdair se detuvo en el pasillo y la levantó en sus brazos como si no pesara nada.
—Voy a convertirte en una McEntrie, Rompepromesas.