CAPÍTULO 37

Victoria se puso el precioso vestido color marfil que había metido en su maleta para una ocasión especial.
Era un color que le sentaba bien, sobrio y sin adornos llamativos.
Alasdair la esperaba vestido con una levita oscura y una faja de tartán McEntrie cruzada en el pecho.
La trató con una cortesía contenida que Victoria no había visto en mucho tiempo, y le resultó más desconcertante que su crueldad habitual.
Hicieron la declaración frente a Zinnia y a los miembros del servicio, reunidos en la biblioteca sin más adorno que las velas encendidas en los candelabros.
Alasdair ofreció su mano derecha enguantada.
Victoria colocó la suya desnuda encima y Zinnia las ató con la tira de tartán que habían preparado para la ceremonia.
—Yo, Alasdair McEntrie, te tomo a ti, Victoria, como esposa.
Victoria estaba segura de que los latidos de su corazón eran audibles para todos los presentes.
—Yo, Victoria Crawford, te tomo a ti, Alasdair, como mi esposo.
Cogieron cada uno de un cabo del cordón, deslizaron las manos y tiraron hasta formar un apretado nudo.
El señor Ross le entregó el quaich con whisky a Alasdair, que bebió sin dejar de observarla.
Luego él se lo pasó a Victoria, que bebió también.
Cuando ella le devolvió el recipiente al señor Ross, detectó en su expresión una clara chispa de temor y, curiosamente, eso hizo que sus manos temblaran de nuevo.
Miró a Alasdair interrogadora y él se inclinó y la besó suavemente en los labios como respuesta.
La señora McFadden se llevó una mano a la boca con cierto pesar, mientras que el señor Ross y la señora Brown firmaban el documento que el propio Alasdair había redactado.
—¿Cenamos? —preguntó el novio, deseoso de acabar con aquello de una vez.
Estoy casada. Estoy casada. Estoy casada .
Esas palabras se repetían en su cabeza como el martillo de una fragua, que trata de moldear la hoja de una espada a base de golpes.
Alasdair y Zinnia hablaban de otro Hogmanay en casa de los McEntrie y Victoria percibía el enorme esfuerzo que estaban haciendo para sonar distendidos.
Como si aquella fuese una verdadera celebración.
Disfrutó de la sopa con ciruelas pasas. Del salmón ahumado, cortado en lonchas finas y colocado sobre pan de centeno.
A continuación les sirvieron carne de venado, asada con hierbas silvestres, bayas de enebro y con una deliciosa salsa de grosellas.
Victoria fue picoteando aquí y allá cada plato que le servían.
El corsé le apretaba demasiado y los nervios habían dejado su estómago con la capacidad de una cáscara de nuez.
—¿No te gusta? —preguntó Zinnia al ver que apenas había tocado la carne.
—Estoy llena —dijo ella sonriendo—. Todo ha estado delicioso.
Alasdair esperó en silencio.
—Pues aún falta el postre —dijo la niña sonriente—. La señora McFadden ha preparado su famoso Tipsy laird. Es del único modo en el que me dejan tomar Drambuie. Esta noche dormiré como un tronco.
Los nervios estrujaron el estómago de Victoria al escuchar esa última frase.
Iba a tener que dormir con Alasdair. En su cuarto.
En su cama. Lo miró asustada y él enarcó levemente una ceja.
El escocés cogió la jarra de vino y llenó su copa haciéndole un leve gesto para que bebiera.
Ella obedeció sin protestar y casi apuró el contenido de un trago.
Después de unas cuantas copas, Victoria se mostró bastante alegre y empezó a hablar por los codos, cosa que tenía a los otros dos hipnotizados.
—… no os penséis que no me dio miedo. ¡Dios!
Estaba aterrada —se reclinó en la silla—.
¿Habéis bajado alguna vez a una mina? No os lo recomiendo.
No es solo que el aire allí sea espeso y maloliente, es la oscuridad, la opresión que sientes.
