El fantasma de las Highlands (Wharton & McEntrie 5) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35



Victoria contemplaba el cuadro situado encima del piano abstraída por completo en sus pensamientos.

¿Es la rosa la que sangra o la sangre gotea sobre ellas desde quien las sostiene?

Creía que era un rosal, pero ahora veo que es solo una rama que alguien ha cortado.

¿Quién es ese alguien y qué simboliza? ¿Qué pretendía mostrar el pintor?

Lo que yo veo es dolor y agonía. Unas espinas retorcidas que se han clavado en alguien y su sangre ahora gotea sobre los hermosos pétalos inocentes. ¿Son acaso un regalo envenenado?

—Aquí estás —dijo Zinnia entrando en la biblioteca.

Victoria tuvo que esforzarse para desviar la mirada del cuadro.

—¿Qué haces ahí parada? —preguntó la joven—. Hay mucho que preparar. Mañana os casáis. ¿De verdad no vamos a invitar a los McEntrie? ¿Qué importa lo que diga Alasdair? Deberíamos enviarles una nota. Podría ir yo misma y dejar que se me escapara «sin querer». —Se rio imaginando la cara de Alasdair.

—No —negó Victoria—. Es mejor que lo sepan cuando ya estemos casados.

—¿Por qué? Seguro que querrían…

—Tratarían de impedirlo —dijo cortándola.

Zinnia frunció el ceño y después de sopesarlo asintió.

—Entonces es mejor que no lo sepan, sí.

A Victoria no pareció sorprenderle que cambiase de opinión tan rápido. Se sacudió los pensamientos de su cabeza y se obligó a sonreír.

—Será un matrimonio por declaración —dijo encogiéndose de hombros—. Es una suerte que estemos en Escocia.

—Desde luego, los ingleses lo complicáis todo mucho. ¿Qué necesidad hay de involucrar a la iglesia en esto? Es una decisión que solo os incumbe a vosotros, ¿no? ¿Ya has pensado qué vestido vas a ponerte?

—No creo que eso importe. No pensaba ponerme nada especial.

—¡Por supuesto que importa! ¿Cuántas veces te has casado? —La niña puso los ojos en blanco—. Eres un caso, Victoria.

La otra volvió a encogerse de hombros sin nada más que decir al respecto.

—Tengo que ir a Lanerburgh a llevar una carta para mis padres. ¿Necesitas algo? ¿Quieres venir?

—No, estoy a punto de acabar mi escultura. Además, si voy querré comprar más libros y ya me he gastado mi asignación —se rio.

—Puedo comprarlos yo.

—No hace falta, puedo esperar.

—Como quieras —dijo Victoria y sus ojos se desviaron de nuevo hacia el cuadro.

—¿Por qué te gusta tanto ese cuadro? No lo entiendo. —Zinnia se colocó a su lado y miró la pintura con desagrado.

—No lo sé, a veces me pasa una cosa… —La miró con interés—. ¿A ti no se te pone el vello de punta al ver algo hermoso o al escuchar una música?

—A veces me dan escalofríos, sí.

—No son escalofríos. Es distinto.

—¿Cómo distinto?

Victoria no lo había explicado nunca y no encontraba las palabras.

—Se me eriza el vello subiendo por las piernas, los brazos, el pecho y al llegar a la cara es…

casi doloroso. Me ocurre de pronto. Al ver las hojas de los árboles mecerse al viento.

Me pasó con Meallan cuando fui a Slioscreige a buscar un caballo.

—Volvió a mirar el cuadro—. Y me pasó al ver esta pintura.

—¿Te duele la cara cuando la miras?

Victoria se rio. Dicho así sonaba de lo más estrambótico.

—Eso debe de ser como lo de que estornudes al mirar al sol —se burló Zinnia—. Eres muy rara, Victoria.

Su amiga asintió divertida.

—Lo soy, sin duda. Pero no se lo digas a nadie.



Victoria se acercó al mostrador cuando le tocó el turno y miró a la señora Halloway con simpatía.

—¿Una carta para la familia? —preguntó la mujer después de los convenientes saludos de cortesía.

Colocó la misiva sobre la báscula y arrastró el libro de registro para anotar la dirección a la que iba dirigida.

—¡Victoria! —exclamó Clementine entrando con paso firme.

—Buenos días —saludó su prima—. ¿Vienes a traer una carta?

—No. Te he visto desde la calle. Buenos días, señora Halloway.

—Buenos días, señora McEntrie.

Clementine volvió a fijar su atención en ella.

— ¿De verdad no vais a venir mañana a celebrar Hogmanay con nosotros?

Victoria pagó lo que correspondía a su envío y salieron juntas de la oficina postal.

—¿Es Alasdair, verdad? —preguntó Clementine cuando estuvieron en la calle—. Pues que se quede solo. Venid vosotras. No podéis no celebrar la salida y la entrada de año. ¡1842, Victoria! ¿Te lo puedes creer?

Su prima sonrió al tiempo que asentía.

—Ya lo creo.

—Ese va a ser tu año. Lo intuyo —dijo Clementine convencida—. Lo siento aquí en el pecho.

Caminaron juntas en dirección a la tienda de la señorita Higgins. Clementine quería comprarse unos guantes.

—¿Cómo estás? Parece que no hayas pegado ojo.

—No dormí muy bien anoche.

—¿La pesadilla?

Victoria asintió. No podía contarle lo sucedido después. Ni que iba a casarse. De repente se sintió fatal por no poder ser sincera con ella.

—¿Y sigue siendo la misma pesadilla?

—Ha cambiado algo.

Clementine la miró interesada.

—Solo es más… extraña.

—¿Más aún? ¿Es eso posible?

—Ahora el fantasma es una bestia con garras y colmillos.

Clementine abrió mucho los ojos.

—No me extraña que no pudieras dormir.

—Dejemos de hablar de mí. ¿Cómo estás tú? —Sonrió con afecto—. ¿Tienes molestias por el embarazo?

Clementine asintió.

—Vomitaba todas las mañanas, así que Anthony ordenó que no me levantase de la cama hasta que hubiese desayunado. Él se encarga de traerme la bandeja a la cama y me trata como si yo fuese la reina Victoria —se rio—. Amo a ese hombre con pasión.

—Lo sé, no hace falta que lo digas.

—Está muy preocupado por Alasdair. Escuchó a varios de sus arrendatarios echando pestes de él. Ha amenazado con quitarles las tierras y echarlos de sus casas. Al final conseguirá que lo apaleen y lo cuelguen de la rama de un árbol, Victoria.

—No digas eso —respondió la otra asustada—. Seguro que hay alguna explicación.

—Esos hombres llevan toda la vida trabajando en esas tierras. Algunos son la segunda y tercera generación. No puede echarlos así sin más. Además él es solo el administrador. —Suspiró—. No querría estar en su piel, la verdad.

—Hablaré con él —musitó Victoria.

—¿Tú crees? No sé si es buena idea…

Victoria enrojeció, consciente de que Clementine sabía la mala opinión que Alasdair tenía sobre ella.

—Tienes razón —musitó.

—Lo mejor sería que Anthony vaya a hablar con él. Quizá pueda convencerlo de que vengáis a Slioscreige para despedir el año.

Su prima tuvo que morderse la lengua para no suplicarle que no lo hiciese. En lugar de eso sonrió nerviosa y dejó que Clementine cambiase de tema.