El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36



Anthony y Murchadh lo habían acorralado en su despacho. Anthony, al otro lado del escritorio, apoyaba las manos en la superficie pulida, mientras Murchadh permanecía de pie, con los brazos cruzados, bloqueando el camino hacia la puerta.

—¿Quieres que te maten? ¿Es eso? —preguntó Anthony—. Un día saldrás a dar uno de esos paseos tuyos en solitario y te pegarán un tiro.

Alasdair curvó una de sus cejas sin inmutarse y su primo masculló algo entre dientes, consciente de que le daba igual.

—Solo están enfadados. Ya se les pasará. Les advertí y no me han hecho caso.

—Tienes que tomar las riendas —dijo Murchadh—, darles opciones.

—¿Qué opciones quieres que les dé? No quieren ser ovejeros y tampoco quieren que sus tierras sean pastos, eso no les dará suficiente para vivir. Se empeñan en mantener un modo de vida que está muerto y están dispuestos a morir con él. Nos arrastrarán con ellos si no le pongo freno.

—Se están organizando, Alasdair. Se han reunido varias veces no sabemos dónde.

Alasdair no dijo nada, pero sabía perfectamente dónde se reunían.

—Van contra ti —advirtió Murchadh.

Anthony se incorporó y lo miró ceñudo.

—¿Qué? Es la verdad. Alasdair no ha sabido tratar con ellos y ha empeorado la situación, es bueno que lo afronte antes de que le explote en la cara.

—¿Tú lo habrías hecho mejor? —preguntó Anthony molesto.

—Cualquiera lo habría hecho mejor —insistió su amigo, que no era dado a adornar la verdad—.

A la gente solo le importan sus problemas, no los de los demás.

Que Alasdair esté hecho mierda no es relevante para un padre que no tiene pan que poner en la mesa para sus hijos.

Esos hombres están al borde del abismo y si creen que quiere empujarlos, se lo llevarán con él.

—¿Te crees que no lo sé? —Anthony se puso las manos en la cintura—. ¿Para qué estamos aquí entonces?

—Pues no lo sé muy bien, porque tu primo no atiende a razones. Ya hemos hablado de esto y le dije que lo solucionara antes de Martinmas. Mañana se acaba el año y míralo, ahí tan tranquilo mientras sus arrendatarios planean hacerlo picadillo.

Los dos amigos lo miraron expectantes y Alasdair se puso de pie harto de oírlos.

—Intenté arreglarlo. Les di más tiempo, pero tienen que pagar al menos una vez al año, joder. —Dio un golpe en la mesa con el puño y soltó un gruñido enfadado.

Anthony lo miró interrogador.

—¿Te duele?

—Me hice una herida la otra noche —dijo quitándole importancia.

—¿Una herida? —Se acercó un paso—. ¿Cómo?

—Me rocé con algo.

—A ver.

—Y una mierda. —Alasdair lo miraba como un gato a punto de sacarle los ojos.

—En serio, Alasdair… —Murchadh se colocó al lado de Anthony—. Tienes que hablar con ellos y encontrar una solución. A esos granjeros no les interesa perder sus casas. Algunos viven aquí desde hace varias generaciones. Echar a los Bayliff no ha sido buena idea.

—Traté de impedirlo. Podéis creerme o no, pero ese hombre no me dio opciones.

Anthony resopló asintiendo. Todo el mundo conocía a Luke Bayliff y la clase de hombre que era. Su mujer iba siempre con la cara como un Cristo y sus hijos eran bravucones y siempre se metían en problemas, porque habían crecido a golpes.

—Se atrevió a insinuar amenazas contra Zinnia —dijo Alasdair en un tono bajo que destilaba veneno—. Tuvo suerte de que me pillara en un buen día. Eso le permitió llevarse sus pelotas con él.

—Quizá sea él el que está agitando el avispero.

—No —negó Alasdair poniéndose de pie—. Es nuestro querido Fergus.

Murchadh lo miró incrédulo.

—¿Fergus MacTavish?

Alasdair apoyó el trasero en la mesa asintiendo.

—Pensé que la inesperada muerte de su padre lo habría hecho madurar —dijo Anthony pensativo.

—Pues ya ves que no. Está animando a ir en mi contra a todo el que se deja convencer. Lo sé porque me lo advirtió Connor Odam.

—¿Odam? Pero está con ellos —dijo Murchad.

—Se ofreció a hacerme de espía a cambio de que le alargase el plazo para pagar su parte.

—Es listo —asintió su amigo.

—Le dije que no. —Alasdair apoyó la mano en el muslo y puso la otra encima con cuidado—. No quiero esa clase de tratos por aquí. Al final siempre se te vuelven en contra.

—Es lo que te habría dicho el abuelo, si le hubieses preguntado —afirmó Anthony.

—Todavía me acuerdo de sus enseñanzas.

Su primo torció levemente la cabeza.

—Alasdair, pídele ayuda. Él conoce a todo el mundo, hablará con ellos y lo solucionará. Seguro que hay un modo.

El otro negó con la cabeza.

—Es responsabilidad mía y yo lo solucionaré.

Los otros dos permanecieron unos segundos callados. Presionarlo más no iba a servir de nada.

—¿No nos ofreces ni una copa de vino? —preguntó Anthony—. Ya que no vas a celebrar con nosotros el Hogmanay, al menos brindemos por el nuevo año, ¿no?