Como si estuvieras enterrado en vida. Mi padre me hizo bajar unas cuantas veces hasta que le perdí el miedo.
Es el hombre más maravilloso del mundo y el mejor padre también.
Es valiente, dulce y cariñoso. Y adora a mi madre —sonrió como una boba—.
La quiere muchísimo. Y ella a él, no os penséis.
No podrían vivir el uno sin el otro. Siempre hablan de que el día que tengan que partir para siempre, querrían irse juntos.
Pero dentro de mucho, mucho tiempo —aclaró—.
Tienen que conocer a sus nietos y, si por mí fuera, a sus biznietos y tataranietos.
Hizo ademán de coger su copa, pero Alasdair le agarró la mano con suavidad y negó con la cabeza.
—Te sentará mal —dijo y a ella le pareció que su voz era demasiado dulce por lo que clavó la vista en el vino y asintió ceñuda.
—Tenemos que bailar. —Victoria se puso de pie—. Es nuestra boda, tiene que haber música. Vayamos a la biblioteca. Zinnia tú tocarás el piano.
—No soy muy buena con eso, ya lo sabes, pero haré lo que pueda.
Alasdair caminó detrás de Victoria, lo bastante cerca para sujetarla si perdía el equilibrio en algún momento.
Pero lo cierto era que ella no estaba tan mareada como él pensaba.
Eran los nervios los que la hacían actuar del modo en que lo hacía.
Un desesperado intento de huir de sus propios pensamientos.
A Zinnia no se le daba bien el piano, no había duda y enseguida renunciaron al baile.
Se sentaron en los sofás a esperar la medianoche.
Alasdair pidió el periódico del día y Zinnia se puso a leer un libro junto a la chimenea.
Victoria se había sentado un poco alejada de ellos y asistía a la escena sin formar parte de ella.
Imaginaba la fiesta y las risas en Slioscreige .
La alegría por el embarazo de Clementine.
Nunca había estado en Slioscreige para el Hogmanay .
Siempre estaba en casa en esa fecha. Su familia la echaría de menos, estaba segura.
Su mente viajó a Berksham y percibió el olor del pan recién hecho, mezclado con el aroma de la mostaza del roast beef.
Cerró los ojos un momento y casi gimió al pensar en su madre.
En el calor de un abrazo suyo, en su dulce voz hablándole al oído.
Se levantó y caminó hasta uno de los ventanales.
La noche era muy oscura, no había luna y sintió un escalofrío.
El efecto del vino se esfumó en cuanto afloraron sus pensamientos y ahora todo cobraba un matiz real y tremendamente desolador.
Se abrazó tratando de infundirse calor y giró la cabeza lo suficiente para ver a sus dos acompañantes distraídos en sus lecturas.
Se había casado. Nadie reía. Nadie bailaba. Solo silencio.
Salió de la biblioteca sin que nadie se lo impidiese y se dirigió a la zona de servicio. La música de un violín le llegó mucho antes de bajar las escaleras y una sonrisa se dibujó en su rostro.
—Señora McFadden, este Tipsy laird está de muerte y… —Fyfe se calló en seco al verla entrar en la sala.
— ¿Necesita algo? —La señora Brown se acercó rápidamente a ella.
—Nnnno, yo solo… —Sus ojos se desviaron hacia la mesa, que habían apartado para dejar sitio a los que bailaban—. Me preguntaba si podría tomar un poco de su postre, señora McFadden.
—¡Por supuesto! —dijo la cocinera, que se había puesto sus mejores galas—. Siéntese aquí. Gilchrist, Fyfe, volved a poner la mesa en su…
—¡Oh, no, no! —la interrumpió Victoria—. Sigan con la celebración. He bajado aquí por eso.
Sonrió con timidez y los demás sonrieron también y asintieron al comprender.
Fyfe empezó a tocar una melodía y Victoria tomó asiento frente a un plato que la señora McFadden acababa de servirle.