Alasdair sonrió levemente y se dirigió al mueble de las bebidas.

—Aquí solo tengo whisky —dijo colocando los tres vasos en fila.

—Mejor aún —dijo Murchadh sentándose en el sofá ya más relajado.

—Enhorabuena, por cierto. —Alasdair le tendió el vaso a su primo—. Vas a ser padre.

Anthony sonrió con una expresión de felicidad que le caldeó los huesos.

—Ya es un tipo respetable del todo —dijo Murchadh levantando su vaso—. Por la nueva criatura McEntrie.

Los tres levantaron sus vasos y luego se sentaron.

—¿Qué se siente? —preguntó Murchadh.

Anthony contuvo un momento la respiración. Cada vez que pensaba que iba a ser padre, se quedaba sin aire.

—No sé cómo explicarlo. Tengo una mezcla de sentimientos. Estoy aterrado, feliz, de nuevo aterrado… No me creo que esta sea ahora mi vida.

Murchadh soltó una carcajada.

—¿Qué? —preguntó Anthony ceñudo.

—Los McEntrie habéis nacido con una flor en el culo —respondió el otro burlón—. En serio, la vida os sonríe que te cagas.

Alasdair bebió un sorbo de su vaso y el silencio se volvió incómodo.

—Lo siento —dijo su amigo después de maldecirse para sí durante un buen rato—. Soy imbécil.

Alasdair levantó su vaso y brindó por ello.

—¿De verdad no vas a venir a cenar mañana? —Anthony se recostó cómodamente—. Te perderás el black bun de la señora MacKinnon, tu postre favorito.

—Yo prefiero el Dundee cake —dijo Murchadh—. Y bailaremos hasta caer rendidos. Deberías venir.

—¿Qué vais a hacer aquí los tres solos? —insistió Anthony—. Victoria y Zinnia se lo pasarían mucho mejor en Slioscreige que aquí con un muermo como tú.

Alasdair torció una sonrisa.

—Supongo que ya las has invitado cuando las habéis visto al llegar.

Anthony se escondió detrás del vaso y fingió no darse por aludido. Por supuesto que se lo había preguntado al verlas, pero las dos dijeron que cenarían en Reid House. Se dio cuenta de repente de que parecían ocultar algo.

—¿Qué traman? —preguntó.

Alasdair bebió un sorbo sin responder y su primo arrugó el ceño molesto .

Cuando más tarde Anthony y Murchadh se despidieron de las dos jóvenes, Alasdair se mantuvo a cierta distancia, valorando la respuesta de Victoria a las preguntas de su primo y su intento rastrero de usar a Clementine como chantaje emocional.

—Será una celebración íntima, pero lo pasaremos bien —dijo la inglesa con sinceridad.

—La señora McFadden nos preparará una cena opípara —añadió Zinnia—. Dice que sobrará comida para una semana.

—Dile a Clementine que iré a verla en unos días. Por la tarde —puntualizó Victoria—. Sé que por la mañana no se encuentra muy bien.

Anthony asintió con afecto.

—Se lo diré, pero ella querría que vinieras mañana por la noche.

Victoria sonrió abiertamente.

—Tengo una cita ineludible —dijo y a Alasdair, que no le quitaba ojo, le pareció que estaba feliz de verdad.

—Si vais a seguir con esto mucho rato más, disculpadme, pero tengo cosas que hacer. Feliz Hogmanay a la familia.

—¿Cómo lo aguantáis? —preguntó Murchadh viendo cómo se alejaba.

—No lo hacemos —respondió Zinnia con una expresión burlona.

—Feliz Hogmanay —dijo Anthony antes de salir por la puerta.

—No te sientas mal. —Zinnia la cogió de las manos cuando se quedaron solas—. No podíamos decírselo.

Victoria se mordió el labio.

—Clementine y Heather se van a enfadar mucho conmigo. —Abrió los ojos como platos—. ¡Y tía Elizabeth! Oh, Dios mío, no me lo perdonará nunca.

—Claro que te lo perdonará. Es Elizabeth.

—Todos se van a enfadar conmigo. Mis padres, mis hermanos, mis abuelos… Voy a casarme sin contar con nadie. Lejos de casa, como si estuviese haciendo algo indebido.

Zinnia la miró con fijeza.

—Victoria, ¿tú quieres casarte, verdad?

La otra frunció el ceño al ver una genuina preocupación en sus ojos. Sonrió consciente de que la había asustado.

—Claro que sí.

—¿De verdad? ¿No tienes dudas?

Victoria negó con la cabeza.

—Alasdair es… difícil.

—Lo sé.

—Y sus manos…

—No me importan sus manos —dijo sincera—. Es él igualmente.

—Lo amas, ¿verdad?

—Sí.

Zinnia sonrió y respiró al fin aliviada. Victoria se echó a reír y le pasó el brazo por encima de los hombros para caminar juntas hacia la biblioteca.

—¿Y ese suspiro?

—Estaba preocupada.

Alasdair escuchó sus voces alejarse y emergió de las sombras.

—Parece que contigo no va a echarse atrás —dijo Owen a su lado—. Pobre ilusa. Yo la habría tratado como a una reina, pero te prefiere a ti. Si estuviera vivo, me moriría del susto.

Alasdair apretó los dientes para contener un gruñido furioso y se dio la vuelta para alejarse de él a pasos agigantados.

Pero Owen lo siguió.