Al principio todos se mostraron prudentes, pero en cuanto Victoria comenzó a dar palmas para seguir la música y trató de cantar algunas melodías escocesas, aunque le resultaba muy difícil porque la mayoría no las conocía, todos se relajaron y disfrutaron de la fiesta como si ella fuese una más.
La agasajaron y la animaron cuando se decidió a bailar con Fiona y Lilias.
Por primera vez en mucho tiempo se olvidó de todo, del último año, de sus sentimientos, de la soledad que la embargaba.
Bailó sin parar y su risa resonó en aquella pequeña estancia como si fuese una más.
Cuando llegó la medianoche era el momento de cantar el Auld Lang Syne.
Todos se cogieron de las manos formando un círculo e iniciaron el himno de despedida por el año que se marchaba.
Victoria conocía la letra, aunque no en gaélico, por lo que no cantó para poder escucharlos.
Sabía lo que decía el himno, hablaba de los viejos amigos, de los días pasados.
Era una canción nostálgica que la llevó a su infancia y a momentos felices.
Se le hizo un nudo en la garganta al pensar en su familia y los ojos se le llenaron de lágrimas cuando las voces vibraron en su pecho.
Se vio a sí misma corriendo ladera abajo, arrancando margaritas silvestres, chapoteando en el arroyo…
Aquella canción era un canto de amor y amistad que hizo que todo lo sucedido en los últimos tiempos cobrase un nuevo sentido.
Giró la cabeza hacia la puerta y lo vio allí parado, contemplando la escena en silencio. «Aquí tienes mi mano, dame la tuya», decía la letra de la canción en ese momento. Ella soltó a Lilias para ofrecerle la mano, pero Alasdair se dio la vuelta y se marchó de allí sin responder.
En cuanto acabó la canción todos subieron al vestíbulo para abrir las ventanas y dejar que saliera todo lo viejo a la espera del primer visitante del año.
Victoria conocía la tradición. Algún vecino llegaría a la casa sin avisar.
Debía ser alto, moreno y fuerte. Si fuese rubio recordaría a los invasores vikingos y eso depararía un año de mala suerte.
Tampoco debía ser pelirrojo, bizco, cojo o tullido.
Alasdair estaba allí y Zinnia también. Victoria no supo dónde colocarse.
Se sentía un poco como una intrusa, así que se mantuvo a cierta distancia a la espera de los acontecimientos.
Tres golpes secos dados con el pomo de un bastón. El señor Ross caminó hasta la puerta y la abrió de par en par. El visitante cruzó el umbral y la señora McFadden se tapó la boca para ahogar una exclamación asustada.
—Buenas noches a todos. Les deseo un feliz año.
Alasdair apretaba los puños con los brazos tensos y Victoria se quedó clavada en el sitio.
Conocía la costumbre y sus implicaciones.
El hombre no solo era rubio sino que había entrado con el pie izquierdo, lo que era un signo de mal agüero.
Tampoco había saludado con las bendiciones propias de la tradición y, por lo que veía, no traía ningún regalo.
Se volvió hacia su esposo interrogadora.
—¿Qué has venido a hacer aquí, McKenzie? —masculló él con voz tensa.
—Quería ser el primero en felicitarles el año —dijo el otro burlón.
Y a continuación observó el entorno como si estuviese evaluando la situación.
—Y también quería ver la que pronto será mi casa. Debo decir que no está en muy buen estado, pero eso tiene solución. Tiraré el ala este y haré que la construyan de nuevo —sonrió perverso—. Es lo que se hace cuando tienes dinero de sobra.
Alasdair recorrió la distancia que los separaba y lo agarró del brazo sin miramientos. Lo empujó y Callum McKenzie acabó sentado en el suelo delante de Cai.
—¿Qué narices…?
Vio que su hermano cargaba con carbón, pan, sal y una botella de whisky.
—¡Mierda! —masculló Alasdair antes de darse la vuelta para entrar de nuevo en la casa.
Los ojos de Cai se posaron en McKenzie con visible desprecio y sin hacer ademán de ayudarlo, siguió a su hermano antes de que Ross cerrase la puerta.